17
El sótano olía a hospital.
No a humedad, como el resto de la casa. Olía a clorhexidina, a plástico estéril recién abierto, al metal aséptico del instrumental que Asier había dispuesto sobre la mesa auxiliar con una precisión que le revolvía el estómago.
Cada pinza en su sitio. Cada gasa doblada.
El bisturí, perpendicular al borde, como en cualquier quirófano del mundo.
Asier había bajado primero. Álex lo había oído trajinar durante casi una hora mientras él permanecía sentado en las escaleras del sótano, la espalda contra la pared, mirando sus propias manos bajo la única bombilla que colgaba del techo.
Se levantó cuando Asier le llamó desde abajo con un «ya está» que sonó a rendición.
La camilla estaba en el centro de la estancia bajo un foco quirúrgico Correas de cuero marrón pendían a ambos lados, las hebillas abiertas, esperando. El monitor de signos vitales parpadeaba en verde sobre la mesa lateral, emitiendo su pitido rítmico.
Asier se acercó al lavabo de acero instalado por Venicio con una previsión que ahora le parecía una sentencia, y abrió el grifo.
El agua salió fría. Siempre fría en ese sótano.
Se frotó las manos con el cepillo quirúrgico, uña por uña, durante los tres minutos reglamentarios.
Un minuto por cada lavado. Tiempo suficiente para rezar, si uno supiera todavía cómo.
Se secó con la gasa estéril, que olía a plástico.
Se calzó los guantes de látex con dos chasquidos secos que resonaron en las paredes de piedra y cuando se dio la vuelta, lo primero que vio fue el instrumental sobre la mesa, y lo segundo fue a Álex mirando el suelo, los brazos cruzados sobre el pecho como si se abrazara a sí mismo.
—Ve a buscarla. —dijo Asier.
Su voz había sonado diferente, lejana.
Luna bajó a empujones, había forcejeado todo lo que su maltrecho cuerpo la permitía.
Asier la esperaba en la puerta del sótano. —Toma por favor quítate la ropa y ponte esto. —La dio un camisón de
hospital. Ella negó con la cabeza
No había tiempo para debate. Entre los dos la desnudaron, cortando su ropa, la desataron, la pusieron el camisón.
En la pelea ella se quitó la mordaza y gritó desesperada.
No la sirvió de nada porque ellos eran fuertes y pudieron con ella, con ese cuerpo que se hizo más pequeño encima de aquella mesa de acero.
La sujetaron con las correas de cuero, fuertes que la condenaron a estar allí y no en ningún otro lugar.
Ella se dio por vencida y solo lloraba suplicando que no la matasen.
Con el camisón de hospital, blanco, abierto por la espalda, ese insulto de tela que convierte a cualquier ser humano en paciente.
Luna cogió de la mano a Asier quien apartó la mirada.
Se centró en la jeringa que había preparado sobre la bandeja.
Midazolam y Propofol, dosis calculada al miligramo para su peso aproximado.
Lo suficiente para dormirla. Lo suficiente para que no sufriera.
Se había convencido a sí mismo, durante las últimas horas, de que eso era lo único que podía ofrecerle, el no sufrimiento.
El eufemismo más cobarde de la historia de la medicina.
Luna lo miraba. No con odio, el odio habría sido más fácil de soportar, sino con esperanza.
El foco quirúrgico la bañaba en una luz blanca y despiadada que revelaba cada matiz de su piel, la palidez del encierro, las ojeras, la pequeña costra marrón en la muñeca derecha donde las esposas le habían abierto la piel días atrás.
Asier la miró bajo esa luz y pensó, absurdamente, que nunca había visto a nadie tan quieto estando tan aterrado.
Hubo un silencio. Álex miró a Luna, solo un segundo, esa mirada que Asier nunca le había visto y que no quería interpretar. Álex buscó su vena, era joven, estaba sana, tenía unas venas perfectas. Le puso una vía en el brazo y se apartó, dio dos pasos hacia atrás.
Asier cogió la jeringa.
La sostuvo hacia la luz y comprobó el émbolo con el pulgar, purgando la minúscula burbuja de aire que había en la punta. Un gesto técnico, automático. Su parte médica operaba con la precisión de una máquina mientras su parte humana se desintegraba en silencio, capa por capa, sin hacer ruido.
Se acercó a ella. Se inclinó sobre el brazo derecho de Luna, buscando la vía y la encontró sin esfuerzo y ese pensamiento le resultó tan doloroso que tuvo que cerrar los ojos un segundo.
—Asier.
Era la primera vez que ella decía su nombre. Sin acusación. Sin súplica. Solo su nombre, como si quisiera confirmar que seguía ahí .
—No hables. —dijo él.
—No. —Una pausa. El pitido del monitor. Bip. Bip. Bip. —no me lo quites eres bueno.
Las palabras cayeron en el sótano como una piedra en agua calmada. Asier sintió que algo en su pecho hacía un ruido que no era físico. No era un infarto, aunque en ese momento casi lo hubiera preferido. Era el sonido de una convicción partiéndose.
—shhh.
—Es la verdad. — Luna no lo miraba ya. Miraba el techo.
Estaba serena quizá era la resignación la que hablaba disfrazada de esperanza.
—Un hombre malo no dudaría. No estaría temblando por dentro, aunque tus manos no lo hagan.
—Asier conectó la vía al catéter. Empujó el émbolo con el pulgar, despacio, con la dosis calculada.
Entró en la sangre de Luna con la indiferencia química de lo inevitable.
Tardó en hacer efecto mucho menos de lo que Asier esperaba.
Los párpados de Luna parpadearon, primero lentamente, luego más despacio aún, con una cadencia hipnótica que él había visto cientos de veces en el quirófano y que nunca había tenido ese peso. Sus labios se entreabrieron ligeramente. Su respiración se hizo larga y profunda.
Y justo antes de que sus ojos se cerraran del todo, con los últimos vestigios de consciencia que le quedaban, Luna buscó su mano.
No la cogió con fuerza. Apretó con sus dedos. Una presión ligera que podría haber sido un accidente. Pero no lo era.
Asier no retiró la mano.
Se quedó así, de pie junto a la camilla, con los guantes de látex y el bisturí todavía en la bandeja, mientras la mano de Luna se fue aflojando lentamente sobre la suya. El monitor marcó el ritmo cardíaco, setenta y dos pulsaciones. Luego setenta. Luego sesenta y ocho. El sedante hacía su trabajo.
Bip.
Bip.
Bip.
Cuando los ojos de Luna se cerraron definitivamente, el sótano quedó en silencio. Solo el monitor. Solo ese pitido verde y constante que decía está viva, está viva, todavía está viva.
Dormida sobre la camilla, bajo esa luz blanca implacable, parecía más pequeña que de día.
Más frágil. El camisón se había abierto ligeramente en el escote y se podía ver el inicio de la clavícula, la curva suave del esternón.
Exactamente donde tendría que cortar. Miró hacia la bandeja de instrumental.
El bisturí de hoja número diez. El que usaba en cirugías. El mango era de acero pulido y su propio reflejo aparecía distorsionado en él, partido en dos por el filo, irreconocible. Lo cogió y lo sostuvo entre los dedos con la precisión de años de cirugía.
Se giró hacia Luna.
Llevaba varios minutos así. De pie. Mirando el monitor. Sosteniendo la mano de la mujer a la que iba a matar.
El plan era simple. Había aumentado la dosis de anestesia. Mucho más de lo necesario para una cirugía. La suficiente para que Luna dejara de respirar. Para que su corazón se detuviera. Una eutanasia. Silenciosa. Sin dolor. Ella no sufriría. Solo se dormiría y no despertaría.
Y entonces él le abriría el pecho, extraería su corazón, lo guardaría en la nevera portátil que Venicio había dejado, y llamaría a Colombia para que vinieran a recogerlo.
Simple.
Limpio .
Excepto que nada de esto era simple ni limpio.
Asier miró el monitor.
La frecuencia cardíaca estaba bajando.
La respiración se estaba volviendo superficial. Diez respiraciones por minuto. Ocho. Seis.
La saturación de oxígeno empezó a caer. Noventa y cinco.
Noventa y dos. Ochenta y ocho.
Estaba funcionando.
Luna se estaba muriendo.
Asier sintió cómo los dedos de ella se aflojaban entre los suyos. El agarre suave que había mantenido durante los últimos minutos, ese contacto inconsciente que el cuerpo mantiene incluso dormido desapareció. Los dedos de Luna se volvieron flojos. Pesados. Muertos.
El monitor pitó.
Una línea plana donde antes había ondas.
Un sonido continuo y agónico que llenó el sótano.
Beeeeeeeeeeeeeeep.
Asier se quedó paralizado. Levantó la vista del monitor y miró a su hermano quien había estado allí todo ese tiempo en silencio, con los puños apretados y un nudo en el estómago.
—Mierda. —dijo Asier—. La he matado.
Su voz sonó rota. Hueca. Como si las palabras vinieran de muy lejos.
—No puedo hacer esto.
Álex parpadeó.
—Asier, tienes que hacerlo.
—No.
Asier soltó la mano de Luna. Se inclinó sobre la camilla.
Le puso dos dedos en el cuello, buscando el pulso.
Nada.
Le abrió la boca. Inclinó la cabeza hacia atrás. Selló sus labios sobre los de ella.
Y sopló.
Dos respiraciones. Profundas. Forzando el aire a entrar en los pulmones de Luna.
Luego entrelazó las manos sobre el esternón de Luna y empezó a comprimir. Fuerte. Rítmico. El ritmo que había practicado mil veces en muñecos de entrenamiento. El ritmo que te enseñan en el primer año de medicina y que nunca olvidas.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
El pecho de Luna subía y bajaba con cada compresión.
El monitor seguía pitando.
Beeeeeeeeeeeeeeep.
—¿Qué haces? —preguntó Álex.
—No puedo matarla.
Asier no dejó de comprimir. Veinte. Veintiuno. Veintidós. Veintitrés.
Se inclinó de nuevo. Dos respiraciones más. Aire en los pulmones.
Volvió al masaje cardíaco.
El monitor seguía pitando.
—Álex, ayúdame. —dijo sin dejar de comprimir—. Busca algo. Creo que en un cajón vi una jeringa de adrenalina.
Álex no se movió.
—¿Estás seguro de esto?
Asier levantó la vista. Lo miró. Los ojos húmedos. La mandíbula apretada.
—No la podemos matar.