El Paciente Imposible 16
66%

16

Paula tardó menos de tres segundos en entender que la mujer que tenía delante no estaba exagerando.

No era el jersey empapado ni la ceja herida ni los pies descalzos que habían dejado un rastro de pisadas oscuras desde la puerta.

Era la manera en que sus ojos se movían, sin detenerse en ningún sitio, sin fijarse en el café sobre la mesa ni en la grabadora ni en ninguna de las cosas que hacen que una habitación sea habitable y no solo un espacio cerrado.

Eran los ojos de alguien que sigue midiendo salidas incluso cuando ya ha cruzado una puerta.

—Tienes que ayudarme. —dijo Luna. El jadeo le cortaba las frases —Me tienen secuestrada. Van a matarme. Quieren mi corazón.

Paula dejó el ordenador sobre la mesa.

—Respira. —dijo. —¿Eras tú quién gritó hace dos noches?

—Sí. Corre. Vayámonos. Tienen una pistola, no nos dejarán escapar. Llama a la policía.

—Aquí no hay cobertura. —Paula ya estaba cogiendo la chaqueta del respaldo de la silla. —¿Te han visto salir?

—No, pero ya se habrán dado cuenta. Por favor .

—Al coche. Corre.

Salieron juntas.

La niebla seguía igual, espesa y Paula tardó un segundo en orientarse porque la visibilidad no llegaba al coche.

Luna iba detrás de ella pisándole los talones, el brazo malo pegado al cuerpo, la respiración entrecortada por el esfuerzo de los últimos cinco minutos.

Cruzaron el jardín. Paula llegó a la valla y la abrió y entonces las dos se detuvieron al mismo tiempo, sin necesidad de decirse nada.

Había dos figuras en el camino.

La niebla las difuminaba, pero no las borraba, dos hombres altos moviéndose en la misma dirección, hacia la casa, hacia ellas. Uno de ellos llevaba algo en la mano que Paula no supo identificar.

—Adentro. —dijo Paula.

Volvieron. Paula cerró la puerta con llave y corrió el pestillo y se quedó apoyada contra la madera con la respiración suspendida, escuchando. Luna estaba a su lado, los dedos apretados en el brazo de Paula con una fuerza que iba a dejar marca.

—El desván. —dijo Paula en voz muy baja. —Hay una trampilla.

La trampilla era una escotilla cuadrada de madera en el techo del pasillo del piso de arriba, originalmente pensada para guardar leña seca en invierno.

Paula la conocía porque el casero se la había enseñado el primer día —«por si las moscas», había dicho, con esa vaguedad que tienen los caseros de aldea para las cosas que llevan décadas sin usarse.

Paula tiró del cordón que abría aquella trampilla, sacando así una escalera de madera.

Las dos subieron por aquellos escalones, Luna primero seguida de Paula que desde dentro volvía a cerrar la trampilla recogiendo la escalera.

El desván olía a madera húmeda y a cerrado .

Había un hacha apoyada contra la pared interior, junto a media docena de troncos apilados sin orden. El espacio era lo justo para dos personas acurrucadas.

La oscuridad era casi total. Solo una ranura de luz gris se filtraba por el borde de la madera, suficiente para ver las formas, pero no los detalles.

Luna temblaba. No era solo el frío, el espacio estaba templado por la madera, sino ese temblor profundo e incontrolable que instala el miedo cuando lleva demasiadas horas siendo miedo y el cuerpo ya no distingue entre el estímulo y la respuesta.

Paula la abrazó. Las dos se acurrucaron contra la pared de madera y esperaron.

El ruido del cristal llenó el silencio.

Un crujido seco, fue sonido inconfundible del vidrio cediendo y luego el golpe sordo de algo, un codo, un hombro, empujando el marco hacia adentro. Entraron por la ventana de la cocina. Paula lo supo porque el sonido venía de allí.

—Tranquila. —murmuró Paula al oído de Luna. —O nos oirán.

Luna asintió. Apretó los dientes. El temblor continuó, pero en silencio.

Los pasos recorrieron la planta baja durante varios minutos.

Metódicos, sin prisa, una búsqueda que no salta conclusiones, sino que elimina opciones en orden.

Luego subieron. Paula escuchó el crujido del tercer escalón, lo conocía, llevaba una semana escuchándolo cada vez que subía, y luego los pasos sobre la tarima del pasillo de arriba, más cerca, más cerca, hasta detenerse exactamente debajo de ellas.

Silencio.

Paula miraba la ranura de luz en el techo. La ranura no cambió. Nadie abrió la trampilla. Los pasos se alejaron despacio. Sin prisa.

El tiempo pasó.

Paula no tenía reloj. Calculó por la respiración de Luna, que había ido haciéndose más lenta y regular a medida que el silencio se extendía sin que nada lo interrumpiera. Quizás veinte minutos. Quizás treinta.

—Voy a mirar. —dijo Paula.

Luna la cogió del brazo.

—No lo hagas. Seguro que siguen ahí.

—No podemos quedarnos aquí. —Paula cogió el hacha. El mango era de madera áspera, Pesaba más de lo que esperaba. —Llegaré al coche, pediré ayuda y volveré a por ti. No te muevas.

Luna soltó el brazo. No dijo nada más. Tenía los ojos fijos en Paula, no quería que lo hiciera, pero qué otra cosa podía hacer.

Paula empujó la trampilla hacia abajo.

El pasillo estaba vacío.

Paula salió con el hacha en la mano y se quedó inmóvil diez segundos, escuchando la casa.

Nada. Bajó las escaleras despacio, apoyando el peso en el borde de los peldaños para que no crujieran, y recorrió la planta baja habitación por habitación.

La ventana de la cocina estaba rota, cristales sobre el alféizar, la madera del marco astillada por donde habían entrado. Aparte de eso, nada. Nadie.

Salió por la puerta principal. La niebla seguía ahí. Cruzó el jardín hasta la valla, llegó al coche, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó las llaves. Se sentó en el asiento del conductor y sacó el móvil buscando cobertura.

Tardó un segundo en entender que no estaba sola. Fue algo en el peso del silencio dentro del coche. Miró al retrovisor .

Álex estaba en el asiento de atrás.

La miró por el espejo con esa expresión que Paula había visto aquella mañana en la puerta del caserón, la expresión de alguien que lamenta profundamente lo que va a tener que hacer a continuación.

—Lo siento. —dijo Álex.

La puerta del conductor se abrió desde fuera.

Asier estaba junto al coche. Entre los dos la sacaron del asiento sin brusquedad y el pañuelo llegó antes de que ella pudiera girar la cabeza.

El olor era dulce y metálico a la vez, no quería respirarlo, sabía que cuando alguien te pone un pañuelo en la boca a la fuerza no es para nada bueno.

La estaban sujetando con fuerza, no pudo aguantar más la respiración y fue entonces cuando el mundo desapareció y perdió la consciencia.

Luna oyó la trampilla.

La oyó abrirse con el mismo crujido de antes y se alejó todo lo que le permitía el espacio, hasta que la espalda tocó la madera de la pared del fondo y no había más adónde ir. Vio la silueta en el hueco. Reconoció la forma antes de ver la cara.

—Luna. —La voz de Asier. Tranquilo, no estaba enfadado, estaba cansado, cansado de todo aquello, cansado de tener que ser una persona que no era.

—No. —La palabra salió sola, antes de que Luna tomara la decisión de decirla.

—Ven.

—No.

Asier subió. No había espacio suficiente para estar de pie. Se agachó, y en esa postura, los hombros encogidos, la cabeza baja para no golpear el techo de madera, parecía más grande. Alargó la mano hacia el tobillo de Luna.

Ella pateó .

Sus dedos encontraron el tobillo igualmente. Tiró con una fuerza que Luna no esperaba, una fuerza de urgencia, no de crueldad, y el cuerpo de Luna se deslizó y él la agarró. La puso un trapo en la boca, y el mundo se volvió blanco y luego gris y luego nada.

Lo primero que volvió fue el calor.

El calor de la chimenea, esa calidez de la leña ardiendo que es distinta al calor de una estufa calefacción, más irregular, más viva, con ese olor a resina quemada que tiene algo de antiguo y de doméstico al mismo tiempo.

Luna lo sintió antes de sentir nada más.

Antes de las esposas en las muñecas. Antes de la cadena que la unía al pie del sillón.

Aún estaba volviendo, aún no estaba consciente del todo.

Abrió los ojos, aún aturdida, los volvió a cerrar.

A su lado, en el otro sillón, Paula estaba despierta. Tenía las manos atadas a la espalda y estaba amordazada. Pero sus ojos, abiertos, moviéndose, no eran los ojos del miedo. Eran los ojos de alguien que no tenía que estar ahí y que no quería estar ahí. Sin más, no era miedo, era enfado.

Frente a ellas estaba Álex. Las miraba desde la silla de madera.

Cuando vio que Asier entraba se levantó y fue a buscarlo sin decir nada, y los dos intercambiaron algo en el pasillo, palabras bajas, el tono de una discusión que ya ha tenido lugar demasiadas veces para seguir siendo una discusión y se ha convertido en un ritual, y luego Álex desapareció y Asier entró solo.

Cogió una silla. La puso frente a Paula. Se sentó.

La miró durante un momento sin decir nada. No era el silencio intimidatorio de quien espera que el otro se desmorone, era el silencio de alguien que está eligiendo las palabras con el cuidado sabiendo que algunas palabras, una vez dichas, no se pueden recoger.

—Estás bien. —dijo finalmente. No como pregunta. —

No vamos a hacerte daño. Esto terminará pronto.

Paula no respondió. Tenía la mordaza puesta.

—¿Sabes de lo que te estoy hablando?

Paula negó con la cabeza.

Asier se inclinó ligeramente hacia adelante, los codos sobre las rodillas, las manos juntas entre ellas.

Era esa postura que tantas veces había utilizado en el hospital, el cuerpo inclinado hacia el paciente para reducir la distancia, las manos visibles para no añadir amenaza a lo que ya es amenazante por sí solo.

—No somos asesinos. —Lo dijo despacio, como si la frase necesitara ese ritmo para sostenerse.

—Ninguno de los dos ha hecho nada parecido a esto en su vida.

—Una pausa. —Mi familia está retenida en Bogotá.

Mi mujer y mi hija. Las tiene un hombre que se llama Venicio, es un narcotraficante colombiano y su hija se muere.

Necesita un trasplante de corazón. Un corazón con una malformación muy específica —la miró— que Luna tiene.

—Otra pausa, más larga. —Si no lo hago mañana por la mañana, matarán a mi familia.

El fuego de la chimenea crepitó. Un tronco se asentó sobre las brasas con un crujido sordo.

—No pretendo que lo entiendas. —continuó Asier. — Solo quería que lo supieras. Mañana, cuando todo esto termine, serás libre.

Paula lo miraba con una intensidad que Asier sostuvo durante unos segundos antes de tener que apartar la mirada.

Había algo en esa mirada que no era el miedo que esperaba ni la rabia que habría preferido, era algo más complicado, algo que procesaba lo que acababa de escuchar con una velocidad que resultaba incómoda.

—La mordaza. —dijo Paula. La voz salía apagada, pero era inteligible. —Quítamela .

Asier la miró. Luego se levantó y le quitó la mordaza.

Paula tragó saliva.

—¿De verdad vais a matarla? —No era una pregunta. Era una confirmación que necesitaba ser dicha en voz alta para ser real. —Ella no tiene la culpa de nada.

—Lo sé.

—Entonces…

—Acaso yo la tengo. —dijo Asier.

Lo dijo en voz alta. Llevaba días haciéndose la misma pregunta y había dejado de esperar una respuesta que le sirviera de algo.

Paula no respondió. Asier tampoco. El fuego crepitó.

En el sillón de al lado, Luna empezó a moverse.

Fue un movimiento lento y sin coordinación, el movimiento de alguien que vuelve de un lugar donde la conciencia no llega, primero los dedos, luego la cabeza girando despacio hacia un lado, luego los ojos abriéndose con esa expresión desorientada y breve que dura menos de un segundo ante de que el cerebro termine de ensamblar dónde está y lo que eso significa.

Luna volvió. Y en el instante en que volvió del todo, Asier se levantó.

—Voy a ponerte la mordaza. —le dijo a Paula. La voz seguía siendo la misma, sin énfasis, sin excusa—. Te encerraremos en una habitación de arriba. Lo siento.

Paula no respondió. No quería, pero dejó que le pusieran la mordaza sin apartar los ojos de él.

Asier no supo leer esa mirada. Debería haberlo intentado.

Con ayuda de Álex la subieron a la habitación mientras Luna desesperada lo veía todo desde el sofá.

Asier regresó junto a Luna —Tranquila estará bien, mañana la dejaremos ir.

Luna siguió retorciéndose, no acababa de entender lo que Asier acababa de decirla. Asier cogió la cuerda .

—Voy a quitarte las esposas, pero te ataré las manos con esto, ¿lo has entendido?

Luna asintió con la cabeza, —Me duele la cabeza, tengo sed.

—Lo siento, pero no puedo darte nada —¿por qué?

Asier no contestó, solo fue capaz de mirarla con los ojos llenos de lágrimas

—¿por qué no me puedes dar nada? contéstame por favor…

—nos ha llamado pronto terminará todo.— Luna muy nerviosa le coge de las manos.

—¿Quién ha llamado? —Álex estaba llegando al salón cuando los ve, ve a Luna quién está repitiendo sin parar quién ha llamado, quién. Se acerca a ella y le pone un poco de cinta aislante en la boca—. Lo siento.

Los dos se marchan. Luna se derrumba en el sofá.

La noche fue larga. Deciden dejarla tranquila. No pueden darla de comer. Ella está asustadísima. La dan una tila donde han disuelto tranquilizantes, la obligan a tomársela y cae dormida en seguida.