15 #2
—Necesito que me ayudes a vestirme. No puedo yo sola.
—Sí, te ayudo, pero...
—Es el brazo. No puedo subirlo.
—Ponte de espaldas si quieres. Te ayudaré.
Luna se puso de espaldas. Asier la ayudó con muchísimo cuidado. Cuando terminó, vio que Luna tenía el pelo mojado.
—Puedo ayudarte con el pelo.
—No.
Asier no dijo nada. Cogió una toalla y se quedó observando. Luna intentó secárselo, pero no podía casi mover el brazo. Se puso a llorar de impotencia.
— Déjame a mí.
Con cuidado, le secó el pelo con una toalla. Cuando terminó, Luna se miró en el espejo. Se vio horrible. Tenía una herida en la ceja y unas ojeras muy marcadas. La cara pálida y demacrada. La ropa le venía enorme.
—No te preocupes, no estás tan mal.
Luna se dio la vuelta. Le ofreció a Asier una toalla y unos vaqueros que estaban con la ropa que le habían dado. Él estaba empapado.
—Ver mi sangre en tus pantalones no me ayuda.
—Tienes razón.
Luna se sentó en la taza del váter dándole la espalda. Quedó mirando a la bañera. Estaba manchada de sangre. Abrió el grifo y la limpió. Vio las esposas. Estaban en la bañera. Las cogió e intentó esconderlas.
—Dámelas.
Asier le sujetó suavemente las manos. Cogió las esposas.
Pero no se las puso.
—Venga, bajemos al salón. Nos vendrá bien comer algo.
En el salón, Luna se sentó en el sofá. Asier fue a la cocina mientras Álex se acercó a ella .
—¿Estás bien?
—No puedo mover este brazo.
—Lo siento. De verdad. Estaba nervioso...
Luna lo miró. No dijo nada.
—Voy a hacer algo de comer. —gritó Asier desde la cocina—. Veniros a la cocina.
Álex se levantó. Al ver que Luna no se movía, la cogió muy suavemente del brazo. Ella no se resistió y fueron a la cocina.
Luna se agachó. Había visto algo en el suelo. Un brillo pequeño. Era su colgante, una pequeña luna de plata. Se le había caído durante el forcejeo. Lo cogió y Lloró.
—Me lo regaló mi madre... —Asier se arrodilló junto a ella, cogió el colgante y se lo puso. —es bonito.
—En una discusión, ya no recuerdo ni siquiera el motivo, me enfadé y le tiré a mi madre este colgante a la cara.
De adolescente fui un poco difícil. Después de que mi madre muriera intenté alcanzar una caja de recuerdos que mi madre escondía en un estante alto del armario de su habitación.
Perdí el equilibrio y el borde de un marco de fotos me dio de lleno en la ceja.
Cuando se me pasó el susto empecé a llorar.
Siempre he pensado que mi madre, desde algún lugar, me estaba riñendo por cotillear sus cosas.
—Asier la miraba, la estaba escuchando, y ese momento de intimidad le estaba haciendo daño, un nudo se le puso en el estómago.
—He preparado algo de sopa de sobre. Debemos comer. He hecho tila para los tres. Estamos muy nerviosos. Asier se levantó y ofreciéndole la mano —Venga, siéntate en la mesa, por favor.
Luna se tomó su tiempo, pero cogió su mano, no porque sintiera algo parecido a la amabilidad sino porque estaba agotada. Se levantó. Se sentó con ellos en la mesa. Pero no hizo ningún intento de coger el cubierto y llevarse algo de comida a la boca.
—Te lo suplico. —dijo Asier—. No hagas que también te obliguemos a comer. Sabes que podemos hacerlo y deseo que entiendas que es lo último que queremos. Por favor, intenta comer algo.
Luna miró el plato. Cogió la cuchara y empezó a comer.
Terminó pronto, estaba caliente y su cuerpo lo agradecía.
—¿Quieres más? —preguntó Álex.
—No.
Siguió ahí sentada en la mesa. Tocándose el colgante.
Álex salió de la cocina.
Asier, —Lo siento. Yo también perdí a mi madre.
Luna lo miró.
—Mejor. Así no tendrás que explicarle lo que me estás haciendo. Lo que terminarás haciéndome.
—No puedo reprocharte nada.
Silencio.
—Las echo de menos. —dijo Asier—. No sé si están bien o les están haciendo daño. Y pensar que no les dediqué todo el tiempo que se merecían... que se merecen. —¿Cuándo vas a arrancarme la vida?
Asier retiró la mirada. Miró hacia la mesa.
—No sigas por ese camino.
—¿Qué camino? ¿El que me habéis obligado a seguir? ¿Ahora qué ?, ¿vas a levantarme y a amordazarme? Cuando no quieres contestar esa es tu solución. Ni soportas mirarme. Vas a ser capaz de matarme y no tienes el valor ni de mirarme a los ojos y decirme cuándo pasará, cuándo terminará todo para mí.
—No sé si podré...
—Si tú no lo haces, lo hará él. O lo hará cualquier otro.
No vas a permitirme salir de esto.
—Eres tú o mi familia .
—Tiene que haber una manera de no tener que elegir...
Luna intentaba contener el llanto.
—No la hay.
Luna rompió a llorar. Asier también. Se levantó y la cogió del brazo.
—Átame si quieres. —dijo Luna—. Amordázame. Hazme lo que quieras. Pero por favor, déjame un rato sola.
Permíteme eso al menos.
—Iré al baño y cuando baje tendré que llevarte conmigo.
Asier salió de la cocina.
Luna se quedó sola.
No la había atado. No la había puesto las esposas. Era su oportunidad.
Miró a su alrededor. No sabía dónde estaba Álex. Asier tardaría muy poco en volver. Se levantó y con miedo se asomó al salón Vacío.
Corrió hacia el baño de abajo, no lo pensó. El ventanuco seguía abierto. Trepó de nuevo y salió.
Fuera ya no llovía, pero hacía mucho frío. Y había niebla.
Una niebla espesa que lo cubría todo como una sábana blanca. No se veía a más de cinco metros. El mundo era gris, blanco y frío.
Luna miró hacia atrás. La casa estaba allí, oscura, amenazante. No había señales de que se hubieran dado cuenta. Todavía.
Empezó a correr.
Corría descalza sus pies tocaban la tierra húmeda y fría. Cada paso dolía. El brazo le dolía. El cuerpo entero le dolía. Pero siguió corriendo.
La niebla la envolvía. No sabía hacia dónde iba. Solo sabía que tenía que alejarse de ellos. La casa que había visto la noche anterior cuando hizo las señales con las cerillas .
Estaba por ahí. En alguna parte.
Siguió corriendo. El corazón le latía tan fuerte que pensó que iba a explotar. La respiración entrecortada. El aire frío quemándole los pulmones.
Tropezó con una piedra. Cayó. Se levantó. Siguió corriendo.
Y entonces la vio.
Una luz. Tenue. Borrosa por la niebla. Pero allí estaba.
La casa.
Corrió hacia ella. Más rápido. Con todo lo que le quedaba. Los pies manchados. El brazo ardiendo. La cara cubierta de dolor y lágrimas.
Llegó a la puerta. No había tiempo para sutilezas. No había tiempo para pensar. Llamó a la puerta. Tres golpes desesperados.
Y sin esperar respuesta, la abrió.