El Paciente Imposible 15
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Luna estaba despierta. Había estado despierta durante horas, fingiendo dormir con los ojos vendados, el cuerpo tenso. Cuando oyó los golpes en la puerta, tres toques secos, educados, completamente fuera de lugar en esta casa perdida en medio de la nada, algo explotó dentro de ella.

Se levantó de golpe.

Álex estaba en el sillón con un libro de medicina abierto sobre el pecho. No reaccionó a tiempo. Luna ya estaba de pie, moviéndose hacia la puerta con toda la energía reprimida que aún le quedaba en el cuerpo.

Álex se levantó del sillón como impulsado por un resorte.

La agarró por el brazo. Ella forcejeó. Se retorció.

Intentó liberarse con una fuerza que no parecía que pudiera tener después de todo lo que había vivido.

La cadena tintineaba, arrastrándose por el suelo de madera.

La cadena del tobillo se tensó y ambos cayeron al suelo.

Luna se llevó la peor parte. Su cara golpeó contra el suelo de madera con un sonido seco y horrible. La cabeza rebotó ligeramente. Se quedó quieta un segundo.

Luego siguió luchando.

Álex la tenía sujeta por la cintura, pero ella seguía retorciéndose, intentando gritar detrás de la mordaza, pataleando con las piernas, aunque una de ellas estaba encadenada. Sangre. Había sangre en su cara, oscura y brillante. Le sangraba la ceja.

Volvieron a llamar a la puerta.

Asier subió las escaleras. Venía corriendo. Evaluó la situación en medio segundo, Luna en el suelo sangrando, Álex intentando sujetarla, apretando su mano contra la mordaza, el golpe había sonado demasiado fuerte para fingir que la casa estaba vacía.

—No hagáis ruido. —susurró—. Escondeos en la cocina.

Se arrodilló junto a Luna. Le quitó las esposas del tobillo con manos temblorosas. Álex la cogió por los brazos y empezó a arrastrarla hacia la cocina. Luna luchaba. Se retorcía.

—Ahora abro. —dijo Asier hacia la puerta—. Un momento.

Álex la metió en la cocina a rastras. Luna seguía forcejeando, aunque ya no tenía fuerzas. Solo adrenalina.

Asier abrió la puerta.

Al otro lado había una chica joven. Asier pensó que tendría cerca de los treinta años. Pelo oscuro recogido en una coleta. Ropa práctica, vaqueros, botas de montaña, un abrigo de plumas verde. Llevaba una libreta en la mano y una sonrisa ensayada en la cara.

—Hola. —dijo—. Me llamo Paula. Siento molestarte.

Soy periodista y estoy haciendo un reportaje sobre la gente que aún vive en aldeas como esta.

Me alojo aquí cerca y al ver luz la otra noche me he animado a hacerte una visita para poder saber a qué se dedica la gente que vive aquí tan lejos de la ciudad.

Asier la miró. Procesó la información en milésimas de segundo. Periodista. Vio la luz. La otra noche. No sabía que luz era esa, pero lo averiguaría más tarde.

—Hola. —dijo, forzando una sonrisa—. Bueno, no puedo ayudarte porque no vivo aquí. Solo he venido a descansar.

Paula ladeó la cabeza.

—¿Solo estás tú?

—Sí.

En ese momento, desde la cocina, llegó el sonido de platos rompiéndose contra el suelo.

Paula levantó las cejas.

—¿Seguro que no hay nadie más en casa?

Asier se rio. Una risa falsa, demasiado alta.

—Ah si, perdona. Sí, es mi hermano. Está en la cocina.

¿Estás bien? —gritó hacia dentro.

—Sí, ahora salgo. —llegó la voz de Álex desde la cocina.

En la cocina, Álex estaba sobre Luna en el suelo.

Le había esposado las manos a la espalda, haciéndole mucho daño, con el peso de su cuerpo presionándola contra las baldosas frías.

Le ató los pies con una cuerda, muy fuerte, demasiado fuerte, los nudos apretados hasta que la piel empezó a enrojecerse.

Luego la arrastró hasta la tubería de agua que salía de la pared, junto al fregadero, y la ató a ella con la cadena. Comprobó que la mordaza estuviera bien ajustada.

Se le había caído la venda de los ojos. Luna le miraba, llorando, ya agotada. Le sangraba la ceja. El corte era profundo y la sangre le caía por el lado izquierdo de la cara mezclándose con las lágrimas.

Intentó moverse, pero no podía. Las esposas en las muñecas, la cuerda en los tobillos, la cadena que le apretaba la cintura a la tubería.

Lo intentó con todas sus fuerzas, pero solo consiguió hacerse más daño.

El metal se clavaba en la piel. La cuerda cortaba la circulación. Y ella ya no tenía más fuerzas.

Álex cerró la puerta de la cocina. Salió al salón.

—Tu hermano. —dijo Paula—. Eso explica que haya dos coches.

—Sí, claro, es cierto, —dijo Asier rápido—. Estamos aquí. Solo los dos. Está en la cocina. Iba a matar una gallina para la comida. Supongo que por eso el escándalo.

Álex apareció en el pasillo. Tenía un trapo en las manos. La camiseta manchada de sangre parecía no haberse dado cuenta.

—Hola. —dijo—. Siento lo de los platos.

Asier lo miró. Vio la sangre y tuvo que improvisar.

—¿Se resistió mucho?

Álex lo miró sin entender.

—Sí, la gallina que vas a cocinar. —continuó Asier—. Parece que vengas del matadero con esa sangre.

Álex bajó la vista. Vio las manchas rojas en su camiseta y se puso pálido.

—Sí, pero ya está. Es cierto, me ha manchado…

Paula los miraba. Había algo raro en todo esto. La tensión era palpable. Pero no dijo nada.

—Bueno, sí solo estáis de paso no os molesto más.

—Siento no poder ayudarte. —dijo Asier—, pero si necesitas cualquier cosa estaremos aquí unos días.

—Gracias, lo tendré en cuenta. Que os aproveche la comida.

—Gracias. Hasta luego.

Cerraron la puerta. Se miraron y suspiraron.

—¿Quién era? —preguntó Álex.

—Una periodista. Haciendo un reportaje sobre la vida en las aldeas. Le he dicho que solo estamos de paso.

—¿Se lo ha creído?

—Eso espero. —Asier lo miró—. ¿Qué ha pasado ahí dentro? ¿Y esa sangre?

—Mierda. Es de ella. Pero no sé muy bien de dónde. La he atado en la cocina. Me he pasado. Estaba nervioso. No paraba de retorcerse y seguro que está haciéndose daño.

Fueron a la cocina.

La encontraron en el suelo. Había sangre. Un charco pequeño que bajaba por su mejilla y que seguía creciendo camino a su cuello. Luna tenía la ceja abierta y algo hinchada. El corte era profundo.

Corrieron a desatarla. Asier la liberó de la tubería. Álex le quitó la cuerda de los pies. Pero no le quitaron las esposas. Luna seguía nerviosa, pero sabía que ya no tenía adónde ir.

La sentaron en el suelo de la cocina, con la espalda apoyada contra los armarios. Asier se fue y volvió con un botiquín. Álex le ofreció un poco de agua. Luna dejó de moverse estaba agotada pero aun así no dejaba que la tocasen. Estaba enfadada.

Asier intentó limpiarle la cara. Ella movía la cabeza constantemente.

—Seguro que te duele —le dijo—. Déjame curarte. Sangra mucho. Tengo que pararte la hemorragia. Con tanta sangre no veo la herida.

Luna no quería dejarle. Movía constantemente la cabeza de un lado a otro.

—Lo siento. —dijo Álex.

—Déjame curarte o será peor para ti —insistió Asier.

Luna seguía igual. Negándose. Era una resistencia inútil pero lo único que la quedaba, no quería estar allí no quería nada de todo aquello.

Asier perdió la paciencia.

—¡Te lo advertí! —le gritó a Álex—. Enciende la ducha y el agua caliente. Corre.

Se levantó. Cogió a Luna del suelo y se la cargó al hombro. Ella empezó a retorcerse y a intentar patalear.

—Deja de moverte o nos caeremos los dos escaleras abajo.

Subió las escaleras con ella. Álex ya había llegado al baño.

Asier le bajó los pantalones y se los quitó.

Luna se quedó quieta de repente, no quería que ellos la desnudaran, Asier se dio cuenta —no tenemos más pantalones secos que podamos dejarte.

—lo dijo mirándola a la cara, mostrándole sus manos, intentando parecer inofensivo, pero eso era ya imposible.

Entre los dos la metieron en la bañera. Asier se quitó los zapatos, los pantalones y la camiseta. Se metió con ella.

Álex se sentó en el suelo del baño. Se tapó la cara con las manos. Lamentándose.

El agua empezó a caer. Caliente. Humeante.

—Voy a curarte quieras o no. —le dijo Asier a Luna—. De ti depende el tiempo que nos pasemos bajo el agua. Cuantas más tardemos más sangrarás, ya que el agua caliente no ayuda.

Cogió un trapo mojado. Empezó a limpiarle la cara, con cuidado. Luna intentó toser, Asier vio que por la mordaza asomaba un hilito de sangre.

—Te sangra la boca, ¿verdad?

Luna asintió.

—Voy a quitarte esto, pero tienes que prometerme que no gritarás. Aún estás muy nerviosa. Piénsatelo antes de contestarme y tranquilízate, o no te la quitaré.

Luna asintió con la cabeza. Sabía que no le daría ni tiempo a intentarlo. Se dio por vencida. Dejó de luchar con las esposas que le estaban haciendo un daño horrible.

Levantó la cara y se dejó limpiar.

—¿Puedo confiar en ti?

Luna asintió .

Asier le quitó la mordaza. Luna escupió sangre. Bastante.

—Abre la boca.

Luna obedeció y Asier inspeccionó.

—Te has debido morder la lengua o de un golpe te has clavado los dientes en ella, pero no es nada.

—Cuánta sangre... —susurró Luna.

—No te asustes. Con el agua parece más de lo que es. Te has hecho una brecha en la ceja, pero creo que no es muy grave. Pronto dejará de sangrar.

—Por favor, quítame las esposas.

Álex se levantó del suelo.

—Yo lo haré. Lo siento. No quería hacerte daño. Tienes las muñecas moradas.

Le quitó las esposas. Las muñecas de Luna estaban rojas, con marcas profundas del metal. Amoratadas en círculos perfectos.

—Dame las manos. —dijo Asier—. Voy a masajeártelas para que vuelva a circularte la sangre con normalidad. Álex, tráenos ropa seca y toallas.

Álex salió del baño.

Asier apagó el agua. La ayudó a salir de la bañera. Ella se sentó en la taza del váter, empapada, temblando. Álex volvió con ropa y toallas. Las dejó y se fue.

—Voy a dejar que te cambies y te seques. —dijo Asier—.

Estoy al otro lado de la puerta.

Salió.

Luna intentó cambiarse. Le costó mucho. Le dolían los brazos y los hombros. Se puso sus pantalones, pero necesitaba ayuda para la parte de arriba. Consiguió quitarse la ropa mojada pero no ponerse la seca. No podía levantar un brazo.

Tapándose con un jersey que era enorme para ella, llamó a Asier .