14 #3
—Yo... el precio... no entiendo nada. Yo no tengo dinero. ¿Por qué me retienes? ¿Quién tiene a tu familia? Llamemos a la policía. Te juro que no les contaré nada. Si han secuestrado a tu familia ayudaré para que vuelvan, pero por favor suéltame. Me haces daño. Soltadme.
—No puedo. Esto es una pesadilla.
Asier la miró a los ojos. Y se lo dijo todo.
—Luna. Un cartel colombiano secuestró a mi familia.
Luego a nosotros. Mató a mi mejor amigo delante de mí.
Y todo porque su hija se muere. Tiene dieciséis años y se está muriendo.
Tiene una rara enfermedad cardíaca y necesita un corazón.
Buscaron soluciones, pero nada funcionó... Tiene el corazón en el lado derecho .
Luna se quedó quieta. Los ojos llenos de lágrimas.
—Como yo. —susurró—. Quiere mi corazón.
—Y tengo que hacer yo el trasplante. Me hice especialista en tu condición.
Asier lloraba. No la soltaba.
—Suéltame. —Susurró Luna.
—No puedo.
—Suéltame.
Asier la soltó.
Luna se levantó de golpe. Quiso correr. La cadena la detuvo y cayó al suelo.
Se quedó allí, de rodillas, llorando, intentando arrancarse la cadena del tobillo.
Tiraba y tiraba con una fuerza desesperada que no tenía sentido porque la cadena estaba atada al sofá y el sofá pesaba más kilos de los que ella podría mover nunca.
—Para. Para, por favor.
—¿Por favor? —gritó Luna—. Una mierda. Suéltame.
Quítame esto. No es justo.
—Cálmate. No quiero volver a tener que atarte.
—¡Es mi vida lo que vais a arrebatarme! ¡Lo que vais a usar como moneda de cambio y quieres que me calme!
Álex apareció en lo alto de las escaleras. Bajó corriendo.
—Lo sabe.
—Lo sé —dijo Luna, todavía en el suelo, tirando de la cadena—. Sé que vais a matarme.
Empezó a gritar. A chillar. Desesperada. Golpeando el suelo, el sofá, cualquier cosa que alcanzara. Asier se arrodilló junto a ella y le sujetó los brazos.
—Tranquilízate.
—No me toques —gritó ella, llorando, intentando liberarse—.
Asier la sujetó con más fuerza. La miraba impotente.
—No pretendo que lo entiendas, pero no tengo elección .
—Sí que la tienes. —suplicó Luna cogiéndole la mano—. Vayamos a la policía. No diré nada de esto. Por favor, por favor.
—Las matarán.
—Si lo tienes tan claro... mátame ya. Vamos, ¿a qué esperáis? Terminemos ya con esto. Sois unos cobardes. Vais a ceder a lo que os pide un asesino.
Asier se levantó de golpe. Lleno de rabia. Cogió la taza de la mesa y la estrelló contra la pared. Luego un vaso. Luego un plato. Todo lo que encontró a su paso. El ruido de la loza rompiéndose llenó el salón.
Álex lo alcanzó y lo sujetó.
—¡Venga, cálmate!
Asier cayó de rodillas. Lloraba como un niño.
Álex se acercó a Luna. Ella seguía en el suelo, destrozada, empeñada en arrancarse la cadena, aunque ya no tenía fuerzas.
—No me gustaría tener que atarte y amordazarte. —dijo Álex—. Solo intenta calmarte.
Luna estaba cansada. Desistió de luchar. Se quedó allí, acurrucada en el suelo, llorando. Pasó el tiempo y ella no se dio cuenta, pero dejó de llorar, ya solo miraba al suelo. Se rindió.
No podía más. No entendía cómo podían hacerla esto.
Asier se había ido a la cocina. Siguió rompiendo todo lo que encontró. Platos, vasos, jarras. Todo. Hasta que se acurrucó en un rincón, lamentándose, llorando. Álex intentó consolarlo, pero no sirvió de nada.
—Asier, por favor, no me dejes solo en esto. —dijo Álex —. Te necesito. Tranquilízate.
Asier seguía llorando. Acurrucado como un niño. Todo el miedo contenido saliendo de golpe.
—Venga. Me gustaría decirte que saldrá bien, que toda esta mierda terminará pronto, pero no tengo ni idea de cómo va a salir todo, de cómo acabará. Solo sé que estamos juntos en esto y que tenemos que ser fuertes por Maica y la pequeña.
Asier dejó de llorar, pero siguió sentado en el suelo.
—Voy a ver a Luna. —dijo Álex—. Necesitaremos un poco de tila. ¿Podrás prepararla?
—Sí —susurró Asier.
Álex salió de la cocina y fue al salón. Luna estaba sentada en el suelo, lejos del sofá, con la cadena tensa. Tenía la mirada perdida. Todo su cuerpo rígido, pero completamente derrotada.
Se dejó coger del brazo por Álex. La sentó en el sofá. Sus ojos reflejaban una agonía interminable. La certeza de que estaba allí, sola. Sabía que ellos dos eran sus secuestradores y serían sus verdugos.
—Lo siento. —dijo Álex.
Luna miró al suelo. No le miraba a la cara. Le ofreció sus muñecas para que la volvieran a atar. —No voy a atarte. —dijo Álex—.
Luna seguía con los brazos extendidos, las muñecas juntas. De sus mejillas caían lágrimas, pero ella casi ni respiraba.
—Luna, respira hondo. Intenta relajarte.
—No me hables como si te preocupara cómo me siento. —susurró ella—. Solo soy para ti la vida de otra persona. Átame. ¿No es eso lo que terminarás haciendo? Contéstame.
—Supongo que sí, pero... no tiene que ser así. No tienes por qué pasarlo mal.
Luna lo miró. Su cara era una muestra del cansancio y de impotencia.
—Estoy cansada de que intentes suavizarme esto. No te importo nada así que … Te lo hago fácil. —Cogió la cuerda qu e estaba junto a ella y juntó las muñecas—. Toma. Hazlo ya.
Álex no sabía qué hacer. Todo lo que ella decía era cierto. Pero él no quería hacerla sufrir más de lo necesario. Aun así, cogió la cuerda y le ató las muñecas.
—Esto es una mierda. De verdad que lo siento.
Luna lo miró. Le mostró sus muñecas ahora atadas y susurró.
—Te lo suplico. No me matéis.
Álex se levantó y se fue a la cocina.
—Está destrozada. —le dijo a Asier—. Me ha suplicado que no la matemos. Joder, casi ni puedo mirarla a la cara. Creo que será mejor dejarla un rato sola.
—Sí. —dijo Asier—. Mientras voy a buscar algún calmante para darle con la tila. Tiene que relajarse o se hará daño.
—¿Más daño del que ya le hemos hecho?
Pasó una hora. Amaneció.
Asier le llevó a Luna una tila caliente con una pastilla. Un relajante y se sentó en la silla frente a ella. Luna estaba hecha un ovillo, con la mirada clavada en el suelo.
—Te he traído algo caliente y un relajante. —dijo—. Del frío y la fiebre debes sentir todo el cuerpo entumecido.
Luna no dijo nada. No lo miró.
—Por favor, tómatela. Entrarás en calor.
Luna seguía sin levantar la cabeza.
Asier le tocó la barbilla. La obligó a mirarlo. Su mirada estaba llena de miedo. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar.
—Toma. Está caliente.
La acercó la taza a los labios. Luna no los abrió. Negó con la cabeza, pero no dejó de mirarlo.
—No hagas esto. Tienes que comer, entrar en calor .
Luna negó con la cabeza otra vez.
—Puedo obligarte.
Ella seguía mirándolo. Una lágrima cayó, pero no dejó de mirarlo.
—Joder, no me hagas esto. Venga.
Lo intentó de nuevo, pero no lo consiguió. Luna se negaba a abrir la boca. Solo lo miraba con esos ojos llenos de acusación silenciosa.
—No me mires así. ¿Qué crees, que yo quiero esto? ¿Que estoy disfrutando con esta mierda? Deja de mirarme así. Por favor, no lo soporto.
Se levantó. Cogió un trapo y le vendó los ojos.
—¿Pero ¿qué haces? —preguntó Álex desde la puerta.
—No puedo mirarla a los ojos sin sentirme horrible — dijo Asier—. Me quedo bloqueado. Joder. La vamos a matar y no aguanto la sola idea de tener que hacerlo.
—No lo hagas. —susurró Luna—. No me mates. Por favor, no me matéis. No me hagáis daño. No, no, no. — Llorando—. No diré nada a nadie. No quiero morir.
—No lo soporto.
Asier cogió la cinta aislante y le tapó la boca. Aun así, ella seguía suplicando detrás de la mordaza. Intentó quitársela con las manos. Asier le sujetó las manos y se las bajó.
—No lo hagas. No quiero atarte más fuerte.
Luna le hizo caso. Con el pañuelo tapándole los ojos, seguían cayendo lágrimas por sus mejillas. Con la mordaza le costaba tener una respiración normal. Asier lo sabía, pero no soportaba oírla.
—Intenta tranquilizarte.
Desde que Luna lo sabía habían pasado varias horas. Se acercaba el mediodía.
Álex seguía en el salón, vigilándola. Luna parecía estar dormida, pero con los ojos vendados era imposible saberlo con certeza.
Asier estaba en el sótano, revisando el material quirúrgico. Bisturíes. Separadores. Pinzas. Sierra esternal. Todo lo que necesitaría para abrir un pecho y extraer un corazón.
La casa estaba tranquila. En silencio. Fue entonces cuando alguien llamó a la puerta.