El Paciente Imposible 14 #2
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14 #2

Luna cogió el tenedor. Lo hundió en la pasta. Se llevó un bocado a la boca, pero la arcada vino antes de que pudiera tragar.

Se llevó la mano a la boca. Tosió. Empezó a devolver. Asier y Álex se levantaron al mismo tiempo. La llevaron al baño. Luna se arrodilló frente al váter y siguió vomitando. Bilis. Agua. Nada sólido porque no había comido nada sólido en horas.

Cuando terminó, se quedó allí, de rodillas, con la cabeza apoyada contra el borde del váter. Temblando, estaba muy mareada.

Álex miró a Asier.

Álex no era cirujano, pero entendía el cuerpo humano mejor que Asier, de una forma que los libros no enseñan.

Mientras su hermano mayor se perdía en la lógica de las complicaciones quirúrgicas y los tiempos de isquemia, Álex se centraba en lo que tenía delante, el temblor en las manos de Luna, la palidez de su fiebre.

Era el enfermero de urgencias quien, incluso en el infierno, no podía dejar de cuidar.

—No podemos dejarla en esa habitación —dijo en voz baja—. Está helada y allí hace mucho frío.

Asier asintió.

—La llevaremos al sofá.

La llevaron al salón. Luna estaba semiinconsciente. La fiebre la había llevado a ese lugar intermedio donde el cuerpo sigue funcionando, pero la mente se ha ido a otra parte, un lugar oscuro y sin referencias donde no hay diferencia entre dormir y estar despierto.

La tumbaron en el sofá. Álex le puso paños fríos en la frente mientras Asier encontraba una manta y avivaba las llamas de la chimenea. La madera seca crepitó y el calor empezó a llenar la habitación.

Luna se quedó dormida.

Durmió todo el día. Todo. Desde las dos de la tarde hasta la noche. No se movió. Apenas respiraba. Cayó en ese sueño profundo de la fiebre alta cuando el cuerpo se rinde y deja que la enfermedad haga lo que tenga que hacer.

Asier y Álex no hablaron. Se sentaron en sillas separadas, mirando el fuego, mirando a Luna, sin decirse nada porque no había nada que decir.

Cuando Luna se despertó, era de noche.

Abrió los ojos despacio. La habitación estaba en penumbra. Solo la luz del fuego. Intentó incorporarse y el mundo se inclinó.

—Espera. —dijo una voz.

Asier. Estaba sentado en una silla, cerca de la chimenea. Se levantó y se acercó. La ayudó a sentarse.

—Te ayudo. —dijo—. Tómate esto. Es una tila. Te vendrá bien tomarte algo caliente. Traga esta pastilla, es para la fiebre.

Le dio una taza. Luna la cogió con las dos manos. Todavía temblaba, pero menos. La fiebre había bajado un poco.

—Gracias. —susurró.

Asier la miró. Ese agradecimiento fue peor que cualquier súplica. Peor que los gritos, peor que las lágrimas. Porque era humano. Porque reconocía en él a alguien que la había cuidado y merecía gratitud.

Se levantó rápido. Cogió las llaves. Le esposó un tobillo a una de las patas del sofá y la dejó sola.

Álex estaba sentado a la mesa del salón.

Había libros de medicina abiertos frente a él.

Libros, sobre situs inversus totalis, sobre trasplantes cardíacos en pacientes con malformaciones congénitas.

Venicio había dejado una pequeña biblioteca médica en la casa.

Todo lo que necesitaban para saber exactamente cómo hacer lo que tenían que hacer.

Pasó una hora.

—Necesito ir al baño. —dijo Luna. Álex levantó la vista.

—Vale. Espera que te suelte. Venga, despacio. La ayudó a ponerse de pie. Fueron al baño sin ventana. Álex se quedó fuera.

—Intenta no tardar —dijo—. Dejaremos la puerta entornada.

Luna asintió y entró. Cuando salió, fueron a la cocina.

Asier había preparado algo parecido a sándwiches de mermelada, toda la comida que encontraban eran conservas, así que hizo lo que pudo con unas rebanadas de pan tostado que encontró.

Se sentaron a la mesa. Los tres. Luna comió un poco. Despacio. Sin hablar.

Nadie habló. El silencio era denso y físico, cada uno concentrado es su plato.

Cuando terminaron, Asier se levantó.

—No dormirás en la habitación. —dijo sin mirarla—. Hace mucho frío. Te quedarás en el sofá. Vamos, siéntate allí.

Luna se sentó. Asier le esposó un tobillo a una de las patas. Le ofreció una sudadera, ella llevaba una camiseta de manga corta. Esperó a que se la pusiera, le quedaba muy grande, pero la abrigaría que era el objetivo.

—Dame las muñecas.

Luna no se las dio.

—¿Por qué? —preguntó. Su voz apenas un hilo.

Asier no contestó. Cogió la cinta aislante y le tapó la boca. Luna no se resistió. Solo lloró. Lágrimas silenciosas que le corrían por las mejillas mientras Asier la mirada sin responder .

—Te ataré con esto. —dijo, enseñándole una cuerda—. Para que no te hagas tanto daño en las muñecas.

Le ató las manos delante. La cuerda por encima de la tela de aquella prenda de ropa que la hacía parecer más pequeña y empujándola suavemente la tumbó. La tapó con una manta y se alejó de ella.

Luna no paró de llorar. Pronto volvió a subirle la fiebre y cayó dormida.

Se despertó a medianoche.

En el sillón de al lado estaba Álex, dormido. La respiración profunda que regalaba el sueño. Luna se incorporó despacio. La cadena del tobillo tintineó, pero Álex no se movió.

Se levantó. La cadena no era muy larga, pero llegaba hasta la ventana. Abrió el ventanal un poco, lo justo para ver afuera. Ya no llovía. La noche era negra, pero a lo lejos había una luz. Una casa. La misma que había visto cuando intentó escapar.

Había una ventana iluminada.

Luna miró alrededor. Buscó algo. Cualquier cosa. Lo único que vio fue una caja de cerillas junto a la chimenea. Se agachó y con mucho cuidado estiró los brazos todo lo que pudo. Apenas la alcanzaba. Sus dedos rozando el cartón.

La cogió.

Volvió junto a la ventana y pegada al cristal. Abrió la caja. Las manos le temblaban. Tenía las muñecas atadas con la cuerda, apenas podía separar las manos, pero consiguió sacar una cerilla.

La encendió.

La llama brilló en la oscuridad. La sostuvo frente a la ventana. Tres segundos. Cuatro. La apagó.

Encendió otra. La misma rutina. Encender. Sostener.

Apagar .

El olor a fósforo empezó a inundar el salón. Luna se quedó quieta. Miró a Álex para asegurarse que seguía durmiendo.

Encendió una tercera cerilla. Nada pasó. La luz de la casa seguía encendida, fija, sin cambios.

Iba a darse por vencida cuando la luz se apagó.

Y volvió a encenderse.

¿La habían visto?

Luna oyó pasos en el piso de arriba y en ese mismo momento Álex se movió en el sillón.

Cerró el ventanal. Dejó la caja de cerillas donde estaba. Las cerillas quemadas las escondió debajo del sillón, empujándolas con el pie todo lo lejos que pudo. Se tumbó en el sofá y cerró los ojos. Se hizo la dormida.

Sintió que Álex se movía. No se atrevió a mirar. No sabía si se había despertado y estaba mirándola o si solo se había dado la vuelta en sueños. El corazón le latía tan fuerte que pensó que iba a explotar.

Oyó a Asier bajando las escaleras con pasos lentos. Se detuvo junto a ella y le tocó la frente.

—Despierta —le dijo a Álex—. Vete a la cama. Ya me quedo yo aquí.

—Vale.

Álex se levantó. Luna escuchó sus pasos yendo hacia las escaleras.

—Álex.

—¿Sí?

—¿Has encendido la chimenea?

—No. ¿Por qué?

Silencio. Luna sintió la mirada de Asier sobre ella, aunque no podía verla.

—Por nada. Será la brasa. Descansa.

Álex subió. Sus pasos se perdieron en el piso de arriba y una puerta se cerró.

Asier se quedó de pie junto al sofá. Luna lo sentía allí, mirándola. Le tocó la frente otra vez. Todavía caliente. Fue a la cocina y volvió con un trapo mojado en agua tibia que le puso en la frente.

Luna seguía haciéndose la dormida. Tan asustada que ni siquiera respiraba.

Asier le tocó las manos. Las tenía frías. Le aflojó la cuerda. Luna se sobresaltó sin querer y abrió los ojos.

—Tranquila. —dijo Asier—. Sigues teniendo fiebre e intento bajártela. Voy a aflojarte la cuerda. Tienes las manos frías y seguro que las tienes dormidas. Mira, te voy a desatar, pero no hagas tonterías.

La desató. Luna se masajeó las muñecas. Del esfuerzo con las cerillas se había hecho daño. La piel enrojecida.

Asier le cogió las manos. Las miró.

—Pensé que estarías mejor con esto, pero no.

Luna quiso decirle que sí, que la cuerda era mejor que las esposas de metal, que así se hacía menos daño. Abrió mucho las manos y se las llevó a la cara rogando que la dejara explicarse. Asier la dejó. Se acercó y muy despacio le quitó la mordaza.

—No me hace tanto daño, la cuerda —dijo Luna con voz ronca—. Solo que no puedo evitar moverme.

Asier asintió.

—Mira, acabo de dormir así que no tengo sueño. Me quedaré aquí, no voy a atarte. Sigue durmiendo si quieres.

—No tengo sueño. —dijo Luna—. ¿Puedo sentarme?

—Sí.

Luna se incorporó. Asier cogió una silla y se sentó frente a ella. Le quitó el paño de la frente.

—Aún tienes algo de fiebre. ¿Qué tal te encuentras?

—Dímelo tú .

Asier casi sonrió. Casi.

—Teniendo en cuenta la lluvia, el barro, las carreras... creo que tienes bastante buena pinta.

Luna lo miró. Tocándose las esposas del tobillo.

—Supongo que no importa. No parece que vaya a ir a ningún sitio.

Le miraba. Ya no lloraba. Solo le miraba.

Asier no sabía qué hacer. Le gustaría mentirla, decirle que no la pasaría nada. Que no la iban a hacer daño. Pero no podía. La miró sabiendo que tendría que matarla. Pensó en su hija. En su mujer. Le sujetó las manos.

Y con los ojos húmedos y la voz rota, le contó la verdad.

—Tienen a mi mujer y a mi hija. Las matarán si no...

si no... —La voz se le quebró—. No quiero hacerlo.

Ni siquiera sé si seré capaz. Joder, soy médico.

Me hice médico para salvar a la gente, para ayudarla.

Esto es una mierda. Te juro que te miro y.

… ese cabrón... su hija se muere y el precio que tengo que pagar por mi familia eres tú.

Luna estaba nerviosa. Asier le estaba apretando las manos sin darse cuenta. Ella no entendía nada.