14
Era mediodía. Álex estaba en la cocina, frente a una tetera llena de agua que había encontrado en uno de los armarios, esperando a que el agua hirviera, solo miraba el fuego intentando concentrarse en eso y así poder dejar de pensar en lo que estaban haciendo.
Había macarrones en una cacerola que también había encontrado en un armario de la cocina.
Asier dormía en el piso de arriba. Llevaba despierto treinta y seis horas seguidas.
La culpa no lo dejaba dormir, pero el cuerpo tenía sus propios límites y cuando cruzabas el umbral del agotamiento extremo el sueño te toma, aunque no quieras.
Álex le había pedido que descansara porque uno de los dos tenía que estar funcional, y aunque no lo hubiera dicho en voz alta ambos sabían que Asier era el que tenía que estarlo.
Revolvió la pasta con un tenedor de madera.
No tenían sal. No tenían aceite. Había encontrado un poco de tomate frito en un tarro de cristal que alguien había dejado en la alacena hacía quién sabe cuánto tiempo, pero cuando lo abrió olía bien y decidió no pensar demasiado en fechas de caducidad.
Los tres necesitaban comer. Luna. Álex apagó el fuego.
Escuchó como Asier bajaba las escaleras.
Se asomó a la cocina —Voy a desatarla y a sentarla en la mesa para comer algo.
—cogió el rollo de cinta aislante de la encimera y subió las escaleras despacio, cada peldaño crujiendo bajo su peso como una acusación.
La puerta de la habitación estaba cerrada.
Asier la abrió y el olor a humedad y frío lo golpeó primero. Luego la imagen.
Luna estaba en la cama, atada por las muñecas a los barrotes del cabecero de hierro.
Tenía la ropa aún mojada, manchada de barro seco que había formado costras oscuras sobre la tela.
El pelo pegado a la frente. La cara pálida con ese tono enfermizo que Asier reconoció de inmediato, el principio de una infección respiratoria, o algo peor.
Una de las muñecas sangraba. Se había frotado contra las esposas durante horas intentando liberarse y la piel se había abierto en una herida que ahora brillaba roja sobre el vendaje.
Temblaba. Todo su cuerpo temblaba en espasmos cortos y controlados, el tipo de temblor que precede a la fiebre.
Asier se quedó en el umbral un momento. La miró y Luna lo miró a él. Los ojos de ella estaban abiertos, pero no enfocaban bien, esa mirada vidriosa de la fiebre cuando empieza a subir. No dijo nada. Él tampoco.
Se acercó a la cama y extendió la mano con el rollo de cinta aislante.
—Luna. —dijo con voz plana, sin inflexión—.
Voy a desatarte, pero no voy a quitarte la mordaza.
No quiero que hables porque no estamos aquí para eso.
Voy a acompañarte a un baño donde no hay ninguna ventana.
No quiero volver a tener que emplear la fuerza contigo.
Allí tienes ropa limpia y seca, la encontramos en tu coche, para que puedas cambiarte y podrás darte una ducha caliente. Así que vamos, levántate.
Arrancó un trozo de cinta. El ruido fue seco y violent o
en el silencio.
Le puso la mordaza. Luna no se resistió. Ni siquiera cerró la boca. Dejó que Asier le cubriera los labios con la cinta plateada, que la presionara contra la piel hasta que quedó sellada del todo, y lo único que hizo fue seguir mirándolo con esos ojos que ya no eran de miedo sino de enfermedad.
Asier le soltó primero los tobillos y después las esposas.
Las muñecas de Luna cayeron sobre el colchón despacio, el acto de bajar los brazos fue todo un esfuerzo doloroso.
Despacio, ella gimió un poco al mover los brazos y Asier se culpó por haberla dejado tanto tiempo atada en esa postura.
Intentó levantarse y no pudo. Las piernas no la sostenían.
Había estado demasiado tiempo con la ropa mojada pegándose al cuerpo como una segunda piel, y ahora los músculos simplemente no respondían.
Asier la agarró por el brazo. Con fuerza.
Demasiada fuerza, se dio cuenta después, pero en el momento solo pensó en levantarla y sacarla de esa habitación que olía a enfermedad y abandono.
La llevó al baño del pasillo, un cuarto pequeño sin ventanas, solo un váter y una bañera antigua con manchas de oxido.
—Métete en la bañera. —ordenó.
Luna obedeció. Se metió despacio, torpemente.
Asier abrió el grifo. Corrió la cortina de plástico amarillento y esperó.
El agua golpeó contra la porcelana con ese sonido hueco de las bañeras viejas. Pero algo no iba bien, no parecía el sonido del agua cuando alguien se está duchando sino el goteo lento de alguien que no se mueve.
Asier apartó la cortina despacio.
Luna estaba sentada en el fondo de la bañera.
Acurrucada. Las rodillas contra el pecho, los brazos rodeándolas, la cabeza agachada.
El agua salía del grifo, no de la ducha, ella no se había movido, y caía fría.
Helada. Luna no se había quitado la ropa.
Seguía con los pantalones embarrados, la camiseta de uniforme de su trabajo pegada al cuerpo, las zapatillas puestas.
El agua se acumulaba a su alrededor, oscureciéndose con el barro que se desprendía de la tela.
Estaba temblando. Pero no era todo debido al frío del agua. Temblaba por otra cosa. Asier se arrodilló junto a la bañera. Le tocó la frente.
Ardía.
Treinta y ocho grados, quizá algo más. Fiebre alta. La piel estaba seca y caliente a pesar del agua fría que la rodeaba. La respiración rápida y superficial.
—Joder. —dijo en voz baja.
Intentó moverla, pero Luna no respondió.
Tenía los ojos abiertos, pero no enfocaban.
La mirada perdida en algún punto de la pared de azulejos blancos que ya no eran blancos sino grises.
Asier le puso las manos en los hombros e intentó levantarla, pero era como intentar levantar a alguien dormido, el cuerpo completamente flácido, sin tono muscular, sin colaboración.
No había otra opción.
Se quitó las zapatillas y se metió en la bañera con ella.
El agua fría le empapó los calcetines, los pantalones, pero no importaba.
Se sentó frente a Luna, con las piernas a ambos lados de su cuerpo.
Agradeció en su mente que aquella bañera fuera bastante grande, y giró el grifo al máximo.
Agua caliente. Esperó a que la temperatura subiera y entonces cerró el desagüe.
El agua empezó a llenar la bañera. Primero tibia, luego caliente. El vapor empezó a subir.
Cogió una toalla pequeña del borde de la bañera y empezó a quitarle el barro de la cara. Despacio. Con cuidado. Frotaba la tela contra la piel y el agua se volvía marrón alrededor de ellos. Le limpió las mejillas, la frente, el cuello. Cuando llegó al cuello vio las marcas.
Las marcas de sus propios dedos.
Cinco líneas oscuras en el lado del cuello donde la había agarrado esa misma mañana, cuando ella intentó huir por el bosque y él la alcanzó. Moratones en forma de dedos. Profundos. La piel amoratada en tonos violetas y verdes que tardarían días en desaparecer.
Asier apartó la vista.
Le quitó las zapatillas. Primero la izquierda, luego la derecha.
Las dejó caer fuera de la bañera con un golpe húmedo.
Le limpió los pies, los tobillos, uno de ellos sangraba con una herida pequeña.
No la desnudó. No podía. Solo le limpió la cara, las manos, los pies.
La muñeca izquierda la volvía a sangrar.
Cuando terminó, Luna seguía sin reaccionar. Asier cerró el grifo. El agua le llegaba por el pecho, caliente, sucia del barro y la sangre. Cogió una toalla y se la puso por encima y tomándola fuerte de las manos la ayudó a ponerse de pie primero, y después a salir de la bañera.
Luna se tambaleó. Asier la sostuvo por los hombros.
—Luna. —le dijo, mirándola directamente, aunque sabía que ella no lo estaba escuchando de verdad—. Tienes fiebre. No podemos dejar que enfermes. Tienes que quitarte la ropa mojada y ponerte ropa limpia. Si no lo haces, tendré que hacerlo yo.
Luna levantó la cabeza. Lo miró. Los ojos brillantes de fiebre y lágrimas.
Estiró los brazos y Asier le puso la ropa seca en las manos.
Un pantalón de chándal, una camiseta de algodón, ropa interior y unas deportivas.
Todo lo que habían encontrado en su coche.
Tenía pinta de ser una muda de ir al gimnasio, habían encontrado una bolsa de deporte en su maletero.
Asier salió del baño y cerró la puerta. Esperó en el pasillo.
Le dio tiempo. Mucho tiempo. Más del necesario. Cuando volvió a entrar, Luna estaba vestida. De pie frente al lavabo, con una toalla en la mano, intentando curarse la herida de la muñeca. Torpe e ineficaz. La toalla estaba ya manchada de sangre.
—Venga. —dijo Asier—. Vamos a bajar al salón. Abajo tengo el botiquín para curarte.
La cogió del brazo y despacio, bajaron las escaleras.
Abajo estaba Álex. Había puesto la mesa. Tres platos humeantes de pasta los esperaban. Luna miró a Álex y él le retiró la mirada. No podía sostenerla. La culpa era física, una cosa que pesaba en el pecho y que hacía difícil respirar.
Asier la vendó la muñeca con gasa y esparadrapo. Movimientos precisos. Automáticos. Años de práctica médica convertidos en músculo y memoria. Hizo un vendaje compresivo que detuviera el sangrado sin cortar la circulación. Lo mismo con el tobillo. Luego la sentó en la mesa.
—Luna. —dijo—. Puedes quitarte la mordaza. Vamos a comer. A los tres nos vendrá bien.
Luna se quitó la cinta aislante. Despacio. Le dolió. Dejó marcas rojas alrededor de la boca. Cogió el vaso de agua y se lo bebió entero de un trago.
—Tienes sed por la fiebre. —dijo Asier—. Tienes que comer para tomarte estas pastillas que te bajarán la fiebre.
Luna miró el plato. La pasta con tomate. El tenedor.
—No tengo hambre. —susurró.
—Tienes que comer.
—No puedo.
Álex se inclinó hacia adelante.
—No tenemos prisa. —dijo con voz suave—. Despacio .
Inténtalo. Te vendrá bien comer algo caliente.