13 #2
Asier la ató a la cama con una meticulosidad que no tenía nada de mecánica y todo de personal, las esposas en las muñecas ancladas al cabezal, una cuerda en cada tobillo atada a los barrotes del pie de la cama.
Lo hizo sin mirarla. Con los dientes apretados y esa palidez de quien ha tenido miedo de verdad y todavía no ha terminado de procesar lo que el miedo hace al cuerpo.
Luna no se resistió. No tenía nada con qué resistirse.
Cuando Álex salió de la habitación, Asier se quedó un momento en el umbral. La luz del pasillo le llegaba desde atrás, convirtiéndolo en una silueta sin facciones, y Luna pensó, absurdamente, que eso era lo correcto, que no debería tener cara. Que sería más fácil para los dos si no la tuviera.
Pero la tenía.
Y lo que había en esa cara no era triunfo. Tampoco era alivio. Era algo más difícil de nombrar, una expresión de alguien que ha hecho lo que tenía que hacer.
Luna lo miró.
No dijo nada. No hacía falta. Lo que había entre ellos dos en ese momento no cabía en palabras, y los dos lo sabían.
Ahora la miraba.
Y ella vio exactamente lo que estaba mirando, no a una mujer atada a una cama en una habitación oscura. Sino a alguien que había estado muy cerca de la libertad y a quien él había devuelto al encierro. La diferencia entre esas dos cosas era él.
Asier bajó la vista.
Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible.
Luna lo archivó. Todo, el movimiento, el segundo en que ocurrió, lo que significaba.
Lo guardó en ese lugar donde guardaba las cosas que podían servir para algo más adelante, junto a los nombres que había aprendido a distinguir cuando los hermanos hablaban entre ellos, junto a los turnos en que uno estaba con ella y el otro no, junto a la forma en que Álex se ponía cuando Asier lo contradecía, esa tensión en la mandíbula, esa pausa de dos segundos antes de responder.
Asier cerró la puerta.
Luna escuchó sus pasos alejarse por las escaleras. Luego el murmullo de dos voces en el salón de abajo, la de Álex más alta y rota, la de Asier más baja y contenida. No distinguió las palabras. No necesitaba distinguirlas.
Afuera, la lluvia seguía golpeando.
Luna cerró los ojos y se dedicó a respirar, lenta, sistemática, contando las inhalaciones para evitar el ataque de ansiedad que estaba en su pecho a punto de estallar.
Estaba mojada, cansada, asustada, y estaba atada en una cama en una casa con dos hombres que no sabía que querían hacerla.
Bloqueó ese pensamiento, no lo necesitaba porque no tenía más fuerzas para sentir más miedo del que ya sentía.
Había estado muy cerca.
La próxima vez, pensó, correría más rápido.
En el salón, Asier paseaba.
Álex llevaba tres minutos con la cabeza entre las manos, los codos sobre las rodillas, mirando el suelo de piedra entre sus pies como si el suelo pudiera darle algo que el techo no podía.
Tenía el dorso de la mano derecha vendado con lo primero que había encontrado, un trapo de cocina.
La mordedura no era seria. Luna había mordido como alguien desesperado, pero había sido rápido sin tiempo para que fuera una herida muy profunda.
—Lo siento. —dijo Álex. Era una disculpa—. Creía que nadie cabría por esa ventana.
Asier no respondió. Siguió paseando. Cuatro pasos hast a
la pared, giro, cuatro pasos en dirección contraria.
El suelo crujía. La lluvia golpeaba los cristales de la única ventana del salón, y cada golpe sonaba ahora de una manera diferente a como sonaba antes, no como lluvia sino como una demostración de que el exterior existía, de que había un mundo fuera de estas paredes que no sabía nada de lo que ocurría dentro.
—¿Te das cuenta? —dijo Asier. Y la voz era baja, muy baja—. ¿Sabes lo que habría pasado si llega a esa casa?
Álex no dijo nada.
—Las matarían, Álex. Las matarían. —No era un grito. Era peor que un grito, era una confirmación clínica, el diagnóstico de algo que no tiene tratamiento—. A Maica y a Alma. Venicio no esperaría ni un minuto. No necesitaría ni un minuto.
Álex levantó la vista del suelo.
—Ella es la única razón por la que Maica y Alma están vivas. Asier lo dijo despacio, como si lo estuviera deletreando, como si la velocidad importara para que las palabras llegaran al sitio correcto.
Álex no respondió.
—A partir de ahora la trataré yo, dijo Asier. Tú no le hablarás más de lo necesario —una pausa—. ¿Lo has entendido?
Y en el silencio que siguió, en los tres o cuatro segundos que Álex tardó en asentir Asier escuchó el teléfono vibrar sobre la mesa.
Número oculto.
Lo supo antes de cogerlo. Supo el tono exacto que iba a escuchar al otro lado.
Descolgó.
—Hola, socio. —La voz de Venicio llegaba con un fondo de ruido blanco, estática, ¿Qué tal estás ?
—No soy tu socio.
Una pausa. Breve, calculada, el tipo de pausa que alguien hace cuando está sonriendo.
—Yo no diría eso. Los dos tenemos la mercancía del otro. —Otra pausa—. Así que te conviene que seamos socios.
Pero si no quieres la tuya... eso tiene fácil arreglo.
Asier cerró la mano en el teléfono con una fuerza que le dolió en los nudillos. El mismo sitio donde le dolían cuando conducía a ciento veinte en una carretera mojada hacia algo que no quería hacer. El cuerpo, siempre el cuerpo, acumulando lo que la mente se negaba a guardar.
—No las toques. —dijo. Y su voz tenía un temblor que no era miedo sino la versión más honesta del miedo, la rabia que viene después, cuando ya no hay tiempo para tener miedo.
—Creo que no nos entendemos bien. —La voz de Venicio era suave, casi afectuosa, con esa amabilidad que tienen las personas que han dejado de necesitar alzar la voz porque saben que no hace falta—. Prefiero que me llames socio. A ver cómo suena. ¿Tienes mi mercancía?
Asier miró a Álex. Álex lo miraba.
—Sí. —dijo Asier. Y el silencio que siguió duró exactamente el tiempo que necesitó para tragarse lo que iba a decir, lo que no podía decir, — Socio.
—Me gusta cómo suena. —Una pausa—. Muéstramela.
—Primero mi mujer y mi hija.
Venicio colgó. Fue un minuto de silencio, Asier escuchó su propia respiración y la de Álex y el crujido del suelo bajo sus pies cuando se movía sin darse cuenta y la lluvia y el viento y el sonido de la casa entera.
Luego la pantalla del teléfono mostró la solicitud de videollamada, y cuando aceptó vio a Venicio de pie en un espacio que podría haber sido cualquier habitación de cualquier casa si no fuera por los dos hombres que esperaban detrás de él con esa postura de quienes están acostumbrados a no necesitar instrucciones.
Luego Venicio desapareció del encuadre. Y cuando volvió, traía a Maica.
Asier no supo en qué momento había empezado a contener la respiración.
Lo supo cuando tuvo que soltarla, una exhalación involuntaria, cuando vio la cara de Maica en la pantalla.
Pálida. Los ojos demasiado abiertos. Pero entera.
Asier hizo el reconocimiento en dos segundos, el mismo que hacía en urgencias cuando llegaba un paciente y necesitaba saber en qué orden importaban las cosas, pupilas reactivas, sin signos de traumatismo visible, postura sin asimetría. Entera.
—¿Estáis bien? —preguntó. Y la voz le salió con más suavidad de la que había planeado.
—Estamos bien. —dijo Maica. Solo eso. Dos palabras.
No pudo decir nada más.
Y entonces la mano de Venicio.
No fue un golpe fuerte. No necesitó serlo.
Fue del tipo que no necesita fuerza porque su función no es el dolor sino el mensaje, el bofetón abierto en la mejilla de Maica, el sonido que llegó a través del teléfono con un ligero desfase de audio sobre imagen, y Maica desapareciendo del encuadre porque alguien la sacaba de plano con la misma eficiencia con que se retira un objeto que ha cumplido su función.
—¿Por qué la pegas? —La voz de Asier había cambiado.
—Porque no te queda claro quién manda aquí. —Venicio volvía a estar en el encuadre, solo, con esa expresión de alguien que ha hecho algo que consideraba necesario y no necesita justificarlo—. Te dije que me mostraras a la chica.
Tú dijiste que yo primero. Tú no mandas aquí. —Una pausa
—. No tienes ningún poder. Ha sido solo un aviso. No me tientes a tener que ponerte las cosas claras otra vez. Entendido, ¿socio?
Asier miró la pantalla durante tres segundos sin decir nada.
Luego subió las escaleras.
La puerta de la habitación se abrió y la luz se encendió con la violencia silenciosa de toda la luz después de mucha oscuridad.
Luna entrecerró los ojos y durante un segundo el cuerpo se tensó sin instrucciones, los músculos preparándose para algo que no sabían describir.
Luego el teléfono apareció delante de su cara.
La cámara la apuntaba.
Al otro lado de la pantalla, en el pequeño rectángulo de luz azulada, había un hombre de mediana edad con el pelo cano y una expresión que Luna no habría sabido nombrar si hubiera tenido tiempo para nombrarla. No era crueldad. Era algo más complicado.
—Buen trabajo. —dijo la voz desde el teléfono. Una pausa—. Dos días. Tienen dos días para hacerle todas las pruebas necesarias. Cosas de médicos, que sabrás mejor que yo. Espero que el material del sótano sea útil. Hasta entonces, socio.
La llamada se cortó.
Asier bajó el teléfono. Y se quedó allí, de pie junto a la cama, con el teléfono en la mano y la pantalla apagándose poco a poco hasta quedarse negra, y Luna lo miró desde abajo con las muñecas esposadas al cabezal y los tobillos atados a los pies de aquella cama.
Lo miró y esperó a que él la mirara a ella. Asustadísima temiendo que algo peor sucediera.
Asier se dio la vuelta.
Apagó la luz y cerró la puerta, y en la oscuridad que quedó, Luna escuchó sus pasos alejarse una vez más por el pasillo y luego por las escaleras y luego el silencio, y la lluvia y su propia respiración.
Cerró los ojos.