13
Habían pasado ya al menos dos horas y Luna estaba incómoda y necesitaba ir al baño.
Asier o Alex rondaban cerca, no la habían dejado sola, pero si la habían dejado espacio.
Ellos habían notado que cuando se acercaban ella se ponía muy nerviosa por lo que habían decidido vigilarla desde una distancia prudencial.
Ninguno había comido nada desde la noche anterior.
Asier prefirió buscar algo que cocinar mientras Álex se ocupaba de Luna.
Asier aún no podía o no quería estar con ella nada más de lo necesario.
Álex se acercó a ella, despacio, con las manos en señal de rendición, se agachó frente a ella—Voy a quitarte la mordaza, por favor no grites.
Se acercó despacio, Luna no era capaz de entrar en calor y de estar sentada allí tanto tiempo tenía el cuerpo entero entumecido.
—¿Necesitas algo? —en un susurro, porque no le salía la voz contestó que sí —un poco de agua.
Álex se fue a la cocina a por agua, volvió y le dejó coger el vaso. Con las manos esposadas, ese acto que no requería nada de esfuerzo se veía casi doloroso.
Luna le devolvió el vaso —¿Necesitas algo más?
—Ella contestó que necesitaba ir al baño.
Álex la cogió del brazo y la levantó del suelo y la acompañó hasta un aseo que había en el piso de abajo.
—No voy a quitarte las esposas, pasa y deja la puerta abierta.
Luna pasó cerró rápido la puerta y puso el pestillo.
El baño olía a moho y a la humedad acumulada en las paredes de piedra. Un olor que se metía en la garganta, que se pegaba al fondo del paladar y no se iba.
Luna lo había registrado todo en cuanto cerró la puerta tras de sí echando el pestillo.
La adrenalina del miedo la ayudó. Bañera de porcelana amarillenta.
Bidé. Lavabo con el grifo goteando. Una ventana.
Pequeña, casi ridícula, encajada en la pared sobre la bañera a una altura razonable con un pestillo de hierro oxidado que alguien había olvidado echar, o que nunca había funcionado bien, o ambas cosas.
Se acercó al ventanuco sin malgastar un segundo.
Las esposas le complicaban el movimiento.
Tenía las muñecas unidas por delante, un margen de quince centímetros que le permitía separar los brazos, pero no más, y las piernas le respondían con esa torpeza peligrosa de los miembros que llevan horas inmóviles, primero el hormigueo, luego el ardor, luego un dolor sordo que no era exactamente dolor sino la sensación de estar habitando un cuerpo que había estado apagado y aún no había terminado de encenderse.
No se detuvo a pensar si cabría.
El pestillo cedió al primer intento. Eso fue la primera señal de que el mundo, esta noche, estaba dispuesto a regalarle una oportunidad. La ventana se abrió hacia afuera y la lluvia entró de golpe, le golpeó la cara haciéndola cerrar los ojos medio segundo.
Fuera ya no era de noche. Con las manos esposadas.
Luna colocó los antebrazos en el alféizar y empujó.
El problema era el barro .
La tierra estaba tan saturada de agua que cuando sus palmas tocaron el suelo no encontraron resistencia.
Era como intentar aferrarse a algo líquido.
Los dedos se hundían y se resbalaban, las esposas chocaban con el suelo con un sonido metálico amortiguado por el ruido de la lluvia.
Luna escupía agua y barro y tiraba hacia adelante con todo el peso del cuerpo porque la ventana era demasiado pequeña.
Con el torso girado, los brazos extendidos hacia afuera y la pelvis presionando contra el marco de piedra, Luna notó el dolor en las caderas.
Le dolió, pero no lo pensó. No se detuvo.
Dentro, Álex llamaba a la puerta. Primero con los nudillos, ese golpeteo rítmico e impaciente, todavía creía que Luna simplemente estaba tardando. Luego más fuerte. Su voz, amortiguada a través de la madera, sonaba con una urgencia que Luna reconoció como el principio del pánico.
—Oye. ¡Abre la puerta!
Luna sacó las caderas.
Fue el momento más difícil, el marco de piedra se le clavaba en la cadera derecha, las manos resbalaban en el barro sin encontrar nada a lo que aferrarse, y el peso de su propio cuerpo la empujaba hacia abajo mientras la mitad superior luchaba por salir.
La lluvia. El frío. El dolor en la cadera que no era un dolor limpio sino ese dolor profundo e impreciso que te dice que algo está sangrando.
Y luego, los dedos de Álex encontrando su tobillo.
Lo sintió antes de escuchar el ruido de la puerta abriéndose de golpe, el pestillo forzado con algo, un golpe seco de madera contra pared.
Una mano cerrándose alrededor de su tobillo con una fuerza que no era la fuerza de alguien que ayuda sino la fuerza de alguien que no puede permitirse perder lo que tiene entre los dedos.
Luna pateó .
Cogió una piedra del tamaño de un puño que la lluvia había dejado depositada allí en alguna noche anterior a esta, gris, rugosa y fría.
Luna la encontró con la mano derecha en el mismo segundo en que la presión en su tobillo aumentaba y escuchaba a Asier gritar algo desde el pasillo, su voz más ronca, más urgente.
Tiró la piedra hacia atrás. Sin apuntar. Sin pensar.
Hubo un grito y la mano soltó.
Luna salió.
Se quedó inmóvil dos segundos con la cara hacia el cielo y la lluvia golpeándola.
Se levantó.
No lo decidió. Su cuerpo se levantó porque llevar horas atada había redefinido lo que el cuerpo consideraba urgente, y en esa redefinición nueva, caerse y volver a levantarse era simplemente parte del proceso. Las rodillas fallaron una vez.
Las ignoró.
Corrió.
Había una pequeña diferencia de densidad entre el cielo y el suelo.
El cielo era un gris levemente más claro que el negro del campo, y Luna usó eso.
Sus pasos encontraban piedras, raíces. Caía.
Se levantaba. Seguía. La lluvia le cerraba los ojos, pero el sonido de las pisadas de dos hombres en el barro acercándose le daban motivos más que suficientes para seguir corriendo.
Vio los coches a veinte metros, dos siluetas oscuras aparcadas junto a un muro. Corrió hacia ellas. Probó las manillas con las muñecas juntas, una, otra, la segunda, la tercera, todas cerradas. Entonces vio la otra casa.
Una casa, una masa rectangular y oscura a unos ciento cincuenta metros, al otro lado de un campo sin labrar, y en una de sus ventanas había una luz.
Pequeña, amarilla, estable. La luz de alguien que estaba despierto o que había olvidado apagar una lámpara o que existía, simplemente, en ese mundo donde todavía era posible pedir ayuda.
Luna cruzó el campo.
Gritó mientras corría, aunque no estaba segura de que su voz llegara a algún sitio por encima del ruido de la lluvia.
Gritó de todas formas porque gritar era lo único que podía hacer con la boca además de tragar agua, y gritar era también una forma de mantener el aire circulando, de no dejar que el miedo le cerrara el diafragma.
Los pulmones quemaban. Las rodillas fallaban con regularidad, casi metódicamente, y ella se levantaba cada vez con un segundo menos de margen.
A ochenta metros. A sesenta. A cuarenta.
Por la ventana iluminada vio una figura. Una silueta que se movía dentro, recortada contra la luz cálida. Una figura que se detuvo junto al cristal y miró hacia afuera sin entender todavía lo que estaba viendo.
—¡Ayuda! —Luna oyó su propia voz como si viniera de otra persona, algo roto y agudo—. ¡Llama a la policía, por favor!
La chica no se movió. Siguió mirando.
Luna no sabía si la veía. Pero ella seguía corriendo.
La mano que la cogió llegó desde la izquierda, desde un ángulo que no esperaba porque Álex había cortado en diagonal mientras Asier la seguía desde atrás, ese error de cálculo costó exactamente lo que costó, la detención, el tirón hacia atrás, el grito que no fue de dolor sino de impotencia porque estaba muy cerca de aquella casa.
La mano que le tapó la boca olía a tierra mojada y a miedo.
Luna mordió.
Lo hizo con toda la intención y toda la fuerza que le quedaba en la mandíbula, sintiendo la carne entre los dientes, sintiendo el calor de la sangre que le llegó a la lengua con sabor a hierro.
El hombre, Álex, supo que era Álex por la voz que salió de él, por el grito de dolor, aflojó un segundo.
Un segundo que fue suficiente para que Luna girara la cabeza y gritara de nuevo hacia la ventana.
Aunque se quedó solo en una intención porque unos dedos encontraron su cuello.
No apretaron fuerte. No hacía falta apretar fuerte.
Solo lo suficiente para hacer que el mundo se volviera inmediatamente estrecho, la tráquea parcialmente comprimida, el flujo de aire reducido a un hilo, la carótida izquierda con la presión suficiente para que los colores del campo oscuro adquirieran un borde extraño, irreal.
Luna no conocía ese efecto. No sabía lo que era la hipoxia leve, la forma en que el cerebro racionalizaba la falta de oxígeno como una pesadez, una neblina blanda que te convencía de que todo iba a estar bien.
Dejó de luchar. Lo decidió fríamente, dejó de luchar porque luchar consumía oxígeno que no tenía, y porque el cuerpo de Asier la sujetaba con el peso de alguien que también estaba al límite, que también jadeaba, y en ese jadeo compartido de dos personas al borde de sus respectivos colapsos, había algo que compartían, miedo.
Cuando la presión en el cuello disminuyó, Luna no hizo nada.
Fue Álex quien habló.
—Ya está. —. Suéltale el cuello.
Hubo un silencio. Luego los dedos se abrieron.
Luna respiró. Fue un acto involuntario. Y entre los dos la arrastraron de nuevo hacia la casa.
La habitación a la que la llevaron era diferente al salón donde había estado antes. Más pequeña. Sin ventanas, o con la ventana tapiada con tablones de madera. Una cama de hierro con el colchón desnudo. Eso era todo.