El Paciente Imposible 12
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Lo primero que Luna sintió fue el frío.

No el miedo, no el recuerdo de lo que había pasado, el frío.

Un frío que la calaba hasta los huesos y que no tenía intención de marcharse.

Luna lo sintió primero en los pies, luego en el pecho, luego en la nuca, y fue esa secuencia ascendente lo que la fue sacando de la inconsciencia capa a capa, como quien sube peldaños de una escalera que no sabe adónde lleva.

Intentó moverse.

Las muñecas no cedieron.

El sonido que salió de su garganta no fue un grito, el grito llegaría más tarde.

Se incorporó de golpe y las esposas tiraron hacia abajo y el dolor en las muñecas fue inmediato, agudo y real, ese dolor que ancla en el presente mejor que cualquier otra cosa, y con ese dolor Luna terminó de despertar del todo.

Estaba en una habitación grande, de techos altos, con vigas de madera oscura que la escasa luz no alcanzaba a iluminar. Una chimenea a su izquierda donde quedaban algunas brasas aún encendidas, la madera convertida en ascua de naranja pálido que parpadeaba sin convicción .

Paredes de piedra con manchas de humedad que habían ido creciendo durante años por las esquinas como algo vivo.

Una ventana tapada por fuera con un postigo de madera del que se filtraba, por los bordes, el sonido del viento y la lluvia, ese lamento de aire empujando contra superficies que no ceden, constante, como si el exterior llevara horas queriendo entrar.

La pistola estaba sobre la mesa.

Luna la vio en el mismo segundo en que sintió con claridad las esposas en sus muñecas, en el mismo segundo en que su cerebro terminó de ensamblar la información disponible y le devolvió la imagen completa, la carretera, la lluvia, el hombre de la ventanilla, el brazo fuerte que la sujetó desde atrás, el olor dulce y metálico que había llegado demasiado deprisa para que ella pudiera resistirlo.

Se retorció hacia la izquierda. Hacia la derecha.

Las esposas no tenían ningún margen. Tiró y tiró más fuerte.

El dolor volvió, la muñeca izquierda dolía con una quemazón que le subía hasta el codo. Paró.

No porque hubiera tomado la decisión de parar sino porque su cuerpo le dio la información de que seguir tirando era inútil y doloroso. Respiró por la nariz. Dejó que el aire frío le entrara hasta el fondo. Escuchó voces al fondo de la casa.

Álex entró sin anunciarse. Se había cambiado de ropa, llevaba unos vaqueros y un jersey gris de lana.

Llevaba un trapo en la mano, y cuando Luna lo vio cruzar el umbral su cuerpo reaccionó antes de que su cerebro pudiera organizarlo, se pegó al respaldo del sillón con las rodillas recogidas al pecho y emitió ese sonido de nuevo, mientras las manos se agitaban inútilmente intentando liberarse, al igual que sus tobillos atados fuertemente .

—Sssh. Tranquila. —Álex se detuvo frente a ella. Levantó las palmas, el gesto universal que mostraba que no lleva armas, aunque en este contexto ese gesto era una ironía de proporciones gigantescas. Desde el umbral Asier observaba sin moverse.

— Estás empapada. Voy a quitarte el abrigo y luego voy a acercarte a la chimenea para que entres en calor. —Cuando Álex tocó las esposas vio sangre en las mangas del abrigo.

Los ojos de Luna iban de Álex a la pistola sobre la mesa y de la pistola de vuelta a Álex con esa velocidad del miedo que no puede detenerse en ningún sitio.

—No me toques. —Lo dijo con la voz quebrada—. No me toques, soc—

Álex actuó antes que el grito saliera del todo y le tapó la boca con la mano, no con violencia. Sobre el dorso de su mano los ojos de Luna lo miraron con una intensidad que Álex sostuvo sin apartar la vista, porque apartar la vista en ese momento habría sido peor.

—Escúchame. — Bajo. Cerca. —No voy a hacerte daño. Pero si gritas tendré que amordazarte y no quiero hacerlo. ¿Lo entiendes? Asiente con la cabeza si lo has entendido.

Tardó. Luna tardó en asentir, muy despacio asintió una vez.

Álex apartó la mano.

Luna no gritó. Metió las rodillas más adentro contra el pecho y se quedó mirándole las manos a Álex, asustada con los ojos enrojecidos, el pelo mojado, al igual que todo el cuerpo, ese cuerpo convertido en un nudo de dolor e impotencia.

Asier se apartó del umbral. Fue a la cocina. Se sentó en una silla y apoyó los codos en la mesa y hundió la cara entre sus manos.

Desde el salón llegó la voz de Álex, baja y constante, explicando lo que iba a hacer antes de hacerlo, ese protocolo que los dos habían aprendido en urgencias porque los pacientes en pánico se calman antes si saben qué viene después. —Voy a quitarte las esposas. Ahora vengo.

Álex apareció en la cocina pidiendo las llaves de las esposas a Asier.

—Dámelas.

—¿Para qué?

—Voy a quitarla el abrigo está empapada. Debe de haberse hecho daño, está sangrando, quizá las esposas … no lo sé, pero no la podemos tener así.

Asier no levantó la vista de la mesa.

—Ya está hecho —dijo—. No la trates como si fuera tu paciente.

—¿Y cómo la trato? —La voz de Álex subió dos tonos —. ¿La dejamos así hasta que ese hombre nos diga cuándo, cómo y dónde? ¿Qué propones, Asier?

Silencio. El viento contra el ventanal. Un crujido de madera en el piso de arriba, la casa asentándose sobre sí misma.

—No puedo mirarla a la cara. —dijo Asier. —. No puedo creer que tengamos a una chica ahí atada y que tengamos que…

No terminó. No había manera de terminar esa frase que no fuera peor que dejarla abierta.

Asier miró las llaves sobre la madera de la mesa. Pequeñas, metálicas, completamente indiferentes. El tipo de objeto que en otro contexto sería invisible.

Las cogió. Se las dio a Álex.

—No le cuentes nada. Ni una sola palabra de por qué estamos aquí.

—No habrá preguntas. —dijo Álex.

Los dos sabían que eso no era verdad .

Asier lo observó todo desde el umbral de la cocina.

Álex cogió una palangana que llenó con agua caliente y unas vendas de un botiquín que habían subido desde el sótano.

Se arrodilló en el suelo frente a Luna con la palangana entre los dos y las vendas sobre su rodilla.

Hablaba tan bajo que Asier no podía escuchar las palabras, solo el tono, plano, constante, el tono que Álex usaba para los pacientes en crisis, para los niños con terror a las agujas.

—Gírate un poco, voy a quitarte las esposas.

Así…tienes las muñecas …necesitas relajarte.

—Álex la cogió las manos y las introdujo en la palangana de agua caliente, Luna gimió, la escocía.

Lloraba sin ruido, llanto que solo eran sollozos a causa del miedo y que se convertía en un flujo silencioso que recorría su cara.

Álex cogió su mano izquierda. La examinó, dijo algo, Luna asintió ligeramente con los ojos fijos en sus manos.

Eran manos grandes y fuertes. Le quitó el reloj y unas pulseras y empezó a vendarla, la venda pasando en espiral sobre la muñeca con la presión exacta.

Una vez terminado la pidió la otra mano y cogió las esposas con intención de ponérselas, Luna aterrada intentó resistirse.

Solo la presencia de Asier que se acercó al ver que Luna intentaba luchar, bastó para que Luna se dejara esposar.

—Estás helada, te voy a ayudar a levantarte, voy a desatarte las piernas iremos despacio, ya está, puedes sostenerte de pie.

—Sujetándola por el brazo intentó levantarla, pero Luna tropezó, las piernas no la respondían.

Álex no la dejó caer. —Despacio. —Poco a poco fueron hacia la chimenea, Luna se agarraba a las manos de Álex para no caer al suelo.

Asier estaba echando madera a la chimenea para conseguir más calor.

—Siéntate aquí, he puesto un cojín en el suelo para que estés más cómoda, es el lugar más cercano a la chimenea .

Luna así lo hizo, las rodillas recogidas, la espalda apoyada contra la viga de madera, las manos esposadas delante con una venda blanca asomando por los bordes del metal.

Pasaron dos horas. Álex se había ido al piso de arriba a intentar descansar.

Asier se agachó delante de ella. No cerca. A metro y medio, la distancia de evaluación, ¿respira bien, está orientada, hay signos de shock?

Respiraba con normalidad y estaba orientada. No presentaba signos de shock, sino un estado de terror prolongado, clínicamente distinto, aunque más grave en términos humanos.

Luna lo miraba. Y en su mirada ocurrió algo que Asier esperaba y que fue peor que el miedo, una pregunta.

No formulada, no con palabras, esa pregunta que los ojos hacen antes de que la boca sepa articularla.

Y Asier lo supo. Luna lo miraba como los pacientes miraban a los médicos en los pasillos de urgencias a las cuatro de la mañana, buscando en su cara alguna señal de que la situación tenía solución, de que había alguien al otro lado que sabía lo que estaba haciendo y todo terminaría bien.

Extendió la mano. Fue un gesto automático, sus dedos encontraron la muñeca de Luna, la derecha, sin venda, y buscaron el pulso en el lugar exacto donde el pulso siempre está, entre el tendón flexor y el radio. Ciento cuatro pulsaciones por minuto, ritmo regular. Taquicardia de estrés.

Esperable. Sin anomalías que indicaran daño por el sedante.

Sus manos temblaban.

No mucho. Contó pulsaciones. Soltó.

En el momento en que soltó, Luna habló —¿Vais a hacerme daño?

Asier se puso de pie. No fue capaz de decir nada.

No porque no hubiera palabras sino porque todas las palabras que tenía eran inútiles o mentiras, y no sabía cuál de las dos categorías era peor.

Se giró. Cogió la cinta aislante y la amordazó.

Cruzó el salón. Salió al pasillo y se quedó apoyado contra la pared de piedra fría con la respiración de alguien que acaba de salir del agua.

Los ojos de Luna seguían en algún lugar detrás de él. No en la retina, más adentro. En un lugar donde se guardan las cosas que has hecho y que no tienen manera de deshacerse.

Bajó al sótano a la hora en que la casa ya no crujía y el único sonido era Álex caminando en el piso de arriba, pasos cortos, caminaba porque no podía quedarse quieto.

El sótano olía a desinfectante y a acero inoxidable en un espacio cerrado, un olor limpio y frío que no tiene nada de agradable porque está demasiado limpio, como si el sitio hubiera sido diseñado para que nada dejara rastro en él.

Encendió la luz fluorescente. Blanca, sin sombras.

Abrió el armario de cristal.

Contó el instrumental en silencio, con la cabeza del cirujano que inventaría una sala de operaciones antes de un procedimiento complejo.

Un bisturí de hoja intercambiable número veintidós, el estándar para incisiones de tórax.

Tijeras de Mayo. Separadores de Weitlaner.

Pinzas de Kocher, cuatro pares. Una sierra esternal compacta con hojas envueltas en plástico estéril.

Cánula de drenaje pleural. Suturas de diferentes calibres, reabsorbibles y no reabsorbibles, el material adecuado para tejido cardíaco.

Guantes de cirugía en su talla, ocho y medio.

Los había también en la talla de Álex, siete y medio. Venicio había hecho los deberes.

Asier lo había sabido desde el principio, desde el primer día en esta casa.

Venicio no había buscado a cualquier cirujano.

Le había buscado a él, especialista en cardiopatías congénitas, experto en dextrocardia, el hombre que había dado una ponencia en Bogotá sobre exactamente esta condición.

El único hombre en un radio razonable que sabía cómo operar un corazón que está en el lado equivocado.

Cogió el bisturí. Lo sostuvo un momento. El peso familiar del mango, el equilibrio exacto que había aprendido a reconocer con los ojos cerrados. Lo volvió a dejar sobre el acero del armario.

Luna tenía el corazón en el lado derecho del pecho. Un corazón que latía a ciento cuatro pulsaciones por minuto, ritmo regular, sin anomalías orgánicas. Un corazón joven, sano, funcionando exactamente como debía.

Un corazón que era la única razón por la que ella seguía con vida.

Y también la razón por la que no iba a seguir estándolo.

Apagó la luz. Subió las escaleras despacio, con la pesadez de un cuerpo que carga algo que no tiene nombre en ninguna lengua. Se quedó tras al sofá, de pie, escuchando, a espaldas de Luna. Se filtraba un sonido tan tenue que tardó en identificarlo, su respiración. Regular.

Viva.

Asier cerró los ojos.

Pensó en Alma.

Pensó en el bisturí sobre el acero.

No había manera de tener los dos pensamientos a la vez sin que uno destruyera al otro.

Eligió a Alma.

Lo eligió en silencio, en la oscuridad, sin testigos.

Y esa fue la elección más solitaria que había tomado en su vida, más solitaria que cualquier diagnóstico terminal, más solitaria incluso que el momento en el Seat Ibiza en que había sujetado las muñecas de una mujer que no había hecho nada para merecer ninguna de las cosas que estaban por venir.

Eligió a Alma.

Y con esa elección cerró una puerta que no tendría manera de volver a abrir.