El Paciente Imposible 11 #3
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11 #3

Vio a Álex que había rodeado el coche y se había puesto detrás de ellos.

Tenía un frasco y un trapo en la mano. Fueron veinte segundos.

Asier lo contó después, mucho después, en los días en que intentaba reconstruir la secuencia para entender si había habido algún momento en que podría haber parado, alguna bisagra en la que la física de los hechos permitía girar en dirección contraria.

No la había. O si la había, pasó tan rápido que sus manos no llegaron a tocarla.

El trapo empapado de aquel liquido anestésico.

El cuerpo de Luna levantándose a causa del impulso que Asier ejercía sobre sus muñecas.

El brazo de Álex rodeando los hombros de Luna por la espalda buscando su nariz y su boca para que inhalara la anestesia.

El olor, dulzón, ligeramente metálico, un olor que Asier conocía de los quirófanos y que aquí, en este momento con la lluvia golpeando el techo del coche, era otra cosa, era una perversión de algo que había significado siempre cuidado.

Asier sujetaba las muñecas de luna muy fuerte ya que por simple instinto intentaba quitarse aquel trapo de encima.

Su mirada, no podría olvidar aquella mirada de terror.

Luna no gritó. Hizo un sonido agudo, de pura sorpresa, antes de que el miedo tuviera tiempo de organizarse en grito.

Sus manos se aferraron al brazo de Álex con una fuerza que Asier no esperaba, uñas clavándose en la manga, el cuerpo entero girando hacia atrás.

Asier seguía sosteniendo sus muñecas. Las dos.

Con las dos manos. Con la misma presión calculada con que había sujetado instrumentos quirúrgicos durante tantos años, con la misma anatomía de las manos que había aprendido a usar para no dañar lo que sujetaba, y que ahora usaba para no soltar a alguien que intentaba escaparse de él. Las manos de Luna estaban frías.

Durante los cinco segundos que duró la resistencia, Asier no puedo sostener la mirada y miró hacia otro sitio.

No fue una decisión consciente. Sus ojos fueron solos hacia la ventanilla, hacia la lluvia, hacia la nada oscura y mojada que había al otro lado del cristal, porque si miraba lo que estaba pasando algo en él iba a romperse de una manera que no iba a poder reparar.

Luego la resistencia cedió.

Fue gradual y rápida al mismo tiempo, el cuerpo de Luna se aflojó primero en los hombros, luego en los brazos, luego las muñecas perdieron tensión entre las manos de Asier y la cabeza cayó hacia adelante con esa pesadez específica e inconfundible de la inconsciencia real, que no se parece a nada más

Soltó las muñecas.

Las manos de Luna cayeron sobre su propio regazo.

—Ya está. —dijo Álex con la respiración agitada.

Trabajaron en silencio. La lluvia era su banda sonora.

Entre los dos metieron a Luna en el asiento de atrás del todoterreno, despacio sin querer hacerla daño.

Álex sacó las esposas de la bolsa de lona y se las pasó a Asier quien las cerró alrededor de las muñecas de Luna con las manos detrás, comprobando el ajuste dos veces con el dedo antes de cerrar el seguro, esa comprobación, ese hábito de no apretar más de lo necesario, de no causar daño donde no era imprescindible, que su cuerpo ejecutó solo sin que él se lo ordenara y que fue probablemente lo peor de todo el proceso, que sus manos seguían siendo manos de cirujano incluso aquí, incluso ahora. La cinta aislante en los tobillos.

El abrigo de Asier extendido sobre ella en el asiento trasero.

Álex salió del coche.

—No podemos dejar el suyo aquí.

—Ya lo sé. —Asier miró dentro del Seat Ibiza, las llaves todavía puestas, el motor en mancha—. Yo la llevo. Tú conduce el suyo. Volvemos por la misma ruta.

Álex asintió y se subió al Tuareg sin decir nada más.

Asier se quedó solo. Solo con una chica inconsciente en el asiento de atrás. La lluvia seguía golpeando el techo del coche. Se giró una vez hacia el asiento trasero. Miró el abrigo. El contorno de lo que había debajo.

Luego se giró de nuevo hacia el volante. Levantó sus manos y las miró.

Las conocía bien. Cuarenta y dos años mirándolas, había tenido mucho tiempo de residencia y especialidad donde aprendió a confiar en ellas, aprendiendo que eran precisas cuando tenían que ser precisas y firmes cuando tenían que ser firmes y que podían sostener cosas frágiles sin romperlas si las educabas bien.

También eran manos de padre. Las mismas manos que frotaban nariz con nariz con Alma en la oscuridad de su cuarto.

Las mismas manos que acababan de sujetar las muñecas de una pobre chica que no tenía culpa de nada, para que no pudiera escapar mientras la estaba secuestrando.

El limpiaparabrisas del coche arrancó cuando Asier reanudó la marcha, ese mismo metrónomo que había escuchado durante más tiempo del que habría querido, rítmico e indiferente.

Asier metió primera y la carretera oscura y mojada se abrió paso delante de él.

Llegaron a aquella casa, el tiempo seguía castigando con fuerza. Entre los dos metieron a Luna aún dormida dentro de la casa con toda la delicadeza del mundo y la dejaron encima del sofá del salón.