El Paciente Imposible 11 #2
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11 #2

Asier abrió la puerta. El frío y el agua le golpearon a la vez, un bofetón físico que le entró por el cuello y le bajó por la espalda.

Sus zapatillas tocaron el asfalto y se hundieron de inmediato en un charco de tres centímetros que le empapó los calcetines hasta el tobillo.

Caminó hacia el coche de Luna. Cada paso era un esfuerzo diferente al anterior porque la lluvia le dificultaba la visión y porque sus piernas funcionaban con una autonomía mecánica que él observaba desde algún sitio un poco más arriba, como si no fueran del todo suyas.

A través del cristal empañado del Seat Ibiza veía la silueta de Luna.

Estaba bien. Se movía. Buscaba algo, el móvil probablemente, o los papeles del coche, o simplemente intentaba entender qué había pasado en los últimos diez segundos. Asier llegó al lado de Álex justo en el momento que Álex golpeaba la ventanilla del conductor.

—¿Estás bien? ¿Estás bien?

La ventanilla bajó tres centímetros. Asier vio los ojos de Luna mirándolos, una mirada nerviosa, perpleja que evaluaba la situación con la desconfianza razonable de una mujer sola en una carretera a las seis de la mañana.

—Sí, creo que sí. ¿Qué ha pasado?

—Ha sido la lluvia, a mi hermano le ha derrapado el coche. No veíamos nada Lo siento mucho. Solo el parachoques, no pasa nada estamos bien, lo arreglamos ahora mismo.

La voz de Álex era la voz de un hombre normal que ha tenido un accidente y lo lamenta.

Era la voz que Álex había usado en urgencias para explicarle a los pacientes lo que les estaba pasando, sin pánico, con esa cadencia que baja la frecuencia cardíaca del oyente sin que el oyente sepa por qué.

Asier lo escuchó desde detrás de Álex y pensó que su hermano era mejor actor que él, o que el dolor le volvía mejor actor, o que simplemente llevaban tantos años como sanitarios que habían aprendido que la voz es una herramienta que no se puede perder cuando más la necesitas.

Luna bajó la ventanilla hasta la mitad.

—¿Con esta lluvia? ¿No podría daros mi teléfono y arreglarlo otro día ?

—Es que no somos de aquí. —dijo Álex—. Para no tener problemas con el seguro, mejor dejarlo todo cerrado ahora. No tardamos nada.

Asier no habló. La miraba a través del cristal.

Luna lo miró a él una vez con esa mirada de evaluación rápida que se hace en situaciones así, si son dos son menos peligrosos porque los peligrosos van solos, eso dice el instinto, aunque el instinto se equivoque.

Vio a un hombre empapado vestido con vaqueros y con cara de cansancio extremo que no sonreía porque no tenía energía para sonreír.

Eso probablemente fue lo que la convenció.

No la sonrisa. La ausencia de ella. En ese momento no se fijó en los moratones de su cara a causa de la lluvia y el cansancio, quizá, de haberse fijado más no habría confiado en ellos.

—Vale. —Luna abrió la puerta y se bajó, pretendía ver los daños en su coche y en ese momento la lluvia la alcanzó entera.

Dio la vuelta al coche para abrir la puerta del copiloto y sacar los papeles de su seguro.

Asier rodeó el coche siguiéndola mientras Álex regresaba al todoterreno.

Luna no le dio importancia pensó que iba a por la documentación.

Ella abrió la puerta del copiloto y se sentó.

El coche de Luna olía a ambientador de vainilla.

Luna se inclinó hacia delante para hurgar en la guantera y encontrar los papeles del seguro del coche que necesitaba para poder dejar el parte amistoso firmado y poder irse a su casa donde su cama caliente y seca la estaba llamando a gritos.

Tenía el pelo completamente empapado pegado a la cara, se giró hacia la puerta, se levantó y cuando se disponía a estirar los brazos para darle a aquel hombre el papel amarillo a rellenar para el seguro, lo supo, una señal de peligro no supo muy bien por qué, una corriente eléctrica que el instinto de supervivencia la envió, pero ya era tarde .

Fueron, no más de tres segundos en los que tuvo la certeza de que haber confiado en aquellos dos hombres para hacer un simple trámite, había sido una malísima idea.

Era la primera vez que Asier la miraba de frente.

Era más bajita que ellos, como la mayoría de la gente ya que los dos hermanos median entre 1,87 y 1,90, ella mediría cerca de un metro sesenta.

Los ojos abiertos, despiertos y en alerta, asustados.

Una pequeña cicatriz blanca en el arco de la ceja derecha que la foto no había captado.

Estaba delgada, su físico era bastante parecido al de Maica por eso durante el tiempo exacto que duró esa mirada, Asier intentó no verla, intentó lo que había intentado cada vez que pensaba en ese momento, ver la radiografía en vez del rostro, la sombra cardíaca desplazada hacia la derecha, el corazón en el lado equivocado.

No funcionó. Vio a una mujer de treinta y dos años que iba a casa después del turno de noche y que cuidaba a personas que no podían cuidarse solas, y que llevaba guantes de nitrilo en el bolsillo porque era el tipo de persona que los lleva por si acaso, y que tenía una cicatriz pequeña en la ceja y que estaba empapada y cansada y que no tenía ninguna razón para estar asustada todavía.

Sin embargo, en esa mirada Asier supo que ella lo sabía.

Sabía que algo malo estaban a punto de hacerla.