El Paciente Imposible 11
34%

11

La lluvia no caía. Golpeaba.

Golpeaba el techo del coche con violencia, como si el cielo hubiera perdido la paciencia y hubiera decidido descargar toda su ira sobre este tramo de carretera comarcal, sobre este aparcamiento de tierra pegado al muro trasero de una residencia, sobre estos dos hombres que llevaban cuarenta minutos sin moverse dentro de un coche que olía a plástico y a la respiración de ambos acumulada durante demasiado tiempo. El limpiaparabrisas iba al máximo.

Asier tenía la foto en la mano. La había cogido de la carpeta antes de salir, junto al GPS y el móvil.

La mochila de lona estaba en el asiento de atrás.

Luna del Toro. Treinta y dos años. Pelo oscuro, casi negro, recogido en la foto con una coleta descuidada.

Una sonrisa en la comisura derecha que la foto había capturado a medias, como si el fotógrafo hubiera disparado justo antes del momento, o justo después, y lo que había quedado era ese instante previo o posterior a la alegría que a veces es más honesto que la alegría misma.

Asier solo miró la foto un segundo.

Había decidido no mirarla más tiempo. Era una decisión clínica, el tipo de comportamiento que había aprendido en la residencia, lo que no puedes mirar ahora lo miras después, y si no puedes mirarlo después tampoco, entonces no lo miras nunca y tienes que aprender a trabajar con el espacio en blanco que deja.

Los cirujanos hacían eso. Él lo había hecho durante años con los diagnósticos terminales, con las noticias que había tenido que dar en pasillos de hospital a medianoche a familias que todavía no sabían que sus vidas estaban a punto de partirse en dos mitades.

Lo había aprendido. La distancia clínica no era frialdad, le había explicado su jefe de residencia, era una herramienta de supervivencia. Sin ella no sobrevivías a la profesión.

Pero la distancia clínica la había aprendido para protegerse del dolor ajeno no del suyo.

Esto era diferente.

Álex no hablaba.

En cuarenta minutos de espera habían intercambiado quizás doce palabras.

Eso también era diferente. Álex era el hermano que llenaba los silencios, el que siempre encontraba el ángulo cómico de cualquier situación, el que en la sala de espera de urgencias podía hacer reír a alguien sin que ese alguien se sintiera culpable por haber reído.

Era una habilidad que Asier había envidiado en silencio durante toda la vida, esa capacidad de Álex para hacer que el aire pesara menos.

Álex le pidió la foto y la miró, un instante, tiempo suficiente para que nunca más se le pudiera olvidar esa cara.

Apartó la vista para fijarla en el muro de la residencia que apenas se distinguía a través de la lluvia.

Solo podía sentir angustia y preocupación.

Víctor había muerto. No habían hablado de eso tampoco.

Habían tenido que hablar de otras cosas, los horarios de Luna, la ruta, el frasco de anestesia que habían guardado envuelto en un trapo de cocina, el plan de cuatro pasos que en papel sonaba como una operación y que en la realidad iba a ser otra cosa completamente diferente, y mientras hablaban de esas cosas Víctor había estado en algún lugar detrás de cada frase, en el espacio entre las palabras, como un ruido de fondo que ninguno de los dos sabía cómo nombrar.

Álex sabía, sin necesidad de decirlo, que Asier revisaba ese momento continuamente, el fogonazo, los pies de Víctor dibujando una línea en el polvo del cemento, la puerta cerrándose.

Lo sabía porque él también lo revisaba sin necesidad de haberlo visto.

Lo revisaba incluso ahora, a las 05:57 de la mañana, con la lluvia golpeando el techo del coche y una mujer que no sabía nada de aquella puta pesadilla y que estaba a punto de salir por esa puerta.

Era por Maica. Era por Alma. Era por eso.

Asier lo repetía como un diagnóstico diferencial, como la lista de causas que se descartan una por una hasta llegar a la verdadera, era por Maica y por Alma y no había otra manera y si hubiera habido otra manera él habría encontrado ya cuál era, porque llevaba horas buscándola y no existía.

Eso también lo sabía. La había buscado con la misma metodología con que buscaba el diagnóstico en un caso complicado, exhaustivo, sistemático, sin descartar nada hasta tener evidencia de que podía descartarse, y había llegado al mismo sitio cada vez, aquí.

A este aparcamiento a esta lluvia y a esa foto que no miraba.

El limpiaparabrisas seguía. Rítmico, obstinado, inútil.

La puerta de la residencia se abrió a las 05:59.

Asier lo vio antes que Álex porque era el que estaba mirando, el que había estado mirando los últimos veinte minutos sin parpadear apenas, concentrado sabiendo que el momento va a llegar y tiene miedo de que llegue y tiene más miedo todavía de no estar preparado cuando llegue.

La figura apareció en el rectángulo de luz amarilla del umbral, pelo oscuro mojado antes incluso de cruzar la puerta, porque la lluvia arrasaba horizontal sobre el aparcamiento, una bolsa de tela colgada del hombro derecho, las llaves del coche ya en la mano.

Alguien dentro le dijo algo que Asier no pudo escuchar.

Ella respondió algo, giró la cabeza hacia dentro un segundo, y en ese segundo Asier cogió la foto.

Treinta y dos años. Pelo oscuro. Una vida entera por delante.

El corazón en el lado equivocado.

—Es ella. —dijo Álex. No era una pregunta.

Asier no respondió. Vio cómo Luna bajaba los tres escalones de la entrada inclinando el cuerpo hacia adelante contra la lluvia, intentando hacerse más pequeña para no mojarse.

Cruzaba el aparcamiento en diagonal hacia un Seat Ibiza verde que estaba aparcado a unos cincuenta metros de ellos.

Los pies chapoteaban en los charcos sin esquivarlos porque no había manera de esquivarlos, el suelo entero era ya un charco, y en el movimiento de sus piernas se notaba ya el cansancio de alguien que quiere llegar a casa y quitarse los zapatos mojados.

Asier pensó, es una persona.

Lo pensó como si fuera un descubrimiento, como si hubiera habido algún momento en que había conseguido no saberlo, y la vergüenza de eso le llegó al pecho antes de que pudiera bloquearlo.

—Cuando salga a la carretera la seguimos. —dijo Asier—. Esperamos al primer tramo recto. Lo hacemos rápido.

Rápido. Como si la velocidad cambiara algo de lo que estaban a punto de hacer.

Asier arrancó el coche.

La N-110 a las seis de la mañana con tormenta era una carretera casi desierta, uno o dos camiones en dirección contraria, las luces de los faros entrando por el parabrisas como destellos blancos y ciegos, el agua acumulada en el arcén formando ríos improvisados que el todoterreno atravesaba con un sonido parecido al de un papel rasgado.

Asier conducía a cincuenta metros del coche de Luna, los suficientes para que sus faros no la asustaran, los justos para no perderla en los tramos donde la lluvia convertía el asfalto en un espejo oscuro.

No habían planeado nada que tuviera más de cuatro pasos porque los planes con más de cuatro pasos no sobrevivían al contacto con la realidad, eso lo sabían los dos. Golpe suave por detrás en el primer tramo recto. Parada. Álex se bajaba primero y Asier cubría la derecha. Tenían que ser rápidos

Cuatro pasos.

Asier los revisó en silencio mientras el limpiaparabrisas seguía su metrónomo absurdo y la distancia entre los dos coches se mantenía constante.

Pensó en Alma. No como estrategia, no como la lista de razones que se repetía para justificarse, la vio.

La vio frotando su nariz contra la de él en la oscuridad de su habitación con los ojos cerrados y la respiración lenta de alguien que acaba de cruzar la frontera del sueño.

La vio con tanta nitidez que por un segundo el Seat Ibiza delante de él dejó de existir.

Luego volvió.

El tramo recto apareció después de la curva, doscientos metros de asfalto sin casas a los lados, sin salidas, el arcén a la derecha y el oscuro bosque a la izquierda, la visibilidad cortada por ambos extremos por la lluvia y la oscuridad.

—Aquí. —dijo Álex.

Asier pisó el acelerador.

El golpe fue más violento de lo que esperaban.

Había calculado la velocidad para que el impacto moviera el coche de Luna sin destrozarla a ella.

Era un cálculo que, en condiciones controladas, en seco, en un aparcamiento y con tiempo suficiente, podría haber resultado manejable.

Pero en aquella carretera, todavía de noche, con la lluvia volviendo el asfalto resbaladizo, las manos húmedas en el volante y el pulso acelerado, la precisión resultaba imposible.

El morro del todoterreno golpeó el parachoques trasero del Seat Ibiza con un crujido de plástico que sonó más fuerte de lo que realmente fue.

El coche de Luna dio un bandazo hacia la izquierda, hacia el carril contrario, un segundo de terror absoluto, y luego se corrigió solo, el instinto de la conductora llevando el volante hacia la derecha.

Ambos coches pararon en el arcén, con los intermitentes encendidos y el motor todavía en marcha.

Diez segundos de silencio. Solo la lluvia.

Asier no se movió. Tenía las manos aferradas al volante con una fuerza que le dolía en los nudillos, no podía soltarlo.

Álex ya estaba bajando. Tenía la puerta abierta y el agua le empapaba la chaqueta.

Asier lo vio acercarse corriendo al Seat Ibiza, una figura oscura moviéndose en la lluvia, los brazos abiertos, el lenguaje corporal de alguien que llegaba a ayudar.

Álex estaba siendo muy frío, actuando sin dudar, sin pensar. Lo haría, ayudaría a su hermano sin cuestionárselo demasiado, de otra forma no podría, había decidido ejecutar el plan.