10
El avión aterrizó.
O eso le pareció a Asier, lo supo por el impacto de las ruedas contra el suelo, por la desaceleración brusca que le empujó hacia adelante contra el cinturón que alguien le había abrochado con la capucha puesta, en algún momento del vuelo que él no había podido saber porque no tenía referencia de tiempo ni de espacio, solo el rugido constante de los motores y el frío que sentía en todo el cuerpo. El motor del avión se apagó del todo.
El aeródromo era una franja de asfalto entre campos.
Sin torre de control visible, sin señalización, sin más luz que la de dos focos de un coche aparcado a cuarenta metros.
El aire olía a tierra mojada. Hacía frio.
Sin palabras le guiaron hasta el coche, escuchaba los pasos de Álex a su lado.
Les quitaron las esposas y los obligaron a subir a los dos al coche con la orden clara de no quitarse la capucha hasta que dejaran de escuchar el motor del avión.
Ambos estaban sentados en los asientos delanteros de un coche, amordazados, con frío, nerviosos, cansados, asustados, tristes.
Hicieron lo único que podían hacer, seguir las órdenes.
Asier estiró su mano derecha buscando a Álex, le tocó el hombro y así se quedaron hasta que dejaron de oír el motor del avión, que se iba alejando en la distancia.
Asier se quitó la capucha y la mordaza, tosió y respiro profundamente llenando sus pulmones de aire, aire limpio sin sabor a polvo ni a sangre.
A su lado, Álex se quitó también la capucha.
Se miraron de inmediato y miraron alrededor, comprobaron su propio cuerpo, revisando si estaban bien. En el coche había una nota encima de la guantera. Álex la cogió y la leyó en alto.
“El equipaje está en el maletero, las llaves en el contacto. Si avisáis a la policía las mataremos. La dirección de la casa está en el GPS. Tenéis la dirección de la chica en la carpeta. Secuestrarla, matarla y traerme su corazón. Cuando lleguéis
llamarme usando el teléfono que está en la bolsa” Eso fue todo.
El coche era un Volkswagen Touareg negro.
Asier estaba sentado en el asiento del conductor y necesitaba arrancar el coche porque necesitaba hacer algo con las manos, necesitaba tener algo que controlar, aunque solo fuera un volante.
Las llaves estaban en el contacto, como había rezado la nota.
En el soporte del salpicadero, un GPS ya encendido mostraba una ruta trazada en azul, un camino que salía del punto rojo de su posición actual y terminaba en un destino sin nombre, solo coordenadas.
Ciento doce kilómetros.
Asier los calculó, a velocidad normal de carretera secundaria, hora y cuarto. Hora y media. Suficiente para hablar, si eran capaces de hablar.
Asier puso la mano en la llave del contacto.
—¿Estás bien?
La pregunta le salió en voz baja, mirando al frente, sin girar la cabeza. No era que no quisiera mirar a Álex. Era que no estaba seguro de poder hacerlo sin derrumbarse.
—Sí. —dijo Álex. Una pausa—. Joder.
Arrancó.
La carretera secundaria no tenía arcén. A ambos lados se extendía una oscuridad llena de árboles oscuros que amenazaban silenciosos con su gran tamaño.
Las ruedas sobre el asfalto rugoso producían un sonido uniforme y sordo que Asier identificó al instante como el de un monitor de ritmo cardíaco estable, regular, predecible.
—¿Qué ha pasado? —dijo Álex—. ¿De qué estaba hablando ese hombre? ¿Qué es eso de una chica, una casa, una dirección?
Asier mantuvo los ojos en la carretera.
—Tenemos que secuestrar a una chica. —dijo—. Matarla. Sacarle el corazón y trasplantárselo a su hija.
El silencio que siguió duró lo que tarda un cerebro en procesar una frase que primero rechaza, por imposible, y que, sin embargo, reconoce como verdad, porque quien la dice es su hermano mayor… y su hermano mayor nunca ha dicho nada que no fuera cierto. —¿Víctor está …? —dijo Álex.
—Le pegaron un tiro delante de mí. —Asier lo dijo rápido mirando a la carretera. —Lo escuché, pero no entendía bien lo que estaba pasando, no quería entenderlo. —dijo Álex, despacio, como si lo estuviera reconstruyendo en tiempo real—. No me dejaron verle. Nos llevaron siempre con los ojos tapados.
—Tienen a Maica y a Alma. —Asier lo dijo sin emoción, porque la emoción vendría sola si la dejaba y no podía permitírselo, no con el GPS marcando noventa y cuatro kilómetros todavía—. Si en siete días no secuestramos a esa chica, las matarán.
Álex no respondió de inmediato. Se movía en el asiento, cambiaba de postura. Cuando habló, la voz, era casi un susurro que fue subiendo en intensidad.
—Pero no puedes. No puedes matar a nadie. Es una locura. ¿De veras vas a hacerlo? Vayamos a la policía.
—Lo sabrán y las matarán.
—¿Cómo van a saberlo?
—El teléfono que hay en el maletero. Nos están vigilando. —Hizo una pausa—. Si quieres irte, puedes irte.
—No. —La negativa de Álex fue inmediata, sin fisuras—. No quería decir eso. Estamos juntos en esto.
Asier asintió una sola vez. No dijo nada más. La carretera siguió desenvolviéndose bajo las ruedas, los ochenta y siete kilómetros que quedaban en el GPS siguieron siendo ochenta y siete kilómetros, ochenta y seis, ochenta y cinco…
La casa apareció al final de un camino de tierra sin señalizar.
Era de piedra, de esa piedra gris oscura de los pueblos del norte, dos plantas de ventanas pequeñas.
En otro contexto, en otro viaje, podría haber parecido una casa de turismo vacacional.
Había una casa similar a unos cien metros.
Asier aparcó el coche. El bosque que rodeaba aquella casa tejía sombras más sólidas que la noche.
Bajaron del coche. Hacía frío y ya pasaba la medianoche.
Asier buscó con la mirada, pero no encontró a nadie; estaban totalmente solos.
Abrió el maletero. Álex salió y se puso a su lado.
Una punzada de dolor lo golpeó al levantarse del asiento; le dolía el costado, donde lo habían golpeado hacía…
¿cuánto tiempo? Solo un día, pero parecía una eternidad.
Asier no notaba el dolor, solo la necesidad de seguir moviéndose; si paraba, temía no poder volver a hacerlo.
En el maletero encontraron sus maletas y una mochila de lona negra.
La abrió con las manos todavía entumecidas del viaje.
Dentro, los grilletes, esta vez eran es posas de metal.
Una pistola que Asier cogió sopesó y dejó en la mochila de nuevo después de un segundo.
Y la carpeta. Una carpeta de cartón marrón, la misma que Venicio le había mostrado en la habitación de cemento de Bogotá.
La abrió. Una dirección mecanografiada. Unos horarios.
Y debajo, suelto, un sobre sin cerrar. Era una radiografía de tórax.
La sostuvo a la luz del maletero, ese negativo de película que Asier había aprendido a leer hacía tantos años, en el primer año de residencia, cuando las radiografías de tórax eran todavía objetos físicos que se colgaban en negatoscopios de luz blanca y fría.
Paciente joven, la densidad ósea lo indicaba.
Pulmones limpios. Mediastino sin ensanchamiento patológico.
El corazón.
Asier no tardó en encontrarlo, aunque no estaba donde debía estar. No estaba en el lado izquierdo, donde el corazón humano lleva cuatro millones de años situándose, donde todos los manuales de anatomía lo dibujan, donde él lo había buscado en miles de radiografías. Estaba en el lado derecho.
Dextrocardia.
La palabra le cayó en el pecho como una piedra en un pozo.
Dextrocardia, la malformación congénita en la que el corazón se desarrolla en el lado opuesto al habitual.
La misma condición en la que él llevaba cuatro años investigando, sobre la que había dado esa ponencia en Bogotá hacía horas o años, dependiendo de cómo se midiera el tiempo.
La chica que tenía que matar se llamaba Luna del Toro y tenía el corazón al revés.
Igual que la hija de Venicio.
Asier guardó todo en la mochila, la cogió, cogió su maleta y se dirigió a la casa.
Álex lo miraba desde el otro lado del coche sin decir nada, se acercó al maletero, vio su maleta, pero como la recordaba en el armario de su habitación de hotel, allí fuera de ese contexto le pareció totalmente ajena a él. La cogió y cerró el maletero.
Entraron en aquella casa.
La casa era grande, tenía dos plantas y un sótano.
En la planta baja había un salón con una gran chimenea frente a un sofá de cuatro plazas de color teja.
Había una cocina tras una puerta grande, la cocina sin embargo era pequeña.
En la planta de arriba había dos dormitorios de gran tamaño y un cuarto de baño completo con bañera.
En el sótano un aseo y un gran espacio abierto tras una puerta. Estaba preparado como un quirófano.
El móvil sonó antes de que Asier tuviera tiempo de encender todas las luces.
—Ya llegasteis. —La voz de Venicio, a miles de kilómetros, sonaba exactamente igual que en la habitación de cemento, baja, sin urgencia, sin inflexión—. Espero que sea de tu agrado.
—No las toques, pedazo de — empezó Asier. Estaba enfadado, toda la calma que había tenido durante el camino se había ido lejos, solo quería gritar.
—Ssshh. —El sonido fue casi amable—. ¿No querrá que su dulce estancia cambie, ¿verdad?
—¿Qué quieres?
—Mañana irás a un pueblo cercano. El caserón está en medio del bosque.
Es una pequeña aldea donde apenas vive nadie, así que procura no llamar la atención.
Esa gente es de pueblo, no se meten en nada, pero más te vale tener cuidado o alguien pagará las consecuencias.
El GPS tiene la dirección guardada; os llevará hasta allí.
No está a más de ciento cincuenta kilómetros.
Allí trabaja Luna, en el turno de noche, en una residencia de personas mayores.
Sale a las seis de la mañana. La residencia está en un polígono industrial.
En la carpeta tienen la dirección exacta y los horarios.
En el maletero hay una mochila con grilletes, una pistola y los datos de la chica, además de este móvil. No lo apagues nunca.
—Una pausa—.
Hacerlo como queráis. Pero mañana te volveré a llamar, si la chica no está ya en la casa, tu querida esposa pagará las consecuencias.
Colgó.
Asier se quedó mirando el teléfono durante el tiempo que tardó en volver a respirar con normalidad, que fue más del que le habría gustado. Luego cogió la carpeta, sacó los papeles, leyó la dirección del trabajo de Luna del Toro, los horarios, el nombre de la residencia.
Bajó al piso de abajo.
El “quirófano” estaba en la planta baja, detrás de una puerta que a primera vista parecía un armario empotrado pero que tenía bisagras reforzadas y un sistema de cierre que no era el de una puerta normal.
Dentro, una mesa de acero inoxidable, iluminación de quirófano en el techo todavía apagada, un armario de cristal con instrumental que Asier no quiso catalogar todavía, y en el segundo estante desde arriba, una hilera de frascos de cristal marrón con etiquetas mecanografiadas.
Cogió uno. Lo leyó.
Flovex. Nombre comercial de un anestésico por inhalación de acción rápida, concentración quirúrgica, uso restringido a entorno hospitalario con supervisión de anestesista titulado.
El mismo que Asier había visto usar en procedimientos pediátricos.
El mismo que, impregnado en un material poroso aplicado sobre las vías respiratorias de una persona, producía inconsciencia en menos de veinte segundos.
Subió al salón. Álex lo miró.
—¿Qué es eso?
—Es anestesia. —Asier lo puso sobre la mesa, entre los dos, como si fuera un objeto neutral, como si colocarlo en una mesa pudiera hacer que dejara de ser lo que era—. Podemos empapar un trapo con esto y ponérselo en la boca.
Álex lo miró a él. Luego miró el frasco. Luego volvió a mirarlo a él.
—Es una locura. —dijo, con la voz de alguien que lo dice sin discutir—. Intenta descansar. Ya se nos ocurrirá algo.
—Son las doce. —Asier miró el reloj: 00:14—. Tendremos que salir de aquí a las cuatro para llegar a tiempo. Sale a las seis de la mañana.
—Intentemos descansar.
—Tienes razón, pero no creo que logre dormir.
Subió las escaleras. Había dos dormitorios. Uno estaba al fondo del pasillo, una cama de matrimonio con ropa de cama blanca, una ventana con contraventana de madera, una mesita con una lámpara de noche. El cuarto de baño, al lado, con azulejo blanco y una sola bombilla encima del espejo.
Asier entró en el baño y encendió la luz.
Ese espejo le devolvió la imagen de un hombre.
Tardó un segundo completo en identificarlo como sí mismo, ese segundo de disociación que ocurre cuando uno se encuentra de improviso frente a su propio reflejo en un lugar desconocido.
El pómulo izquierdo algo hinchado con ese tono oscuro que en unas horas sería morado.
El labio inferior con la costra de la sangre seca que el trapo no había borrado del todo.
La nariz manchada. Sin afeitar. El traje gris marengo, la corbata azul arrugada y manchada de barro.
La corbata que Alma había elegido.
Asier abrió el grifo del lavabo. El agua fría le golpeó las manos y las muñecas, donde las ataduras de tantas horas habían dejado marcas que todavía no había tenido tiempo de examinar con atención.
Se llevó agua a la cara. Se miró otra vez y se rompió, una oleada de ansiedad le inundó el pecho y solo pudo llorar e intentar respirar, concentrándose en el silencio, en ese silencio de una casa desconocida en mitad de la nada.
Concentrándose en ese silencio escuchó algo; El sistema de ventilación de la casa.
Un motor silencioso, regular, que producía un flujo de aire constante y ligeramente presurizado.
El tipo de sistema que no se instala en una casa de campo normal.
El tipo de sistema que se instala en un quirófano, o en una UCI, o en cualquier espacio donde el control del aire no es una comodidad sino una necesidad clínica.
Y en ese sonido, ese zumbido bajo y continuo que era exactamente igual al del respirador de la planta de críticos del hospital donde él trabajaba, exactamente igual al sonido que había escuchado cien noches de guardia asomándose a las habitaciones donde los pacientes dormían conectados a máquinas que respiraban por ellos.
Asier dejó de estar en el cuarto de baño de una casa de campo en algún lugar de España y volvió a estar en un hospital que le daba calma y seguridad.
Se quitó la ropa sucia y se puso ropa limpia.
Unos vaqueros y una camiseta y un jersey grueso, tenía el frío instalado en los huesos.