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Venicio lo estaba mirando. Tenía la pistola en la mano, sin levantarla, con indiferencia.
Asier dio un paso hacia él.
—No se te ocurra. —dijo Venicio.
No alzó la voz. Habló en ese registro bajo que Asier ya había aprendido a reconocer, el que no necesita volumen porque ya impone.
La pistola se alzó apenas tres centímetros. Solo tres. Suficientes.
En ese momento, dos hombres entraron y se llevaron a empujones a Álex.
—Todavía tengo a tu hermano, a tu mujer y a tu pequeña.
Las palabras llegaron en ese orden concreto y ese orden fue deliberado, primero el hermano al que acababa de abrazar, luego la mujer, luego la niña. Escalando. Construyendo la imagen completa de todo lo que podía perder antes de que la frase terminara.
—No querrás que juegue al pinto, pinto con ellas, ¿verdad?
Asier se detuvo. Tenía los puños cerrados y la sangre le resbalaba por la cara, en ese instante, de pie en el centro de esa habitación supo que no podía pelear.
Venicio tenía la pistola. Venicio tenía a Álex.
Venicio tenía a Maica y a Alma en algún lugar de ese edificio que él no conocía.
Y Venicio acababa de matar a Víctor con la misma facilidad con que se pisa a una hormiga.
—Bien. —Venicio bajó también la pistola—. Tienes una semana como máximo para encontrar a esa chica.
Con un gesto pidió a uno de sus hombres algo, una carpeta de color marrón. La sostuvo un momento antes de tendérsela, como si el gesto fuera también parte del mensaje.
—Un avión os llevará a tu hermano y a ti hasta España.
Hay una casa en el campo con un pequeño quirófano en el sótano.
Podrás hacerle las pruebas que necesites antes de operarla.
Tendrás una pistola sin balas, grilletes, cuerdas, un coche.
—Una pausa de un segundo—. Te estaremos vigilando.
Como vayas a tu casa o a tu trabajo, mataré a tus chicas.
Como acudas a la policía, mataré a tus chicas.
—La última pausa fue la más larga—. Una semana.
Luna del Toro. En este sobre tienes su dirección, su trabajo, sus horarios.
Todo lo que necesitas.
Asier miró la carpeta. Luego miró a Venicio.
—Quiero verlas. Quiero saber que están bien.
Venicio lo consideró.
—Vale. Es lo justo. —Y miró la cara destrozada de Asier con algo que no era compasión pero que tampoco era indiferencia. — Límpiate un poco esa sangre. No querrás que tu niña te vea así.
Le tendieron un trapo. Asier lo cogió sin mirar de quién era la mano. Se limpió la cara como pudo. El trapo quedó oscuro. Él quedó presentable dentro de lo que era posible, que no era mucho.
La puerta. El pasillo. Otra puerta.
La habitación era igual de pequeña pero distinta en todo
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lo demás. Una televisión apoyada en una caja de madera en la esquina, con el volumen bajo, y en la pantalla una tortuga perseguía a un conejo por un paisaje de colores primarios.
Maica estaba esposada al respaldo de una silla con la muñeca izquierda, la postura incómoda.
Llevaba horas así y había dejado de intentar ponerse cómoda.
Alma estaba en el suelo, a sus pies, sentada sobre sus tobillos, con los ojos en la pantalla y el pelo todavía oliendo, Asier lo supo desde la puerta, al champú del hotel.
El mismo jazmín sintético de hacía horas. Del mundo de antes.
—Maica.
El nombre le salió antes que cualquier otra cosa y Maica levantó la cabeza y en su cara se reflejaron tres cosas en rápida sucesión, el alivio de verlo, el espanto de verlo así, y la contención que siguió a ambas porque Alma estaba a treinta centímetros.
Asier cruzó la habitación en cuatro pasos y se agachó y las abrazó a las dos a la vez, un brazo en Maica, el otro rodeando a Alma, el peso de su hija de cuatro años contra su costado, el olor de su pelo y el calor que desprendía, los dieciséis kilos y medio que en ese momento parecían mucho más.
—¿Qué pasa, papá?
La voz de Alma era normal, la voz de quien todavía no ha aprendido que hay preguntas cuya respuesta duele más que la ignorancia.
—Nada, cariño. —Asier se apartó lo suficiente para mirarla a la cara.
Los ojos de Alma, marrones como los de su madre, lo miraban con esa confianza absoluta e incondicional que llevaba cuatro años recibiendo y que en ese momento fue lo más pesado que había sostenido en su vida—Solo vais a estar aquí una semana.
Ahora vuelve a ver la tele, que tengo que hablar con mamá .
Alma evaluó la situación con la lógica de sus cuatro años, miró la pantalla, miró a su padre, y decidió que la tortuga y el conejo podían esperar un momento. Lo miró una vez más. Luego se volvió hacia la pantalla.
Asier se incorporó. Maica lo miraba. Miraba el pómulo, el labio, la mancha que el trapo no había terminado de borrar.
—¿Qué te han hecho?
—Han matado a Víctor. —Lo dijo en voz baja, casi solo con un movimiento de labios.
El color se fue de la cara de Maica en un segundo.
—Quiere que localice y mate a una chica desde España. Para operar a su hija. Si no lo hago, os matarán.
Maica tardó en hablar. Segundos en que Asier vio cómo procesaba la información con esa capacidad suya de absorber los golpes sin desmoronarse, de encontrar el suelo, aunque el suelo se haya movido.
—¿Y vas a hacerlo?
—Tengo que hacerlo.
No hubo otra respuesta posible. Tengo que hacerlo era lo único que quedaba cuando todas las otras opciones terminaban de la misma manera.
—¿Te han hecho daño? ¿A Alma?
—No. A ella no la han tocado.
—Solo es una semana.
Maica lo miró con los ojos húmedos y la boca apretada.
Tenía mucho que decir, pero había decidido no hacerlo porque no servirá de nada y porque Alma, a treinta centímetros, miraba una tortuga.
—¿Señor cirujano? La voz de Venicio desde la puerta.
Sin urgencia, pero con una amenaza explícita.
Solo el tono avisaba de que el tiempo ya había terminado.
—Ya es la hora.
Asier miró a Maica.
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—Volveré a por vosotras. —Lo dijo mirándola, sin apartar los ojos—. Lo prometo.
—No quiero quedarme aquí. —La voz de Maica se quebró—. No nos dejes. Por favor, Asier, no nos dejes aquí.
—Tienes que ser fuerte por ella. —El nudo en su garganta era físico, un objeto real con bordes—. Me han prometido que no os harán daño. Solo es una semana.
Se abrazó a Maica. Notó sus brazos rodeándole la espalda, la presión de sus manos en la camisa, la camisa del traje de esta mañana cuando el mundo todavía funcionaba.
El abrazo duró exactamente el tiempo que le permitieron.
Las manos entraron desde atrás y los separaron.
No con violencia sino con esa eficiencia profesional, con la calma de quien sabe lo que está haciendo porque lo ha hecho antes.
Escuchó a Alma preguntar algo a su madre. No alcanzó a distinguir las palabras. Luego la puerta se cerró.
La mordaza volvió, la capucha volvió. La oscuridad, inmediata y total.
Esposado. Amordazado y encapuchado. Avanzaba a ciegas hacia un avión que lo llevaría a España para hacer algo que no podía evitar, Asier pensó en Víctor.
Pensó en la línea que los zapatos de Víctor habían dejado en el polvo del cemento cuando lo arrastraron.
Pensó que habían llegado juntos a esa carretera y que solo dos de ellos saldrían.
La culpa no llegó de golpe. Llegó como llega siempre, filtrándose, encontrando los huecos, instalándose con la paciencia de algo que sabe que tiene todo el tiempo del mundo.