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El disparo fue lo más ruidoso que Asier había escuchado en su vida.
Era la primera vez que oía un arma de fuego.
Había estado en una sala de urgencias cuando trajeron a un hombre con una herida de bala en el abdomen, había visto los orificios de entrada y salida, había metido los dedos en tejido dañado por un disparo y sabía con precisión lo que hacía una bala a noventa centímetros de distancia.
Pero ninguno de esos conocimientos lo preparó para esto.
Para el fogonazo que convirtió la bombilla amarillenta en sol durante una décima de segundo.
Después, el pitido. Agudo, constante, limpio.
Un zumbido instalado en el centro de ambos oídos que borró todos los demás sonidos del mundo.
Sabía que duraría minutos. Sabía que después vendría una sordera transitoria con recuperación parcial en las primeras horas.
Sabía todo eso y el saberlo no servía de nada porque el pitido era real y bajo el pitido había un silencio que era peor que el disparo.
Víctor había caído hacia delante, despacio, un cuerpo que había dejado de tener voluntad. Y en el suelo quedó quieto.
Completamente quieto .
El sonido le llegó desde la derecha. Era Álex.
Era su voz, y al mismo tiempo no lo era.
Asier nunca le había oído hacer algo así.
No era un llanto, tampoco un grito, venía de un lugar anterior a ambos, más hondo.
El sonido de alguien al que le arrancan algo desde dentro, sin anestesia; y que, aun amordazado, encuentra la forma de escapar, de abrirse paso desde el alma y volverse sonido.
Asier intentó gritar. La mordaza convirtió el grito en un sonido húmedo y cerrado que no llegó a ningún sitio.
Tiraba de las cadenas. Los eslabones le cortaban los tobillos.
Se clavaba el metal. Se clavaba el plástico en sus muñecas y gritaba, aunque lo que salía de su garganta no era ninguna palabra.
Dos de los hombres de Venicio se acercaron a Víctor.
Lo agarraron por los brazos y la arrastraron hacia la puerta sin ningún cuidado.
Los pies de Víctor dibujaron una línea irregular en el polvo del cemento mientras desaparecían por la puerta.
La sangre, muy poca, había dejado un pequeño charco donde antes reposaba la cabeza de Víctor.
La puerta se cerró y el mundo se detuvo.
Asier lo notó, el tiempo estirándose, cada detalle visual adquiriendo una nitidez diferente, los colores más saturados de lo que deberían ser bajo esa luz amarilla.
La cadena en sus tobillos pesaba. El travesaño del respaldo de la silla se le clavaba en la columna.
Tenía las mandíbulas apretadas con tanta fuerza que le dolía hasta las sienes.
Estaba llorando. No supo cuándo había empezado.
Las lágrimas le caían por las mejillas mezcladas con la sangre del pómulo y del labio, las muñecas le dolían, las bridas de plástico se clavaban cada vez más porque estaba tirando de ellas sin poder parar, las manos buscando soltarse, las cadenas se le clavaban en sus tobillos inquietos y desesperados por salir corriendo.
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Víctor.
Víctor, que había sostenido a Alma el día que nació. Víctor, que compraba café de máquina en la sala de espera de los quirófanos, aunque no le gustaba, mientras esperaba a Asier para preguntarle cómo había ido, con la esperanza de que hubiera ido bien. Lo quería y sus fracasos también le dolían.
Víctor que había mirado la polaroid en el coche con la voz temblando, pero con la convicción de que todo saldría bien. Víctor siempre encontraba la manera de creer que las cosas iban a terminar bien.
Venicio metió la mano en su bolsillo y sacó un juego de llaves pequeñas, metálicas, y las lanzó. Cayeron a centímetros de las piernas de Asier.
—Para que te sueltes. —dijo.
Notó que el hombre que tenía a la espalda le cortaba las bridas de las muñecas Asier tardó un momento en entenderlo.
Luego se dobló hacia adelante en la silla, los dedos buscando el suelo, los nudillos rozando el cemento hasta que tocaron el metal de las llaves.
Las cogió. Encontrar el cerrojo de las cadenas le llevó más de un minuto que se le hizo eterno, un minuto en que Álex seguía haciendo ese sonido.
La primera cadena cedió. Luego la segunda.
Asier se levantó, aunque las piernas apenas le respondían.
Se sostuvo en el respaldo de la silla y respiró antes de dejarse caer al suelo, junto a Álex.
Lo abrazó, le apartó la capucha y lo miró.
Álex lloraba, pálido, con los ojos muy abiertos, casi sin respirar.
Miró a Asier, luego a la sangre en el suelo, y de nuevo a él.
Asier se incorporó y se volvió hacia Venicio.