7
Aquel hombre no se movió durante un tiempo que Asier fue incapaz de medir.
Estaba de pie a poco más de un metro, con los brazos a los costados y la acreditación del congreso entre los dedos.
Estaba quieto. Tenía unos cincuenta años, quizás más, con el rostro de alguien que ha vivido el doble de lo que indica su edad, la piel curtida, los ojos oscuros muy abiertos, ojos que miran con una intensidad que asustaba.
Vestía pantalón oscuro, camisa sin corbata con el primer botón abierto.
No había en su ropa ni en su postura ningún adorno, ningún signo exterior de poder.
No los necesitaba.
—Te llamas Asier García. —dijo.
No era una pregunta. Era la primera línea de un inventario. Su voz era baja, precisa, las palabras salían sin inflexión emocional, tranquilas ya que había aprendido que gritar es una forma de perder el tiempo.
—Eres cirujano en España y estás especializado en pediatría.
Asier trató de moverse, pero fueron las cadenas las que hablaron por él, con un temblor metálico, inquieto. Intentó incorporarse en la silla; el travesaño del respaldo se lo negó.
El aire tenía un olor extraño, como si algo hubiera estado latiendo bajo el cemento durante años, orgánico, antiguo, adherido a las paredes como una película invisible.
Sobre su cabeza, una bombilla desnuda derramaba una luz amarillenta que espesaba las sombras, volviéndolas casi tangibles, y estrechaba los ángulos de la habitación hasta hacerla parecer más pequeño de lo que en realidad debía de ser.
El hombre esperó. Luego volvió a hablar, con exactamente el mismo tono.
—Afírmalo o niégalo con la cabeza. ¿Eres médico?
Asier lo miró. Tenía la nariz obstruida por la sangre que se había coagulado en los conductos nasales y respiraba por la boca alrededor de la mordaza con un sonido involuntario, húmedo y trabajoso. El trapo había absorbido parte de la sangre del labio. Sabía a metal.
La sangre llegó despacio. Primero el sabor, luego el calor en el labio, luego el goteo.
—No lo ponga difícil —dijo el hombre, con exactamente la misma voz de antes—. Creo que no estás entendiendo lo que pasa.
Hizo una pausa mínima.
—Te lo repetiré, y no me gusta repetir las cosas. ¿Eres cirujano pediátrico?
Asier escupió sangre contra la mordaza. La tragó en parte.
Levantó la cabeza y miró a aquel hombre.
La imagen llegó todavía borrosa, los bordes sin terminar de definirse, el ojo izquierdo llorando sin permiso por el impacto en el pómulo.
Aun así, lo miró, intentó sostener esa mirada el tiempo suficiente para que no pareciera lo que era, la mirada de un hombre que tenía miedo.
Asintió con la cabeza. Una vez. Lentamente .
El hombre no sonrió. Hizo algo más sutil y perturbador, bajó la pistola al costado con naturalidad.
—Ya nos vamos entendiendo.
Se apartó un paso. Miró la acreditación que aún sostenía, como si la estudiara por primera vez, aunque era evidente que a estas alturas ya la conocía de memoria.
—Asier —dijo, y el uso del nombre de pila sin ningún tratamiento fue en sí mismo una forma de violencia—, no te molestaría si hubiera encontrado otra solución. Pero no la he encontrado. He buscado. He tenido tiempo, medios y razones más que suficientes para encontrarla y aun así no he podido.
Se giró y avanzó tres pasos hacia la pared del fondo.
Se quedó allí un instante, de espaldas, inmóvil.
Cuando volvió a darse la vuelta, algo había cambiado en su mirada.
A Asier le llevó un segundo entenderlo, no era debilidad, sino la huella de algo que lo había sido alguna vez y que, con el tiempo, se había vuelto otra cosa.
—Mi nombre es Venicio Morales, soy el mayor distribuidor de cocaína de este país. —Lo dijo con la misma entonación con que podría haber dicho que era el mayor exportador de café. Un hecho.—. Todos me temen, me respetan y aun así no he encontrado a nadie que pueda ayudarme.
Hizo una pausa.
—Mi hija se muere.
Las tres palabras cayeron en el silencio de la habitación con un peso físico que Asier sintió en el pecho, aunque no quiso sentirlo.
Tres palabras que lo cambiaban todo, que reorganizaban lo que estaba ocurriendo en esa habitación de paredes húmedas, porque un hombre que quiere dinero tiene un precio, pero un hombre al que se le muere una hija, no lo tiene .
—Daniela tiene dieciséis años. Nació con una anomalía congénita que hace que su corazón esté situado en el lado derecho del pecho.
Además, padece tetralogía de Fallot, una compleja cardiopatía congénita que altera la circulación de la sangre desde que era un bebé.
—Las palabras clínicas en su boca sonaron extrañas, leídas, memorizadas con obsesión.
Había tenido que aprender un idioma nuevo para poder entender exactamente cuánto tiempo le quedaba a su hija—.
—Los médicos que la han visto dicen que sin trasplante no llega a los dieciocho. Algunos dicen que no llega al año.
Asier lo escuchaba. No podía evitar escucharlo.
Miocardiopatía hipertrófica obstructiva.
El engrosamiento progresivo del músculo cardíaco, el ventrículo izquierdo perdiendo capacidad de llenado, la obstrucción al flujo de salida agravándose con cada mes que pasa.
En una niña de dieciséis años. La imagen llegó sin ser convocada, una ecografía, el septo interventricular con un grosor que no debería tener, el gradiente de presión disparado, el corazón trabajando contra sí mismo.
—En España hay una persona que puede ayudar a Daniela. —El hombre se acercó de nuevo. Se detuvo a menos de medio metro—Se llama Luna del Toro.
Tiene el perfil de donante compatible con mi hija. Tú la encontrarás. Tú la matarás, Tú me traerás su corazón. Y aquí salvarás la vida a Daniela.
Se agachó levemente hasta quedar exactamente a la altura de los ojos de Asier.
—¿Lo has entendido?
Sus manos buscaron la mordaza. La desanudaron con dos gestos eficientes. El trapo cayó al suelo.
Asier respiró. El aire húmedo de la habitación le llenó los pulmones con una brusquedad que por un segundo fue casi dolorosa. Saboreó el aire y la sangre y el polvo del cemento y tragó saliva y cuando habló su propia voz le llegó desde un lugar extraño, ronca, más pequeña de lo que quería.
—No puedo hacer eso. —Hizo una pausa. Necesitaba que las palabras salieran enteras—.
Hay miles de cosas que podrían salir mal.
Compatibilidad tisular, rechazo agudo, el estado hemodinámico de tu hija antes de la cirugía, el tiempo de isquemia del órgano.
Y aunque pudiera resolverlo todo. —otra pausa, más corta— yo no soy un asesino.
Venicio lo miró. Un segundo. Dos.
—Me suponía que dirías algo así.
Se giró y golpeó la puerta que tenía a su espalda con el puño, dos veces y a los diez segundos aquella puerta se abrió.
Y Asier los vio.
Los vio, y algo en su interior se quebró de un modo que no tenía nombre ni encaje en ningún manual. No era una reacción medible ni un síntoma reconocible, sino el ruido sordo de una certeza que se rompía justo en el lugar donde antes había estado intacta.
Víctor. Álex. Les iban a hacer daño
Los empujaron al interior, torpes, con las manos atadas a la espalda y las capuchas negras aun cubriéndoles la cabeza.
Avanzaban a trompicones, a merced de un suelo irregular y de un equilibrio que no terminaban de recuperar.
Víctor golpeó el hombro contra el marco de la puerta y encajó el impacto sin emitir un solo sonido.
Álex, en cambio, se movía con más dificultad, como si arrastrara el recuerdo reciente de los golpes en la carretera, el cuerpo ajustándose instintivamente de lo que ya dolía.
—Sé que uno es tu hermano —dijo, detrás de ellos— y el otro tu mejor amigo desde la infancia.
—¡No les toques! —La voz de Asier salió antes de que él pudiera decidir si era inteligente gritarla, rota, demasiado alta para el espacio reducido de esa habitación—. ¡No les hagas daño, no les hagas nada, no!
Algo le apretó la boca desde atrás. El trapo de nuevo, o uno nuevo, daba igual, las manos de alguien que había estado detrás de él todo el tiempo y al que no había visto. La mordaza se cerró.
—Mmm. —El sonido que salió de su garganta no era una palabra. Era todo lo que le quedaba.
El hombre esperó a que el sonido se apagara.
—Quiero que entiendas —dijo, con esa voz baja e inalterable, la voz que llena todo el espacio disponible— que esto no es un juego. Que sepas de lo que soy capaz.
Dos de sus hombres empujaron a Víctor y a Álex hasta ponerlos de rodillas en el suelo, en el centro de la habitación, uno junto al otro, las capuchas todavía en la cabeza.
Las rodillas de Víctor golpearon el cemento con un sonido sordo.
Álex bajó más despacio, controlado, su cuerpo resistiendo el dolor.
Venicio usó su pistola.
No la levantó de golpe. La levantó despacio, con una deliberación que era una forma de crueldad, y la apoyó en la nuca de Víctor.
El cañón presionó la tela de la capucha y la hundió levemente, y Víctor se quedó quieto con esa quietud del animal que siente el filo en el cuello y entiende que cualquier movimiento será el último.
La respiración de Víctor. Asier la oía. La había oído toda su vida, en habitaciones compartidas, en el asiento de atrás de coches en carreteras nocturnas, en salas de espera donde Víctor se quedaba con ese café de máquina que siempre compraba, aunque nunca le gustó el café de máquina, esperando a que Asier saliera del quirófano.
Esa respiración. Ahora entrecortada, contenida, la respiración intentando ocupar el menor espacio posible.
El hombre desplazó el cañón. Lo apoyó en la nuca de Álex.
Álex no emitió ningún sonido. Álex, que se había resistido en el barro de la carretera, que tenía la mandíbula apretada y las manos esposadas y que en cualquier otra circunstancia habría encontrado alguna forma de pelear, de moverse, de hacer algo, se quedó completamente quieto.
El hombre miró a Asier.
—¿Cuál prefieres que muera? —dijo—. ¿Tu mejor amigo o tu hermano?
Y luego, sin prisa, con la voz absolutamente plana.
—Pinto, pinto...