El Paciente Imposible 6
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La Citroën Picasso gris plata no estaba hecha para esto.

Era un monovolumen diseñado para el asfalto impecable y la seguridad familiar, de esos que en los anuncios muestran niños riendo y maleteros llenos de sueños.

Ahora, mientras las ruedas delanteras patinaban en el primer tramo de tierra, Asier sentía que el coche era una extensión de su propio cuerpo, una máquina fuera de su elemento, forzada hasta el límite.

La carretera no era más que una mentira en el mapa.

Lo que el GPS marcaba como vía secundaria era, en realidad, una herida abierta en la tierra roja.

Cada piedra que golpeaba los bajos del coche emitía un sonido metálico e irregular que a Asier le resultaba similar al de un electrocardiograma plano; un ritmo de muerte bajo sus pies.

Los baches, profundos y caprichosos, obligaban a su columna a absorber cada impacto con una rigidez que él mismo catalogaba mentalmente como contracción muscular máxima.

Ciento cuatro pulsaciones. Ciento seis.

Asier contaba sus latidos de forma involuntaria, incluso mientras su mundo se desmoronaba, su cerebro seguía midiendo y evaluando.

Sentía cómo el córtex prefrontal cedía terreno ante la amígdala, cómo el cortisol inundaba su sangre y cómo sus dedos se volvían gélidos sobre el volante debido a la contracción de los vasos periféricos.

Se sentía, al mismo tiempo, el cirujano y el paciente en shock.

—Primer desvío. —anunció Víctor con una voz comprimida, casi irreal.

—Dieciséis minutos. —dijo Álex, que tenía el móvil en la mano derecha y la mano izquierda apoyada plana sobre el salpicadero en tensión ya que necesitaba sujetarse a algo.

— Llegaremos. —Dijo Víctor.

Nadie respondió.

—Llegaremos. —repitió, y esta vez fue para sí mismo.

Asier no dijo nada porque no tenía nada que decir que fuera verdad.

Llegaremos. ¿Y luego qué? ¿Qué les esperaba exactamente al final de esa carretera de mentira, al otro lado del cuarto desvío, en ese punto del mapa que alguien había elegido con suficiente cuidado como para escribirlo en una polaroid?

Tenía teorías. Las había construido en silencio desde el hotel, ladrillos de lógica clínica sobre una base de terror puro, si querían matarlas, ya estarían muertas.

Si querían dinero, necesitaban a alguien vivo que lo pagara. Si querían otra cosa. Si querían…

Entonces, el cuarto desvío apareció y, con él, el bloqueo.

Asier lo vio y fue en ese mismo instante en que giró el volante cuando también vio el camión.

Un camión viejo y oxidado estaba plantado en diagonal, cerrando el paso como un muro de metal sucio. Asier frenó a fondo; el cinturón le cortó el pecho y el motor tosió antes de morir en un silencio que solo duró un segundo y medio.

Cuatro figuras con pasamontañas negros y uniformes de color tierra rodearon la Picasso con paso firme y deliberado.

Cuando Asier vio el arma frente al parabrisas, notó que sus nudillos apretaban el volante.

Sus antebrazos empezaron a vibrar en un patrón que reconoció de inmediato, un shock simpático moderado.

Sabía el nombre técnico de su miedo, pero ponerle nombre no lo hacía menos real.

—¡Bajen del coche! —La voz llegó amortiguada por el pasamontañas, pero sin perder su peso. Sin inflexión. Sin ira. La voz de alguien que ha dado esa orden antes y que sabe que va a ser obedecida—. ¡Bajen ahora!

Asier notó que sus manos seguían sobre el volante. Que la hemorragia de adrenalina que llevaba la última media hora circulando por su sangre acababa de llegar a su techo y que el techo no era euforia ni valentía sino algo mucho más humano, estaba paralizado por el miedo.

La puerta del conductor se abrió desde fuera.

No la abrió él. La abrió una mano que tiró del metal con un golpe seco, y en el instante siguiente otra mano, grande, enguantada, le agarró por la solapa de la camisa, camisa y traje gris marengo, el traje de hacía tres horas cuando el mundo todavía funcionaba, y tiró.

Sintió el barro antes incluso de entender la caída.

El golpe le llegó por detrás, seco, a la altura de la rodilla, y todo se desordenó.

Su cuerpo cedió sin remedio, primero la mano buscó apoyo en vano, luego el costado se rindió contra el suelo.

Fue una de esas caídas que la mente ve venir, pero que el cuerpo nunca logra esquivar a tiempo.

El barro era frío y olía a tierra mojada y a hierba.

Asier se quedó un segundo tumbado de lado con la mejilla contra el suelo y la mente procesando la secuencia con una demora de medio segundo, como si el dolor tardara en encontrar el camino desde las terminaciones nerviosas hasta la corteza cerebral.

La bota de uno de los hombres le presionó el hombro hacia abajo, Asier supo en ese momento que no era dolor físico lo que quería hacerle aquel hombre sino enviarle un mensaje “Haz lo que te digo” .

—¡De rodillas! ¡Manos en la cabeza, de rodillas!

Se incorporó. O intentó hacerlo. Se puso de rodillas en el barro. Las manos detrás de la cabeza, los dedos entrelazados, el traje gris marengo absorbiendo el agua fría del suelo.

Por el rabillo del ojo derecho vio a Álex.

Álex se había resistido. Solo un momento, solo el acto reflejo de alguien que no aceptaba lo que estaba pasando, pero con ese instante había bastado.

Dos de ellos lo habían reducido en segundos, uno sujetándole el brazo, el otro golpeándole en el costado con un puñetazo certero, y ahora Álex estaba en el suelo también, de cara al barro, con la mejilla aplastada contra la tierra y la mandíbula apretada.

Víctor estaba arrodillado ya, sin haber opuesto resistencia, con las manos en la nuca y una expresión de terror en la cara.

Las esposas llegaron desde atrás, sin aviso. Una en la muñeca derecha, otra en la izquierda. El plástico, no era metal, eran de plástico, bridas anchas, apretaban con firmeza.

La mordaza llegó después.

Olía a gasolina y a algo orgánico que prefirió no identificar.

Le apretaron contra la boca con dos manos y lo anudaron detrás de la cabeza con una brutalidad que le hizo golpear los incisivos superiores haciéndole una pequeña herida en el labio.

Asier respiró por la nariz. Aire húmedo y con sabor metálico de la sangre allí donde el trapo le había rozado el labio inferior.

La capucha fue la peor parte.

No porque doliera. No dolía. Era tela gruesa, oscura, y cuando se la bajaron sobre la cabeza con un tirón seco el mundo desapareció tan rápido que le hizo cerrar los ojos, aunque no había diferencia. Oscuridad total. Orientación cero. El equilibrio buscando referencias que no existían.

Mano en el hombro. Empujón. — Camina.

Caminó.

Sus zapatos, los zapatos de cuero negro que había abrillantado esa mañana en el hotel antes de la ponencia, ese detalle ridículo que no debería importar y que por alguna razón recordó, se hundieron en el barro con cada paso.

Le guiaban. Una mano en cada hombro, el camión delante de él según calculaba por el sonido, el metal calentado por el sol de Bogotá radiando calor incluso a través de la capucha cuando se acercaron.

—Sube. Hay un escalón.

Subió a ciegas. La pierna derecha buscó el escalón. Lo encontró. La mano en su nuca lo empujó hacia adentro con cuidado, solo el cuidado necesario para que no cayera, no más.

El suelo del camión era de metal y olía a aceite y a algo que podría haber sido fertilizante o podría haber sido otra cosa.

Lo sentaron. Su espalda encontró una pared de metal caliente.

A su derecha, muy cerca, el sonido de otra respiración, Víctor.

A su izquierda, después de unos segundos, los pasos irregulares de alguien que había subido con más dificultad. Álex.

—Estense quietos. —dijo la voz—. Sentados donde están. Si se levantan, los matamos.

El camión arrancó.

Y dentro de la oscuridad de la capucha, con las manos esposadas en la espalda y el trapo apretándole los labios y el suelo de metal sacudiéndose bajo sus pies en cada bache de esa carretera imposible, Asier hizo lo único que sabía hacer cuando el mundo se salía completamente de su eje.

Contó.

Contó los latidos. Ciento veinte por minuto.

Luego ciento nueve. Luego ciento siete. La frecuencia descendiendo a medida que el cerebro aceptaba que el peligro inmediato había pasado y empezaba a recalibrar.

El cortisol bajando su curva. La amígdala cediendo fracciones de terreno al lóbulo frontal.

Su cuerpo hacía su trabajo, aunque él no quisiera que lo hiciera, aunque prefiriera en ese momento no tener que seguir siendo un médico que se observa a sí mismo desde fuera.

Maica estaba al final de esta carretera.

Alma estaba al final de esta carretera.

Contó, ciento cuatro. Noventa y ocho.

El camión se detuvo. Un hombre le ordenó levantarse y bajarse del camión, cogiéndole del brazo le iba indicando que caminara. Pasaron a través de una puerta y le dijo que se sentara.

La silla de metal era en si misma un castigo, con ese travesaño vertical presionando la columna lumbar justo donde el estrés se había vuelto sólido.

Tras el sonido definitivo del candado en sus tobillos, le quitaron la capucha y el mundo regresó en un fogonazo blanco que lo obligó a parpadear frente a una bombilla desnuda.

En ese segundo de desorientación, el olor a desinfectante barato le confirmó a su cerebro que estaba en un lugar donde las cosas ocurren sin testigos.

El golpe llegó antes de que sus ojos pudieran enfocar.

La culata de la pistola impactó directamente en el tabique nasal.

Antes de sentir el dolor, Asier escuchó un crack seco y resonante que pareció nacer desde el interior de su propio cráneo.

Fue un sonido estructural, una ruptura que vibró en sus huesos antes de transformarse en una ola de agonía que comenzó en el puente de la nariz y se expandió en todas direcciones.

Sus ojos empezaron a llorar por puro reflejo involuntario, mientras el sabor caliente y metálico de la sangre inundaba su labio superior y un zumbido agudo se instalaba en sus oídos.

A través de la visión borrosa producida por el impacto, Asier distinguió a un hombre de mediana edad, de complexión fuerte que lo observaba a un metro de distancia con una indiferencia aterradora. En una mano sostenía una pistola y, en la otra, su acreditación del congreso, como si fuera un trofeo.

—Te llamas Asier García. —dijo el hombre, con una voz baja que no necesitaba gritar para imponerse.

Cuando Asier intentó resistirse al interrogatorio inicial, el hombre se acercó de nuevo.

Esta vez no buscó la nariz. Con un movimiento corto y preciso, la culata de metal golpeó el arco cigomático izquierdo.

Asier sintió que el hueso del pómulo crujía bajo la piel fina; no llegó a romperse, pero el sonido de ese crujido interno le indicó que el hombre conocía perfectamente el daño que podía infligir.

Mientras la sangre bajaba por su labio, Asier comprendió que no estaba frente a alguien que buscaba dinero.

Y ese descubrimiento, ese detalle minúsculo en los ojos del hombre de pie frente a él con su acreditación entre los dedos, fue lo peor de todo lo que había ocurrido desde que el sobre apareció encima del mostrador de mármol del Gran Avenida hacía exactamente dos horas y dieciséis minutos.