El Paciente Imposible 5
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El Gran Avenida era uno de esos hoteles que hacían bien su trabajo, convencerte de que el mundo exterior no existía.

El vestíbulo olía a flores frescas, lirios blancos en un jarrón de cerámica azul sobre el mostrador central, cambiados cada mañana según le había comentado el botones el primer día, y a ese perfume particular e inconfundible del dinero gastado con discreción, madera pulida, telas buenas, el murmullo climatizado de un espacio diseñado para hacer sentir a sus huéspedes seguridad en una ciudad que no siempre es segura.

El suelo de mármol color crema reflejaba la luz cálida de las lámparas de araña, y desde los altavoces empotrados en el techo llegaba una música de piano tan suave que costaba saber si era real o si simplemente formaba parte de la ilusión general.

Asier cruzó la puerta giratoria de cristal y entró al vestíbulo con la chaqueta del traje al hombro, la corbata aflojada dos dedos y esa expresión desenfadada de alguien que acaba de soltar un peso que llevaba años cargando, los hombros ligeramente caídos hacia atrás, la mandíbula relajada, los pies pisando el suelo con una confianza nueva.

Detrás de él, con medio segundo de diferencia, entraron Víctor y Álex todavía enredados en la conversación del coche, todavía a medias entre el recuerdo de la borrachera y los planes para la comida.

—Yo digo que pidamos el menú de degustación entero. —Estaba diciendo Víctor, con esa convicción que le daba llevar la logística de las celebraciones—. Si van a financiarte el proyecto, que se note en la comanda.

—Que lo pague él, entonces —respondió Álex, señalando a Asier con el pulgar—. Es el que más cobra.

—Soy el que tiene más hipoteca. —replicó Asier sin volverse, buscándose en el bolsillo del pantalón la tarjeta de la habitación. La encontró en el bolsillo equivocado, como siempre. Siempre el bolsillo equivocado—. Pero sí, comida de degustación. Hoy nos lo merecemos.

El mostrador de recepción quedaba a su izquierda, una barra larga de madera oscura con tres empleados uniformados de verde y dorado. Asier pasó delante sin detenerse, cuando escuchó su nombre.

—¿Doctor García?

Se giró. Uno de los recepcionistas, joven, corbata perfectamente anudada, el pelo con raya al lado con una geometría que debía de costarle varios minutos cada mañana, lo miraba con una mezcla de cortesía profesional y ligera incertidumbre.

No estaba del todo seguro de haber identificado bien a su interlocutor.

—Perdone si me equivoco, pero... ¿es usted el doctor García? ¿Habitación 185?

—Sí, soy yo.

—Acaban de dejar esto para usted.

El sobre apareció sobre el mostrador con un gesto que el recepcionista habría repetido cien veces, un rectángulo marrón de papel grueso, sin membrete, sin remite, con el nombre «Dr. García» escrito a mano en el centro con letras grandes y uniformes.

La clase de letra que no delata nada sobre quien la escribe.

La clase de letra que alguien usa cuando no quiere ser reconocido.

Mientras Álex y Víctor se quedaron algo rezagados cerca de la puerta del hotel hablando de antiguas hazañas de juventud.

Asier lo cogió. Y en el segundo exacto en que sus dedos lo tocaron, algo en él se detuvo.

No supo explicarlo después, cuando intentó reconstruir la secuencia para Álex y Víctor, para sí mismo en las horas largas de la madrugada.

Pero hubo algo en el tacto del sobre, el peso, quizás, demasiado ligero para contener algo bueno, o quizás la temperatura del papel, que estaba exactamente a temperatura ambiente como si hubiera estado esperando allí mucho tiempo, que le envió una señal directa al pecho.

Algo va mal.

—Muchas gracias —dijo, en piloto automático—. Por cierto, ya que estoy aquí, ¿me puedes pasar con mi habitación? Me ahorro subir.

El recepcionista contestó,

—No están, señor. Se han ido hace un momento.

Asier escuchó las palabras. Las procesó. Las volvió a procesar.

—¿Cómo que se han ido?

—Su señora y la niña pasaron por recepción hace... —El recepcionista consultó la pantalla— unos veinte minutos.

Dejaron el sobre y salieron. Iban acompañadas.

—¿Acompañadas?

—Sí, señor. Con dos hombres. —Una pausa brevísima—.

Asier ya no estaba mirando al recepcionista. Tenía los ojos puestos en el sobre entre sus manos. Los dedos lo habían girado sin que él lo ordenara, buscando algo en el papel que no había. Ningún remite. Ninguna señal. Solo su nombre en esas letras grandes y anónimas.

—Gracias. —dijo, y su propia voz le sonó diferente.

Abrió el sobre.

La fotografía era una polaroid. Y durante el medio segundo que tardó en enfocar lo que tenía delante, el cerebro de Asier intentó construir una explicación alternativa, cualquier explicación alternativa, porque el cerebro humano es una máquina que prefiere la ficción razonable al hecho imposible.

No lo consiguió.

Maica ocupaba toda la fotografía con la mirada directa a cámara y los ojos muy abiertos, aparecía amordazada. Sostenía con las manos un papel en el que alguien había escrito con rotulador azul, con letras que bailaban un poco en el espacio, con una caligrafía que le era muy familiar.

CARRETERA DE LA ALAMEDA, KM 37, CUARTO DESVÍO.

Y en el reverso de la fotografía, en el mismo rotulador, dos líneas que Asier leyó tres veces seguidas porque la primera no quiso entenderlas, la segunda las comprendió y la tercera le reorganizaron completamente su mundo.

NADA DE POLICÍA O LAS MATAREMOS. SI

NO LLEGÁIS LOS TRES ANTES DE LAS 16:00 H, LAS MATAREMOS.

El vestíbulo del Gran Avenida siguió existiendo exactamente igual que antes.

Los lirios blancos en el jarrón de cerámica azul.

La música de piano desde los altavoces. El murmullo climatizado del dinero discreto.

Nada había cambiado en el perímetro de tres metros cuadrados que rodeaban a Asier y sin embargo él ya no estaba en el mismo lugar que hacía treinta segundos.

Ya no estaba en ningún lugar reconocible.

Oyó un zumbido. Agudo, constante, como el de una línea telefónica muerta. Tardó un momento en entender que el zumbido estaba dentro de su cabeza.

El suelo de mármol color crema bajo sus zapatos se volvió de pronto abstracto, una superficie que ya no garantizaba nada.

Las piernas le llevaron hacia la salida con una autonomía que no reconoció como propia, cruzando el vestíbulo en línea recta, esquivando sin verlos a un matrimonio con maletas, al botones con su carrito, a un hombre de traje que hablaba por teléfono.

La puerta giratoria. El aire fresco y húmedo de Bogotá en otoño.

La acera. A sus amigos que esperaban junto a la puerta.

La Picasso gris plata aparcada en el bordillo.

Rodeó el coche por detrás y abrió la puerta. Se dejó caer en el asiento del conductor con el peso de tener que tomar decisiones que nunca quiso tomar.

Al subir a la Picasso gris plata, el médico que habitaba en él no pudo evitar notar los síntomas de su propio colapso, el cortisol inundando su sangre, los dedos fríos sobre el volante y su amígdala tomando el control total frente al terror puro de perder a Maica y a Alma.

Víctor y Álex le siguieron y entraron en el coche.

Álex de copiloto, Víctor detrás gesticulando todavía, terminando alguna frase que Asier ya no oiría nunca porque en el mundo que existía antes de esa fotografía era una frase de celebración y ese mundo había dejado de existir hacía exactamente cuarenta y cinco segundos .

—Oye, campeón. —dijo Víctor, tocándole el hombro con esa sonrisa todavía instalada en la cara—. ¿Y tus niñas? ¿Tardarán mucho?

Asier no respondió. Tenía la cabeza agachada y el sobre en las manos y en los tres metros cuadrados del habitáculo de la Picasso había de repente una densidad nueva, una presión que Víctor y Álex tardaron muy poco en percibir.

—¿Hola? —dijo Álex, ya con la sonrisa a medias—. ¿Asier?

Asier no respondió. En sus oídos se había instalado un zumbido agudo que borraba el ruido del tráfico de Bogotá. Tendió el sobre a Álex, tenso, como si fuera una granada sin anilla. Álex cogió el sobre y sacó la fotografía.

Mientras su hermano miraba la polaroid, Asier metió la llave.

Notó sus propios dedos gélidos y cómo su corazón, ese órgano que tanto había estudiado, se disparaba a un ritmo que su cerebro médico ya estaba catalogando, taquicardia de estrés.

La sensación de éxito de hacía tres minutos ya no existía.

Hubo un silencio de cuatro o cinco segundos que a Asier le pareció el silencio más largo que había experimentado en su vida.

Luego escuchó a Álex expulsar el aire con un sonido que no era ni un golpe ni una palabra, sino algo intermedio, algo visceral, y sin más, Asier miró su reloj 15:28, giró la llave en el contacto y arrancó el coche.

Álex le pasó la foto a Víctor que no entendía nada. Álex golpeó el salpicadero, lo golpeó, seco, una sola vez.

Víctor miró la fotografía y vio a Maica amordazada, a Maica con los ojos súper abiertos, a Maica sosteniendo ese papel con la dirección y el plazo y la amenaza.

Víctor, que había conocido a Maica antes de que Asier la conociera a ella, que había estado en la boda, que había sostenido a Alma el día que nació mientras Asier seguía en el paritorio con las manos todavía temblorosas de la emoción, miró la fotografía y palideció.

—Pero estás seguro. —dijo Álex, y no era una pregunta sino el principio de un argumento que necesitaba construir para poder respirar—. Podríamos ir a la policía. Esto podría ser...

—No. —La palabra de Asier salió sola, sin inflexión, mientras la Picasso tomaba la primera avenida en dirección sur—.

O las matarán. Aquí quitar la vida a alguien no les cuesta nada.

—Hizo una pausa de un segundo—. Lo más seguro es que quieran dinero.

Se habrán enterado de que soy médico y querrán dinero.

Cuando se lo demos y estemos todos a salvo, iremos a la policía.

—Otro silencio—. Ya sabes cómo funcionan aquí las cosas. Todo lo mueve el puto dinero.

Era lo que necesitaba creer. Era la explicación que su cerebro había elegido de entre todas las posibles porque era la única que tenía salida, la única que terminaba con todos vivos y juntos en un aeropuerto.

Dinero. Un rescate. Una transacción brutal pero comprensible, con una lógica interna que él podía seguir, que él podía gestionar.

Todavía no sabía, no podía saber, lo equivocado que estaba.

—No las harán daño. —dijo Víctor. Tenía la fotografía todavía entre los dedos y la voz le había salido con un temblor que intentó disimular y no consiguió—. Esa carretera... es la que lleva al aeropuerto. Tendremos que darnos prisa. Son casi las tres y media.

Asier miró el reloj del salpicadero. 15:28.

Treinta y dos minutos.

Pisó el acelerador.