El Paciente Imposible 4
14%

4

El baño olía a champú, a ese aroma floral y genérico que Maica ya asociaba con los hoteles, con los viajes de trabajo de Asier, una mezcla de jazmín y cítricos que persistía en el vapor y se adhería al pelo húmedo de Alma como un recuerdo temporal.

Era, pensándolo bien, el olor de las ausencias de su marido. Del tiempo que ella y la niña pasaban solas mientras esperaban a que él regresara de operaciones y congresos. Y todo ese tiempo donde Asier estaba, pero no estaba, su energía y su cabeza estaban en exclusiva volcadas en su trabajo.

Pero este viaje era diferente; lo habían emprendido con la promesa de que sería el último. Esa mañana, mientras Alma chapoteaba en la bañera y jugaba con una esponja en forma de estrella de mar que habían comprado en el mercado de las pulgas de Usaquén, Maica se permitió revivir aquel instante.

Había sido uno de los pocos momentos en los que Asier estuvo presente de verdad, con el cuerpo y la mente en el mismo sitio, lejos del portátil y los informes de trasplantes.

Lo recordaba comprando la esponja entre risas, contagiado por el entusiasmo de la niña, y diciéndome al oído: “Así debería ser siempre”.

—En ese momento, Maica había creído que, por fin, dejaría de ser la única adulta a cargo de su hogar.

—Venga, cariño, que va a llegar papá y no vamos a estar listas.

—dijo, sujetando a Alma por los hombros para envolverla en la toalla grande del hotel, blanca y espesa, que olía al mismo jazmín sintético del champú.

Alma, cuatro años, el pelo castaño igual que su padre y los ojos oscuros igual que su madre, se dejó envolver despacio porque los niños todavía no han aprendido a tener prisa.

—¿Y dónde vamos a ir? —preguntó, con esa primera pregunta que en realidad era el principio de una serie de preguntas, porque Alma nunca hacía una sola.

—A comer a un sitio superchuli.

—¡Bien! —Los ojos de la niña se iluminaron—. ¿Y habrá espaguetis?

Maica sonrió. Siempre espaguetis. En Bogotá, en Madrid, en cualquier restaurante del mundo conocido o por conocer, Alma siempre quería espaguetis.

—Sí. —Le revolvió el pelo con la toalla—. Corre, trae el peine.

Alma salió corriendo descalza del baño, dejando pequeñas huellas húmedas sobre el mármol del suelo.

Maica escuchó el cajón de la mesilla abrirse y cerrarse.

La niña sabía exactamente dónde dejaba siempre el peine, pero se entretendría con cualquier cosa que hubiera cerca mientras Maica se miró en el espejo.

Tenía treinta y nueve años. Las ojeras de la semana anterior, de los últimos meses, todavía se adivinaban bajo el maquillaje ligero que se había puesto esa mañana.

Pero sus ojos tenían algo que no había visto desde hacía tiempo, brillo.

La clase de brillo que te da dormir bien, desayunar sin prisa, saber que esa tarde Asier iba a estar presente de verdad y no de cuerpo y mente en algún lugar entre el quirófano y el portátil.

Oyó a Alma gritar «¡lo encontré!» desde el dormitorio.

Oyó el pomo de la puerta de la habitación girar.

El pomo giró con un clic suave y mecánico, un sonido casi inaudible que en cualquier otro contexto habría pasado desapercibido, pero que en ese silencio cargado de vapor sonó como una amenaza directa.

La puerta se abrió con una fluidez aterradora y dos hombres entraron en la habitación como si la conocieran de antemano, moviéndose con una naturalidad que heló la sangre de Maica.

El primero de ellos era alto, de unos cuarenta años, con el pelo corto y moreno y una mandíbula que parecía tallada en piedra.

Vestía de forma deliberadamente anodina, con vaqueros oscuros y una chaqueta gris sin rasgos distintivos, diseñada para no ser recordada.

Sus ojos marrones eran completamente inexpresivos, los ojos de alguien que ha aprendido a no sentir nada por lo que hace o al menos a no trasmitirlo.

A su lado, el segundo hombre era más corpulento y bajo, con manos grandes y un tatuaje en el cuello que Maica no alcanzó a distinguir bien antes de que el pánico reorganizara sus sentidos.

Con una eficiencia que resultaba obscena, el hombre alto cogió a Alma en brazos antes de que la niña pudiera gritar y la llevó directamente al cuarto de baño, cerrando la puerta tras de sí.

Todo ocurrió en menos de cuatro segundos.

Antes de que Maica pudiera reaccionar, el segundo hombre ya estaba frente a ella, cubriéndole la boca con una mano que olía a tabaco y alcohol, mientras presionaba una pistola contra sus costillas con una frialdad calculada.

En ese instante, al verse reflejada en el espejo del tocador con el terror grabado en el rostro, Maica comprendió que aquello era real.

El cañón del arma era real y reorganizó instantáneamente toda la jerarquía de su sistema nervioso.

No era miedo exactamente lo que sintió, el miedo vino después, cuando el cerebro tuvo tiempo de construirlo.

Lo que sintió primero fue una claridad brutal, esto está pasando. Esto es real. Mi hija está en ese baño.

El hombre la fue empujando despacio, sin brusquedad, hacia el espejo que había en la habitación.

Maica se vio reflejada, el pelo todavía húmedo, la toalla del hotel aún en la mano, los ojos muy abiertos con esa expresión que no había visto nunca en su propio rostro y que reconoció de inmediato como terror.

—No le haremos daño a la niña. —dijo el hombre, en un español limpio con acento bogotano, completamente neutro, como si estuviera leyendo un contrato. — siempre que haga lo que le diga. Asienta con la cabeza si me ha entendido.

Maica asintió. No hubo deliberación. El cuerpo tomó la decisión antes de que la mente se lo ordenara.

—Voy a soltarla para que podamos hablar. —continuó el hombre— pero si grita matamos a su hija.

Apartó la mano de su boca. Maica sintió el aire llenándole los pulmones como si llevara tiempo sin respirar.

Quizás era verdad. Le dio un cuaderno y un bolígrafo.

Aparecieron de algún bolsillo de la chaqueta con la misma naturalidad con que un camarero saca un bloc de notas, y le dijo que tenía que escribir.

—Por favor. —susurró Maica, y su propia voz le llegó desde muy lejos, —. No hagan daño a mi hija.

—Haga lo que le digo.

Escribió. Las manos le temblaban y la letra le salió torcida, irreconocible, la caligrafía de alguien que está siendo desmontada por dentro mientras intenta mantener la forma por fuera.

Escribió la dirección, las palabras exactas, el mensaje que convertiría a su marido en cómplice de algo que todavía no comprendía.

Las lágrimas le caían sin que pudiera hacer nada para evitarlo, emborronando el trazo azul sobre el papel. El hombre esperó.

Cuando terminó, el hombre se la pidió, la leyó y asintió.

—Ahora dese la vuelta. Voy a hacerle una foto sosteniendo el cartel.

La puerta del baño se abrió y salió el otro hombre con Alma en brazos.

La niña tenía los ojos muy abiertos y el peine todavía en la mano, apretado con los nudillos blancos, como si fuera lo único sólido en un mundo que había dejado de tener suelo.

Miraba a su madre con esa confianza absoluta e incondicional de los cuatro años, la confianza que dice, tú sabes lo que está pasando, tú lo vas a arreglar, tú siempre lo arreglas.

Maica sintió esa mirada como una cuchillada.

—Por favor. —repitió, y esta vez la palabra salió en un hilo—. Haré lo que sea. No la hagan daño. Es solo una niña.

El hombre que tenía a Alma la dejó en el suelo con cuidado, casi con delicadeza, y deslizó algo detrás del espejo.

Maica lo vio mientras su mirada recorría la distancia desde las manos de ese hombre hasta la mano de su hija, y se marchó con Alma cogida de la mano, amable, tranquilo, como si fueran familia que se separan mientras mamá termina de arreglarse.

El hombre que quedaba en la habitación le puso a Maica una mordaza, un trozo de tela oscura que olía a polvo y que le apretaba los labios contra los dientes, apareció por detrás de ella en cuanto Alma abandonó la habitación.

No pudo ni intentar correr tras su niña, aquella mordaza la detuvo.

Le sacó la foto. El flash la cegó un segundo y en ese segundo de blancura absoluta Maica pensó en Asier recibiendo esa foto, en su cara al verla, en el modo en que la imagen lo rompería por dentro de una manera que ella conocía bien porque llevaba siete años casada con un hombre al que costaba ver roto pero que cuando se rompía lo hacía completamente.

—Puede quitarse la mordaza. —dijo el hombre—. Coja ropa. De su hija y de usted. Rápido.

Lo hizo. Abrió la maleta de Alma, los leggings rosas, la camiseta con el flamenco bordado que le había regalado la abuela por su cumpleaños, los calcetines con lunares, y los metió en una bolsa sin pensar, con movimientos automáticos.

Su cuerpo se había disociado de la mente para poder seguir funcionando.

Cogió su ropa al azar en un puñado de telas que empujó dentro de aquella bolsa.

—Lávese la cara. —ordenó el hombre—. Tenemos que pasar por recepción.

El vestíbulo del Gran Avenida era todo mármol y luz artificial y el murmullo discreto de un hotel de cuatro estrellas a media tarde.

Nadie los miró. Nadie vio nada que no quisiera ver.

El hombre la llevaba sujeta del brazo con una presión que desde fuera podía parecer perfectamente la de un acompañante, incluso la de un marido.

Maica entregó un sobre al recepcionista con una voz que reconoció como suya pero que sonó extraña, la voz de alguien aterrada fingiendo no estarlo, activando un mecanismo de supervivencia que ella desconocía tener.

Mientras Asier caminaría por ese mismo pasillo de mármol sintiendo el calor cálido del éxito, Maica caminaba por el mármol del Gran Avenida sintiendo en cada paso una oleada de ansiedad.

El aire de la calle la golpeó. El aire húmedo de Bogotá, el ruido del tráfico, la normalidad de una tarde cualquiera en una ciudad que no sabía que nada importante estaba ocurriendo.

Subieron a un todoterreno negro de cristales tintados aparcado en doble fila.

Alma estaba en el asiento trasero, coloreando unos papeles que el primer hombre le había dado.

Dibujos de animales, un cocodrilo, una jirafa, con una concentración que en otro momento habría enternecido a Maica.

Ahora esa concentración le resultaba insoportable.

La niña todavía no lo entendía. La niña todavía creía que era un juego.

—Póngase esta capucha. —dijo el hombre que estaba sentado junto a Alma.

Maica la cogió. Era negra, de tela gruesa, y tenía ese olor a plástico y cierre hermético de haber estado guardado mucho tiempo.

—Tengo que taparme los ojos. —le dijo a Alma, en el tono más normal que fue capaz de construir—. Es un juego.

Tú no puedes soltarme la mano.

Alma levantó la vista del cocodrilo a medio colorear.

—No quiero jugar a ese juego. —dijo—. Quiero ir con papi.

Maica la cogió y la subió a sus rodillas. La niña pesaba exactamente lo mismo que siempre, dieciséis kilos y medio, y sin embargo en ese momento le pareció que pesaba mucho más, era todo su mundo.

—Nos van a llevar junto a papi. —dijo, y se odió a sí misma por la mentira y al mismo tiempo la dijo con toda la convicción de que fue capaz, porque así lo deseaba con todas sus fuerzas.

—¡Póngasela ya! —ordenó el hombre.

—Tengo que hacerlo. —le susurró a Alma, apretando los labios contra la coronilla húmeda de su hija—. Tranquila. No pasa nada. Te abrazaré fuerte.

Alma lloró. Un llanto confuso, el llanto de una niña pequeña que no entiende lo que está pasando, pero intuye que algo no está bien.

Maica se puso la capucha. La oscuridad fue total e inmediata, una negrura de tela gruesa que devoró el reflejo de los cristales tintados.

En esa nada, lo único que le quedaba era el peso de su hija sobre las piernas, el calor de su respiración entrecortada atravesando el jersey, y la promesa feroz de que haría lo que fuera por no separarse de ella.

El todoterreno arrancó con un rugido sordo.

Bogotá, con su luz ecuatorial y su ferocidad honesta, desapareció para siempre.

La habitación a donde las llevaron no tenía ventanas.

Había una televisión encendida con dibujos animados, el volumen bajo, una tortuga persiguiendo a un conejo por un paisaje de colores primarios, y una silla en el centro del suelo de cemento.

Le quitaron la capucha. Maica parpadeó en la luz artificial y lo primero que hizo fue buscar a Alma con los ojos, confirmar que estaba entera, que respiraba, que no tenía un rasguño, que seguía apretando su manita.

La niña la miró y por un momento Maica creyó que iba a llorar de nuevo. Pero Alma miró la televisión, miró a su madre, y algo en la presencia de Maica, la simple presión de su mano pareció bastar por ahora para contener esas lágrimas.

Entonces llegó el sonido, el chasquido metálico de las esposas cerrándose alrededor de su muñeca izquierda, anclándola al respaldo de la silla.

Fue un ruido seco, que resonó en las paredes de bloques de cemento.

El hombre se agachó frente a ella, obligándola a apartar la vista de la televisión.

—Quédese aquí con su hija sin hacer ninguna estupidez.

—dijo con esa calma profesional que resultaba tan aterradora.

Ese hombre, el primer rostro con el que empezó toda esta pesadilla, agachándose frente a ella hasta quedar a la altura de sus ojos—.

Si me hace caso, pronto verá a su marido.

Hay dibujos para su hija. Hágame caso y no le pasará nada. ¿Lo ha entendido?

En la habitación había una mujer joven, silenciosa, que no dijo nada ni miró a ninguna de las dos. Alma se subió a las rodillas de su madre y se sentó, su atención recaía ahora en los dibujos.

Maica apretó con su mano libre la manita de Alma, que seguía sobre sus rodillas con la mirada puesta en la tortuga y el conejo.

—Por favor. —susurró—. No la hagan daño.

—¿Lo ha entendido?

—Sí.

El hombre asintió, se levantó y se marchó. La puerta se cerró. No con violencia sino con la misma calma profesional con la que habían hecho todo lo demás, que era en sí misma la cosa más aterradora del mundo.

Maica no lloró. Todavía no. Se quedó mirando la nuca de su hija, el pelo castaño, todavía con el olor del champú del hotel, el mismo jazmín sintético de hacía veinte minutos, de cuando el mundo todavía tenía el tamaño correcto, y pensó en Asier abriendo ese sobre en la recepción.

Pensó, date prisa.

Pensó, por favor, date prisa.