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El aplauso llegó como una ola. Primero un par de manos, tímidas, casi dubitativas, en algún rincón de la primera fila.
Luego otro par. Y otro. Y de repente el auditorio entero del Centro Internacional de Convenciones de Bogotá se puso en pie, doscientas setenta personas procedentes de dieciséis países distintos, cada una con su auricular de traducción simultánea en la oreja, pequeños artefactos plateados que no diferían tanto de las audioguías de un museo, y todos aplaudiendo a la vez con esa energía casi eléctrica que solo existe cuando un mensaje ha calado de verdad, cuando las palabras de alguien han traspasado el idioma y han llegado directamente al centro del pecho.
El doctor Asier García permaneció inmóvil tras el atril durante un par de segundos que a él se le hicieron eternos.
Tenía cuarenta y dos años, ojos marrones de mirada intensa, el pelo castaño con algunas canas prematuras que, según Maica, lo hacían parecer «un médico de serie americana como la de Urgencias de George Clooney, pero en versión española».
Era un hombre de complexión atlética a quien los años de guardia y la paternidad habían afinado hasta convertirlo en algo parecido a una cuerda de guitarra bien afinada, tenso siempre, vibrando en la frecuencia justa, a punto de dar la nota perfecta o de romperse sin previo aviso.
Bajo la luz blanca del auditorio, que aún le hacía sudar dentro del traje gris marengo, se ajustó la corbata azul que Alma había elegido para él —“¡Esta, papi, que es del color del cielo!”— y sintió que, por fin, la financiación para sus investigaciones estaba al alcance de su mano.
Ahora, con el aplauso llenándole el pecho, empezaba a creer que quizás lo habría logrado.
Carraspeó. Recogió sus notas, apenas tres folios, porque Asier era de los que preferían conocerse el discurso de memoria antes que depender de apuntes, y al hacerlo esbozó una sonrisa contenida intentando parecer humilde mientras por dentro estaba orgulloso.
Había funcionado. El proyecto sobre el que llevaba cuatro años trabajando, que le había costado tres becas denegadas, un matrimonio a punto de naufragar y un número indecente de noches sin dormir, acababa de convencer al jurado del I Congreso Internacional de Dextrocardia.
Iban a financiarlo. Lo sabrían oficialmente en la cena de clausura del día siguiente, pero el subdirector del comité científico ya se lo había susurrado esa mañana mientras esperaban el ascensor, con esa complicidad discreta y algo torpe de los hombres que guardan un secreto a voces.
«Enhorabuena, doctor. Ha sido... muy convincente. »
Asier abandonó el escenario por la escalerilla lateral, esquivó a dos colegas portugueses que querían hacerse una foto con él y salió al pasillo de mármol blanco del auditorio.
El aire acondicionado le golpeó como un muro frío contra el calor que traía adherido a la piel por los nervios de tener que hablar en público, y por un instante cerró los ojos y simplemente respiró. Cuatro años, cuatro años para llegar hasta aquí.
Lo vio en cuanto dobló la esquina del pasillo principal, su hermano apoyado contra la pared con los brazos cruzados, en esa postura inconfundiblemente suya que mezclaba el orgullo con el alivio en proporciones casi iguales.
Álex tenía treinta y ocho años, cuatro menos que Asier, y aunque nadie lo había dicho era más alto, más ancho de hombros y con el pelo más oscuro.
Compartían algo en la mirada que los delataba como hermanos incluso en la distancia.
Era ese modo de prestar atención, como si siempre estuvieran evaluando el estado de salud de la persona que tenían delante.
Era, como Asier le había escuchado decir tantas veces, la enfermedad profesional del sanitario, el estar siempre alerta, con esa predisposición instintiva de ayudar incluso fuera del hospital.
Álex no había llegado a estudiar medicina, pero sí enfermería, y había asistido a su hermano más de una vez en el quirófano. Junto a Álex, con las manos en los bolsillos y una sonrisa de satisfacción imposible de disimular, estaba Víctor.
Víctor, cuarenta y dos años, genetista clínico de profesión y hermano de crianza de Asier desde los seis años, cuando sus madres habían decidido que los dos niños del mismo portal pasarían prácticamente toda la infancia juntos por pura logística.
Víctor era de esos amigos que no necesitan llamarse para saber cómo está el otro, que aparecen sin ser convocados cuándo se le necesita y que tienen la habilidad única de hacer que cualquier situación, por tensa que sea, pierda unos cuantos grados de temperatura con una sola frase.
—Has estado genial. —dijo Víctor, y en esas tres palabras había algo que Asier reconoció como el resumen emocional de cuatro años de apoyo silencioso, de fines de semana haciendo de niñera de su sobrina política porque Asier estaba desaparecido en su propia casa inmerso en su investigación.
—Sí, muy claro, sin prisas. —intervino Álex, y la comisura de sus labios ya anunciaba lo que venía—.
Vamos, que el resto del auditorio no habrá notado que estabas como un flan.
—Hizo una pausa calculada y con una sonrisa—. No parabas de tocarte la alianza.
Asier bajó la mirada hacia su mano izquierda.
El anillo de casado, una alianza de plata sencilla que Maica y él habían elegido juntos en una joyería de la calle Fuencarral siete años atrás, seguía en su sitio.
Claro que seguía en su sitio. Lo que no sabía, o no había querido saber hasta ese momento, era cuántas veces lo había estado girando entre los dedos durante los cuarenta minutos de conferencia.
—Ya. — contestó, sintiéndose expuesto—. Nunca había hablado para tanta gente.
Y todos de países diferentes, con esas audioguías...
— Desde el atril, veía un mar de rostros inexpresivos debido al ligero retraso de la traducción simultánea.
—Soltó el aire despacio—. Parecían estar escuchando música en vez de escuchándome a mí.
—Has estado genial. —repitió Víctor, y esta vez lo dijo sin el barniz irónico, mirándole directamente.
—En serio. —Hubo un silencio breve y denso, de esos que los amigos que se conocen bien no necesitan llenar.
—Bueno. —dijo Asier finalmente, y notó cómo algo en sus hombros se aflojaba por primera vez en semanas—.
Ya ha pasado. Así que vayamos a celebrarlo.
Van a financiarme el proyecto. —Lo dijo así, sin exclamaciones, casi en voz baja, como si el volumen normal fuera ya suficiente para contener una noticia de ese calibre.
—Recojamos a Maica y a la niña. Me han recomendado un restaurante muy bueno.
La Citroën Picasso gris plata que habían alquilado en el aeropuerto El Dorado dos días antes olía todavía a plástico nuevo y ambientador, ese olor genérico e internacional de los coches de alquiler que Asier asociaba ya para siempre con los viajes de trabajo, con el anonimato de los desplazamientos profesionales.
Víctor se había puesto al volante. Era el único de los tres que había pedido expresamente el seguro a todo riesgo, «porque en Bogotá el que no choca es porque no sale», había dicho con su habitual mezcla de humor y precaución, Álex ocupaba el asiento del copiloto, y Asier se había dejado caer en el asiento trasero con la chaqueta del traje doblada sobre las rodillas.
Las calles de Bogotá a mediodía eran un organismo vivo e impredecible.
Autobuses desvencijados que tomaban los carriles como territorios propios, motoristas que se colaban entre los coches con la fe inquebrantable, confiando en la suerte, vendedores ambulantes que golpeaban las ventanillas ofreciendo frutas tropicales, periódicos, paraguas plegables, porque en Bogotá siempre era posible que lloviera en los próximos quince minutos, sin importar lo que dijera el cielo.
Era una ciudad que no pedía permiso. Que existía sin disculparse. Y a Asier le gustaba. Tenía algo de honesta esa ferocidad urbana, tan lejana a la pulcritud de los quirófanos donde pasaba media vida.
Mientras Víctor esquivaba un taxi con la calma de quien ha previsto todos los desastres posibles, Asier se hundió un poco más en el asiento trasero. Miró el reloj del salpicadero, las 20:00.
Aún no lo sabía, pero a ese mundo de éxito, bromas sobre seguros y tráfico caótico le quedaban exactamente ocho minutos de existencia.
—¿Te acuerdas de la primera vez que tuviste que subir a dar un discurso? —preguntó Víctor desde el volante, esquivando con pericia un taxi que se había detenido en doble fila sin ningún remordimiento aparente.
Álex soltó una carcajada que llenó el coche.
—Sí. La noche anterior solo pensabas que si bebías mucho todo sería más fácil.
—Suerte que no te dejamos nada líquido en aquella habitación.
—continuó Víctor, quien había guardado aquella anécdota para soltarla en el momento oportuno.
—Sí —confirmó Álex—. Porque buscabas hasta el agua de los floreros.
La verdad es que nos debes una, porque la borrachera que nos pillamos por ti... Creo que todavía me pasa factura.
El recuerdo llegó completo y sin filtros, como llegan los recuerdos de las noches que en su momento parecieron un desastre y que el tiempo convierte en tesoros en la memoria.
Asier entonces tenía veintiséis años, era residente de segundo año y le habían pedido que presentara un caso clínico en el congreso nacional de la Sociedad Española de Cardiología Pediátrica.
Un congreso con ciento veinte asistentes, no doscientos setenta de dieciséis países.
Pero a sus veintiséis años, con el caso clínico entre las manos y los nervios haciéndole un nudo en la garganta, ciento veinte personas le habían parecido el Bernabéu en día de final de Champions.
Víctor y Álex habían llegado dos días antes para acompañarle.
Y habían pasado la noche previa al congreso intentando convencerle de que durmiera mientras él sistemáticamente vaciaba el minibar del hotel y recitaba las diapositivas de memoria mirando al techo.
La presentación, contra todo pronóstico, o quizás precisamente gracias a esa mezcla explosiva de adrenalina y ginebra barata, había salido razonablemente bien.
Asier miró por la ventanilla, dejando que el verde de Bogotá le llenara los ojos, y por un segundo, la cuerda de guitarra que era su pecho se destensó por completo.
—Vaya noche. —murmuró Álex con una sonrisa que tenía más de nostalgia que de vergüenza.
—Dejadme en paz ya. —añadió en tono desenfadado.
Fuera, Bogotá seguía siendo Bogotá, ruidosa, impaciente, extraordinariamente viva.
Los primeros rayos de luz de la tarde caían sobre los tejados con esa intensidad ecuatorial que hacía que todo pareciera ligeramente irreal, como pintado con colores un punto más saturado de lo necesario.
Asier volvió a girarse hacia la ventanilla.
Pensó en Maica esperando en el hotel con Alma.
Pensó en la niña preguntando cada diez minutos si ya había llegado papá, con esa paciencia frágil y urgente de los cuatro años.
Pensó en la promesa que le había hecho, que después del congreso, después de esto, tendría más tiempo.
Que las cosas cambiarían. Y por primera vez desde hacía meses, lo creyó de verdad.
La Picasso tomó una rotonda y enfiló hacia el norte, hacia el Gran Avenida, hacia Maica y Alma y una tarde de celebración merecida. El sol pegaba fuerte sobre el capó plateado del coche. Ese sol que precede a la tormenta, brillante, desafiante.
Asier cerró los ojos un momento y dejó que el calor le calentara la cara a través del cristal. No había entonces manera de saber que ese instante, sería el último en mucho tiempo que sentiría algo parecido a la calma.