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Madrid.
La redacción olía a café recalentado y a promesas rotas.
Paula cerró el navegador de su ordenador con más fuerza de la necesaria.
El clic resonó en el teclado como una pequeña derrota.
Eran las siete y media de la tarde de un martes de agosto y el sol entraba por las ventanas de La Voz de la Ciudad con esa luz pálida y cansada de Madrid al atardecer, la que ilumina sin calentar, la que expone sin perdonar.
La redacción era un espacio abierto de paredes blancas y mesas compartidas donde veinte personas fingían trabajar mientras esperaban que pasara el día.
Algunos tecleaban artículos que nadie leería.
Otros fingían hacer llamadas. Paula llevaba tres años allí y conocía cada matiz de ese teatrillo porque ella misma lo había perfeccionado.
Miró la pantalla de Jorge, su compañero de mesa. Él escribía algo sobre una exposición de arte contemporáneo en el Reina Sofía. El cursor parpadeaba en la palabra transgresora. Paula sintió una punzada de algo que no era exactamente envidia pero que se le parecía lo suficiente como para doler .
—¿Sabes qué me han encargado esta semana? —dijo sin apartar la vista de su propia pantalla vacía.
Jorge levantó la cabeza. Tenía treinta y dos años, dos más que ella, y llevaba trabajando en el periódico desde que terminó la carrera. Era de esos hombres que envejecen bien porque nunca han tenido ambiciones lo bastante grandes como para que les rompan el corazón.
—¿Qué?
—Un reportaje sobre jubilados peleándose por comida gratis en un centro de mayores de Carabanchel.
Jorge soltó una risa breve que sonó a disculpa.
—Joder.
—Literalmente. Una pelea por un táper de fabada. Paula apoyó la barbilla en la mano. Literalmente eso. Señoras de ochenta años arañándose por judías.
—Oye, a mí me costó cuatro años escribir algo que no fueran notas de prensa de ayuntamientos. Tú llevas tres. Dale tiempo.
—Cuatro años. —Paula lo miró directamente. —Cuatro putos años para que te dejaran escribir sobre arte. Yo quiero sucesos. Quiero historias que importen. Y me dan jubilados peleando por comida como si fuera un reality show.
Jorge no respondió. Volvió a su artículo. El cursor seguía parpadeando en transgresora. Paula sintió que algo se endurecía en su pecho, algo parecido a la rabia.
Se levantó. Cogió su móvil de la mesa y cruzó la redacción hacia el despacho acristalado del fondo.
El despacho del Sr. Fernández, editor jefe, cincuenta y ocho años, traje de El Corte Inglés y una sonrisa que había aprendido en algún cursillo de gestión de equipos que le enseñó a parecer comprensivo sin serlo realmente.
Llamó a la puerta. Dos golpes breves.
—Adelante .
Entró. Fernández estaba sentado tras su escritorio con un café en la mano derecha y un periódico desplegado delante. El periódico era El País. No era La Voz de la Ciudad. Paula lo notó con la misma claridad con la que se nota una bofetada.
—Paula. Siéntate.
Se sentó. La silla era de esas que crujen cuando te mueves, como si estuvieran diseñadas para recordarte que estás en territorio enemigo.
—He estado pensando en tu perfil. —Fernández dobló el periódico con cuidado y lo dejó a un lado. La miró con esa sonrisa de curso de gestión. —Llevas tres años con nosotros y has hecho un trabajo estupendo. Notas de prensa, coberturas locales, algún reportaje de interés humano…
—Jubilados peleando por comida. —Paula lo interrumpió sin levantar la voz.
Fernández parpadeó.
—¿Perdona?
—Eso es lo que me has encargado. Un reportaje sobre jubilados peleándose por comida gratis.
El editor se reclinó en su silla. La sonrisa se mantuvo, pero cambió de categoría. Ahora era la sonrisa del profesor que tiene paciencia con el alumno que no entiende cómo funciona el mundo.
—Paula, el periodismo no es solo escribir lo que nos gustaría escribir. Es ganarse el puesto. Es hacer el trabajo que nadie quiere hacer hasta que demuestras que puedes hacer el trabajo que todo el mundo quiere hacer.
—He demostrado que puedo hacerlo.
—No lo suficiente.
Las palabras cayeron entre ellos como una losa. Paula apretó los puños sobre su regazo. Fernández se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa .
—Mira, te voy a dar una oportunidad. Tengo dos encargos que creo que van más contigo.
El primero: un reportaje sobre por qué los pijos de Chamberí y el barrio de Salamanca están poniéndoles chips de rastreo a sus hijos como si fueran perros.
Tecnología, sociedad, clases altas… tiene potencial.
—Paula levantó la cabeza. El estómago le dio un vuelco pequeño.
Era algo. No era sucesos. No era investigación. Pero era algo.
—¿Y el segundo?
—Asturias. Aldeas perdidas en el monte. Gente que vive desconectada del mundo.
Un reportaje costumbrista de la España que resiste, ese rollo.
Fotos bonitas, entrevistas con viejos que hablan del pasado…
Ya sabes. —Paula no dijo nada. Fernández abrió un cajón de su escritorio y sacó una pequeña caja de plástico transparente.
Dentro había tres dispositivos rectangulares del tamaño de una moneda de dos euros. Chips.
—Toma. Son de prueba. Los fabrica una empresa de aquí, de Madrid.
Rastreadores GPS con conexión satelital.
Los pijos los llevan cosidos en las mochilas de sus niños para saber dónde están en cada momento.
Empujó la caja hacia Paula. Investígalos.
Habla con padres que los usen. Pregunta si es paranoia de ricos o si tiene sentido en una ciudad como Madrid.
Haz algo bueno con esto. —Paula cogió la caja.
Los chips eran ligeros. Casi no pesaban.
Los miró un momento antes de guardarlos en el bolsillo de su chaqueta.
—¿Y cuándo quieres el de Asturias?
—La semana que viene. Tómate unos días allí. Desconecta. Habla con gente. Vuelve con buenas historias. —Fernández volvió a coger el periódico. La conversación había terminado. Paula se levantó despacio. La silla crujió.
—Gracias. —No sonó sincero. Ni siquiera a ella misma .
Volvió a su mesa. Jorge seguía escribiendo sobre arte transgresor. El cursor ya no parpadeaba. Paula se dejó caer en su silla y abrió el navegador.
Chips de rastreo para niños pijos. Escribió la frase en el buscador y esperó. Los resultados aparecieron en medio segundo. Empresas de seguridad. Testimonios de padres. Debates en foros. Había material. No era emocionante. No era lo que ella quería. Pero era material.
—¿Qué te ha dicho? —Jorge habló sin apartar la vista de su pantalla.
—Me manda a Asturias. Y me da un reportaje sobre padres que rastrean a sus hijos como si fueran paquetes de Amazon.
—¿Asturias?
—Aldeas. Gente mayor. La España que resiste. Paula cerró el navegador otra vez. —Un puto castigo disfrazado de oportunidad. Jorge giró la silla hacia ella. La miró un momento antes de hablar.
—Oye. Vas a estar bien. Haces buen trabajo. Fernández lo sabe. Solo necesita que aguantes un poco más.
—¿Cuánto más? ¿Otros cuatro años?
—Lo que haga falta.
Paula no respondió. Se levantó, cogió su chaqueta del respaldo de la silla y su mochila del suelo. Jorge la siguió con la mirada, pero no dijo nada más.
—Me voy a casa. Tengo que pensar.
—¿Cuándo te vas?
—Lo quiere para la semana que viene así que buscaré esta misma noche vuelos para irme mañana.
—Suerte.
—Gracias.
Cruzó la redacción con la cabeza gacha. Algunos compañeros la miraron al pasar. Otros fingieron no verla.
Llegó al ascensor y pulsó el botón. Las puertas se abrieron con un ding metálico que resonó en el silencio de las ocho y media de la tarde.
Dentro del ascensor, sacó la caja de plástico del bolsillo de su chaqueta. La abrió. Los tres chips estaban alineados sobre un lecho de espuma blanca. Pequeños e insignificantes. Capaces de rastrear a una persona en cualquier parte del mundo.
Cerró la caja y la guardó de nuevo.
Las puertas del ascensor se abrieron en la planta baja. Paula salió a la calle. El aire de Madrid de finales de verano era algo más fresco y llevaba ese olor a asfalto que siempre huele igual sin importar la estación del año. Se puso los auriculares y empezó a caminar.
Esa noche, en su apartamento de Lavapiés, Paula hizo una lista para que no se la olvidara nada cuando hiciera la maleta.
Ropa para una semana. La cámara réflex que había comprado de segunda mano hacía dos años. El portátil. Libretas. Bolígrafos. Cargadores. Todo lo que una periodista necesita para un reportaje que no le importaba sobre un lugar al que no quería ir.
Dejó la caja de chips sobre la mesa de la cocina. La miró un momento. Luego la metió en el bolsillo lateral de la mochila, el que tenía cremallera, el que no se abría por accidente.
No sabía por qué los llevaba. El reportaje sobre los chips lo haría cuando volviera de Asturias.
Pero algo en su cabeza le decía que tenerlos cerca no era mala idea.
Una corazonada. O quizá solo el instinto de periodista que había aprendido a llevar siempre más de lo necesario porque nunca sabes qué vas a encontrar .
Cerró la libreta. Apagó la luz y se metió en la cama.
Asturias. Aldeas perdidas. Gente que vive desconectada del mundo.
Paula cerró los ojos.
No sabía que ese viaje la llevaría a una casa de piedra en medio de la nada.
No sabía que los chips que llevaba en el bolsillo lateral de su mochila serían lo único que la mantendría con vida.