El Paciente Imposible 1 #2
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Asier la oyó antes de verla. Sus pasos en el pasillo de madera tenían un ritmo particular, ligeramente más rápido en el pie derecho, una asimetría tan pequeña que él era probablemente el único que la notaba después de siete años, y levantó la vista de la pantalla antes de que ella dijera nada.

Maica tenía el pelo oscuro recogido de cualquier manera con un clip que claramente había sido elegido por su utilidad y no por su estética, y llevaba puesto el jersey morado que era su favorito cuando estaba en casa porque era suave y viejo y ya no importaba si se manchaba.

Tenía en la mano una taza de té. No le traía una a él, porque Maica conocía a su marido lo suficiente como para saber que él prefería el café frío de hacía tres horas a interrumpir lo que estuviera haciendo para tomarse uno recién hecho.

Miró a Alma en el suelo. Miró a Asier en la silla. Leyó la situación en menos de un segundo con esa eficiencia de las personas que llevan años gestionando las dos mitades de una vida compartida.

—Ya veo que alguien ha conseguido hacer volar a su padre.

—Ha volado. —confirmó Alma, sin levantar la vista de Peter Pan—. Muy alto.

Maica sonrió, pero la sonrisa tenía matices. Asier los conocía todos.

—Cuando puedas, ven a cenar.

Y luego. — Alma, al baño.

La niña se levantó con el aparatoso esfuerzo dramático que ponía en todas las transiciones del suelo a la silla, de la silla a la cama, de cualquier sitio a cualquier otro sitio que no hubiera elegido ella misma. Y salió arrastrando los pies, con Peter Pan colgando de la mano.

Maica no se fue todavía. Se quedó en el umbral con la taza de té entre las manos y miró el despacho: los libros, las maquetas, la pantalla con la diapositiva diecisiete, el cuaderno abierto con las anotaciones en los márgenes.

—¿Cuántas has ensayado?

—Diecisiete.

—De cuarenta y tres.

—De cuarenta y tres.

Hubo un silencio que no era incómodo pero que tampoco era del todo fácil. El silencio de dos personas que han tenido una versión de esta misma conversación muchas veces y saben exactamente cómo termina y no tienen energía para volver a recorrerla entera.

—Solo un mes más. — Dijo Asier. Lo dijo en voz baja. Sin énfasis, sin dramatismo, porque esa frase ya no necesitaba ningún adorno entre ellos.

Maica asintió una sola vez. Luego giró en el umbral y se fue por el pasillo hacia la cocina, y sus pasos, el derecho ligeramente más rápido, se alejaron hasta que el despacho volvió a quedarse en silencio.

Asier se quedó mirando la puerta abierta durante un momento. Luego miró la pantalla. Luego el cuaderno, con su anotación en el margen, «pausa aquí».

Pasó a la diapositiva dieciocho.

Esa noche, después de cenar, después de recoger los platos y de que Maica pusiera el lavavajillas y de que Alma protestara por el baño con la energía de alguien a quien le han propuesto algo manifiestamente injusto, Asier fue a darle las buenas noches.

La habitación de Alma olía a gel de baño de manzanilla y a ese calor dulce que desprenden los niños cuando ya están medio dormidos y el cuerpo ha empezado a soltar el día. La luz de la mesilla dibujaba un círculo amarillo sobre las sábanas de estrellitas. Alma estaba tumbada boca arriba con

Peter Pan apoyado en el pecho. Miraba el techo Asier se sentó en el filo de la cama.

—¿Dónde está mi princesita?

—Aquí. —dijo Alma, sin moverse, con los ojos todavía en el techo.

—Tengo un secreto.

Eso funcionó. Alma giró la cabeza hacia él.

—¿Cuál?

Asier se inclinó hacia ella y en un susurro,

—Dentro de muy poquito tiempo, los tres nos vamos a montar en un avión y a volar de verdad.

Alma abrió los ojos del todo.

—¿Como Campanilla?

—Más alto que Campanilla. —Levantó una mano y señaló hacia arriba, hacia el techo, más allá del techo—. Campanilla vuela sobre Londres. Nosotros vamos a volar sobre las nubes. Y cuando lleguemos podremos jugar todos los días. Te lo prometo.

Alma lo miró fijamente durante un segundo con esa seriedad infantil que es más intensa que la de los adultos, sin el peso del escepticismo. Estaba evaluando, como antes.

Pero esta vez no tardó en creerlo.

—¿De verdad?

—De verdad.

Asier se inclinó hacia ella y frotó su nariz contra la nariz de Alma.

Era un gesto que habían tenido desde que ella era tan pequeña que él podía sujetarla entera con una mano, el beso esquimal que había sido siempre el beso de buenas noches entre ellos, el sello específico de algo que no tenía nombre porque no necesitaba tenerlo.

Alma sonrió y cerró los ojos .

—Buenas noches, pequeña. Te quiero mucho. Lo sabes, ¿verdad?

—Yo también te quiero, papi.

Asier la arropó. La metió los bordes de la sábana por debajo del colchón con ese cuidado meticuloso que ponía en todas las cosas que importaban y se quedó mirándola hasta que la respiración de Alma se hizo lenta y regular y ya no había nada urgente en ningún sitio del mundo.

Luego se levantó. Fue a su despacho. Cerró el portátil.

Oyó a Maica moverse en el baño, el sonido del grifo, la rutina tranquila de una noche cualquiera en una casa donde todo funcionaba.

Pensó, soy el hombre más afortunado del mundo.

Lo pensó sin ironía, sin reservas, con la convicción plena de alguien que ha ganado algo que no se merecía.

Lo pensó mirando la maleta cerrada aún sin hacer en el suelo, junto al armario, la maleta que lo llevaría a Bogotá y luego lo traería de vuelta con el dinero y el tiempo que Maica y Alma estaban esperando desde hacía cuatro años.

No sabía que se estaba cerrando una puerta. En ese instante no sabía que todo lo que amaba le sería arrebatado.

Solo pensó, soy el hombre más afortunado del mundo.

Y apagó la luz.