El Paciente Imposible 1
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El Paciente Imposible

El Paciente Imposible

Por Maria C. Aylagas

© inepub.com

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El despacho de Asier olía a café y a lavanda. Ese olor era el que Maica tenía por toda la casa ya que le parecía dulce y acogedor.

Era un olor que a él le resultaba tan natural como el de su propio cuerpo, el olor de las horas acumuladas, de las noches en vela leyendo libros que la mayoría de sus colegas ni siquiera abrían ya porque todo estaba en pantalla y para qué cargar con el peso cuando podías buscar en una base de datos.

Asier tenía las bases de datos. Las usaba.

Pero tenía también los libros, apilados sobre la mesa de roble oscuro que había comprado en una librería de segunda mano de Salamanca el año en que terminó la residencia. Sobre los libros tenía las maquetas.

Tres corazones de plástico articulado, desmontables, cada pieza etiquetada con tinta china en una caligrafía tan minuciosa que Maica bromeaba con que parecía obra de un relojero suizo que hubiera tenido una crisis vocacional.

El corazón de la izquierda era un modelo estándar, el ventrículo izquierdo orientado hacia el lado correcto, la aorta saliendo hacia arriba con esa curva elegante e indiscutible.

El corazón del centro era el más especial para él, era donde había volcado todos sus esfuerzos.

El espejo. El corazón que estaba donde no debía estar, que latía en el lado equivocado del pecho como un argumento obstinado contra la idea de que existe una sola manera de funcionar.

El de la derecha era un modelo en sección transversal, con las cavidades abiertas como un libro partido por la mitad.

Asier llevaba cuatro años mirando esos tres corazones como si la respuesta a algo imposible estuviera escondida en la diferencia entre ellos.

La pantalla del portátil mostraba la diapositiva número diecisiete de cuarenta y tres.

Había encendido la lámpara del escritorio.

Era finales de septiembre y la tarde empezaba a robar rayos de luz al sol.

Por la ventana entraba esa luz que se va acercando al otoño que lo tiñe todo de una dorada melancolía que a Asier le parecía hermosa cuando no tenía trabajo urgente pero que era desesperante cuando sí lo tenía.

En este momento era lo segundo.

Se puso de pie. Empezó a hablar.

—La dextrocardia situs inversus afecta aproximadamente a uno de cada diez mil nacidos vivos.

En la mayoría de los casos, si la inversión es completa y no existen malformaciones asociadas, el paciente lleva una vida absolutamente normal.

—Hizo una pausa calculada, la misma que había ensayado seis veces esa semana, el momento en que miraba al auditorio imaginario antes de continuar—.

El problema no es el corazón. El problema es el médico que lo trata.

Lo dijo a la habitación vacía, a los libros, a los tres corazones de plástico que lo miraban desde la mesa sin opinar.

Luego se dio la vuelta, cogió el rotulador del escritorio y anotó en el margen de su cuaderno: «pausa aquí».

Porque Asier era de los que anotaban los silencios.

De los que entendían que una conferencia no es solo lo que se dice sino lo que se deja de decir, los huecos que el oyente tiene que llenar con su propia comprensión, y si no los das no hay comprensión real, solo información.

Volvió a la diapositiva diecisiete. Un escáner torácico, el corazón claramente desplazado hacia la derecha, la sombra cardíaca que debería ocupar el lado izquierdo del pecho vacía como una habitación sin muebles. Había visto ese escáner trescientas veces. Seguía deteniéndose en él.

Cuatro años. Cuatro años de un proyecto que había empezado como una hipótesis en una servilleta de papel en la cafetería del hospital y que ahora era cuarenta y tres diapositivas y tres maquetas de plástico y un presupuesto detallado de financiación que iba a presentar en Bogotá dentro de exactamente treinta y un días.

Cuatro años de discusiones con Maica porque el proyecto necesitaba un mes más, y otro mes más, y luego solo unas semanas más, y el matrimonio era un conjunto de promesas diferidas que él seguía creyendo que algún día cumpliría.

No oyó la puerta.

La escuchó, pero no la oyó, que es algo distinto.

El sonido llegó al fondo del cerebro donde se archivan los ruidos domésticos: la nevera, el radiador, el crujido del tercer escalón de la escalera.

Fue procesado como «irrelevante» y devuelto al olvido en menos de un segundo.

Lo que lo sacó de la diapositiva diecisiete no fue el sonido sino el peso.

Algo se apoyó contra su pantorrilla derecha con la determinación de querer ser vista.

Miró hacia abajo.

Alma lo miraba hacia arriba.

Tenía cuatro años, el pelo castaño recogido en dos coletas asimétricas; la izquierda más alta que la derecha, siempre así, porque ella misma insistía en hacérselas sola.

Y llevaba puesta la camiseta de rayas azules y blancas que Maica le había comprado en agosto y que a estas alturas de septiembre ya le quedaba un centímetro corta en las muñecas, aunque Alma seguía eligiéndola porque era su favorita.

Sujetaba algo en la mano derecha. Un muñeco.

Peter Pan, el de peluche con el sombrero de fieltro verde que le había traído de un viaje a Ámsterdam hacía dos años y que ella llamaba simplemente «el niño que vuela».

—Papi. —No era una pregunta. Era una comprobación, casi una evaluación. Alma había encontrado a su padre. Ahora esperaba que su padre entendiera la cadena lógica de consecuencias que se derivaba de ese hallazgo.

Asier cerró los ojos un segundo. El auditorio imaginario con sus doscientas setenta personas de dieciséis países se disolvió. La diapositiva diecisiete dejó de existir.

—Hola, princesita. ¿Qué haces aquí?

—Jugar.

—¿Jugar?

—Contigo. —Alma inclinó la cabeza ligeramente, como hacía siempre cuando enunciaba algo que consideraba una obviedad que el adulto de turno tardaba demasiado en procesar—. Me dijiste que hoy volaríamos como Campanilla.

Asier abrió la boca. La cerró. Rebobinó la semana en algún lugar de la memoria y allí estaba, el martes por la mañana, desayunando de pie porque llegaba tarde, Alma con su tazón de Cola Cao preguntando qué harían el sábado, y él respondiendo algo, cualquier cosa, lo que siempre respondían los padres cuando están en modo piloto automático y la culpa les pesa como una deuda que no pueden saldar todavía.

Sí. Le había dicho lo del vuelo. Lo de Campanilla.

—Alma, cariño. —empezó, con esa voz que los médicos aprenden sin querer, la voz de las malas noticias —, ahora mismo tengo que terminar esto, que es muy importante.

La niña no dijo nada. Bajó la mirada hacia Peter Pan. Lo giró entre los dedos una vez, dos veces, con ese gesto pequeño y contenido que Asier reconoció en el estómago antes de entenderlo con la cabeza, el gesto de la decepción que ya esperaba.

Algo se movió dentro de Asier. No fue un pensamiento. Fue algo más antiguo que el pensamiento.

Empujó la silla hacia atrás y se levantó.

Se agachó hasta quedar a la altura de Alma y la miró directamente, y por primera vez en toda la tarde no vio la diapositiva diecisiete detrás de sus propios ojos sino el rostro de su hija de cerca, los ojos oscuros de su madre, las coletas torcidas, la camiseta que ya no le llegaba a las muñecas.

—Oye. Mírame.

Alma lo miró.

—Tienes razón. Te lo prometí.

La niña tardó un segundo en creerlo. Los niños aprenden pronto a distinguir entre la promesa real y la promesa de aplazamiento, entre el «sí» que significa sí y el «sí» que significa después, que casi siempre significa nunca. Estaba evaluando. Asier lo vio y le sostuvo la mirada sin parpadear.

—¿Volamos?

La sonrisa de Alma se ensanchó como una persiana que se abre de golpe.

Volaron.

Asier la cogió por las axilas y la levantó por encima de su cabeza con los brazos extendidos y Alma soltó un grito agudo de felicidad que llenó el despacho y salió por debajo de la puerta al pasillo.

Él giró sobre sí mismo, despacio primero y luego más rápido, y la niña extendió los brazos con Peter Pan todavía en la mano derecha, y gritaba su nombre —«¡papiiiii!

»— con esa mezcla de terror y euforia que solo existe cuando confías absolutamente en quien te está sujetando.

Asier la sujetaba. Eso era lo que sabía hacer, sujetar.

Sostener cosas frágiles con las manos y no soltarlas.

Era lo que había aprendido en los quirófanos, lo que había aprendido en las urgencias de pediatría a las tres de la mañana con un neonato en crisis entre los dedos.

El peso específico de las cosas que no puedes permitirte perder.

La bajó despacio, la asentó en el suelo, y Alma se tambaleó un poco hacia un lado como hacen los niños cuando el mareo es todavía agradable.

—¡Otra vez! —exigió.

—Otra vez no, que a papi le va a dar algo. —dijo él, y se apoyó en el filo de la mesa con una sonrisa que no había planeado y que le salió sin esfuerzo, sin actuación, estaba allí.

Alma se sentó en el suelo del despacho, entre el pie de la silla y la estantería, con la naturalidad de los niños que aún no han aprendido que los suelos no son sitios para sentarse.

Colocó a Peter Pan frente a ella y empezó a hablarle en voz baja, con ese tono que se reserva para las conversaciones importantes entre amigos.

Asier la miró desde arriba durante un momento.

Pensó, si algo le pasara a esta niña yo no sobreviviría.

No lo pensó con palabras exactas, no de esa manera ya que las cosas verdaderamente importantes raramente se articulan con claridad.

Fue más parecido a un vértigo breve, una toma de conciencia del borde, de la distancia que existe entre tenerla aquí y no tenerla, y el instinto de agarrarla de nuevo para no soltarla.

No lo hizo. La dejó hablar con Peter Pan en el suelo del despacho y volvió a la silla y a la pantalla, pero algo en esa tarde había cambiado de temperatura.

Maica apareció en el umbral cinco minutos después.