21 #2
El chico intentó levantar el cuchillo, pero era demasiado lento, paralizado por el miedo y la sorpresa.
Marc no esquivó. Sintió la cuchillada en el músculo del antebrazo izquierdo, un dolor agudo y lejano que apenas registró, y se estrelló contra él.
Lo llevó contra el suelo con el peso de su cuerpo y su desesperación.
Empleó sus manos. Sus puños.
El primero cayó en la cara del joven. Sintió la nariz romperse bajo sus nudillos con un crujido satisfactoriamente húmedo.
El segundo, en la garganta. El joven hizo un sonido a gorgoteo, ahogándose.
Marc lo agarró por el pelo y golpeó su cabeza contra el cemento.
Una vez. Dos veces. Un ritmo monótono y terrible. Thump. Thump.
—¡Por ella! —gruñía entre dientes, con cada golpe—. ¡Por ella! ¡Por ella!
No eran palabras. Eran explosiones de aire y odio.
Sus puños eran martillos de carne y hueso, ya sin sensibilidad, golpeando, golpeando.
La cara bajo él dejó de ser una cara, se convirtió en una masa amorfa y sangrante.
Los intentos de forcejeo cesaron. Los sonidos de ahogo se apagaron.
Pero Marc no paró. Siguió golpeando. Hasta que el movimiento fue solo el de su propio cuerpo, impulsado por un motor de rabia que ya no tenía objetivo.
Un ruido metálico, un chirrido, lo sacó del trance. Jadeando, con la vista nublada de sudor y sangre, levantó la cabeza.
Montesinos, agarrando su brazo roto contra el pecho, se había arrastrado como un gusano hasta la puerta verde y forcejeaba con el picaporte oxidado con su mano buena. Consiguió abrirla. Un rectángulo de noche húmeda y llovizna apareció.
—¡No! —rugió Marc, y la palabra le quemó la garganta, áspera y rota.
Intentó levantarse, pero su cuerpo era un trapo pesado y destrozado. Una oleada de mareo lo obligó a apoyar una mano en el suelo, junto a la cabeza irreconocible del joven. Vio a Montesinos salir fuera, hacia la oscuridad.
Con un esfuerzo sobrehumano, Marc se puso en pie, tambaleándose. Miró hacia Lorena. Yacía inmóvil, un perfil pálido en la penumbra. El dolor que lo atravesó entonces no tenía nombre. Era más grande que él. Lo dejó sin aire.
Pero el rencor, un rencor frío y afilado, le dio un clavo al que aferrarse.
Cojeando, arrastrando una pierna, salió tambaleándose por la puerta que Montesinos había dejado abierta, hacia la noche que lo esperaba.
La noche húmeda le golpeó la cara como un paño sucio.
Afuera, el paisaje era un infierno de sombras recortadas y montículos negros bajo la tenue luz amarillenta de una farola solitaria, lejana, que parpadeaba intermitentemente.
Vio la figura de Montesinos, cojeando grotescamente, alejándose hacia el camino de tierra que serpenteaba y subía hacia la carretera principal, una mancha oscura que se movía con dificultad entre chatarra.
Y luego vio la otra figura. De pie, inmóvil, junto a un SEAT 124 oscuro sin marcas, aparcado en la sombra profunda de un cobertizo derruido.
Postura relajada, casi aburrida. Fumando un cigarrillo cuya punta naranja brillaba y se oscurecía rítmicamente en la oscuridad, pintando pequeños círculos en el aire.
«López».
Montesinos también lo vio. Su rostro, contraído por el dolor y la concentración de la huida, se iluminó con un destello de esperanza perversa, de reconocimiento cómplice. Se dirigió cojeando directamente hacia él, alzando su brazo bueno en un gesto torpe de saludo y súplica a la vez.
—¡López! ¡Menos mal, coño, menos mal que llegas a tiempo!
—jadeó, con una risa ronca y triunfante que terminó en un acceso de tos—.
Ya sabes lo que hay que hacer. Como con las otras.
Limpia esto. El chaval está dentro, está acabado, pero vivo.
Y la chica… la chica ya está… finiquitada.
Limpia esto y arreglamos lo de tu sobrino en el juzgado, como acordamos. Límpialo todo.
Marc se detuvo, a unos diez metros de distancia, manteniéndose de pie a duras penas. La sangre le latía en los oídos, mezclándose con el silbido del viento entre la chatarra. Observó. El aire era tierra mojada, óxido y gasóleo viejo.
López dio una calada lenta, profunda, a su cigarrillo.
La luz roja iluminó por un instante su rostro cansado, sus ojos con bolsas moradas, las aristas de resignación de veinte años viendo demasiada porquería y limpiando una parte.
Miró a Montesinos, luego su mirada se desvió, lenta, hacia Marc, cuya silueta ensangrentada y tambaleante se recortaba en la penumbra.
Volvió a mirar a Montesinos. Sus ojos no reflejaban alivio, ni siquiera la dureza profesional del deber. Reflejaban un hastío infinito.
—Sí —dijo López, su voz plana, sin eco, casi ahogada por el viento—. Ya sé lo que hay que hacer.
Con un movimiento que fue a la vez cansado, fluido y definitivo, López dejó caer el cigarrillo al suelo de gravilla y lo pisó con la suela, girándolo. Su mano fue a la pistolera de la cintura, sin prisa. No hubo aspaviento, no hubo drama de película. Fue un gesto administrativo.
Montesinos empezó a esbozar una sonrisa, una mueca de alianza forjada en la podredumbre. La sonrisa se congeló, se agrietó y se desmoronó cuando vio el cañón corto de la pistola Star modelo 28 no apuntando a la figura de Marc, sino directamente a su rostro.
—López… ¿qué… qué haces? —La voz de Montesinos perdió todo el tono triunfal, quedó solo un hilillo de confusión pura, casi infantil.
—Lo que hay que hacer —repitió López, y esta vez había un tono inconfundible en su voz.
No era remordimiento. No era justicia. Era un cansancio monumental, el de un hombre que se dispone a limpiar un desastre por última vez y que descubre, con fastidio, que la herramienta más directa es la que siempre tuvo a mano. Un hastío que envolvía todo, incluso a sí mismo.
El disparo fue un estallido seco y agudo que cortó la noche, que se comió por un segundo el sonido del viento y el goteo. Un único fogonazo anaranjado que iluminó brevemente el rostro impasible de López y el de incredulidad total de Montesinos.
Montesinos se detuvo en seco, como si hubiera topado con un cristal invisible.
Un pequeño agujero oscuro, perfectamente redondo, apareció en el centro de su frente, justo encima de esos ojos marrones ordinarios, anodinos, que ahora se abrían desmesuradamente.
Cayó de espaldas, con un golpe mullido y pesado sobre la gravilla, como un saco de harina mojada.
El silencio que siguió fue aún más absoluto que el anterior. Solo el susurro persistente de una llovizna fina sobre la chatarra, el metal y el cuerpo recién caído. Un silencio que pesaba toneladas.