21 #3
López bajó el arma lentamente. La mantuvo a un lado, como un objeto que ya no le pertenecía.
Miró a Marc a través de la penumbra iluminada por la farola parpadeante.
La distancia entre ellos era un abismo de secretos compartidos y traiciones mutuas.
Sus ojos se encontraron en ese espacio sucio.
No hubo disculpas. No hubo explicaciones.
No hubo el clásico «tenía que hacerlo». Solo un reconocimiento mudo, brutal, de dos hombres que habían llegado al fondo del mismo pozo oscuro, cada uno por su propio camino: uno arrastrado por la obsesión y el amor convertido en furia; el otro, por la complicidad lenta, el pacto con el diablo cotidiano y, quizás, en este último gesto, un destello torcido de redención privada.
—Dentro está el otro —dijo Marc, su voz era un raspado áspero, rota por la sangre seca y el esfuerzo—. El joven. Muerto.
López asintió lentamente, una sola vez.
Las sirenas comenzaron a oírse, lejanas al principio, como el zumbido de insectos electrónicos al otro lado de la colina.
Luego, rápidamente, rasgaron la noche, multiplicándose, acercándose por la carretera principal con una urgencia que sonaba falsa después de tanto silencio.
Azul. Rojo. Luces que pintaban las nubes bajas.
El circo, por fin, llegaba a la función. Tarde. Siempre tarde.
López miró hacia el camino de tierra de donde venían los ruidos, calculando distancias, tiempos. Luego miró su arma, la pistola que aún humeaba levemente en el aire húmedo. Finalmente, su mirada, pesada, volvió a posarse en Marc.
—Vete —dijo, simple y claro, como dando una orden rutinaria. Pero no era rutinaria.
Marc lo miró, sin comprender del todo. El agotamiento nublaba su mente. «¿Irme? ¿A dónde? ¿Ahí dentro con Lorena?»
—Ahora —insistió López, y en su voz apareció un destello de la autoridad antigua, la de antes de que la podredumbre lo alcanzara—.
Por el lado este, entre los montones de escombros altos.
Sigue la vía. Te saca lejos. Vete. No estuviste aquí.
—Hizo una pausa, tragando saliva. Su mirada barrió la escena: su coche, el cuerpo de Montesinos, la nave—.
Esto… esto fue un ajuste de cuentas entre alimañas.
Un perro mordió a otro. Yo llegué tarde.
Lo encontré así. Él —señaló con la cabeza a Montesinos— y el de dentro. Se destrozaron entre ellos.
Marc dudó. La indecisión lo paralizó. Miró hacia la puerta abierta de la nave, de donde salía un hilo de luz amarilla y donde sabía que yacía Lorena. El dolor no era solo emocional; era un agujero físico, frío y voraz, justo bajo el esternón. Un agujero con su forma.
—Ella… —logró articular, una sola palabra que contenía un universo de pérdida.
—Yo me ocupo —cortó López, seco, y su tono no admitía discusión ahora.
Era la voz del policía que cierra un caso, no la del cómplice.
Había una promesa sórdida, terrible, en sus palabras.
Un último gesto torcido de algo que podía parecerse, en una luz muy mala, a la piedad.
O simplemente a la limpieza final, meticulosa, de un profesional—.
No la dejaremos aquí. La sacaremos. Con cuidado.
—No dijo «le daremos sepultura», ni «la llevaremos con su familia».
Eso estaba más allá de sus posibilidades, de su mundo.
Pero «sacarla» de allí era, en su código pervertido, un acto de gracia—.
Vete, joder. —Su voz se quebró ligeramente, de impaciencia, de algo más—.
O todo esto… todo este desastre no habrá servido para nada. Te comerá a ti también.
Las sirenas estaban ya al pie del camino de tierra, distorsionándose entre los montículos. Luces azules y rojas bailando frenéticamente sobre las colinas de escombros, barriendo el paisaje como ojos de insectos locos .
Marc echó un último vistazo a López, una silueta inmóvil, el guardián perverso de un secreto que ahora también era suyo. Luego, giró y se hundió entre las sombras de la chatarra, cojeando, desangrándose, roto para siempre.
Avanzó a trompicones, un trote espasmódico de animal acorralado.
La llovizna limpiaba a regañadientes la sangre de su rostro.
No miró atrás. Siguió el muro derruido, tropezando, hasta alcanzar la vía muerta, raíles oxidados entre la maleza.
Los siguió, encorvado, el frío reemplazando al fuego de la adrenalina, un escalofrío perpetuo que le calaba los huesos.
Caminó sin rumbo, el sabor a cobre y hierro de su propia sangre era lo único real en la boca. Lo demás era niebla, frío y el eco del silencio de Lorena, que ahora llevaba dentro.
El agotamiento total, físico y del alma, lo derribó finalmente en el portalón hundido de una nave abandonada. Se desplomó contra la pared de ladrillo, temblando, sin fuerzas.
A lo lejos, en la carretera del faro, las luces palpitaban contra el cielo, un espectáculo mudo. Una a una, se fueron apagando. Solo quedó el resplandor anaranjado de la ciudad y el perfil de la sierra contra un amanecer gris.
La ciudad, Peñablanca, el puerto con sus luces titilantes, las calles vacías, los bares cerrados, todo, siguió ahí, indiferente.
Girando sobre su eje. Respirando su aliento colectivo de sueños, rutinas y pequeñas miserias.
Olvidando, como siempre olvida, lo que no quiere ver, lo que no cabe en su día a día.
Y dentro de Marc, arrodillado en el barro del portalón, solo quedaba el silencio.
Un silencio vasto y hueco que lo llenaba todo, más pesado que el cansancio, más frío que la noche.
Y el precio, que acababa de empezar a pagar, y que intuía que pagaría cada min uto de lo que le quedara de vida.
El precio de haber visto el abismo, y de haberse mirado en él.