El óxido y la sangre 21
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La conciencia volvió como si le hubieran dado una hostia.

Como un puñetazo desde dentro. Un dolor agudo y palpitante en la nuca.

Y luego el mundo, de repente, en alta definición borrosa y náusea.

Marc estaba boca abajo, la mejilla pegada al cemento frío.

Un charco de su saliva, y algo más viscoso, bajo su cara.

El zumbido en los oídos era ahora el rugido de un reactor.

Por el rabillo del ojo, borroso, vio unas botas. De cuero gastado, con barro seco. Se acercaban lentas. Las del tipo del taburete. El joven, el otro, estaba más atrás, cerca de la silueta oscura de Lorena en el suelo. Su guardián.

—Vaya, vaya... el chaval despierta —canturreó la voz desde arriba—. Pensé que te habías ido de viaje gratis. Sin billete de vuelta.

Marc no pensó. Tenía el cerebro frito. Cortocircuitado. Solo una chispa: «muévete». Se revolvió en el suelo, no como un tío, sino como una rata en una trampa. Sus piernas patalearon, buscando tracción en la mugre. Una de sus botas se estrelló contra el tobillo de las botas de cuero.

El tipo soltó un gruñido de sorpresa, más que de dolor.

—¡Ah, joder!

Esa era la apertura. Marc se impulsó hacia atrás, contra las piernas del hombre, derribándolo.

Cayeron los dos en un montón de miembros y jadeos.

Un golpe seco contra el suelo que le sacó el aire a los dos.

El olor a tabaco, sudor viejo y un resto de colonia cara le llenó las fosas nasales.

Un tufo de pesadilla, mezclado con el aroma agrio a miedo propio .

No había espacio para boxeo. Era una pelea de ratas en un saco.

Marc, todavía con la visión bailando, se encontró encima.

Sus manos, entumecidas y torpes, buscaron una garganta, encontraron la chaqueta de cuero, grasienta al tacto.

El tipo debajo de él resopló y sonrió, un gesto obsceno en la penumbra.

Le mostró los dientes, manchados de tabaco, como viejas teclas de piano.

—Así me gusta —escupió, y el aliento le llegó a Marc a juego con el olor de la nave: a aceite quemado, a orines viejos, a algo dulzón y podrido al fondo.

Y entonces, la cabeza del tipo se lanzó hacia adelante. Un cabezazo sucio, mal calculado, que no fue a la cara de Marc, sino a la herida palpitante de su nuca. Un golpe dirigido con la precisión sádica de quien conoce el punto débil.

El mundo estalló en blanco otra vez, pero un blanco lleno de chispas verdes y agujas de fuego.

Un dolor tan agudo y cegador que le arrancó un grito, un sonido gutural que no parecía humano, que salió de un lugar anterior al lenguaje.

Su presión se aflojó, los dedos como garras de goma.

El tipo se retorció debajo, una serpiente panza arriba, y le clavó una rodilla en el estómago, sacándole todo el aire con un sonido a fuelle roto.

Rodaron. Una, dos veces. Un torbellino de codos, rodillas y maldiciones ahogadas.

Golpearon contra una pila de cajas de cartón podrido que se desintegraron con un suspiro polvoriento, liberando una nube de polvo y el olor a papel mojado.

Herramientas que colgaban de un panel de clavos oxidado cayeron alrededor de ellos con un estrépito metálico que resonó en la nave vacía: llaves inglesas, martillos, tenazas oxidadas, un viejo calentador de agua que se reventó contra el suelo.

Una llave larga le golpeó en el hombro a Marc con un dolor sordo; otro martillo, más pequeño, rebotó en el cráneo del tipo con un toc macabro.

Marc, ahogándose, con el dolor en la cabeza convertido en una campana gigante que repicaba dentro de su cráneo, vio un destello de metal cerca de su mano, entre virutas de hierro y cristal.

Una de las llaves, corta, pesada, con la cabeza cuadrada cubierta de herrumbre.

Sus dedos, fríos y con poca sensibilidad, se cerraron alrededor del mango frío y áspero, áspero como lengua de gato.

El tipo, ahora encima, bloqueando la débil luz de la bombilla colgante, tenía los ojos inyectados en sangre, pero brillantes con una excitación obscena, el brillo húmedo del depredador que huele el final.

Sostenía algo. La cuchilla ancha y corta, la de carnicero, la que había visto antes.

La levantó, y el filo captó un tenue reflejo.

—¡Vamos a abrirte en canal, colega! —silbó, la voz cargada de una emoción que sonaba a parodia del placer—. ¡A ver qué guardas dentro! ¡A ver si el novio de la zorra tiene algo más que mierda!

El brazo descendió en un arco rápido. Marc no intentó parar el golpe.

No había tiempo. En su lugar, se giró ligeramente sobre el suelo frío, presentando el costado.

La cuchilla se clavó, pero no en carne viva.

Se hundió con un ruido sordo, a la vez rasgado y apagado, en la gruesa chaqueta de cuero que él aún llevaba, atrapándose momentáneamente en el forro acolchado y en el durísimo músculo del hombro.

No fue una herida profunda, fue un desgarro superficial pero brutal.

Un dolor ardiente y agudo que le corrió por el torso como un cable pelado.

Pero le dio el segundo que necesitaba. El de la sorpresa. El del titubeo del cuchillo atascado .

Con un gruñido que salió de lo más profundo de sus tripas, de un lugar antes reservado para el horror silencioso, Marc levantó el brazo que empuñaba la llave inglesa y la estampó, no en la cabeza del tipo, sino en su brazo extendido, justo en la articulación del codo que sostenía la cuchilla. Apuntó al mecanismo, no a la máquina.

El crujido fue satisfactorio. Húmedo, por dentro.

Seco, por fuera. Como romper una rama verde gruesa.

El tipo gritó, de verdad esta vez, sin teatralidad.

Un alarido de rabia pura y de sorpresa física, el sonido de un animal que descubre que también puede sentir.

Su brazo se dobló en un ángulo antinatural, feo, y la mano se abrió en un espasmo.

La cuchilla cayó de sus dedos entumecidos y golpeó el cemento con un clic metálico.

Marc no se detuvo. La adrenalina y la furia habían puenteado el dolor, los mareos, la náusea, todo.

Era una máquina rota pero letal, un coche sin frenos bajando una cuesta.

Empujó con todas sus fuerzas, invirtiendo las posiciones otra vez.

Ahora él estaba arriba, con una rodilla clavada en el plexo solar del tipo, que jadeaba y escupía maldiciones entrecortadas, trozos de palabras sucias mezcladas con baba.

Levantó la llave otra vez, esta vez con la intención clara de hundirla, de terminar el trabajo, de convertir ese rostro sudoroso en algo irreconocible.

Sus ojos, enfocados a duras penas, se encontraron con los del tipo.

Ya no había diversión, ni teatro, ni ese brillo de payaso siniestro.

Había pánico. Un miedo crudo y animal, el espejo del que él había sentido minutos antes.

El miedo del depredador convertido en presa.

—¡No! —gritó el hombre, una súplica ronca, levantando su brazo bueno, débil, para protegerse la cara.

Pero el golpe no llegó .

En ese momento, desde el rincón de las sombras, llegó no un gemido, sino una voz. Rota, apenas un susurro cargado de odio puro, desesperación final y una lucidez espantosa. La voz de Lorena, arrastrándose desde el abismo.

—¡Marc!... ¡La libreta!... ¡En su bolsillo interior!... ¡Sus putas notas!...

Era ella. Había reunido sus últimas fuerzas, el último aliento que no usó para suplicar, para escupir esas palabras. Una advertencia. Un arma. Su último acto de guerra.

Y funcionó. La palabra «notas», «libreta», actuó como un hechizo. Ambos hombres, Marc y Montesinos, volvieron la cabeza instintivamente hacia el sonido, por una fracción de segundo crucial.

Fue el instante que el joven, el guardián silencioso, había estado esperando. Pero no para robar. Para matar.

Había estado agachado junto a Lorena, no por compasión, sino como un celador impaciente. Al oír su voz, al ver que aún podía hablar, que podía arruinar algo, sus ojos se nublaron con una rabia instantánea y pura. No fue un movimiento calculado hacia el cuaderno. Fue un reflejo de propiedad violada.

Con un gruñido sordo, sacó un cuchillo corto, de hoja ancha y con mellas. No el de carnicero de Montesinos, uno más pequeño, sucio, personal.

—¡Cállate, puta! —escupió, y su voz no tenía la teatralidad de Montesinos, solo una furia infantil y profunda.

Y antes de que Marc pudiera reaccionar, antes de que el grito de advertencia se le formara en la garganta, el joven hundió el cuchillo. No una vez. Dos veces. Rápido, en un movimiento corto y brutal en el abdomen de Lorena, donde ya brillaba oscura la mancha de la herida anterior .

Un sonido escapó de Lorena. Un jadeo húmedo, un suspiro forzado que salió con un rocío de sangre por los labios. Sus ojos, que habían buscado los de Marc, se desenfocaron, mirando hacia el techo, hacia la nada.

Marc lo vio. Vio el brillo del acero entrando y saliendo. Vio el cuerpo de Lorena convulsionarse en un espasmo final, luego aflojarse por completo. Un silencio repentino, más estruendoso que cualquier ruido, llenó el espacio entre sus oídos.

Todo se detuvo.

La rabia de Montesinos fue instantánea, pero de un tipo distinto. Se irguió, olvidando por un segundo su brazo roto, la boca contraída en una mueca de indignación absoluta.

—¡Imbécil! —aulló, escupiendo saliva y sangre—. ¡Era mía! ¡Tenía que matarla yo!

El joven, empapado en la sangre caliente, retrocedió asustado, el cuchillo goteando en su mano. Había matado por impulso, y ahora enfrentaba la furia de su maestro. Sus ojos saltaron de Montesinos a Marc, y en ellos solo había pánico.

Esa fue la distracción. El microsegundo en que el mundo de Marc, que se había reducido a la puñalada, se recompuso en una sola línea de fuego. No fue una decisión. Fue un circuito que se cerró.

Lorena estaba muerta. La había matado ese .

Con un sonido que no era humano, un rugido desgarrado que nació de sus entrañas, Marc se olvidó por completo de Montesinos. Se lanzó directamente hacia el joven.