El óxido y la sangre 20 #3
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20 #3

—No hables. No hables —suplicó Marc, aplicando la cazadora sobre la herida. La tela se empapó al instante.

La tos cesó. Quedó extenuada, su respiración un silbido rasgado. Pero abrió los ojos otra vez. En ellos, por un instante, desapareció la niebla. Apareció una claridad aterradora. Un conocimiento.

Miró por encima de su hombro, hacia las tinieblas. Sin miedo. Con seguridad.

—La luz... —musitó—. Apaga... la luz...

Marc no entendió. No había luz. Solo la grisalla. Pero entonces lo recordó. El fogonazo. La linterna. ¿Estaba ahí, observando? ¿O era otra cosa? ¿«No es uno solo» ?

El miedo se le subió por la espalda como hormigas heladas. Estaba arrodillado en un charco de su sangre, expuesto. Un blanco perfecto.

Trató de levantarla. Torpe. Ella pesaba como un saco de arena mojada. Cada movimiento le arrancaba un gemido ahogado.

—Lo siento, lo siento... —mascullaba, desesperado.

De las sombras, justo enfrente, a diez metros, sonó un clic metálico. Seco. Inconfundible. El sonido de una linterna que se enciende, con el haz tapado.

Marc se congeló, con Lorena a medio levantar. Miró fijamente hacia la oscuridad. No veía nada. Pero sentía la mirada. Una presión física, como dedos sucios en su nuca.

La voz llegó entonces. Clara, conversacional.

—Qué bonito. El rescate. El héroe—. Una pausa—. Pero llegas tarde, muchacho. La función principal ya terminó. Esto... esto son los extras.

Marc dejó a Lorena con cuidado contra la pared. Cogió la escopeta. Se puso en pie, poniendo su cuerpo entre la voz y Lorena. El corazón le martilleaba.

—Muéstrate —dijo, y su voz sonó fuerte, desafiante.

La risa fue la respuesta. Baja, genuinamente divertida. Luego, el haz de luz se encendió de golpe.

Pero no le apuntaba a él. El círculo de luz blanca y cruda se posó directamente en el rostro de Lorena.

Ella gimió, apartando la cara débilmente. Y en el borde del círculo, Marc vio por fin una forma. Una silueta. Sentada tranquilamente en un taburete. Como un espectador en primera fila .

La luz en la cara de Lorena era una violación. Blanquecina, química. Marc parpadeó, deslumbrado. El tipo en el taburete era solo una mancha oscura.

—¡Apaga esa luz! —rugió Marc, levantando la escopeta, pero sin apuntar. No veía un blanco.

La voz del taburete era calmada, de profesor aburrido.

—¿Por qué? Ella ya casi no ve. Y tú... tú necesitas ver. Necesitas entender el marco. Esto no es un crimen, muchacho. Es una... corrección.

Marc sentía cada palabra como un gusano. El miedo se había transformado en rabia glacial. Su espalda, expuesta, le picaba. «No es uno solo».

—¿Qué queréis? —escupió, moviéndose a la izquierda, tratando de bloquear la luz. El círculo la siguió, implacable.

—Lo que siempre se quiere —dijo la voz, un crujido de cuero—. Ver lo real. Rasgar el plástico de la vida y ver la podredumbre. Ella lo vio. Puso sus manos en la mugre. Y tú... tú hueles a justiciero de medio pelo. También eres plástico, pero grueso. Hay que trabajar más para rasgarte.

Marc iba a gritar, a disparar a ciegas, cuando lo sintió.

No fue un sonido. Fue un cambio en la presión del aire a sus espaldas. Un mínimo desplazamiento. Un susurro que no venía del taburete.

Detrás.

Todo su cuerpo lanzó la alarma. Un claxon estridente dentro de los huesos. Pero fue una milésima de segundo demasiado lento. Empezó a girar, describiendo un arco torpe hacia atrás con la escopeta. La luz de la linterna se movió a sus ojos, cegándolo.

Y entonces, de la oscuridad a su espalda, surgió. Un silbido . Corto, rápido. Aire partiéndose. Marc no lo vio. Lo intuyó como una masa más oscura. Algo largo. Metálico. Un destello al cruzar el halo.

No hubo tiempo.

El objeto —una llave de tubo, pesada y fría— se estrelló contra la base de su cráneo.

El impacto fue primero: un latigazo seco que le quebró la postura.

Luego el sonido. Un crujido sordo, profundo, dentro de su cráneo.

Luego, una luz blanca estalló en su cerebro.

No luz. Puro estallido neurológico. Sus piernas se desinflaron.

No cayó; se derritió. La escopeta se le escapó, golpeando el suelo.

La visión se fue. Campo estático, gris y centelleante.

Oyó su cuerpo golpear el suelo. Un golpe lejano.

«Lorena», pensó, o lo soñó.

Un zumbido agudo llenó sus oídos. A través de él, voces distorsionadas. Una, la del taburete, clara:

—Te lo dije. Plástico grueso, pero al final, se rasga.

Y otra, nueva, desde justo encima. Más joven, plana, jadeante:

—¿Y ahora? ¿Los juntamos?

El mundo se estrechaba. La estática se oscurecía, volviéndose negra.

Lo último que sintió no fue el dolor, que llegaba en una ola caliente y nauseabunda.

Fue el tacto de una mano. Grande, con dedos fuertes que olían a gasolina y a metal, registrándole los bolsillos con la eficiencia fría de un carterista.

Después, le agarraba del pelo, le levantaba la cabeza del suelo frío.

Y la última palabra, susurrada cerca de su oído por la voz nueva, la del que había estado esperando en silencio en la oscuridad:

—Dulces sueños, cabrón. Ahora cállate.