20 #2
—¿Me revientas? —repitió la voz, burlona—. Aquí no hay héroes. Aquí solo hay verdades. Y tú... tú debes ser el novio. O el amante. El perro desesperado que sigue el rastro de la herida.
Un crujido. Pasos lentos, arrastrándose.
Marc apretó el dedo en el gatillo, músculos tensos. La forma empezó a moverse, a levantarse.
Y entonces, la luz. Una linterna potente, encendida de golpe desde el fondo, le disparó directamente a los ojos.
—¡Joder! —gritó, apartando la cara.
La risa sonó más cerca. Los pasos, ahora rápidos, se dirigían no hacia él, sino hacia un lado, hacia las sombras.
—Ven a buscarla, perro —susurró la voz, ya desde otra dirección, eco en la oscuridad—. A ver si encuentras la verdad antes de que se te apague.
Marc parpadeó, tratando de recuperar la visión, el corazón a punto de reventarle. Había caído. En la trampa.
Y en el suelo, la forma encogida volvió a jadear. Un hilo de vida deshilachándose.
La oscuridad después del fogonazo era más densa. Como alquitrán en los ojos. Marc parpadeaba, maldiciendo, lágrimas ácidas limpiando mugre. La escopeta le pesaba como un ladrillo.
—¡No te escondas, cabrón! —rugió, pero su voz sonó ronca, desesperada.
El silencio. Solo el drip... drip... y el jadeo, ahora más débil. «Lorena». Tenía que llegar a ella.
Comenzó a avanzar a ciegas. La mano extendida, tocando cajas mohosas, chapa fría. Cada sombra, una emboscada. Su respiración, un fuelle roto: miedo silbante y óxido perpetuo.
El murmullo volvió. Ahora desde su derecha, más cerca del jadeo.
—...la otra ya no cantaba. Solo miraba. Como si no lo entendiera. Pero tú lo entenderás, ¿verdad? Tú vas a ver el final del espectáculo...
Marc se secó la boca. Sabor a muerte. Se levantó, tambaleándose. Miró hacia la forma sentada, con sus ojos de sorpresa eterna. «Otra. Esta misma noche. Mientras la policía perdía el tiempo».
Era un mensaje. Una exhibición. «Mirad lo que puedo hacer. Mirad lo poco que importáis».
El miedo en Marc se solidificó, se transformó en algo frío y pesado como plomo. Pero también, de las cenizas del vómito, surgió una claridad brutal. Este tío no estaba jugando. Estaba en medio de un ritual. Y Lorena era la parte final.
Apretó la escopeta. La compasión por la chica desconocida, el horror, tenía que esperar. Lo único que importaba era el jadeo, cada vez más tenue.
Se incorporó. Escupió al suelo.
—Voy —murmuró, sin saber si lo decía a la chica muerta, a Lorena o a sí mismo.
Y se adentró más en las sombras, hacia el sonido de la respiración que se apagaba.
El jadeo era un hilo. Un hilo mugriento que Marc seguía a tientas, arrastrándose. Cada vez más débil. Ya no un sonido, una vibración en el aire podrido.
—Lorena... —susurró, y la palabra se quebró .
Nada. Solo el drip… drip… y el crujido de su ropa. Pánico. ¿Se la había llevado? ¿Era todo una trampa?
Entonces, un sonido. No un jadeo. Un golpe seco. Débil. Como un nudillo golpeando madera podrida.
A su izquierda. Detrás de un contenedor volcado, lleno de un lodo oscuro, residuo de productos químicos muertos.
Se abalanzó, olvidando la cautela. Rodeó el contenedor.
Allí estaba. Medio incorporada contra la pared, como si un último impulso de fuga la hubiera levantado antes de quebrarle la voluntad. La postura era de derrota total, pero la escena contaba otra historia. Una de carnicería meticulosa.
La camiseta era una ficción destrozada. No solo empapada en rojo, sino sistemáticamente abierta en tiras y colgajos.
Cortes limpios, deliberados, no rasgones de lucha.
Se veía la carne viva debajo. En el costado izquierdo, el filo de carnicero había hecho su trabajo principal: una hendidura profunda y oscura, de la que manaba un rojo espeso.
No era un corte limpio para matar; era una puerta abierta a las entrañas, un bocado sacado de su flanco.
Los bordes de la piel y el músculo parecían retraídos, como si la hoja hubiera girado dentro.
Pero no se había detenido ahí. Sus brazos, extendidos en el último intento de arrastre, estaban surcados por líneas paralelas y precisas desde los hombros hasta los codos, como si alguien hubiera estado practicando su firma en su piel.
En la palma de su mano derecha, una raja profunda cruzaba toda la línea de la vida, negra de sangre seca y coagulada.
Su cuello mostraba moratones en forma de dedos, pero también pequeños cortes triangulares, punzantes, alrededor de la clavícula, como si le hubieran clavado algo repetidamente solo para ver sangrar. Uno de sus lóbulos estaba desgarrado, colgando por un hilo de piel .
La cara era una máscara de cera grisácea y sucia, sí, pero en la mejilla derecha, aparte del sucio y el miedo, había otro surco, más superficial pero intencionado, que le bajaba desde el pómulo hasta la mandíbula.
No el arañazo salvaje que ella le había dado a él.
Este era recto, controlado. Una firma. Un recordatorio tallado en carne.
Los labios, agrietados y morados, tenían un corte en la comisura izquierda que se extendía medio centímetro hacia la barbilla, dándole una mueca grotesca y permanente.
Respiraba con un silbido húmedo, y cada exhalación burbujeaba ligeramente en la herida del costado, que se abría y cerraba levemente, como una segunda boca obscena.
Parecía menos una persona apuñalada que un lienzo de atrocidades. Un catálogo de dolor aplicado con paciencia y propósito. Montesinos no había querido solo matarla; había querido leerla, página a página, corte a corte, hasta que la historia se acabara.
Un espasmo le recorrió el cuerpo a Marc. No fue llanto. Una convulsión seca, interna. Se dejó caer de rodillas, olvidando el arma. Las manos le temblaban. No se atrevía a tocarla.
—Lore... —logró decir.
Ella parpadeó. Una lágrima clara se deslizó por la suciedad de su mejilla. Sus labios se movieron. Solo un susurro de aire, papel de lija.
Marc se inclinó, acercando el oído. Olor a sangre y sudor frío.
—...Marc... —la voz era el crujido de una hoja seca pisoteada.
—Estoy aquí. No te muevas. Te voy a sacar —farfulló, palabras huecas. Empezó a quitarse la cazadora, pero sus manos no obedecían .
Ella hizo un esfuerzo. Levantó una mano, apenas unos centímetros. Los dedos, pálidos y sucios, se cerraron alrededor de su muñeca. La presión era débil, fantasmal, pero un ancla. Un contacto real.
Sus ojos se clavaron en los de él con urgencia. Los labios se movieron de nuevo, con lentitud agonizante.
—Aún... está... aquí —susurró. Cada palabra, un mundo de dolor.
Marc se quedó helado. Miró a su alrededor. La nave, un cementerio de sombras. No se oía nada.
Lorena cerró los ojos, agotada. Su cabeza se inclinó. La mano en su muñeca perdió fuerza, pero no soltó. Cuando volvió a hablar, fue un aliento fantasmal.
—...en todas partes... no es... uno solo...
La frase no terminó. Un acceso de tos la sacudió, un sonido húmedo y horrible. Un hilillo de sangre, fresca, le escapó por la comisura de los labios.