16 #2
El sonido empezó no en la puerta, sino en el salón. Un ruido de cristales rotos, seguido de un murmullo gutural, una cantinela envenenada. Era la tía Remedios.
Lorena se asomó con cautela. La vieja estaba de pie en medio del salón, iluminada solo por la luz azulada de un santo de plástico. En una mano tenía un cuchillo de cocina, pequeño pero afilado. En la otra, sostenía el sobre blanco con la carta, ahora hecho un lío de papel arrugado .
—¡Hiedes a problemas! —escupió la vieja, sus ojos vidriosos clavados en Lorena—. ¡Me los has traído a mi casa! ¡Los ojos están en todas partes, y ahora están en mis paredes!
—Tía Remedios, es solo un papel… déjelo —intentó calmarla Lorena, avanzando un paso.
—¡Quieta! —la anciana blandió el cuchillo—. ¡Fuera de mi casa! ¡Largo! ¡Antes de que vengan por ti y me lleven a mí también!
No había razón que valiera. La locura había anclado sus ojos y la paranoia empuñaba el cuchillo. Lorena retrocedió hacia su cuarto, pero la vieja avanzó, amenazante, bloqueando el camino al pasillo. La única salida era la puerta principal.
Con el corazón en la garganta, Lorena agarró su chaqueta y, en un movimiento rápido, abrió la puerta de la calle y salió al rellano. La oyó gritar detrás:
—¡Que te pudras en la calle, puta! ¡Así aprenderás!
La puerta se cerró de golpe. Seguido del cerrojo.
Se quedó en la escalera, temblando, sin llaves, sin dinero, solo con la navaja en el bolsillo y la chaqueta fina contra el viento de la madrugada. No podía quedarse allí, expuesta. Bajó las escaleras a toda prisa y salió a la calle desierta.
El barrio del Castillo a esas horas era un estómago vacío. Corrió sin rumbo, solo para poner distancia, alejándose de los gritos de la vieja. Dobló por un callejón estrecho, tropezó con una bolsa de basura, cayó de rodillas. Jadeaba, el pánico un sabor a metal en la boca.
Cuando levantó la vista, lo vio.
Estacionado a la salida del callejón, en una calle más ancha y mal iluminada, estaba un SEAT 1500 negro. Motor apagado, pero los cristales tintados eran espejos impenetrables .
La puerta del conductor se abrió. Un hombre bajó. Silueta ancha, gorra, guantes. Se apoyó en el coche, mirándola. Como si la hubiera estado esperando. Como si supiera que, tarde o temprano, tendría que salir.
Lorena se quedó congelada en el suelo. El instinto le gritaba que corriera, pero las piernas no respondían.
Entonces, otra voz, borracha y gruesa, resonó en el otro extremo de la calle.
—¡Ahí estás, zorra!
Salinas. Tambaleándose, saliendo de la puerta de un bar que acababa de cerrar. La vio. Sus ojos inyectados en sangre se iluminaron con una posesividad brutal.
—¡Te dije que volverías arrastrándote! —rugió, cambiando de rumbo y avanzando hacia ella con pasos pesados.
Lorena miró al hombre del SEAT. Él observaba la escena, inmóvil, calculando.
Salinas se acercaba, ignorando por completo al otro hombre, concentrado solo en su presa.
—Vamos, Lore. Se acabó esconderse. Viene tu dueño a recogerte.
Cuando Salinas estaba a solo unos metros de Lorena, el hombre del SEAT se movió. Con un gesto fluido y profesional, sacó algo del bolsillo de su chaqueta. Una pistola pequeña, con un cilindro alargado en la boca: un silenciador.
Salinas lo vio entonces. Se detuvo en seco.
—Eh, tranquilo, colega… esto no va contigo. Esta es mía —farfulló, señalando a Lorena con el pulgar.
El hombre del SEAT no dijo una palabra. Apenas un leve ajuste de la muñeca. Apuntó.
Phut. Phut .
Dos sonidos secos, como dos golpes sobre una almohada. Salinas recibió el impacto en el pecho. Un gesto de suprema sorpresa se le cruzó en la cara. Miró hacia abajo, hacia la mancha oscura que se expandía en su camisa. Luego, sus rodillas cedieron y cayó de costado al suelo, con un golpe sordo.
El hombre del SEAT bajó el arma. Giró la cabeza lentamente hacia Lorena. La miró desde la sombra de su gorra. No había prisa en él. Ni rabia. Solo una eficiencia aterradora.
Por un instante eterno, Lorena estuvo segura de que el siguiente phut sería para ella. Que su epitafio se escribiría allí, en el frío asfalto junto a Salinas.
Pero el hombre no levantó el arma. En su lugar, hizo algo aún más horrible. Asintió levemente. Un gesto casi cortés, como un saludo. Como diciendo: «Ya está. Ya limpiamos tu camino. Ahora sigamos jugando».
Luego, subió al SEAT, arrancó el motor —un ronquido bajo y potente— y el coche negro se deslizó por la calle, desapareciendo en la noche.
Lorena se quedó mirando el cuerpo de Salinas. Ya no se movía. Un charco oscuro y brillante crecía lentamente bajo él, reflejando la luz amarillenta de la farola.
No sintió alivio. Sintió cómo el vacío se abría bajo sus pies.
El monstruo acababa de matar a otro monstruo.
Delante de ella. Era un mensaje más claro que cualquier carta.
Un recordatorio de su poder y de su control.
Él decidía quién vivía y quién moría en su juego.
Y por ahora, había decidido que ella siguiera viva.
A lo lejos, se oyeron las primeras sirenas, atraídas por alguna llamada anónima .
Lorena miró el cuerpo, miró las sirenas que se acercaban, miró la boca oscura del callejón por donde había llegado. No podía quedarse allí. Sería la próxima acusada.
Empujada por un último impulso de supervivencia, se giró y echó a correr en dirección contraria a las sirenas.
No hacia ningún refugio, porque ya no lo había.
Corrió hacia la parte más oscura y olvidada del puerto, donde las sombras eran más densas y el olor a sal y podredumbre podía ocultar cualquier cosa. O a cualquiera.
Las sirenas se apagaron detrás de ella, llegando al lugar del crimen. Pero ella ya no estaba. Se había fundido con la noche, una fugitiva sin destino, acosada por un cazador que ya no necesitaba esconderse y perseguida por una policía que buscaría respuestas fáciles.
Lorena había desaparecido. Y la noche, indiferente, tragó su rastro.