El óxido y la sangre 16
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El viento de levante, un hijoputa con halitosis, escupía su aliento podrido desde el mar.

Marc caminaba por el vertedero de Tino con las manos en los bolsillos de la cazadora robada, sintiendo la mugre del lugar pegarse a la piel.

Montañas de chatarra oxidada, neumáticos reventados, electrodomésticos despanzurrados como vísceras de un mundo que cagó en exceso.

El sitio perfecto para esconder secretos.

O para que un tipo como Tino los traficara.

Tino, el viejo argentino con cara de mapa de rutas rotas y ojos que habían visto desaparecer gente en fondos de río y maleteros de coche, estaba sacándole las tripas a un Citroën con sus dedos llenos de cicatrices y grasa. Al ver a Marc, escupió un gargajo negro al charco de aceite a sus pies.

—Otra vez vos, pibe. ¿No te dije que no volvieras?

—Necesito más, Tino. Lo que me contaste del Dodge me sirvió, pero no es suficiente.

—Nada es suficiente para los que buscan problemas. ¿Trajiste plata?

Marc le entregó un billete delgado, sudado. Tino lo alzó a la luz gris, lo olió, y se lo guardó en el delantal.

—Hablá, entonces. Pero rápido.

—El Dodge ya sé que se mueve por el camino del faro. Sé lo de los guantes. Sé que quien lo maneja no es un cualquiera. Pero necesito más. Algo nuevo. ¿Has preguntado por ahí? ¿Ha vuelto a aparecer?

Tino se quedó quieto. Sus ojos se posaron en Marc como los de un perro viejo que huele peligro .

—Pregunté. Y casi me arrepiento. Hay cosas que es mejor no saber, pibe.

—Dímelas.

El viejo miró hacia los montones de chatarra, como si las paredes de hierro escucharan.

—Mi primo, el que hace chapuzas en el depósito municipal, me contó algo. Ese Dodge desapareció de la circulación después del segundo o tercer crimen. Lo tienen guardado allí, recogido. Pero la policía no hizo nada, no salió en los papeles. Como si lo hubieran escondido a propósito.

—¿Y?

—Que ya no es el único coche. La semana pasada, yo mismo lo vi.

Un SEAT 1500. Viejo, negro, de esos que parecen un ataúd con ruedas.

Cristales tintados. Saliendo de la nave de Montesinos, en el puerto.

El tipo de la constructora. El que está en el periódico robándose la costa, antes era juez, por eso tiene a la policía comprada.

Entra y sale de allí como si fuera de la familia.

Marc lo miró, el cerebro tratando de procesar el giro.

—¿Montesinos tiene un SEAT 1500?

—No sé si es suyo, o lo tiene alguien que trabaja para él. O que le hace favores. El coche fantasma, el Dodge, eso ya es leyenda vieja. El SEAT es el monstruo nuevo.

Las piezas no solo encajaban. Estaban formando una imagen que quemaba.

—El camino del faro. ¿El SEAT también va por ahí?

—No lo he visto. Pero si el Dodge iba, y son la misma gente… el SEAT irá. Son la misma basura con distinto disfraz.

—Gracias, Tino .

—No me des las gracias. Y ahora sí, no vuelvas más. Si ese tipo descubre que hablé, no le va a temblar el pulso para dejar nuestro cadáver entre esta chatarra. El tuyo y el mío.

Marc se alejó con el viento empujándolo como una maldición. No solo había un coche fantasma del pasado. Había un relevo. Y el nuevo tenía el rastro de un constructor corrupto, dinero y policía comprada.

La casa de Marisa: desinfectante de pino, perfume de puta y derrota.

Lorena estaba en un cuarto que era más un armario que una habitación, escuchando los sonidos del edificio: toses, tuberías que gemían, el viejo del 2B gritando consignas del franquismo en mitad de la noche.

Tenía una navaja de muelle bajo la almohada. Era su abrazo frío.

Marisa le había dado las reglas: no preguntes, no abras. Si vienen los polis, a escapar por la ventana del patio. Lorena asintió. Lo entendía. En el mundo de los desesperados, los favores eran la única moneda que valía algo. Y las deudas te podían llevar a la tumba.

Pasó las primeras horas inmóvil, cartografiando los ruidos. Hasta que el ruido cambió.

Un rasguño fino, metálico, en la ventana alta que daba al patio de las basuras. No era un gato. Era herramienta. Metal contra madera podrida.

Lorena se incorporó, el corazón helado. La franja de luz de la farola se torció. Algo tapaba la ventana. Un golpe sordo. Un craaaack . La madera cedía.

Se lanzó de la cama, agarró la navaja. El chasquido al abrirla sonó como un disparo en el silencio .

La sombra estaba ya en el alféizar, grande, ancha de hombros, recortada contra el cielo sucio. Bajó al suelo con un ruido suave. Llevaba algo en la mano. Algo corto, personal.

La sombra observó la oscuridad. Sus ojos se clavaron en la esquina donde Lorena temblaba.

La vio.

Dio un paso. Lento. El objeto en su mano brilló débilmente.

—No —logró decir Lorena, un susurro roto.

La sombra alargó el brazo.

Y entonces, una voz áspera desde el pasillo:

—¡¿Quién anda ahí?! ¡Lorena, ¿estás bien?!

Marisa.

La sombra se detuvo. Dudó. Miró a Lorena, luego hacia la puerta. Con un gruñido, retrocedió y salió al pasillo, fundiéndose con las sombras justo cuando Marisa aparecía en el umbral, blandiendo una llave inglesa.

—¡Lorena!

Señaló la puerta, temblando. Marisa maldijo, corrió, abrió la puerta de la calle, gritó a la noche. Volvió jadeando.

—Se ha ido. No he visto nada.

Lorena dejó que el temblor la recorriera entera. La navaja cayó al suelo con un tintineo y las lágrimas en silencio.

No era paranoia. Había entrado. Y no había venido a matarla. Había venido a demostrar que podía.

Marisa cerró la ventana a golpes, clavó una silla bajo el pomo. Gestos inútiles. La línea estaba cruzada. El refugio, violado.

—No puedes quedarte —dijo Marisa, encendiéndose un cigarrillo con manos que apenas temblaban—. Si te encontró aquí, te encontrará en cualquier lado. Pero hay un lugar. La casa de mi tía Remedios. Es una vieja amargada, pero no pregunta.

Lorena asintió. No tenía opciones. Empaquetó sus cuatro cosas en la bolsa de plástico. Al salir, miró la ventana forzada. El agujero negro parecía una boca riendo.

En la calle, la noche era un cómplice húmedo. Caminaron rápido, por callejones traseros, evitando farolas. La casa de la tía Remedios era un bloque que se sostenía por puro rencor. Subieron al tercero. La vieja les abrió. Sus ojos parecían dos huevos pasados por agua.

—Puede quedarse —dijo, sin sonreír—. Pero no traiga problemas. Los problemas hieden.

Le dio un cuartucho al fondo del pasillo.

Lorena se tiró en la cama dura, escuchando el tictac obsesivo de un reloj de cuco.

Dos días pasó así. Sopa insípida, pan duro, silencio espeso.

Al tercer día, Marisa subió con el correo.

Un sobre pequeño, blanco, sin remite. Dirigido a Lorena Duarte.

En la dirección, alguien había tachado la calle del Azufre y escrito, con letra pulcra, la nueva dirección.

—¿Le diste esta dirección a alguien? —preguntó Marisa.

—No —susurró Lorena.

El sobre era de papel grueso, caro. Lo abrió con dedos torpes. Dentro, una hoja. La misma letra inclinada, meticulosa.

«Esta ciudad es un cementerio. Y tú vas a ser mi epitafio».

Lorena leyó la frase una y otra vez. No era una amenaza. Era una declaración. Él no quería solo matarla. Quería que su muerte fuera su firma final. Su obra maestra.

Un sonido entre hipo y gemido le salió de la garganta. El papel cayó al suelo. Miró la ventana, la cortina de crochet de la tía Remedios. Tan fina como el papel de fumar. Cualquiera podía estar al otro lado.

¿Cómo había encontrado esta dirección? Solo Marisa y la vieja lo sabían. A menos que la hubiera seguido. Habría esperado, paciente, en la oscuridad. Habría visto la luz encenderse en el tercero. Y luego, esperó unos días, para que se sintiera casi segura, antes de mandar el recordatorio.

Era inteligente. Metódico. Un arquitecto del horror.

Lorena recogió el papel, lo apretó contra su pecho. El miedo estaba allí, el animal familiar royéndole las entrañas. Pero por debajo, algo nuevo surgía: una rabia fría, silenciosa. No quería ser el epitafio de nadie.

Se acercó a la ventana, corrió la cortina un centímetro. Afuera, la vida normal, indiferente. En alguna sombra, él estaría mirando. Satisfecho. Creería que la había quebrado.

Apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula.

«Mi epitafio», decía.

«Pues vente a escribirlo, cabrón», pensó. «Pero trae tu mejor pluma. Porque yo no voy a ser el final de tu historia. Voy a ser el principio de tu fin».

Dobló el papel, lo guardó bajo el colchón. No lo tiraría. Sería su recordatorio. Su motivo.

Afuera, la ciudad-cementerio esperaba. Y ella, por primera vez, decidió que si iba a ser una lápida, sería la que le cayera encima a él.

Marc estaba en el taller de Mecánicos Pérez, bajo la luz sucia de un flexo. Sobre la mesa, sus herramientas: una llave inglesa larga, una navaja de carpintero, un tubo de acero corto. No eran armas. Eran votivos a un dios del desastre que sentía acercarse .

Encendió un Ducado. El humo se mezcló con el olor a aceite. Pensó en Lorena. La sentía corriendo, escondiéndose, tan atrapada como él. Dos animales en la misma jaula, oliendo el mismo miedo.

Tino le había dado el dato clave: el SEAT 1500 negro salía de la nave de Montesinos.

El constructor. El que se robaba la costa a plena luz.

Si el asesino trabajaba para él, entonces todo encajaba: la impunidad, el dinero, la policía mirando para otro lado.

El monstruo no era un loco suelto. Era un empleado de lujo.

Marc guardó las herramientas en una bolsa de tela vieja. No iba a buscar pelea. Pero si la pelea lo encontraba, ya no iba a salir corriendo.

Salió a la noche. La bolsa colgaba pesada de su hombro. El camino del faro lo esperaba. Y el SEAT 1500 negro, también.

Lorena no podía dormir. Cada crujido del edificio era un paso acercándose. Tenía la navaja en la mano, el filo frío contra la palma. Marisa había salido a hacer un recado, prometiendo volver antes del toque de queda. El silencio era peor.