15
La comisaría apestaba a sudor de poli, café quemado y desesperanza barata. Lorena empujó la puerta. El corazón le daba martillazos en el pecho. Llevaba la mejilla hinchada por el golpe de Salinas, tapada con maquillaje barato que le escocía como una condena.
En el mostrador, un poli joven con cara de aburrimiento eterno tecleaba con un dedo en una vieja máquina Olivetti.
—¿Y tú qué quieres? —dijo, sin mirarla.
—Denunciar una agresión. Mi jefe. Salinas. Del Balandro Oxidado.
El poli alzó la vista, una sonrisa lenta y guarra le cruzó la cara.
—Ah, la estrella del puerto. Espera.
Se fue por el pasillo. Lorena se quedó ahí, notando las miradas de los otros maderos como manos sucias por su espalda. «La estrella, sí. La estrella de un firmamento de mierda».
Volvió López, con su gabardina y su sonrisa de tiburón.
—Lorena. ¿Otra vez por aquí? ¿Te ha gustado el trato?
—Salinas me ha pegado. En la cara.
—¿Pruebas? ¿Testigos?
—Estábamos solos.
—¿Parte médico?
—No.
—Claro —asintió López, como si todo encajara—. Tu palabra contra la de un respetable empresario. Muy creíble.
Lorena apretó los puños dentro de los bolsillos.
—¡Es un hijoputa! ¡Me obliga a... !
—¿A qué, Lorena? ¿A lo mismo que haces con tu novio el delincuente? ¿O cosas peores?
La humillación le subió caliente por el cuello. «Lo está haciendo sobre mí. Sobre mi reputación».
—Es por la agresión —insistió, la voz quebrada.
—Mira, Duarte —López se inclinó, bajando la voz—, tú no estás para denunciar a nadie. Estás metida en una investigación de asesinato. Tu credibilidad es cero. Y vienes aquí, sin pruebas, a acusar a un ciudadano... ¿qué quieres que haga?
—¡Que me creas!
—¡Es que no puedo! —golpeó el mostrador. Lorena dio un respingo—. Mi trabajo son hechos, no los berrinches de una puta que se ha metido con quien no debía. ¿O es que te ha dejado tirada y quieres venganza?
«Venganza. Como si tuviera ese lujo».
—No es eso...
—Pues vete a casa. Y piensa bien tus movimientos. Porque la próxima vez que vengas, igual no te dejo marchar. Con lo de Sonia, tu mechero, tus discusiones... tenemos para tenerte un buen rato entre rejas. Solo para que no estorbes.
Las palabras le cayeron como una losa. No solo no la ayudaban. La amenazaban. Le recordaban que era prescindible. Culpable hasta que se demostrara lo contrario, y en su caso, nadie se iba a molestar.
Sin decir nada, dio media vuelta. Salió a la calle, la luz del día le impactó en los ojos.
Sintió una rabia tan inmensa e impotente que le faltó el aire.
Derrotada. Y furiosa. Furiosa con todos.
Pero sobre todo consigo misma por haber creído, aunque fuera un segundo, que alguien iba a tenderle una mano.
«Estamos solos. Marc y yo. Contra todos» .
La idea daba miedo, pero también liberaba. Porque si no iban a recibir ayuda, tampoco debían lealtad a nadie. Solo a sí mismos. Y a su instinto de supervivencia.
Se secó una lágrima de rabia y echó a andar. No tenía plan. Pero sí una certeza: si quería sobrevivir, tendría que hacerlo por sus propios medios. Y esos medios, lo sabía, iban a ser tan sucios como el infierno del que intentaba escapar.
Caminó sin rumbo. Las calles de Peñablanca le devolvían el eco de sus propios pasos como una burla.
El puerto, los bares, los callejones que olían a orines y pescado podrido.
Todo era el mismo decorado miserable, solo que ahora ella se sentía como un fantasma pegado al asfalto, transparente, ignorada.
Hasta que el rumor la alcanzó: una asamblea en el salón parroquial.
Vecinos indignados. Alguien haciendo algo.
La palabra «algo» le sonó a hueco, pero era más de lo que tenía.
Cualquier sitio era mejor que su propia cabeza.
La siguió el murmullo, primero lejano, luego un zumbido grueso que salía por las rendijas de la puerta de madera. Lo que la esperaba no era consuelo.
El salón parroquial, un nido de rabia fermentada. Lorena se coló al fondo, envuelta en su chaqueta, buscando una cara que no fuera de odio. No la encontró.
Un tío con bigote y camisa apretada golpeaba una silla con una llave inglesa.
—¡Queremos más policía! ¡Que hagan su trabajo!
Gritos de aprobación. Sobre todo de los viejos, los que recordaban un orden que nunca existió.
—¡Esa policía no sirve para nada! —gritó una mujer con pelo corto y ojos que echaban chispas—. ¡Son los mismos que pegaban en las huelgas! ¡Esto lo hacen para justificar más represión!
—¡Que te calles, roja de mierda! —le espetó otro desde la primera fila.
Marc, en la puerta, dio una calada a su Ducado. «Mismas consignas, diferente basura. Todos usando a las muertas. Todos buscando un enemigo político donde solo había un hijoputa con un cuchillo».
—¡Nos ocultan datos! —gritó otro—. ¡Quieren que cunda el pánico!
—¡Claro, para pedir su protección! —añadió otro—. ¡La vieja táctica!
El del bigote, rojo de ira:
—¡Hay un asesino suelto y vuestros rollos ideológicos nos van a matar a todos!
La cosa se calentaba. Las caras se acercaban, los dedos se señalaban. Dos tíos se empujaron. Uno, un obrero con manos como palas. El otro, un estudiante con gafas.
—¡Facha!
—¡Rojo de mierda!
Empujón más fuerte. La silla cayó. Alguien gritó. De repente, era un maremágnum de cuerpos forcejeando, insultos volando, mujeres gritando. El cura que intentó poner paz recibió un codazo y se dobló tosiendo.
Marc apagó el cigarro en la pared. Le recordaba a las fotos del 75. La misma tensión, la misma sensación de que todo podía estallar. Pero ahora era solo rabia. Rabia sorda, sin dirección, buscando un culpable en el de al lado porque el de verdad era invisible.
Vio a Lorena al fondo, pálida, apretándose contra la pared. Sus ojos se encontraron. En los de ella vio el mismo asco, la misma certeza de que todo aquello era un circo. Un circo donde ellos, los de abajo, eran a la vez los payasos y el público.
—¡Que viene la poli! —avisó alguien.
Dos policías municipales aparecieron en la entrada, con cara de pocos amigos.
—Disuélvanse. O los llevamos a comisaría.
La gente empezó a salir. Murmurando. Miradas de odio cruzadas. El del bigote recogió su llave. Una mujer se ajustó la chaqueta. El estudiante se limpiaba la sangre de un labio roto.
Nada había cambiado. Nada se había solucionado. Solo más rabia acumulada, más heridas abiertas.
Marc salió tras la multitud. El aire de la noche no traía respuestas. Mientras los vecinos se peleaban por ideologías, el tipo del Dodge Dart, R.L.G., quienquiera que fuese, seguía suelto. Cazando. Y Lorena seguía siendo su blanco.
Esa no era su guerra. Su guerra era más sucia, más personal. Y se libraba en la oscuridad, no en un salón parroquial lleno de gente que prefería gritar al de al lado que enfrentarse al monstruo que tenía en casa.
La noche se impuso con su aroma a orines y salitre. Lorena subió las escaleras de su pensión con las piernas pesadas, cada escalón un suplicio. El eco de los gritos todavía le retumbaba en los oídos, mezclado con el sabor amargo de la humillación.
En su puerta, algo blanco en el suelo. Un sobre. Marfil, limpio, incongruente en la mugre del rellano. No tenía nombre. Solo ahí, deslizado como una serpiente de papel.
«Otra factura. O publicidad. O una nota de Salinas» .
Pero algo en la pulcritud del sobre le heló la sangre. No era el papel arrugado de antes. Esto era distinto. Más formal. Más siniestro.
Lo cogió con dedos que temblaban. Algo duro dentro. Abrió la solapa con la uña, desgarrando un poco el borde.
Dentro, no había nota. Solo una fotografía.
La sacó. Blanco y negro, granulada, como tomada con teleobjetivo desde lejos. Pero no era de lejos. La perspectiva era... íntima. Demasiado íntima.
Era ella.
Caminando sola por el muelle de los barcos pesqueros, donde encontraron a la quinta. Vaqueros desgastados, chaqueta de cuero sintético. Cabeza gacha, pelo recogido de cualquier manera. Pequeña, frágil, perdida en el encuadre.
Pero lo que le quitó el aire fue la proximidad.
La foto estaba tomada desde tan cerca que se veían los detalles de la hebilla de su cinturón, la textura de la chaqueta, la curva de su nuca.
Como si el fotógrafo hubiera estado a unos metros, respirando sobre ella, siguiéndola paso a paso en la oscuridad.
«Dios. Estaba ahí. Justo detrás».
Recordó la sensación. Esa noche. Picor en la nuca, había apretado el paso. Pensó que eran nervios, paranoia. Pero no. Era él. Con una cámara. Capturando su imagen, su soledad, su miedo. Añadiendo otra pieza a su colección.
Volteó la foto. Nada. Solo el blanco frío del dorso. Pero al sostenerla contra la luz de la bombilla, vio algo en el ángulo inferior izquierdo. Un reflejo. Un destello de metal. Un fragmento de un guardabarros... gris. Como el del Dodge Dart.
Un temblor incontrolable la recorrió. Dejó caer la foto como si quemara. No era una advertencia. Era un alarde. Una demostración de poder. «Mirad lo cerca que puedo estar. Mirad cómo la sigo. Cómo la estudio. Cómo la poseo, aunque todavía no la haya tocado».
Se llevó las manos a la boca para ahogar un grito. Miró la puerta, luego la foto en el suelo. Su propia imagen, congelada en vulnerabilidad absoluta, la miraba desde el suelo sucio. Se sintió desnuda. Violada. Expropiada.
Corrió a la puerta, echó el cerrojo y la cadena. Luego arrastró una silla bajo el pomo. Pero sabía que era inútil. Las cerraduras no servían contra un fantasma que podía colarse en su vida, en sus rutas, en su intimidad, sin abrir una puerta.
Se desplomó contra la pared, mirando fijamente la foto desde la distancia. Ese trozo de papel era peor que la nota. Era la prueba de que ya no había distancia entre ellos. De que el cazador no solo estaba en su territorio, sino que se movía a su lado, invisible, respirando el mismo aire.
Y lo peor de todo era el mensaje no escrito, más claro que cualquier palabra: «Tu vida ya es mía. Solo estoy decidiendo cuándo cobrarla».