El óxido y la sangre 14 #2
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La trastienda del Balandro Oxidado era territorio de dominación.

Salinas cerró la puerta con un golpe seco, cortando el murmullo del bar como quien cierra una tapa de ataúd.

Lorena se quedó de pie, junto a una pila de cajas de botellas vacías, sintiendo cómo el miedo le trepaba por la espalda. Sabía qué venía. Siempre lo sabía.

—Los tiempos están jodidos, Lore —dijo Salinas, apoyándose contra la mesa con los brazos cruzados. Su sonrisa era una grieta fina y peligrosa—. La clientela baja. La policía asusta a la gente. Hay que buscar... ingresos alternativos.

Ella no dijo nada. Miró una mancha de humedad en la pared, intentando desaparecer.

—Tienes un turno especial esta noche —continuó él, como si estuviera anunciando el menú del día—. Un cliente. Hombre de negocios. De los que pagan en efectivo y no hacen preguntas.

—No —la palabra le salió de la boca antes de que pudiera detenerla, pequeña y débil, pero clara.

La sonrisa de Salinas se desvaneció.

—¿Perdona?

—He dicho que no —repitió, levantando la mirada—. No voy a hacer más... turnos especiales.

Salinas se rio, un sonido seco y falso.

—¿Te crees que es una opción, preciosa? Esto no es una democracia. Esto es un negocio. Tú eres un activo. Mi activo.

Se acercó a ella, despacio, como un gato jugando con un ratón.

—El cliente es importante. Tiene contactos. Y paga el triple. Con eso tapamos agujeros esta semana. Así que te vas a poner guapa, vas a sonreír, y vas a hacer lo que te diga. Como siempre.

—No —volvió a decir Lorena, apretando los puños. Sentía las uñas clavándose en las palmas—. Ya basta, Salinas.

Él paró justo delante de ella. Su aliento, a anís y tabaco negro, le golpeó la cara.

—¿Basta? ¿Basta? —su voz era un susurro venenoso—. Nada basta hasta que yo diga que basta. Te recuerdo que no me debes dinero, puta ingrata. Me debes el silencio.

Lorena contuvo la respiración. Él sonrió al ver el pánico reconocible en sus ojos.

—Te debes a mí desde aquella primera noche.

Cuando eras solo una cría asustada que buscaba trabajo.

Te ofrecí una copa. Te ofrecí ayuda. —Su voz bajó hasta convertirse en un zumbido sórdido—.

Y luego te ofrecí a mis amigos. Las fotos que tenemos, Lore...

no son de una camarera borracha. Son de una zorra que eligió el camino fácil.

Y yo tengo los negativos. Siempre los tendré.

El suelo pareció abrirse bajo los pies de Lorena.

Aquel recuerdo, sepultado bajo capas de vergüenza y supervivencia, emergió intacto: la bebida amarga, la habitación oscura del piso de arriba, el flash de la cámara cegándola mientras las manos de varios hombres la sujetaban.

Y la sonrisa de Salinas desde la puerta, diciéndole que ahora eran «socios».

—Si sales por esa puerta —escupió Salinas, señalándola con un dedo—, no solo te echo a la calle.

Envío una copia de esas fotos a la comisaría.

Con una nota anónima diciendo que ofreces servicios especiales a cambio de información sobre el caso.

Y otra copia a ese chusquero de Marc, a ver si sigue queriendo salvar a una puta que se acuesta con medio barrio por unas pesetas. ¡Verás cómo te va entonces!

Lorena se llevó la mano a la boca, ahogando un gemido. No era solo una amenaza. Era la destrucción total de la frágil identidad que le quedaba. Sería la acusada, la chivata, la prostituta loca. Se lo creerían todo.

—Vete al infierno —logró decir, con la voz ronca por el llanto y un odio que de pronto la inundó por completo.

Antes de que Salinas pudiera reaccionar, se abalanzó hacia la puerta, forcejeando con el picaporte. Él intentó agarrarla del brazo, pero ella se soltó con un tirón brutal, sintiendo cómo la tela de su manga se rasgaba.

—¡Si sales por esa puerta, no vuelvas! —gritó él—. ¡Y te juro que esas fotos estarán en todas partes antes de que amanezca!

Pero ella ya estaba al otro lado, corriendo a través del bar vacío, esquivando mesas y sillas, mientras las lágrimas no de miedo, sino de rabia pura, le cortaban caminos de limpieza en el maquillaje corrido.

Empujó la puerta de la calle y se lanzó a la noche, al aire frío que le quemó la mejilla donde él no había llegado a golpearla, pero donde la marca de su poder llevaba años grabada a fuego.

Corrió sin saber adónde, con los pulmones ardiendo y el sabor a sal y libertad amarga en la boca.

Salinas. Las fotos. La policía. El asesino.

Todos. Todos eran carceleros de una prisión diferente.

Pero por primera vez, había saltado el muro.

Y aunque al otro lado solo hubiera oscuridad y lobos, era una oscuridad que ella había elegido.

Se detuvo en un callejón oscuro, jadeando, apoyando las manos en las rodillas.

El pánico intentaba regresar, el miedo a las imágenes que Salinas podría esparcir.

Pero algo más fuerte lo mantenía a raya: la certeza de que, de alguna manera, aquella huida era la primera verdadera decisión de su vida.

Había quemado el puente que la unía a su propia vergüenza.

Se dejó caer contra la pared fría, deslizándose hasta el suelo. La derrota no era un peso ahora. Era un vacío listo para ser llenado. Estaba en manos de los lobos, sí. Pero por primera vez, también tenía los dientes sueltos.

Miró sus manos, temblorosas aún, y pensó: «Toda mi vida me han dicho lo que valgo.

Salinas le puso precio. Mi tía le puso intereses.

El asesino le ha puesto un plazo. Pero esta noche, por primera vez, el precio lo pongo yo.

Y es más barato de lo que creían. Cuesta solo la piel que estoy dispuesta a perder».

Respiró hondo, el aire frío quemándole los pulmones como un bautismo. La rabia ya no hervía; se asentaba, densa y pesada, en el fondo del estómago. Un mineral útil. Un arma por forjar.

Se levantó. Las piernas ya no le temblaban.