El óxido y la sangre 14
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La pensión estaba habitada por los fantasmas de todas las cagadas de Lorena.

Estaba sentada en el borde de la cama, intentando que le temblaran menos las manos, cuando llamaron a la puerta.

No era el golpe seco de Salinas, ni el rasguño nervioso de Marc.

Era un golpecito débil, casi tímido, seguido de un carraspeo fingido. Solo una persona llamaba así.

Abrió. Su tía Carmen estaba en el umbral, con un abrigo pasado de moda y la misma mueca de desaprobación congelada en la cara desde aquel lejano funeral. Traía una bolsa de tela con la parte de arriba doblada con exagerado cuidado. No sonreía.

—Tuve que venir —dijo, entrando sin esperar una invitación. Sus ojos escanearon la habitación como un tasador de subastas viendo chatarra—. Con todo lo que está pasando, pensé que al menos debería verte. Tu madre, que en paz descanse, se revolvería en su tumba.

—¿Qué quieres, tía? —Lorena cerró la puerta y se apoyó contra ella, cruzando los brazos. Sabía que esa visita no era por cariño.

—¿No puedo preocuparme por mi única sobrina? —Dejó la bolsa sobre la mesa de fórmica con un ruido seco—. Te traje algo. No puedes vivir del aire, aunque tú siempre lo has intentado.

Lorena no miró la bolsa. Sabía lo que habría dentro. Un bote de garbanzos caducados, tal vez un trozo de queso duro. La caridad como una factura pendiente.

—Estoy bien .

—¡No estás bien! —La voz de Carmen subió de golpe, pero no había miedo genuino, solo esa rabia estridente de quien cree que el mundo le debe algo—. ¡Están matando mujeres, Lorena! ¡Mujeres como tú!

«Mujeres como tú». Las palabras quedaron flotando. Mujeres solas. Mujeres de dudosa reputación. Mujeres cuyo valor se medía en pesetas y favores.

—Lo sé, tía. No necesito que me lo recuerdes.

—Pues quizá sí —Carmen se acercó, y en sus ojos Lorena no vio miedo, sino algo más calculador—. Porque esto no es solo cosa de locos sueltos. Esto viene de aquí adentro. Del barrio.

Se sentó en la única silla, ajustándose el vestido como si la pobreza fuera contagiosa.

—La gente habla, Lorena. Y no solo del asesino.

Hablan de cosas viejas. De secretos que todos hemos enterrado.

—Alzó la mirada, y sus ojos brillaron con una lucidez avara—.

Aquí todos tenemos algo que esconder. Todos.

Y este monstruo… está removiendo la porquería.

Como si alguien hubiera levantado una piedra y ahora todo lo podrido está saliendo a la luz.

«Aquí todos tenemos secretos».

La frase le cayó encima como una losa, pero Lorena notó el tufo a segunda intención.

—¿Y a ti qué te importa? —preguntó, con la voz fría.

—¡Eres familia! —Carmen se levantó, agitada, pero su mirada iba directa al bolso de Lorena, colgado de una silla—.

O eso era antes de que te fueras por ese camino.

Tu madre, Dios la tenga en su gloria, se partió el lomo para darte educación.

Y mira dónde terminaste. En esta pocilga, rodeada de alimañas .

—¿Viniste solo a decirme eso?

—Vine a advertirte —dijo, bajando la voz a un susurro áspero—.

El carnicero, el que siempre te sonríe… ¿sabes lo que le hacía a su mujer antes de que se largara?

El del quiosco, ese tan callado… ¿sabes por qué tiene esa cicatriz en la mano?

—Hizo una pausa teatral, mordiéndose el labio—.

Hasta ese Salinas tuyo… ¡es un pájaro de cuidado!

—¿Salinas qué? —Lorena dio un paso al frente.

—Nada. Olvídalo —Carmen cogió el bolso, pero no para irse, sino para acercarse más—. Solo piensa, niña. Con todo este jaleo, la policía husmeando, la gente con los nervios de punta… es buen momento para arreglar cuentas pendientes. Para sacar cosas a la luz que a algunos no les conviene que salgan.

Lorena la miró fijamente. Entendió el juego.

—¿Cuentas pendientes como cuáles, tía?

—Como el pequeño préstamo que yo le hice a tu madre, que en paz descanse, poco antes del accidente —dijo Carmen, sin pestañear—.

Una cantidad modesta. Pero con los tiempos que corren, una mujer como yo necesita seguridad.

Y tú, bueno… ahora que estás metida en líos con la policía, con ese tal Marc, con Salinas…

no estaría mal que saldaras esa deuda familiar. Por si las cosas se ponen feas para mí.

Ahí estaba. La visita no era por preocupación. Era un cobro disfrazado de advertencia.

—No tengo dinero.

—Pero podrías conseguirlo —Carmen sonrió, una grieta fina y seca—.

Una chica lista como tú, con los contactos que debe tener…

Podrías hacer que ciertas conversaciones no llegaran a oídos equivocados.

O que llegaran, si es que a alguien le conviene silenciarlas.

Yo solo pido lo que es mío. Un diez por ciento de cualquier… arreglo que puedas hacer.

Lorena sintió un vacío en el estómago. No era miedo. Era asco.

—Sal de aquí.

—Piénsalo, Lorena —dijo Carmen, abriendo la puerta—. Los secretos son moneda corriente ahora. Y yo tengo varios en el bolsillo. Algunos tuyos. Así que, ya sabes… limpia este cuarto. Huele a miseria.

Salió, cerrando la puerta sin hacer ruido. Lorena se quedó inmóvil, no por la emoción, sino por la ira sorda que le hervía en las venas. Su propia familia era otra sanguijuela. Otro depredador.

Miró a su alrededor. Las cuatro paredes mugrientas ya no eran solo una prisión. Eran un mercado negro de secretos, donde hasta la sangre se vendía al mejor postor. Y ella era la mercancía.

Se acercó a la ventana y vio a Carmen alejarse por la calle, ajustándose el bolso con avaricia. Gente normal. Vida normal. Pero ahora cada rostro le parecía una máscara detrás de la cual solo había hambre. Hambre de dinero, de poder, de salvarse a costa de otros.

El asesino ya no era una sombra abstracta.

Era el síntoma de la misma podredumbre que tenía a su tía husmeando como un buitre.

El monstruo no había venido de fuera. Había salido de las propias entrañas del barrio.

Y ahora respiraba entre ellos, oliendo a perfume barato y a deudas impagas, esperando su momento.

Y ella, atrapada en medio, sin un solo aliado real .

La carretera del faro era una culebra herida, serpenteando por los acantilados con el asfalto agrietado y las barreras oxidadas como costillas rotas.

Marc la recorría a pie, con el viento escupiéndole sal y amenazas.

Cada curva era un riesgo. Un lugar perfecto para que un Dodge Dart gris apareciera de la nada.

«Donde no va ni el guardia más perdido».

Encontró el desvío: un camino de tierra casi borrado por la maleza. Y allí, semioculta por pinos retorcidos, estaba la Vieja Casa del Faro. Tejado hundido y ventanas como cuencas vacías. La gente del pueblo la evitaba. Decían que estaba maldita.

La puerta principal estaba sellada con tablones podridos y un candado oxidado. Pero la puerta trasera, medio escondida tras un seto salvaje, no tenía candado. Solo un cerrojo simple, y las maderas alrededor del pomo estaban desgastadas, brillantes por el uso.

Empujó. La puerta cedió con un gruñido seco.

El interior era polvo, moho y comida enlatada.

Latas de atún y sardinas vacías, apiladas con un orden incongruente en un rincón.

En las paredes, junto a grafitis de siempre, había otros más recientes.

Marcas hechas con carbón o barro. Figuras torcidas, casi rituales. Como las de las fotos de prensa.

«No es solo un refugio. Es un santuario».

Las latas aún tenían restos de líquido. No llevaban ahí semanas. Días, tal vez.

Arriba, en una habitación vacía, había un colchón sucio en el suelo, manchado con algo oscuro. En la otra, sobre una caja de madera, encontró un trozo de tela. Azul oscuro, con un fino estampado de flores blancas. Lorena tenía una blusa así. Decía que le traía mala suerte .

«No. No puede ser».

Lo guardó en el bolsillo, junto al pañuelo sangriento con las iniciales R.L.G.

Al salir, el viento no logró limpiar el olor a podrido que ahora llevaba pegado a la piel. No era solo un escondite. Era un altar. Y conocerlo lo convertía no solo en un perseguidor, sino en un profanador.

Regresó al trastero que usaba como guarida. Clavó los trozos de tela en la pared de ladrillo visto: el pañuelo sangriento, el trozo de la camisa del asesino y el jirón de la blusa parecida a la de Lorena.

Debajo, extendió un mapa robado de Peñablanca, lleno de marcas hechas con rotulador negro.

Se pasó la mano por el pelo, grasiento. Los ojos, inyectados en sangre, no se apartaban de ese collage asqueroso.

«El Dodge Dart. La zona industrial. La casa del faro».

Su dedo índice, sucio, trazó una línea en el mapa. Desde la zona industrial, bordeando la ciudad por caminos secundarios, hasta enlazar con la carretera del faro. Una ruta tortuosa, llena de curvas y tramos abandonados. Una ruta perfecta para moverse sin ser visto.

—Es la ruta —masculló—. Usa la carretera del faro como su autopista privada.

Todo encajaba. El coche le daba movilidad. La zona industrial era un punto ciego. La casa del faro, su madriguera. Y la carretera era el hilo que lo unía todo.

Pero el quién seguía siendo un fantasma con iniciales.

—R.L.G. —escupió las letras al aire—. ¿Quién eres, cabrón?

Podía ser cualquiera. Un vecino. Un cliente del bar. Un poli. López mismo .

Miró los trozos de tela. La obsesión con Lorena era clara. El mechero, el pendiente, la blusa… el monstruo no solo quería matarla. Quería poseerla. Las otras mujeres eran ensayos. Ecos. Pero Lorena era la pieza central.

Cogió una lata de cerveza vacía y la lanzó contra la pared. El ruido metálico resonó en el silencio.

Sabía la ruta. Sabía los escondites. Lo único que no sabía era la cara. Y para sacarlo, necesitaba un cebo.

Solo había un cebo que funcionaría.

Lorena.

La idea le encogió el estómago. Usarla. Exponerla. ¿Se estaba convirtiendo en uno de ellos? ¿En un hijoputa que usa a la gente como moneda de cambio?

Se dejó caer pesadamente en el jergón. Estaba cerca. Lo sentía. Pero ese último paso era un abismo que no sabía si quería cruzar.