13 #3
La atrajo hacia sí. Con brusquedad. Con necesidad. Ella se hundió contra su pecho. Un cuerpo duro, lleno de cicatrices y tensión. Sudor y metal frío pegados a la piel. A la calle. A él. Ella enterró la cara en su cuello. Respiró. Por primera vez en días, respiró algo que no era puro terror.
No empezó como un beso. Empezó como un choque. Labios que buscaban confirmación de vida. De que aún estaban vivos. De que el calor existía. Fue desesperado. Sucio. Dientes chocando. Manos agarrando. Tirando de la ropa como si fuera una piel envenenada que hubiera que arrancar.
Cayeron sobre el colchón. Sin gracia. Un enredo de extremidades y jadeos. No había romanticismo. No había dulzura. Había hambre. Un hambre animal de contacto. De olvidar. De sentir algo que no fuera el hielo de la paranoia en las entrañas.
Él la miró a los ojos. En la penumbra sucia de la bombilla.
—Esto no cambia nada —gruñó. Una advertencia. Para sí mismo. Para ella.
—Lo sé —jadeó ella, arqueándose hacia él—. No quiero que cambie nada. Solo quiero no sentirme muerta. Por cinco minutos.
Fue una comunión de supervivientes. No de amantes.
Cada roce, cada mordisco, cada gemido ahogado era un clavo contra el ataúd que sentían cerrarse.
Era rabia convertida en caricia. Desesperación convertida en calor.
Era el único lenguaje que ambos dominaban a la perfección: el de los cuerpos destrozados que buscan consuelo en la única moneda que tienen.
Era torpe. Apresurado. A veces doloroso.
Pero era real. Más real que cualquier palabra de consuelo que pudieran haberse dicho.
La piel contra la piel. El sudor mezclándose.
Los latidos de dos corazones acorralados sincronizándose en un ritmo tribal, primitivo.
Un «estoy aquí» contra el «no estás sola».
Cuando terminó, no hubo éxtasis. Hubo un colapso. Un alivio profundo y pesado, como el hundirse en aguas cálidas después de un naufragio en un mar helado. Quedaron entrelazados. Jadeando. El aire cargado con el olor a sexo y a miseria compartida.
Lorena tenía la cara húmeda. No sabía si era sudor o lágrimas. Marc tenía un brazo alrededor de ella, la mano grande y callosa abierta sobre su costado, como anclándola a la realidad. A este mundo. A este colchón inmundo. A él.
Miró el techo de uralita. Una grieta serpenteaba sobre sus cabezas. Un patrón que le recordó a las venas en el dorso de una mano. Una mano que no era de Marc.
—La última vez que estuvimos así… —murmuró, y su voz sonó extraña, lejana—. Fue cuando me sacaste de allí. De la casa de mi tío.
Marc no dijo nada. Solo apretó el brazo a su alrededor. Un abrazo de oso. Un gesto que significaba «cállate, no revuelvas eso». Pero ella ya lo había revuelto.
—Llovía —continuó ella, como hablando en sueños—. Llovía a mares. Y tú conducías ese coche robado como si el diablo nos pisara los talones.
—No llovía —rectificó Marc, su voz un ronquido áspero en la oscuridad—. Era el limpiaparabrisas. Que no funcionaba bien. Chirriaba. Y tú no llorabas. Temblabas. Temblabas sin parar.
Ella cerró los ojos. Lo recordaba. El chirrido del cristal. El olor a miedo y a tabaco mojado dentro del coche. La sensación de que su vida, la podredumbre de esos años, se quedaba atrás en el retrovisor, chorreando.
—Y me dijiste que el mundo ya se había acabado hacía tiempo —susurró—. Que lo que hacíamos era sobrevivir entre las ruinas.
Él giró la cabeza hacia ella. Sus ojos, por una vez, no escaneaban amenazas. Solo la miraban a ella. Con una crudeza que era, en sí misma, una forma de verdad.
—Y aquí seguimos. Entre las ruinas.
Un silencio. Pero esta vez no era tenso. Era pesado. Cálido. Como una manta gruesa y sucia que los cubriera a ambos. La paz no era alegría. No era felicidad. Era el simple, brutal y milagroso cese del miedo. Un alto el fuego en la guerra privada de sus nervios.
Lorena sintió los párpados pesados. El cuerpo, exhausto de semanas de terror, claudicaba. Se acurrucó más contra él. Buscando el calor de su torso. El ritmo de su respiración. Era un peligro conocido. Un peligro que, en este instante, era el único refugio posible.
—Se va a acabar, ¿verdad, Marc? —susurró, ya medio dormida.
Él no contestó de inmediato. Su mirada se fijó en el pañuelo sangriento, allá en el rincón. En las iniciales del fantasma. Sintió el peso de la manta robada, allí en un montón, oliendo a su enemigo. Sintió el cuerpo de Lorena, confiado y rendido contra el suyo.
—Sí —mintió, con una suavidad que ni él mismo se conocía—. Se va a acabar.
Era una mentira necesaria. Una promesa de soldado para otro soldado en la trinchera, la noche antes del asalto. Sabía que el final se acercaba, pero no era paz lo que traía. Era la tormenta final. Pero esta noche, esta hora, este pedazo de falsa tregua, era suyo. Era de ellos.
Cerró los ojos. Dejó que la respiración de Lorena, al fin tranquila, lo arrullara.
Afuera, la ciudad seguía allí. Sucia. Pobre.
Asustada. El asesino seguía allí. Respirando en alguna oscuridad.
Pero aquí, en esta cueva de chatarra humana, habían encontrado una forma brutal y perfecta de decirse que no se rendirían.
Juntos. Como en los viejos tiempos. Hasta el final.
Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, ambos se durmieron sin soñar.