El óxido y la sangre 13 #2
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13 #2

Marc sorbió su café solo. Miró el líquido negro. Espeso. «Todos usando a las muertas. Como si fueran puntos en un debate». Recordó a Sonia. Su olor a ginebra barata. Y desesperación. Su cuerpo. Convertido ahora en un argumento político .

—¡Mentira! —gritó el de la boina—. ¡Esto es el fruto del libertinaje! ¡De la decadencia moral! ¡Hay que volver a los valores de siempre!

—¡Los valores de siempre son vuestra mierda de dictadura! —replicó el otro—. ¡Y mientras vosotros tiráis de banderitas, hay mujeres muriendo en las cunetas!

«Cunetas. Como en la guerra. Siempre la guerra». Marc apretó la taza. Ninguno de esos cabrones había visto un cuerpo destrozado. Ninguno había olido la sangre seca en un pañuelo. Para ellos, eran estadísticas. Munición.

El locutor de la radio cambió de tema. Ahora con un tono de falsa preocupación.

—…y en este clima de tensión, los asesinatos de mujeres aparecen como síntoma de una sociedad en crisis. Desde Madrid piden calma, mientras la extrema derecha alega que demuestra el fracaso del modelo…

—¡Que vengan los de Madrid a verlo! —escupió un viejo junto a la barra—. ¡A ver si con sus leyes de maricones arreglan esto!

Risas. Aplausos. Marc miró sus manos. Eran manos que habían golpeado. Que habían robado. Manos que ahora temblaban. Ligeramente. Manos que querían cerrarse alrededor del cuello de otro hombre. No debatir sobre él.

—Lo que hay que hacer —dijo el camarero, secando un vaso— es un escarmiento. Pillar a uno. Y que lo vea todo el mundo. Que se sepa lo que pasa con los que tocan a nuestras mujeres.

«Nuestras mujeres. Como si fueran ganado. Como si a Sonia alguien la hubiera reclamado alguna vez. Como suya. Antes de que la mataran» .

Marc dejó unas monedas en la barra. Se levantó.

El ruido lo estaba envenenando. Todas esas palabras grandilocuentes.

Todas esas banderas. Ocultaban la verdad simple: un hijoputa suelto.

Matando mujeres. Porque le daba la gana.

Y a nadie le importaban ellas. Solo les importaba usarlas. Para ganar una discusión.

—¿Ya te vas, Marc? —preguntó el camarero—. Siéntate, hombre, que esto se está poniendo bueno.

—Me da asco —masculló Marc. Y salió a la calle.

El aire frío le golpeó la cara. Como una bofetada de realidad. Afuera, la ciudad seguía igual. Sucia. Pobre. Asustada. Dentro del bar, era un campo de batalla de ideas. Fuera, era un matadero.

Caminó hacia el puerto. Hacia el olor a sal. Que al menos era honesto. Allí, entre la basura y la marea, no había discursos. Solo hambre. Solo miedo. Solo la seguridad de que, al final, todo se reducía a la ley del más fuerte. A un cuchillo. A una elección.

Él había hecho la suya. No iba a gritar consignas.

No iba a votar. Iba a cazar. Porque mientras los políticos usaban a las muertas para ganar poder, el asesino seguía libre, oliendo a perfume caro, añadiendo más números a su colección.

Y alguien tenía que pararlo. Aunque fuera un delincuente.

Aunque fuera basura. Porque al menos él, a diferencia de ellos, sí veía a las víctimas.

No como banderas. Sino como lo que eran: mujeres.

Que habían tenido la maldita mala suerte de cruzarse con un monstruo.

En una ciudad que prefería hablar de política. Que hacer algo para detenerlo .

Mientras Marc maldecía en el frío, Lorena ya había empezado a caminar. Sin rumbo. Las mismas calles, la misma jaula.

El frío de la noche se le había metido en los huesos.

Lorena caminaba. Sin dirección. Las calles vacías le devolvían el eco de sus propios pasos.

Como latidos de un corazón ajeno. Había pasado por la puerta de su pensión.

Ni siquiera había subido. Sabía lo que había dentro.

Silencio. Y miedo esperándola en cada sombra.

Entonces recordó. El trastero. El sitio de Marc.

No era un plan. Era un reflejo. El último lugar donde, quizás, no sería rechazada. Donde el miedo tenía otra cara. Una cara que conocía. Que había amado. Y odiado. Y necesitado.

Llegó a la callejuela. La fachada sucia. La puerta de metal verde, desconchada. Se detuvo. Temblando. No solo por el frío. Llamó. Con los nudillos. Un sonido débil, cobarde. Nada. Llamó otra vez. Más fuerte. Golpeando con la palma.

Oyó un movimiento dentro. Un gruñido. Pasos pesados. La puerta se abrió unos centímetros. Una rendija de oscuridad y el olor a tabaco rancio, a hombre solo.

Marc estaba allí. En ropa interior y una camiseta mugrienta. El pelo revuelto. Los ojos inyectados en sangre. De rabia. De insomnio. De la misma obsesión que la consumía a ella.

Se miraron. Un segundo eterno. Él la observó. Como hacía con todo. Buscando la trampa. La mentira. Lo que vio fue puro miedo. Pura derrota. Y algo se quebró dentro de él. La coraza de animal acorralado.

—Lorena.

Dijo su nombre. Solo eso. No una pregunta. Un hecho. Ella estaba ahí .

—No tengo a dónde ir —logró decir. La voz: un hilo roto.

Marc miró hacia la calle. Vacía. Pero la mirada era la de un hombre que ya no confía en los espacios vacíos. Asintió. Con un gesto seco. Abrió la puerta.

—Pasa.

Ella entró. Al agujero. Al trastero convertido en cueva.

Una bombilla pelada colgando del techo. Una cama improvisada con palés y un colchón delgado.

Latas de comida vacías. Pilas de periódicos.

Y en un rincón, sobre una caja, el pañuelo sangriento con las iniciales R.L.G. Extendido como un mapa de locura.

Ella lo vio. Lo señaló con la mirada.

—¿Es eso…?

—Sí —cortó él. No quería hablar de eso. Ahora no.

Se quedaron de pie. En el centro de la miseria. Dos fantasmas en la misma habitación. El silencio era grueso. Incómodo. Cargado de todo lo no dicho. De los años. De las heridas. De las noches que habían compartido cuando el mundo era igual de sucio, pero al menos la mierda era compartida.

—Como en los viejos tiempos —dijo ella al final. Una sonrisa torcida. Amarga.

Marc soltó un resoplido. Casi una risa.

—Los viejos tiempos fueron una basura, Lore.

—Sí —asintió ella, y un sollozo se le escapó. Roto. Incontrolable—. Pero al menos era nuestra mierda.

Y eso lo hizo. Rompió algo. La distancia. Los años. La rabia. Marc cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había cedido. Se acercó. No como un amante. Como un náufrago que ve a otro agarrarse al mismo tablón podrido .