El óxido y la sangre 13
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La paranoia le corría por las venas. En lugar de sangre.

Cada sombra en la pensión respiraba. Cada ruido en el edificio era un paso.

Acercándose. La nota bajo la puerta —«eres mía»— le había quemado las pupilas.

Le quemaba el cerebro cada vez que cerraba los ojos.

Ya no podía quedarse. Era meterse en tu propio ataúd. Y cerrar la tapa.

«Tengo que largarme de esta pocilga. Aunque sea una noche. Una».

Pensó en Marisa. Una de las chicas que limpiaba en el Miramar. Vivía en un piso compartido. Cerca de la estación. Un sitio anónimo. Gente yendo y viniendo. Donde podría pasar desapercibida. Se lo pidió con la voz hecha trizas.

—Oye, Marisa… ¿puedo quedarme en tu casa esta noche? Es que… tengo un problema.

Marisa. Mujer menuda. Ojos que habían visto demasiado. La miró. Lástima y cautela. Una mezcla agria.

—¿Problemas de los que traen a la poli, Lore?

—No, no… es que… mi casero. Me hace la vida imposible —mintió Lorena. La mirada se le fue a un lado. A una mancha en el suelo.

Marisa no se lo tragó. En esta ciudad, todos olían el miedo. A kilómetros.

—Es por lo del asesino. ¿Verdad? —susurró. Acercándose. Aliento a café barato—. Por lo que dicen… que te está buscando.

Lorena no pudo negarlo. Asintió. La vergüenza y el alivio. Dos perros peleando en su pecho.

—Solo una noche. Te lo juro .

Marisa miró hacia un lado. Y hacia el otro. Como si el aire pudiera escucharlas.

—Mira, Lore… tú y yo nos llevamos bien. Pero… —bajó la voz hasta casi desaparecer— mi compañera de piso, la Sandra… tiene un crío. Un niño pequeño. Y con lo que está pasando… no quiere líos. No quiere que… que el tipo ese te siga. Hasta nuestra puerta.

Las palabras. Cayeron como losas. «Que te siga». No era un rechazo personal. Era el miedo. El mismo miedo que había convertido la ciudad en una jaula de cristal. Donde todos se miraban. Con recelo. Preguntándose quién sería el siguiente. Y, sobre todo, quién podía atraer la desgracia. A su puerta.

—Entiendo —musitó Lorena. Dio un paso atrás. Como si le hubieran empujado.

—No es personal —se apresuró a decir Marisa. Un tono de culpa en la voz—. Pero es que… ya sabes. La Sandra dice que ahora mira dos veces por la mirilla. Antes de abrir. Y el niño… el niño tiene pesadillas.

Lorena asintió. Mecánicamente. No había nada que decir.

Se dio la vuelta. Se alejó por el pasillo del hotel.

Sintió la mirada de Marisa en la espalda.

Clavada. No era solo ella. Era la ciudad entera.

Una jaula paranoica. Puertas con doble vuelta de llave.

Miradas que te desnudaban. Buscando el estigma. El de la próxima víctima.

Caminó. Sin rumbo. Las calles familiares.

De repente hostiles. Cada farola. Un ojo.

Cada persona que pasaba. Podía ser él. O alguien que, como Marisa, la rechazaría.

Por miedo a contaminarse. Se sintió como un animal con una plaga.

Marcado. Al que todos evitaban. Para no contraer la misma enfermedad: la atención del monstruo .

Llegó a la plaza del mercado. Vacía. A esa hora.

Se sentó en un banco. Se abrazó a sí misma.

Para dejar de temblar. Desde allí veía las luces de las casas.

Ventanas iluminadas. Gente viviendo sus vidas.

Cenando. Viendo la tele. A salvo. Lugares donde no la querían. Donde su presencia era una amenaza.

«No tengo a dónde ir».

La realidad. Simple. Aterradora. Su pensión. Una trampa. Las casas de sus conocidos. Puertas cerradas. La ciudad. Una red de calles. Que siempre, siempre, conducían de vuelta. Al mismo infierno. O a uno nuevo. Con una cuerda de pescar. Esperándola.

Se levantó del banco. No había elección.

Volvería a su pensión. A la puerta con la cerradura floja.

A la ventana que no cerraba del todo. A la cama donde cada noche se acostaba preguntándose si sería la última.

Al menos allí, el peligro era familiar. Al menos allí, si venía a por ella, no arrastraría a nadie más. En su caída.

Echó a andar. Cada paso. Un latido de derrota. La jaula no tenía salida. Solo diferentes niveles de podredumbre. Y ella ya había probado todos. Ahora solo le quedaba esperar. Temblando en la oscuridad. A que el dueño de la jaula decidiera que era hora. De cobrar su pieza.

La zona industrial de Conserveras. Un páramo de chatarra oxidada y silencios rotos.

Marc caminaba entre esqueletos de maquinaria.

Los sentidos alerta. Como un animal en terreno enemigo.

El viento silbaba a través de los agujeros de las naves.

Un sonido que susurraba. «Aquí no. Aquí no deberías estar».

Había vuelto al descampado. Donde encontró el pendiente.

Esa pequeña joya de mal agüero. Durante días había dado vueltas al pañuelo sangriento.

Con las iniciales R.L.G. Un rompecabezas asqueroso.

Que no encajaba en ninguna parte. Pero el pendiente…

el pendiente era de Lorena. Y eso lo hacía personal.

De una manera que le quemaba por dentro.

Se agachó. Cerca de donde había estado la hoguera.

Removió cenizas frías con un palo. Nada.

Solo restos de latas. Plásticos derretidos.

Pero entonces. Su mirada se fijó en un parche de tierra.

Más blanda. Cerca de donde recordaba las marcas de neumáticos.

Se acercó. Se arrodilló. Y ahí estaban. Más frescas.

Más definidas. Las mismas marcas anchas.

El mismo patrón de la banda de rodadura.

Compatibles con un Dodge Dart. Compatibles con el coche del infierno.

«No son viejas. Son recientes. El cabrón ha vuelto».

Una descarga de adrenalina le recorrió el cuerpo. No era solo una pista. Era una confirmación. Este sitio no era un lugar cualquiera. Era un punto en su mapa. Un lugar al que volvía.

Siguió el rastro de las marcas con la vista.

Se dirigían hacia la parte trasera de la nave más grande.

Una estructura de ladrillo. Ventanas tapiadas.

Se acercó con cautela. Cada pisada. Un cálculo.

El olor era diferente aquí. Más denso. A aceite quemado.

Y… a algo dulzón. Como un perfume barato.

Intentando ocultar el hedor de algo peor.

La puerta trasera de la nave. Medio desprendida de sus goznes.

Marc la empujó lentamente. El chirrido del metal oxidado.

Sonando como un grito en el silencio. El interior.

Una catedral de sombras. Iluminada solo por los huecos del techo.

Pilas de cajas mohosas. Restos de cintas transportadoras… y en un rincón. Algo que no cuadraba.

Una manta. Vieja. Sucia. Pero doblada con un cuidado que no encajaba con el abandono del lugar. Y al lado. Un par de botellas de agua vacías. El envoltorio de un bocadillo. Alguien había estado aquí. No de paso. Esperando. Observando.

«Desde aquí se ve todo el descampado. Se ve la carretera. Se ve… por dónde viene la gente».

De repente. Se sintió expuesto. Como si los ojos del asesino estuvieran sobre él.

En ese preciso momento. Giró sobre sus talones.

Escudriñando la penumbra. Nada. Solo sombras.

Silencio. Pero la sensación no se iba. Era una picazón en la nuca.

Un instinto primal que le decía que estaba al borde. Del abismo.

«Estoy cerca. Demasiado cerca».

No era una especulación. Lo sentía en las entrañas. El tipo. R.L.G. Quienquiera que fuese. Usaba este lugar. Lo conocía. Y Marc estaba invadiendo su territorio. Jugando a un juego donde las reglas las ponía un psicópata.

Salió de la nave. Conteniendo la respiración. Las marcas de neumáticos. El escondite. La manta… todo encajaba. En un patrón de vigilancia. Paciencia. Este no era un loco que actuaba por impulso. Era un cazador metódico. Un hijoputa que estudiaba a sus presas. Que había estudiado a Lorena.

La rabia le hervía en la sangre. Pero ahora estaba mezclada con algo nuevo.

Una punzada de miedo. Frío. Racional. No por él.

Sino por ella. Porque cada paso que daba hacia el asesino.

Era un paso que el asesino ya había dado hacia Lorena.

Estaban en espejo. Corriendo el uno hacia el otro en la oscuridad. Y el punto de colisión. Era ella.

Recogió la manta. Un trofeo siniestro. El sudor y el tabaco del hombre se le pegaron a las manos. Su enemigo.

Al salir de la zona industrial. Supo que ya no había vuelta atrás.

Había cruzado una línea. Había olido el rastro de la bestia.

Y ahora no podía hacer otra cosa que seguirlo.

Hasta el final. Aunque el final lo matara a él primero.

Porque la alternativa —dejar que ese cabrón llegara a Lorena— era una rendición.

Que su orgullo de animal acorralado no podía aceptar.

El bar rumiaba cerveza agria y consignas de mercadillo.

La radio, encendida a todo volumen detrás de la barra, escupía las noticias.

Como descargas de un arma. El locutor, con voz de cirujano abriendo un cadáver, diseccionaba el «clima preelectoral».

UCD, PSOE, Alianza Popular… Nombres que a Marc le sonaban a ruido de fondo.

Como el tráfico. O los gritos de las gaviotas.

—…y desde la oposición critican la gestión de la oleada de crímenes. Señalando la incapacidad del gobierno de mantener el orden público…

Un tipo con una boina, con aliento de vino, golpeó la mesa.

—¡Claro que sí, coño! ¡Estos del PSOE quieren desarmar a la Guardia Civil! ¡Y luego pasa lo que pasa! ¡Qué quieren, que les llevemos las mujeres en bandeja a los rojos asesinos!

En la mesa de al lado. Un hombre más joven se levantó de un salto.

—¡Que te calles, facha de mierda! ¡La culpa es de vuestra policía franquista! ¡Son unos inútiles porque solo saben pegar a obreros! ¡Esto lo arreglan ellos mismos para dar miedo! ¡Para que volváis a votarles!