12 #2
Marc se levantó y salió del cuarto sin mirar atrás.
Las piernas le temblaban. De rabia. Una rabia fría y densa.
Al salir a la calle, el aire de la noche no le trajo alivio.
Solo la certeza de que estaban todos metidos en la misma cloaca.
López, el asesino, Salinas… todos jugando sucio.
Y él y Lorena, en el medio, usados como peones.
Caminó hacia su trastero, sabiendo que cada paso podía estar siendo observado.
La advertencia de López resonaba en su cabeza.
«Acabaréis mal los dos». No era una predicción.
Era una promesa. Marc sabía que, para sobrevivir, tendría que ser más listo, más rápido y despiadado que todos ellos juntos.
Incluso si eso significaba arrastrarse por la misma porquería que decían combatir.
Marc se desplomó sobre el jergón. Su vida entera había sido un camino de miseria hacia un final de miseria.
Cerró los ojos y dejó que los recuerdos le vinieran, como ratas saliendo de las cloacas. No eran recuerdos bonitos. Eran cicatrices.
«Tienes que ser el hombre de la casa ahora, Marc».
La voz de su madre, borracha y quebrada, cuando tenía doce años.
Su padre, un fantasma con olor a tabaco y a mar, se había esfumado una noche sin dejar más rastro que una deuda en la taberna y un vacío en el pecho de Marc.
«Los hombres no lloran, joder. Los hombres aguantan». Y él aguantó. Hasta que no pudo más.
«No puedo con vosotros, Marc. Con tu cara… me recuerdas demasiado a él». Quince años. Una maleta con dos camisas y un pantalón. La puerta de su casa cerrándose para siempre. La calle. El frío que se te mete en los huesos y se queda a vivir. «Sin pertenecer a nada. A nadie».
Aprendió rápido. Que un puñetazo a tiempo te evitaba tres.
Que una cartera bien sacada te daba para comer una semana.
Que la gente te mira como a un perro sarnoso, pero te respeta si les enseñas los dientes.
Trapicheos pequeños. Robos estúpidos. Cárcel.
Salir. Volver a empezar. Siempre la misma rueda de hámster, corriendo hacia ninguna parte.
Encendió un Ducado en la oscuridad. La punta naranja era el único punto de luz en la habitación. Como él. Un punto diminuto brillando en la oscuridad más espesa.
Y entonces lo pensó. De verdad lo pensó. No solo lo sintió en las entrañas, sino que lo vio con claridad, como un mapa del horror.
El asesino. Quien fuera. No iba a por mujeres cualquiera. Iba a por las frágiles. Las que se tambaleaban. Las que nadie echaría de menos. Como Sonia. Borracha, sola, endeudada. Como las otras. Prostitutas, marginadas, mujeres cuya desaparición sería solo un suspiro en el viento del puerto.
Y a los hombres… a los hombres como él. Los señalaba.
Los empujaba al agujero. Porque eran fáciles.
Porque eran prescindibles. Porque un tipo como Marc, con historial, sin familia, sin nadie que gritara su nombre, era el culpable perfecto.
Un hombre sin arraigo. Un árbol sin raíces que se puede arrancar de una patada.
«Somos la misma basura. Lorena y yo. Y todas ellas».
Lorena, con su tío borracho, su deuda con Salinas, su cuerpo usado como moneda. Él, con su familia rota, sus robos, su cara de delincuente. Eran el blanco perfecto. Porque el asesino no cazaba en la zona residencial. Cazaba en el muladar. Donde la carne es barata y está dañada.
Se rio, un sonido seco y amargo que se perdió en las paredes húmedas.
Toda su vida, luchando por no caer más bajo, por encontrar un pedazo de tierra firme en el fango, y al final, resultaba que su única identidad era ser víctima potencial.
Carne de cañón para un loco y chivo expiatorio para la policía.
Se levantó y se miró en el trozo de espejo roto que tenía clavado en la pared.
Rubio. Flaco. Cicatriz. Ojos grises. «El retrato robot de un desecho».
La ciudad lo había fabricado así. Lo había moldeado con hambre y golpes para que encajara perfectamente en el hueco del monstruo. O en el del culpable.
Pero ahora, sabiéndolo, algo se encendió dentro de él.
No era resignación. Era rabia. Una rabia fría y calculadora.
Si el asesino jugaba con los desarraigados, con los invisibles, entonces él, que era el rey de los invisibles, tenía una ventaja.
Conocía las cloacas. Sabía cómo moverse en la oscuridad.
Sabía lo que era no tener nada que perder.
Apretó el puño hasta que los nudillos le crujieron. El miedo se estaba transformando en otra cosa. En determinación. El asesino quería jugar a ser Dios con la gente de abajo. Pues iba a descubrir que hasta la basura, cuando se amontona, puede ahogarte.
Salió del trastero y miró hacia las luces lejanas de la ciudad.
Allá arriba, en Villa Humberta, la gente viviría sus vidas limpias, a salvo.
Aquí abajo, en el puerto, era la jungla.
Y él ya no iba a ser la presa. Iba a ser el cazador.
Un cazador de su propia especie, porque para atrapar a un monstruo que se alimenta de despojos, tienes que pensar como uno. Y él llevaba toda la vida practicando.
El rumor llegó con el olor a pan recién hecho de la mañana. Un contraste asqueroso que hizo que a Lorena le dieran ganas de vomitar el café aguado que se estaba tomando en la barra del Balandro Oxidado. Dos estibadores que venían de madrugada lo soltaron como quien tira un mechero al suelo.
—¡Otra, joder! ¡Encontrada en el muelle de los barcos pesqueros!
—¿Otra qué? —preguntó Salinas, sobrio y malhumorado como siempre.
—¡Otra mujer, coño! ¡La quinta! ¡La han dejado junto a los bidones!
Lorena se quedó tiesa. El muelle de los barcos pesqueros. Su ruta. La que tomaba algunas noches para escapar del barrio, para fumarse un cigarrillo mirando el agua negra, sintiéndose menos atrapada por un minuto. Un sitio que creía solo suyo.
Los detalles empezaron a filtrarse a lo largo de la mañana, como pus de una herida.
La radio local no lo mencionaba, pero el boca a boca era más rápido que cualquier emisora.
Marc se enteró por un camello de poca monta cerca del mercado: «Dicen que la tía iba vestida con vaqueros y una chaqueta de cuero.
Morena. Delgada. La tenían atada con una cuerda de pescar, como las otras» .
«Vaqueros. Chaqueta de cuero. Morena. Delgada». La descripción le taladró el cerebro. No era idéntica a Lorena, pero se le parecía lo suficiente. Demasiado.
Fue cuando encontró a Lorena más tarde, escondida en el callejón de siempre, temblando como una hoja, que supo que ella ya lo sabía.
—¿Lo has oído? —preguntó ella, con la voz rota—. ¿Dónde la encontraron?
—En el muelle —confirmó él, sin querer dar detalles.
Pero ella ya los conocía. Los ojos se le llenaron de un terror líquido.
—Yo… yo bajo ahí algunas noches. A… a respirar. —Miró a Marc, desesperada—. ¿Y cómo iba… vestida?
Marc tragó saliva. No quería decírselo.
—Lorena, no importa.
—¡Dímelo!
—Con vaqueros. Y una chaqueta. Morena. —No mencionó la cuerda de pescar. No hacía falta.
Ella emitió un sonido ahogado, como si le hubieran golpeado el estómago.
—Es mi rutina. Mis… mis sitios. —Se llevó las manos a la cabeza—. El pendiente en el descampado… el mechero en el coche… y ahora esto. ¡Está recreando mi vida, Marc!
La idea era tan descabellada y a la vez tan lógica que a Marc se le heló la sangre. El asesino no solo la estaba acechando. La estaba estudiando. Copiando. Usando a otras mujeres como ensayos, como ecos distorsionados de ella. Practicando para el evento principal.
—Tranquila —dijo, agarrándola de los hombros—. No va a pasarte nada .
—¡Ya me está pasando! —gritó, liberándose—. ¡Me está matando en pedazos! Primero mi reputación, luego mis cosas… y ahora… usa a otras para representar mi… mi muerte.
Se dio la vuelta y vomitó contra la pared. No había comido nada, solo salió bilis amarga y miedo. Marc la sostuvo, sintiendo cómo temblaba. No eran sollozos. Era un terremoto interno.
—No te dejaré sola —murmuró en su oído, pero las palabras sonaban huecas, inútiles.
—Él sabe que sé —susurró ella, con los ojos vidriosos—. Sabe que lo hemos pillado. Por eso acelera. Por eso ya no se molesta en ser original. Está diciendo: «Mirad, esta podría ser ella. La próxima… será ella».
Se quedaron en silencio, el peso de la revelación aplastándolos.
No era solo una serie de asesinatos. Era una obra de teatro siniestra, y Lorena era la protagonista involuntaria.
El asesino no quería solo matarla. Quería que su muerte fuera la culminación de su propia y retorcida narrativa.
Una narrativa que había estado escribiendo con los objetos de Lorena, con sus lugares, con su imagen.
Marc la abrazó con fuerza, mirando por encima de su hombro el callejón vacío.
Ahora no solo estaban buscando a un asesino.
Estaban intentando descifrar los planes de un director obsesivo que estaba ensayando el final de su obra maestra.
Y el último acto, sabían ambos con una certeza aterradora, tenía el nombre de Lorena escrito en letras de sangre.