12
El aire del trastero era espeso, cargado de humedad y desaliento.
Lorena estaba sentada en el único taburete, envuelta en su chaqueta de cuero sintético, temblando como un animal acorralado.
Él no le había dicho por qué la había citado allí, solo que era urgente.
Cuando sacó el pendiente de su bolsillo y lo dejó caer sobre la caja de herramientas que hacía de mesa, el sonido metálico fue tan fino y agudo como un grito.
Lorena lo miró. Luego lo miró a él. Sus ojos se abrieron como platos, pero no de sorpresa, sino de un reconocimiento inmediato y aterrado.
—¿Dónde… dónde lo encontraste? —su voz era un hilo de alambre.
—Donde no debería estar —Marc no apartaba la mirada de ella, escudriñando cada tic, cada parpadeo—. En el descampado de Conserveras. Donde estaba el Dodge.
Ella negó con la cabeza, una y otra vez, mecánicamente, como un muñeco roto.
—No. Es imposible. Lo perdí… hace semanas. En el bar. O por la calle. Se me cayó y no lo volví a encontrar.
—¿Semanas? —Marc soltó una risa seca, cortante—. Está limpio, Lore. No tiene ni una mota de polvo. Alguien lo ha tenido guardado.
—¡Te lo juro! —se levantó, con las manos crispadas—. ¡Lo perdí! Pregúntale a cualquiera en el Balandro, me pasé días buscándolo…
—¡Y a lo mejor lo encontró el cabrón equivocado! —él también se puso en pie, y la rabia le subió como la marea—. ¡O a lo mejor se lo diste tú !
La bofetada fue tan rápida que ni él mismo la vio venir. El golpe seco resonó en la habitación diminuta. La mejilla de Marc ardió, pero ni se inmutó.
—Nunca… nunca me has pegado —susurró Marc, mirándola fijamente mientras ella mantenía la mano en el aire, temblorosa.
—Y tú nunca me habías mentido —replicó Lorena, bajando la mano lentamente, como si no la reconociera—. ¿Estuviste allí, Marc? ¿En el descampado? ¿Con él?
«¿Con él?» La pregunta flotó en el aire, envenenada. Marc retrocedió un paso, horrorizado. No era solo acusación. Era otra cosa. Celos. Posesión. La misma porquería de siempre, pero llevada a un infierno nuevo.
—¿Crees que…? —no pudo terminarla. Las lágrimas le nublaron la vista—. ¿Crees que ando con el asesino? ¿Que soy su cómplice?
—¡No sé qué creer! —rugió ella, golpeando la caja de herramientas con el puño.
El pendiente saltó y cayó al suelo—. ¡El mechero del bar aparece en su coche!
¡Mi pendiente está en su escondite! ¡Que me llegan notas diciendo que soy suya!
¡Explícame tú esta maldita ecuación, que a mí me salen todas las variables apuntando a ti!
Se quedaron jadeando, frente a frente, en medio del silencio cargado de odio y desesperación. Lorena lo miró, y por primera vez, vio la grieta. La duda plantada en sus ojos como una semilla venenosa. Él ya no confiaba en ella. Y esa certeza le dolió más que cualquier golpe.
Un recuerdo le golpeó entonces, nítido y amargo.
«El primer día que follamos fue detrás del polideportivo, en tercero.
No fue romántico. Fue un pacto. Él acababa de recibir una paliza de su padre.
Yo acababa de robarle la cartera a mi tío para comprar comida.
Los dos olíamos a desesperación. Nos juntamos como dos perros sarnosos buscando calor.
No hubo besos tiernos. Hubo jadeos, uñas clavadas, y después, un silencio incómodo.
No éramos novios. Éramos cómplices. Y la complicidad es un vínculo más jodido que el amor».
Esa complicidad era lo único real que le quedaba. Y ahora se resquebrajaba.
—Alguien… —empezó a decir, con un hilo de voz— alguien nos la está jugando. A los dos.
Marc la miró, esperando.
—El mechero podría ser de cualquiera. El pendiente… lo perdí. Cualquiera pudo cogerlo. Y la nota… —tragó saliva—. La nota solo demuestra que sabe cómo asustarme. Que sabe que Salinas me tiene agarrada por los ovarios. Sabe de mí. Y sabe de ti. Sabe que… que estamos juntos en esto.
«Juntos». La palabra sonó hueca, falsa, después de lo que acababa de pasar.
—¿Y por qué? —preguntó Marc, más calmado, pero con la desconfianza aún latente—. ¿Por qué jugar así?
—Porque puede —respondió ella, con una amargura infinita—. Porque es un cabrón que se cree Dios. O el Diablo. Y le divierte vernos correr como ratas, desconfiando el uno del otro, mientras él sigue ahí fuera, oliendo a perfume caro y riéndose de todos nosotros.
Marc recogió el pendiente del suelo. Lo observó, girándolo entre sus dedos.
Era una pieza de un juego perverso. Un juego en el que ellos eran las fichas.
Alguien estaba moviéndolos, colocando las pruebas, sembrando la cizaña.
Y lo estaba haciendo tan bien, que casi lo consigue.
Casi los enfrenta. Casi destruye la única cosa real que le quedaba en medio de tanta miseria .
—Si no te creo… —murmuró, sin mirarla—. Si te echo esto en cara… entonces le he hecho el trabajo.
Lorena no dijo nada. Solo se dejó caer de nuevo en el taburete, con el cuerpo rendido. La lucha había acabado. Ahora solo quedaba el agotamiento y un miedo nuevo, más profundo: no al asesino, sino a la duda que había logrado plantar en el único sitio donde se sentía algo segura.
Marc se guardó el pendiente. No era una prueba contra Lorena.
Era una prueba contra ellos. Si querían sobrevivir, tenían que dejar de morderse entre ellos y empezar a morder al que realmente movía los hilos.
Pero los hilos eran invisibles, y el titiritero, un fantasma con iniciales R.L.G. y un fetiche por los objetos de Lorena.
El golpe en la puerta, seco y autoritario, les hizo saltar a ambos. No era un cliente. Nadie llamaba así.
—¡Policía! ¡Abre, Marc!
Marc intercambió una mirada con Lorena. La sombra del pánico cruzó su rostro. Él hizo un gesto rápido con la mano: «Cálmate. No digas nada».
Al abrir, no estaba López, sino un agente joven con cara de pocos amigos.
—El inspector López necesita hablar contigo. Ahora.
El trayecto hasta comisaría en el coche patrulla fue un viaje silencioso a través de su propia niebla mental. Cada calle, cada farol, le recordaba lo cerca que estaba el abismo. Lo habían ido a buscar a casa. Era un mensaje: no podías esconderte.
La comisaría era una segunda piel que a Marc le gustaría arrancarse a tiras.
El mismo cuarto asqueroso, el mismo olor a sudor y desinfectante barato, la misma luz de neón que te taladraba el cerebro.
López estaba sentado al otro lado de la mesa, con su sonrisa de hiena bien alimentada.
Esta vez no tenía carpeta. Jugaba al despiste.
—Marc, Marc, Marc —suspiró, como si estuviera hablando con un niño travieso—. Parece que no puedes mantenerte lejos de los focos. O no quieres.
Marc se encogió de hombros, manteniendo las manos sobre la mesa para que no vieran cómo le temblaban. «Cara de póker, Marc. No le des nada».
—No he hecho nada.
—¡Eso es lo que siempre dices! —López rio—. Deberías grabarlo en una cinta. Ahorrarías saliva. —Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa—. Háblame de la carretera del faro.
La pregunta le cayó encima como un cubo de agua helada. ¿Cómo coño lo sabía? ¿Lo había seguido? ¿O tenía un soplón? Marc forzó su rostro a permanecer inexpresivo.
—¿Qué carretera del faro?
—Esa que serpentea por los acantilados. Donde no va ni Dios. Donde un coche puede pasar desapercibido. Un Dodge Dart gris, por ejemplo.
«Hijo de puta. Me está tendiendo una trampa».
—No sé de qué me hablas.
—¿No? —López arqueó una ceja—. Porque hay testigos que te han visto por allí. Merodeando. Como si buscaras algo. O a alguien.
«Mentira. Tenía que ser mentira. A menos que el viejo del descampado hubiera hablado. O que alguien más lo hubiera visto. En esta ciudad, todos eran ojos y lenguas».
—Daba un paseo —se encogió de hombros Marc—. Para despejarme. Del aire puro de vuestra comisaría .
López no se inmutó. Su sonrisa se hizo más amplia, más peligrosa.
—Qué casualidad. Justo por la misma zona donde se movía el coche que todo el mundo relaciona con el asesino. Y justo ahora, apareces en el mismo sitio. Parece casi… una confesión.
—No he confesado nada.
—¡Las acciones confiesan más que las palabras, chaval!
—golpeó la mesa con la palma de la mano, y Marc contuvo un respingo—.
Merodeas por la guarida del lobo. Te pegas con los vecinos.
Y te juntas con una puta que tiene su mechero en el coche del asesino y su pendiente en su escondite. ¿Qué quieres que piense?
Marc apretó la mandíbula. «El pendiente. No pueden saber lo del pendiente. Es un farol. Tiene que ser un farol». Pero la mención le confirmó una cosa: estaban vigilando a Lorena de cerca. Muy de cerca.
—Ella no tiene nada que ver —dijo, con la voz más firme de lo que esperaba.
—¡Todo tiene que ver con todo! —López se levantó y empezó a pasear por la pequeña habitación—.
Sois como dos moscas atrapadas en la misma telaraña.
Y la araña, Marc, está esperando. —Se detuvo detrás de él.
Marc pudo sentir su aliento en la nuca—.
Mira, voy a darte un consejo, de hombre a hombre. Aléjate de esa zorra.
Marc se irguió en la silla. «Zorra. La misma palabra de siempre».
—No es…
—¡Cállate y escucha! —cortó López—. Esa chica es un imán para la desgracia.
Y tú, si sigues juntándote con ella, acabaréis mal los dos.
Lo sé. Lo he visto antes. Uno cae y arrastra al otro.
Y a mí… —su voz bajó a un susurro venenoso— a mí me da igual quién caiga primero. Con tal de que alguien pague.
La amenaza no podía ser más clara. No le importaba la verdad. Le importaba el cierre del caso. Un culpable. Y si podían ser los dos, mejor que uno.
—Puedes irte —dijo López de repente, como si se hubiera aburrido—. Pero piensa en lo que te he dicho. La lealtad es una enfermedad en un mundo podrido. Y tú, chaval, estás muy enfermo.