11
El aire en Peñablanca era rabia pura. Marc esquivaba restos de farola. Cristales de escaparate. En la pared de un banco, spray rojo: ¡ULTRAS TRAICIÓN! Más allá: ¡GOBIERNO ASESINO! La ciudad, un manicomio al aire libre.
Se coló en un bar donde la fritura lo ocupaba todo. La tele mostraba una manifestación en Madrid. El locutor hablaba de «tensión preelectoral». Un tipo con gorra de camionero soltó desde la barra:
—Lo que hay es desgobierno. Sálvese quien pueda. Y el que mata mujeres... aprovecha el jaleo.
Marc pidió café y orujo. El líquido le rasgó la garganta, le devolvió algo de vitalidad. En la mesa de al lado, dos hombres comentaban a gritos.
—¡Son los ultras! ¡Una campaña de los franquistas para desestabilizar!
—¡Y una mierda! ¡Es la herencia podrida del régimen! ¡La policía no hace nada!
El camarero, cansado, apagó la tele de un golpe.
—Ya está bien de tanto grito.
Pero el silencio lo llenó el rumor de la calle. Amenazas de bomba. Huelgas. Pintadas. Y siempre, el rumor de las mujeres muertas. Un periodista en la radio lo llamó «síntoma del descontrol». Otro se preguntaba si la «vieja policía» estaría saboteando al nuevo gobierno.
Marc escuchaba, toqueteando el vaso. «Políticos. Periodistas. Todos usando a las muertas para su guerra». Él había visto el Dodge. Había olido el perfume caro. Eso no era un complot. Era la maldad de un solo hijoputa. Una maldad con rastro de colonia cara, no de discursos.
Pero la gente necesitaba un enemigo grande. El Estado. El Sistema. Cualquier cosa menos un tipo solitario con un cuchillo. Era más fácil gritar «¡Fascista!» que enfrentarse a que el mal podía ser tu vecino, el que te sonríe cada mañana.
Salió a la calle. Una manifestación espontánea bloqueaba el tráfico.
Jóvenes con pañuelos cantaban contra la policía.
Al otro lado, otro grupo les gritaba «¡Vagos!
». Empezaron los empujones. Una botella voló.
La policía, esa «vieja policía», cargó con porrazos.
Golpeaban a diestro y siniestro. Un chaval cayó al suelo cerca de Marc, sangrando por la cabeza.
«La misma historia de siempre», pensó Marc, mirando la sangre en el adoquín. «Cambian las banderas, pero la porra es la misma».
Se alejó, metiéndose en un callejón. Se apoyó contra la pared, encendiendo un Ducado.
El clima político era una niebla tóxica.
Envenenaba todo. La gente buscaba monstruos en las alturas mientras el de verdad, el de carne y hueso, seguía suelto.
Cazando en la niebla. A él le daba igual quién gobernara.
Su guerra no era contra el sistema. Era contra un fantasma con un coche gris.
Un fantasma al que nadie buscaba de verdad, porque era más útil como arma política que como cadáver.
Escupió al suelo. Sabor a orujo y rabia. Mientras los políticos se gritaban y la ciudad ardía, él seguiría su camino. Si no encontraba al asesino, acabarían colgándole a él el muerto. Y a la historia le daba igual qué gobierno firmara su condena.
El callejón detrás de la pescadería apestaba a orines. Lorena, pálida como la muerte, se retorcía las manos .
—Tengo que largarme. No aguanto más. La nota... «eres mía»... me está volviendo loca.
Marc dio una calada larga.
—¿Y adónde vas a ir? ¿A otra ciudad de mierda a fregar suelos y abrirte de piernas?
—¡Algo es algo, joder! ¡Aquí me van a matar! ¡Ese cabrón me tiene en el punto de mira!
Él arrojó la colilla, la aplastó.
—Yo también estoy en el punto de mira. Y no me largo.
—¡Porque no tienes nada que perder! —estalló ella—. ¡Eres un delincuente sin un duro! ¡Yo... yo aún puedo...!
—¿Puedes qué? —la interrumpió, acercándose. Sus ojos grises brillaban fríos—. ¿Seguir siendo la putita de Salinas en otra parte? ¿Empezar de cero con el miedo metido en los huesos? Eso no es vivir. Eso es sobrevivir. Y ya estamos hasta el cuello de sobrevivir.
—¡Y qué quieres que haga! —gritó, llorando—. ¿Quedarme aquí para que me convierta en el próximo titular?
—¿Crees que no me importas? —susurró ronco agarrándola de los brazos.
—¡Pues no lo parece! Solo piensas en tu venganza. ¡En cazar al tipo ese! ¡Y yo soy solo... otra pieza en tu rompecabezas de mierda!
Marc soltó un bufido.
—Yo no te he metido en esto.
—¡Pero no me sacas! Me usas. Como todos.
Él la soltó como si quemara. El dolor en su cara era crudo .
—Tú y tus dramas. Crees que tu miedo es especial. Pues no es nada. Nada comparado con saber que todo el mundo te señala como un monstruo.
—¡Porque actúas como uno! ¡Eres violento, amargado... y me das miedo a veces, Marc!
Silencio. Se miraron, jadeantes, dos animales heridos. Entonces, la rabia se torció. Se transformó. Algo eléctrico y sucio. Marc la miró fijamente. Sus ojos ya no mostraban ira, sino una intensidad que le erizó el vello.
—Sí —susurró, acercándose—. Te doy miedo. Pero es el mismo miedo que te pone húmeda, ¿verdad, Lore? El mismo que te hace venir cuando te agarro y te grito al oído. Porque es lo único real que tenemos. Esta miseria.
Su mano se deslizó por su cintura, áspera. Lorena contuvo el aliento. Lo odiaba. Odiaba su crudeza, su olor a tabaco. Pero su cuerpo respondió. Un escalofrío. Calor entre las piernas. Era verdad. La violencia, el sexo. Dos caras de una moneda sucia.
Pero esta vez, ella lo empujó.
—No. Hoy no.
Marc se quedó quieto, sorprendido. Ella lo vio retroceder, recomponer la máscara de frialdad.
—Vete al infierno, entonces —escupió, dándose la vuelta—. Huye. A ver cuánto tardas en echarte atrás.
Echó a andar, fundiéndose con las sombras. Lorena se quedó temblando, apoyada contra la pared fría. Sabía que tenía razón. Huir era inútil. Pero quedarse... era rendirse a la podredumbre. Y a él. Y esa idea le daba más miedo que la nota .
El descampado detrás de las naves era un costurón de tierra y abandono. Marc saltó la valla oxidada. Hierba quemada, heces y un fondo metálico. Como sangre seca.
«Aquí. Donde no va ni el guardia más perdido».
Avanzó, pisando latas. Buscaba marcas de neumáticos. Pronto las encontró. Surcos frescos en tierra batida. Se agachó. «Ancho. No es de un coche pequeño. Podía ser el Dodge».
Siguió el rastro. Restos de hoguera. Latas abiertas con cuchillo. Botellas. Y luego, casquillos. Viejos, oxidados. Los recogió. Eran como monedas de una guerra pasada. Pero alguien los usaba ahora. Jugando a ser asesino.
«Un sitio de reunión. O de espera».
Su corazón latía más fuerte. Revisó los alrededores. Y lo vio. Un trozo de tela blanca, medio escondido. Un pañuelo de hombre. Lo desenterró.
Se quedó helado.
Parte del pañuelo, endurecida. Color marrón oscuro, casi negro. Sangre seca. Una mancha grande, como si alguien se hubiera limpiado las manos. O una herramienta.
«Hostias».
Lo sostuvo contra la luz. En una esquina, casi borrada, unas iniciales bordadas. R.L.G. Un nombre. Una identidad. El fantasma tenía iniciales.
—¿Qué coño haces aquí?
Una voz áspera surgió de la nada. Marc se giró, empuñando el pañuelo. Un hombre mayor, con mono grasiento y una barra de hierro.
—Nada. Me he perdido.
—Aquí no se viene a perderse. ¿Eres de la poli?
—No.
—Pues lárgate. Este sitio es peligroso .
—¿Peligroso por qué?
—Por la gente que viene. Coches que entran y salen de noche. Hace unas noches, uno gris. Con un faro roto. El conductor... no se le veía la cara.
—¿Y qué hacía?
—Nada. Solo estaba ahí. Apagado. Como esperando. Tú tienes pinta de tener problemas. Y los problemas, aquí, se multiplican. Vete.
Marc asintió. Dio media vuelta, sintiendo la mirada del viejo en su espalda. Al salir, sacó el pañuelo. La sangre seca, áspera. R.L.G.
No era una prueba. Era otra pieza. Pequeña y sucia. Pero era suya. La había encontrado él. No la policía. No los periodistas.
Se guardó el pañuelo y encendió un cigarrillo. El humo le supo a victoria y condena. Ahora lo sabía. El asesino no era un fantasma. Era un hombre. Un hombre con un pañuelo con iniciales. Que esperaba en descampados. Que sangraba.
Él lo iba a encontrar. Aunque fuera lo último que hiciera.
La noche caía como una losa. Marc escarbaba entre las cenizas de la hoguera. El pañuelo ardía en su bolsillo. «R.L.G.» Las iniciales, un rompecabezas asqueroso. El viejo se había esfumado. Solo quedaba el viento y el latido de su corazón, demasiado rápido.
«Aquí. Esperando. Mirando».
Se agachó, removiendo con las manos. Buscaba algo. Un nombre. Una cara. Sus dedos encontraron algo frío, pequeño. Lo sacó, limpiándolo en el vaquero .
Era un pendiente. Barato. Piedra falsa roja oscura, montura dorada descolorida. No era especial. Pero le resultó terriblemente familiar.
«No. No puede ser».
Lo sostuvo en la palma de la mano. Lo giró. Conocía ese pendiente. Lo había visto mil veces. Brillando bajo la luz del Balandro. En el lóbulo de Lorena.
«Lorena».
Su nombre explotó en su cerebro. Su pendiente. Aquí. En el infierno de tierra y sangre. Donde el hombre del Dodge venía a esperar. A planear. A limpiar su cuchillo.
Un frío profundo se le coló por los huesos. Las piezas encajaron. La nota. «Sé que tú también eres mía». El mechero. Y ahora... su pendiente. En el escondite del asesino.
¿Se lo quitó él? ¿Se lo arrancó? ¿O... lo dejó ella caer?
La duda era un veneno. Porque una cosa era que el monstruo la acechara. Otra que ella hubiera estado allí. ¿Cuándo? ¿Por qué? ¿Voluntariamente? ¿Engañada? ¿Forzada?
¿Estaba con él?
La idea, repugnante, le provocó náuseas. Recordó su discusión. Su paranoia. Su insistencia en huir. ¿Era todo una farsa? ¿Era ella... parte de esto?
Pero luego vio su cara. Miedo auténtico. Lágrimas. Temblores. Eso no se fingía. ¿O sí?
Cerró la mano con fuerza alrededor del pendiente. Metal frío contra la piel. El dolor le ayudó a aclararse. No. No lo creía. Era otra trampa. Otro hilo para enredarla. Para convertirla en cómplice perfecta. O en la próxima víctima.
El asesino no solo jugaba con ellas. Jugaba con él. Le mostraba que Lorena ya estaba en su órbita. Que era suya. Y que Marc, por mucho que buscara, solo encontraría migajas .
Se levantó, metiéndose el pendiente en el mismo bolsillo que el pañuelo. Sangre de un desconocido. Joya barata de Lorena. Una combinación maldita.
Miró a su alrededor, a la oscuridad. Ya no estaba solo. Sentía la presencia del otro, de R.L.G., observándolo desde las sombras. Disfrutando del caos.
«Me estás usando. Usándola a ella para llegar a mí».
Pero ahora tenía algo tangible. Un pendiente. Un objeto que lo unía a Lorena de la manera más visceral y peligrosa. Tenía que confrontarla. Tenía que saber. Y tenía que hacerlo antes de que el dueño de aquellas iniciales decidiera que el juego había terminado.
Salió del descampado a toda prisa, la mente en llamas. El pendiente pesaba como un ladrillo. No era solo un accesorio. Era una acusación. Una pregunta. Quizá una despedida.