10
El Balandro Oxidado respiraba miedo. Miedo y cerveza agria, derrota fermentada.
Dos polis de paisano se plantaron en la barra, justo donde la madera estaba gastada por los codos de las desgracias ajenas.
Salinas, con su sonrisa de hiena recién atiborrada, les sirvió dos wiskis caros, no la bazofia que paladeaban los parroquianos.
—Un honor, señores —escupió, limpiando un vaso con el trapo sucio que siempre le colgaba del cinturón como una segunda piel—. ¿En qué puedo ayudar a la ley?
El más viejo, un tipo con ojos de piedra llamado Matos, tomó un trago y dejó el vaso sobre la barra con un golpe seco.
—El mechero, Salinas. El del coche. Lleva el logo de tu local —dijo enseñándole una foto.
—¡Ah, ese! —Salinas abrió los brazos, como un payaso—. Esos mecheros los encargo a cientos. Se los llevan los clientes, las chicas... hasta los ratones, si pudieran. Ni idea de cuál es.
Lorena, recogiendo botellas vacías en una mesa cercana, se quedó clavada. Sintió el peso de las miradas de los polis en la nuca. Como agujas. Como chinchetas clavándose.
—¿Tus empleados los usan? —preguntó el otro agente, más joven, con una libreta en la mano.
—¡Claro! —Salinas rio, demasiado fuerte—. Para prender las estufas y calentar el ambiente. —Su mirada se deslizó hacia Lorena—. Lorena, por ejemplo, siempre anda perdiendo los suyos. ¿Verdad, cariño?
Ella quiso evaporarse. Tragó saliva, un nudo de bilis. Asintió mecánicamente, sin atreverse a levantar la vista. «Me está echando a los lobos. Hijoputa. Me sirve en bandeja. Con un mechero de aperitivo. Toma, polis, comed, comed de mi basura».
—¿Lorena Duarte? —preguntó Matos, girándose—. La misma que discutió con la víctima. Una puñetera casualidad.
—No discutí —logró decir, voz quebrada—. Solo hablé.
—Y según el dueño, pierdes mecheros como quien pierde el tiempo —apuntó el joven, anotando.
Salinas intervino, voz melosa, veneno en almíbar.
—Oye, tranquilos, que la chica es un desastre, pero no es mala persona. A lo mejor se le cayó en el coche de algún cliente. Atiende a mucha gente, ya saben. De todo tipo.
La insinuación era tan gruesa que se podía cortar con navaja. Lorena sintió el estómago retorcerse. «De todo tipo. Como un asesino. Como el del Dodge».
Los polis permanecieron un rato más, preguntas vagas, pero su objetivo ya estaba claro. No estaban allí por Salinas. Estaban allí por ella. Cuando se marcharon, el dueño esperó a que la puerta se cerrara para volverse. Su sonrisa había desaparecido, reemplazada por una máscara de hielo.
—¿Lo ves, nena? —le escupió en un susurro venenoso—. ¿Ves la porquería que traes?
—Yo no he hecho nada —protestó ella, lágrimas nublándole la vista—. Ese mechero podría ser de cualquiera.
—¡Pero lo encontraron en el coche del asesino, zorra estúpida! —agarró su brazo, hundiéndole los dedos en la carne—. Te metiste donde no debías. Con ese Marc. Con esas mujeres. Y ahora tu porquería me salpica .
La arrastró hacia la trastienda. En el cuarto, la cerveza caliente, los ratones muertos y el sudor viejo se pegaban a las paredes como una segunda piel.
—Ese mechero era tuyo, ¿verdad? —le dijo, clavándole los ojos—. Lo reconocí. Tenía esa raya que le hiciste con el pintalabios.
Lorena abrió la boca. Horror. «Sí. La raya de carmín. Esa maldita raya en el mechero. Él lo sabía. El cabrón lo sabía y no soltó prenda. Jugando conmigo. Como un gato con un ratón medio muerto. Y yo, la rata. La rata con pintalabios».
—No significa nada —susurró, desesperada.
—¡Significa todo! —gritó él, soltándola de golpe—. Significa que estás hasta el cuello. Y si yo decido contarles lo de la raya... estás perdida. Completamente perdida.
Se acercó más, su aliento le golpeó la cara.
—Así que vas a hacer exactamente lo que te diga. Te callas. Y sigues trabajando aquí, sonriendo, como si nada. Porque si no, no solo les cuento lo del pintalabios, sino que les digo que te vi dando ese mechero a un tipo raro la noche que desapareció la Sonia.
Mentira. Pura basura. Pero en boca de Salinas, sonaría más cierta que el pan duro de la mañana.
Lorena se apoyó contra la pared, el mundo desmoronándose alrededor.
No había salida. El mechero, esa pequeña porquería insignificante, era su sentencia.
Y Salinas no era su protector. Era su carcelero.
Y el juez. Y quizá, solo quizá, algo mucho más oscuro.
El mercado negro de Peñablanca no era un sitio, era un cáncer.
Se extendía por los callejones detrás del muelle, entre cajas de pescado podrido y redes abandonadas, donde los susurros valían más que el dinero.
Marc se movía por allí con la cautela de un gato callejero, el ojo morado aún le palpitaba como un segundo corazón herido.
Cada dolor le recordaba la pelea. Cada mirada de desconfianza, su nueva condición de apestado.
Buscaba a El Tino. Un viejo despojo humano que había sobrevivido a más redadas que una rata en las alcantarillas desde que llegó de Argentina. Lo encontró sentado en un cajón de madera, junto a una pila de neumáticos viejos, liándose un cigarrillo con dedos temblorosos.
—Tino —Marc se plantó frente a él, manos en los bolsillos de la cazadora.
El viejo alzó la vista, ojos amarillentos escudriñándolo sin prisa.
—Marc. Pensé que te habías largado. O que te habían encerrado.
—Necesito información.
El Tino rio, tos seca que le sacudió el cuerpo entero.
—Vos siempre necesitás información. Pero pagás con basura. ¿Qué querés ahora?
—El Dodge Dart. El gris. El de los casquillos.
El viejo dejó de reír. Expresión cautelosa, ojos empequeñecidos.
—Eso es fuego, pibe. Fuego y basura. No me metas en eso.
—No te meto. Solo pregunto. —Marc sacó un billete arrugado, lo dejó sobre el cajón—. ¿Lo has visto?
El Tino miró el billete, luego a Marc. La codicia luchó contra el miedo en su cara arrugada.
—Puede que sí. Puede que no.
—Tino —voz plana, sin emoción—. No tengo tiempo para juegos .
El viejo suspiró, cogió el billete, lo escondió en su ropa suelta.
—Un tipo. Silencioso. Lo conduce con guantes. Siempre con guantes, aunque haga calor. Como si no quisiera dejar huellas.
Marc contuvo el aliento. «Guantes. Como dijo la puta de San Bartolomé».
—¿Dónde?
—Se mueve. Pero por la carretera del faro. Y por los descampados de atrás de la zona industrial. Allí donde estaban las viejas naves de Conserveras. Donde no va ni el guardia más perdido.
La carretera del faro. Un tramo abandonado que serpenteaba por los acantilados, curvas cerradas, miradores desiertos.
Y los descampados de Conserveras... un cementerio de chatarra y maleza donde podías hacer lo que quisieras sin que nadie te viera.
Sitios perfectos. Para esconder un coche.
Para dejar un cuerpo. Para lo que fuera.
—¿Y el tipo? ¿Algo más?
—Nada. Ni una palabra. Paga en efectivo, siempre lo mismo. No mira a nadie a los ojos. —El Tino se encogió de hombros—. Como si no fuera de carne y hueso. Como un fantasma con un coche gris.
Un fantasma. Eso era. Algo que todos sentían pero nadie podía agarrar. Marc asintió. Era más de lo que tenía antes. Un territorio. Un cazadero.
—Si vuelves a verlo... —empezó a decir.
—No volveré a verlo —lo cortó el viejo, negando con la cabeza—. Esto es demasiado peligroso incluso para mí. Y para ti también, pibe. Dejalo correr .
Marc no respondió. Dio media vuelta, se alejó del mercado negro, la nueva información ardiendo en su cabeza como fiebre. La carretera del faro. Los descampados. Ya no eran rumores. Eran coordenadas.
Caminó hacia el norte, alejándose del puerto.
Calles vacías, casas separadas. En la distancia, la silueta del faro se recortaba contra el cielo plomizo, un dedo huesudo señalando la nada.
La carretera empezaba justo después de las últimas luces del barrio, una cinta de asfalto agrietado que se perdía en la oscuridad.
Se detuvo en el arcén. Desde allí se veía la zona industrial, un amasijo de edificios bajos, siluetas negras. Los descampados se extendían como una mancha de oscuridad más profunda a sus pies. Allí abajo, entre chatarra y hierba salvaje, podía estar la respuesta. O el mismo infierno.
No era un plan. Era una obsesión. Sabía que si bajaba allí, solo, con la rabia como arma, podía encontrar algo que no quería ver. O podía no volver a salir.
Pero ya no le importaba. La ciudad lo había escupido. Lorena estaba atrapada en una red de mentiras y mecheros malditos. Y él... él ya no tenía nada que perder excepto el miedo. Y eso se lo habían quitado a puñetazos.
Encendió un Ducado. El humo le supo a libertad y a condena. Allí iba. A cazar un fantasma. O a convertirse en uno.
Un olor a salmuera flotaba en la noche. Lorena salió del Balandro Oxidado con los nervios destrozados, la conversación con Salinas le ardía en los oídos como una marca de hierro. Caminó rápido. Tacones. Repiqueteo. Adoquines. Pasos detrás. Otros. Más pesados. Sin eco. Alguien .
Se detuvo frente al escaparate de una tienda cerrada, fingiendo ajustarse el zapato. En el reflejo sucio del cristal, trató de captar una silueta. Nada. Solo la oscuridad moviéndose.
«Imaginación. Cansancio. Miedo».
Reanudó la marcha, apretando el paso. Los pasos detrás hicieron lo mismo.
Crujido de grava. Suspiro de aire que no era el viento.
Luego, al doblar la esquina hacia el callejón más corto, y más oscuro, lo sintió de verdad.
Una presencia. Una masa de intención maligna a sus espaldas.
No veía a nadie, pero el aire se espesaba, como si alguien estuviera respirando justo detrás de su nuca.
«No pares. No mires. Llega a casa».
El corazón le martilleaba. Un tambor de pánico. Palmas sudorosas. Cada poro gritando. Sensación animal, primitiva. La misma que debían sentir los conejos cuando el zorro ya ha olido su rastro.
Oyó una respiración. Cerca. Demasiado cerca. Un resuello sordo, nariz tapada. O excitado. Giró la cabeza de golpe, ojos desorbitados. El callejón vacío. Solo sombras bailando bajo la única farola que funcionaba, parpadeando como un ojo a punto de cerrarse.
—¿Quién está ahí? —gritó, voz estrangulada, débil, como una niña.
Silencio. Luego, un roce. Tela frotándose contra la pared húmeda. A su izquierda. Se volvió. Nada. Empezó a correr. Huida patética, tropezando, cartera apretada contra el pecho como escudo inútil. Los pasos detrás más rápidos, más decididos. Ya no los disimulaban. Persecución.
«No me cojas. Por favor, no me cojas» .
Llegó a su portal jadeando. Sabor a hierro en la boca.
Dedos torpes, temblorosos, buscando la llave.
La maldita llave que nunca entraba. Forcejeó, maldiciendo, escuchando los pasos acercarse.
Por fin, chirrido del metal. Empujó la puerta, se coló dentro, cerró de golpe, cerrojo echado. Sonido dulce. El más dulce.
Se desplomó contra la madera, resbalando hasta el suelo. Jadeaba, espasmos en el pecho. Escuchó. Nada. Solo su sangre latiendo. ¿Se había ido? ¿O estaba ahí fuera, esperando?
Se arrastró hasta la ventana, miró por el cristal sucio. Calle vacía. Nada se movía. Como un mal sueño. Pero no lo era. Lo había sentido. La respiración. Los pasos. La presencia.
Subió las escaleras corriendo, encerrándose en su habitación. Echó llave y cadena. Luego, arrastró una silla, la apoyó bajo el pomo. Se sentó en el borde de la cama, temblando. Luz encendida. El miedo ya no era una idea. Era una cosa física, materializada en pasos y respiración en la oscuridad.
Alguien la seguía. Alguien que no quería ser visto. Alguien que sabía su ruta. Su horario. Su vida.
Y ahora, el mechero. Su mechero, o uno idéntico, en el coche del infierno. No era coincidencia. Era un mensaje. «Te tengo en la mira. Sé dónde estás. Y puedo llegar a ti cuando quiera».
Se abrazó las rodillas, meciéndose. El puerto sangraba fuera, y la sangre llevaba su perfume barato y su sudor. Atrapada. El cazador, quienquiera que fuese, ya había empezado a cerrar el círculo.
El miedo se le había instalado en los huesos, un huésped permanente, recorriéndole la espina dorsal en escalofríos.
Lorena pasó la noche en vela, la luz encendida, una navaja sobre la mesilla.
Cada ruido en el edificio —un grifo goteando, los ronquidos del vecino— era una puñalada de adrenalina.
El amanecer llegó como un ladrón, pálido y cobarde por la ventana sucia.
La calma era mentira, pero la luz le permitió respirar.
Con las articulaciones agarrotadas, decidió bajar a comprar cigarrillos.
La necesidad de nicotina era más fuerte que el miedo.
Abrió la puerta con cautela, observando el rellano vacío.
Y entonces lo vio. Un pequeño rectángulo de papel blanco, doblado de cualquier manera, deslizado bajo su puerta. No estaba ahí anoche. Segura.
«Factura. Publicidad. Tiene que ser eso».
Se agachó, lo cogió. Papel ordinario, áspero. Al desdoblarlo, la letra le golpeó como puñetazo. Manuscrita. Caligrafía inclinada y nerviosa, bolígrafo azul, manchas de tinta.
«Sé quién eres. Lo que hiciste con Salinas. Lo que le debes. Y sé que tú también eres mía».
El mundo se detuvo. Aire espeso en los pulmones. Sin respirar. Leyó una, dos, tres veces. Cada palabra, un clavo en el cerebro.
«Sé quién eres. No sé tu nombre. Sé lo que eres. Puta. Deudora. Cómplice. Mía».
«Lo que hiciste con Salinas». Favores oscuros, transacciones en la trastienda, las veces que se mordió el labio y agachó la mirada. Alguien lo sabía.
«Lo que le debes». La cuenta infinita. La cadena que Salinas usaba para atarla.
«Y sé que tú también eres mía».
Esa última frase le heló la sangre. No amenaza de muerte.
Algo peor. Una declaración de propiedad.
Como si ya no fuera suya, ni de Salinas, sino de otra persona.
De él. El que seguía. El del Dodge. El que había puesto ese papel ahí, en la noche, mientras ella se moría de miedo al otro lado de la puerta.
Un ruido escapó de su garganta, gemido seco y animal.
El papel le quemaba los dedos. Lo soltó, cayó al suelo, como algo contaminado.
Retrocedió hasta chocar contra la pared.
Miró la puerta, el cerrojo, la cadena. Todo inútil.
Él había estado ahí. Había traspasado defensas sin ruido.
Le había susurrado al oído a través de un pedazo de papel.
«Él me ha reclamado».
La nota no decía «te voy a matar». Decía «eres mía». La misma lógica de Salinas, pero llevada a un extremo monstruoso. No quería su dinero. No quería favores. La quería a ella. Como objeto. Como trofeo final.
Se desplomó en el suelo, abrazándose las rodillas. Lágrimas imposibles. Terror seco. Vacío helado. Certeza absoluta: no había escapatoria. Salinas era solo el carcelero. Este... este era el verdugo. Y ya había firmado los papeles de su propiedad.
Allí, en el suelo polvoriento, Lorena lo entendió: el puerto no solo sangraba. Tenía dueño. Y ella era solo una posesión más. La siguiente pieza. Con su nombre ya escrito en una etiqueta invisible. Una etiqueta que todos podían ver menos ella. Hasta ahora.