El óxido y la sangre 9 #2
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9 #2

Lorena servía cervezas con manos que intentaban no temblar.

Cada vez que la puerta del bar se abría, su mirada iba instintivamente a la calle.

Buscando la silueta baja y gris del Dodge.

No lo veía. Pero eso era peor. Porque ahora, cualquier coche gris que pasaba se convertía, por un segundo, en amenaza.

Un Ford Fiesta gris, un SEAT 124 gris...

todos eran potenciales vehículos del infierno.

«Ahora cualquier sombra es amenaza».

La idea se le instaló en el cerebro y empezó a pudrirlo todo.

Al salir del trabajo, su camino a casa, siempre un infierno familiar, se convirtió en una carrera de obstáculos con nuevos demonios.

Cada portalón cerrado podía ocultar el motor de un Dodge.

Cada esquina mal iluminada, sus faros ciegos.

Hasta el ruido de un escape lejano le hacía acelerar el paso, el corazón golpeándole las costillas como un pájaro aterrorizado.

Se encontró mirando a los conductores de los coches aparcados.

Hombres anónimos, manos al volante, caras en penumbra.

¿Era uno de ellos? ¿El del bigote? ¿El de gorra?

¿El que fumaba en silencio, observando? Cualquiera podía ser.

El asesino ya no era una abstracción. Tenía un coche.

Un coche gris. Y eso lo hacía real. Móvil. Ubicuo.

Llegó a su portal. Al subir, una bombilla fundida. La oscuridad del rellano, de repente hostil. Llena de intenciones. Entró corriendo. Cerrojo. Se apoyó contra la puerta, jadeando. Desde la ventana, se veía la calle. Un coche gris aparcado al otro lado. ¿Estaba ahí antes? No lo recordaba.

«Esto es una locura. Me está comiendo viva».

Pero era una locura colectiva. Al día siguiente, en la tienda, el dueño le comentó mientras le daba el cambio:

—Mi hija ya no quiere volver del colegio sola. Dice que tiene miedo de que un coche gris se la lleve. Tiene ocho años, Lorena. Ocho.

Lorena asintió. No supo qué decir. La paranoia ya no era solo suya. Respiraba en las calles, se colaba en las casas, envenenaba a los niños. El Dodge Dart se había convertido en el coche fantasma de todo el barrio. Un símbolo rodante del mal que todos sentían cerca pero nadie podía atrapar.

Y ella, en medio, se sentía como un ciervo acorralado en una cacería donde los cazadores usaban coches grises y olían a perfume caro.

Cada sombra al caer la tarde, una sospecha.

Cada motor que se acercaba, una posible sentencia.

El miedo ya no era solo a la muerte, sino a lo que podía pasar dentro de ese coche antes del final.

Y eso... eso era un terror completamente nuevo.

El Dodge Dart fue trasladado a un depósito municipal.

Un cobertizo lleno de polvo y óxido donde los coches iban a morir.

Pero este coche no estaba muerto. Respiraba maldad.

Dos técnicos de la policía científica lo registraban con movimientos lentos, aburridos.

Actitud de funcionario que malgasta su sueldo en otra tarea sin sentido.

Hasta que uno, un tipo joven con gafas, se quedó mirando el espacio entre el asiento y la palanca de cambios.

—Oye, Javi —llamó—. Aquí hay algo .

Con pinzas largas, sacó el objeto. Un mechero. De plástico barato. Con el logotipo de una botella de cerveza estilizada sobre un ancla. El logo del Balandro Oxidado.

—Joder —silbó el otro—. Esto es del bar del puerto.

El rumor no tardó. Nada se mantenía en secreto en una ciudad donde la policía tenía la boca más suelta que una cotorra. Primero, un susurro entre agentes en la máquina de café. Luego, el comentario de uno a su mujer, que se lo contó a la vecina, que lo soltó en la cola del pan.

Lorena se enteró por Salinas. Se plantó en su pensión a media tarde, sin avisar y cara de pocos amigos. Los ojos brillaban con luz sórdida.

—Has tocado fondo, chavala —dijo, entrando sin permiso—. Ahora sí que la has cagado bien.

Ella, tendiendo una camiseta en la ventana, se paralizó.

—¿De qué hablas?

—¡Del mechero, coño! —escupió—. ¡El del bar! ¡Lo han encontrado en el maldito Dodge del asesino!

El mundo se le vino encima. Se agarró al alféizar. «El mechero. El de la barra. El que siempre desaparece. El que usan todos».

—No puede ser —musitó—. Imposible.

—¿Imposible? —risa corta, ladrido—. ¡Está ahí, en el coche! Con nuestras señas. ¿Y sabes qué piensa todo el mundo? ¿Eh? ¡Que se lo diste tú al cabrón! O que se te cayó a ti dentro. ¡Eres el enlace, Lorena! ¡La conexión!

Negó con la cabeza. Automática. Su mente, un torbellino. «El mechero. Sí. De esos que Salinas encarga a montones. Se perdían. Los clientes se los llevaban. Caían entre las tablas... Pero uno, en el coche del asesino... Alguien lo puso ahí. Alguien quiere mi cabeza» .

—Yo no... —intentó, pero las palabras no salían.

—¡No me vengas con milongas! —la interrumpió, dedo acusador—. Esto me arruina el negocio. La poli va a estar encima mío como moscas en la basura. Y los clientes... ¿quién va a querer tomarse una cerveza en el local que le da un mechero al asesino?

Se acercó. Aliento a anís.

—Tienes dos opciones, preciosa. O explicas de una vez qué haces metida en esto, o te echo a la calle y le digo a todo el mundo que eres cómplice. Y ya me conoces, sé ser muy convincente.

Salió. Puerta abierta. Lorena temblando. Mirando la camiseta que aún sostenía. El mechero. Una pieza minúscula. Insignificante. Pero ahora era la prueba que la ataba al horror.

Miró por la ventana. Abajo, un grupo de vecinos apiñados. Hablando en voz baja. Uno señaló hacia su ventana. Todos alzaron la vista. Sus miradas ya no eran de curiosidad o lástima. Eran de acusación. De certeza.

El mechero del Balandro Oxidado en el Dodge Dart.

No era coincidencia. Era una trampa. Y ella estaba atrapada en el centro, con las paredes cerrándose a su alrededor más rápido que nunca.

Ahora no solo era la última en ver a una víctima, no solo la que discutió con ella.

Su huella, la huella de su bar, de su vida asquerosa, estaba en el coche del monstruo.

Y no había manera de explicarlo que no fuera con su culpa.