9
La comisaría apestaba distinto esta vez.
No solo a miedo viejo y burocracia. Apestaba a trampa.
A jaula que se cierra con un clic sucio.
Lorena llevaba cuarenta y cinco minutos pudriéndose en un banco de plástico duro, justo debajo de un cartel descolorido que rezaba «SU SEGURIDAD ES NUESTRA PRIORIDAD».
La ironía era tan descarada que le sacó un bufido seco, casi una risa. Casi.
Cuando por fin la hicieron pasar, era la misma pocilga de siempre.
Verde pálido, el color de los vómitos. Paredes desconchadas como la moral de los que pasaban por ahí.
Una mesa clavada al suelo, como si alguien quisiera robarse esa porquería.
López estaba sentado, hojeando una carpeta. Ni se molestó en mirarla.
—Lorena Duarte. Cuánto honor —escupió, hoja tras hoja—. Parece que eres el epicentro de todo últimamente.
Ella se sentó. Manos sobre la mesa. «Que no tiemble. Que no le dé el gusto».
—He venido porque me dijeron que...
—Que tenías que «aclarar» unas cosas —cortó él, cerrando la carpeta con un golpe seco—. Empecemos por lo fácil. Reconócelo y nos ahorramos el teatro: discutiste con Sonia Martínez poco antes de que la rebanaran.
Afirmación, no pregunta. Lorena tragó saliva, amarga.
—Hablé con ella. No discutí.
—¿Y la empujaste?
—No.
—¿Y las deudas? ¿Eso también es mentira?
«Mierda. Lo saben. O creen que saben» .
—Me debía dinero. Se lo reclamé. Fin de la historia.
López asintió lentamente, como si siguiera un guion escrito en la pared.
—Claro. Una reclamación amistosa. Luego, ella muerta. Y su bolso, en tu escondrijo favorito. Y tú, la última en verla respirar. Qué casualidad, ¿no?
—Yo no...
—¡Cierra el pico! —golpeó la mesa. El ruido, un disparo seco. Lorena saltó en el asiento—. Estoy hasta los huevos de tus cuentos, Duarte. Estás hasta el cuello y lo sabes.
La miró. Una mirada que la desvestía, la escupía y la pisoteaba.
—Eres basura. Y la basura, tarde o temprano, huele.
Lorena apretó los puños bajo la mesa. Quería gritar. Quería arrancarle los ojos. Pero solo bajó la mirada. Tragó la rabia. Como siempre.
—No tengo nada que decir —murmuró.
López se reclinó. Sonrisa de depredador que huele el miedo.
—Vale. Juguemos a otra cosa. —Se inclinó, voz baja, venenosa—. ¿Tu novio sabe dónde estabas la noche que desapareció la Sonia?
La pregunta le cayó como un cubo de hielo en la espalda. No iba de ella. Iba de Marc. «Lo vigilan. Usan mi culo para llegar a él».
—No es mi novio —logró escupir.
—¡Qué bonita lealtad! —se rio López—. Él también dice que no sois nada. Una pareja perfecta. —Pausa. Dejar que la porquería se asiente—. ¿Seguro que no sabía nada de la deuda? ¿Seguro que no se le ocurrió una forma... más directa de cobrar ?
«Quieren que lo crucifique. Que diga que Marc sabía. Que se cabreó. Que él pudo...»
—Marc no tiene nada que ver —dijo, con más fuerza de la que sentía.
—Es lo que tú dices —se encogió de hombros—. Pero piensa, Lorena. Si es tan inocente, no tendrás problema en contarnos todo. Sus movimientos. Sus... negocios. Su mala leche. Nos ayudas a aclararlo. Y tal vez, hasta te ayudamos a ti.
«La oferta. La misma basura de siempre. Véndelo a él y te compro a ti».
—No tengo nada que contar.
López suspiró, como si le diera pena.
—Qué lástima. La solidaridad femenina brillando por su ausencia. —Se levantó—. Puedes irte. Por ahora. Pero no te alejes. Y piensa. La lealtad es un lujo que gente como tú no puede permitirse.
Salió con las piernas temblando. En el pasillo, lo vio. Marc, en otro banco, esperando. Sus ojos se encontraron. Un segundo. En los de él: la misma rabia, la misma trampa. No hicieron falta palabras.
Afuera, el sol la golpeó en los ojos. Se sintió sucia.
No era solo sospechosa. Era cebo. Carnada en el juego sucio de López.
Y lo peor: aunque saliera, aunque demostrara su inocencia, la mancha ya estaba ahí.
Siempre sería la chica que discutió con una muerta.
La que traicionó a su... ¿qué era Marc? Ni lo sabía.
Solo sabía que en esta ciudad podrida, hasta la lealtad tenía precio.
Y a ella le acababan de poner la etiqueta.
La rabia. Ácido en el estómago. Subiendo. Quemando. Cada vez que recordaba la mirada de Lorena en el pasillo de los polis. Resignación. Como si ya lo supiera todo. Marc, sentado como un idiota, esperando otra sesión de preguntas asquerosas. Otro round en el circo de López.
Fue en la Calle del Viento, donde el olor a pescado podrido se mezcla con la pintura tóxica de la fábrica, donde se los encontró otra vez.
Los mismos cerdos de siempre. El estibador gordo, el viejo amargado del bastón y un par de críos que seguían al rebaño.
Borrachos. Tambaleándose. Riendo demasiado alto.
—Mirad, mirad —gruñó el estibador, señalándolo con una botella—. ¡El coleccionista de bolsos!
Risas. Pero fue el viejo Emilio quien escupió la sentencia.
—Deberían haberte metido un cuchillo entre las costillas cuando pudieron. Basura como tú solo atrae más basura.
Algo se rompió. No fue un estallido. Fue un derrumbe.
Silencio súbito. Y luego, un rugido que le salió de las tripas.
No pensó. Actuó. Se abalanzó sobre el viejo, pero un crío se puso por delante.
Marc le clavó el puño en la cara. CRAC. Cartílago bajo los nudillos.
Calor. Un chorro de sangre le salpicó la cazadora.
—¡Joder, me ha reventado la nariz! —bramó el chaval cayendo de culo al suelo.
Infierno. El estibador lo agarró por detrás.
Marc, con una fuerza que no sabía que tenía, se soltó.
Codazo en las costillas. Otro puñetazo, al estibador, en la boca.
Un diente saltó. Cayó al adoquín como una piedra sucia.
Alguien le golpeó por la espalda. Luego en el riñón.
Dolor agudo. Jadeo. Pero no paraba. Era un animal.
Golpeaba. Arañaba. Mordía si hacía falta.
La rabia de semanas, de años, salía a borbotones por los puños.
—¡Paradlo! ¡Está loco! —alguien gritó .
Pero ya era tarde. La furia lo poseía. Puro instinto.
Torbellino de carne, huesos y odio. Hasta que alguien, quizá el otro crío, le dio una patada en la pierna.
Se derrumbó. La lucha se convirtió en una masa de cuerpos rodando.
Golpes sordos. Maldiciones. El sabor de su propia sangre en la boca, mezclada con sudor y la mugre del pavimento.
Los pitidos de la policía llegaron como un coro celestial. Lo separaron a porrazos. Marc, jadeante, un ojo hinchándose, labios partidos, vio al estibador escupiendo sangre y al crío con la nariz torcida. Él también sangraba. Todo le dolía. Pero en sus ojos, cero arrepentimiento. Solo vacío. Feroz.
—Siempre eres tú, Montes —dijo un poli, esposándolo—. Siempre la misma mierda.
Furgón. Silencio durante el trayecto. En comisaría, celda de retención.
Cuatro paredes blancas. Banco de cemento.
Se pasó las horas mirando una mancha en la pared.
Los moratones florecieron en su piel como flores podridas.
El dolor no importaba. Importaba el vacío.
La certeza: no había salida. Cada golpe, cada rabieta, cavaba su tumba un poco más hondo.
López no fue. Lo dejaron pudriéndose horas. Luego lo soltaron. Sin cargos. «Falta de pruebas», dijo el poli de turno con sonrisa burlona. Sabían que no necesitaban cargos. Solo necesitaban que la gente lo viera salir de allí. Que confirmaran: es una bestia.
Al salir a la noche, se miró en el reflejo de un escaparate. No se reconoció. Ojo morado y cerrado. Labio partido. Ropa manchada de sangre propia y ajena. Pero no era eso. Era la mirada. Algo se había endurecido dentro, quebrado y soldado mal. Más tosco. Más brutal.
Caminó hacia su trastero, cojeando. La gente cruzaba la calle para evitarlo. Ya no era solo el monstruo. Era la violencia hecha carne. Recordatorio andante de lo que pasaba si te enfrentabas a la basura del puerto.
Se encerró en su guarida. Se dejó caer en el jergón.
El sabor a sangre seguía en la boca. Se lo tragó.
Como se tragaba todo. Pero esta vez algo había cambiado.
La próxima vez no gritaría. No se abalanzaría como un poseso.
La próxima vez, sería calculador. Frío. Si ya lo trataban como animal, quizá era hora de actuar como uno.
Un animal acorralado sí que era peligroso. Y él llevaba toda la vida acorralado.
El periódico local estaba pegado con saliva a la barra del Balandro Oxidado, al lado del grifo de cerveza que siempre goteaba.
Lorena no quiso mirarlo al principio, pero la foto en blanco y negro del Dodge Dart gris, con el faro roto como un ojo cegado, le atrajo los ojos como un imán maldito.
El titular gritaba: VEHÍCULO ENVUELTO EN LA INVESTIGACIÓN - ¿PISTA DECISIVA?
«Pista decisiva. Como si algo aquí pudiera ser decisivo excepto la miseria».
Ramón, el viejo marinero, empezó con el rumor. Señaló la foto con un dedo manchado de nicotina.
—Mira, Lore, ése es el coche. El del descampado. Dicen que dentro había casquillos de bala.
—Casquillos viejos —rectificó ella, mecánicamente—. Oxidados.
—¡Viejos o nuevos, ahí estaban! —intervino otro—. Ese Dodge es del asesino, te lo digo yo. Lo siento en los huesos.
La frase se le clavó. «Lo siento en los huesos» . Como si el miedo fuera un sexto sentido colectivo. Una alucinación compartida por todo el barrio .
El rumor creció. Alimentado por la policía, que ni confirmaba ni negaba. En el mercado, las mujeres cuchicheaban frente al pescado.
—Mi marido dice que es un coche fantasma. Aparece y desaparece.
—Un primo de mi cuñado lo vio cerca del faro. Con las luces apagadas.