8
El rumor se propagó por el barrio del Castillo como un virus en un callejón sin salida. «El asesino se lleva los bolsos. Como trofeos». No se sabía quién lo había soltado primero. Pero ahí estaba, envenenando el aire.
Marc lo oyó de un chaval que le vendía tabaco robado.
—Dicen que el cabrón tiene una colección, tío. Bolsos de todas.
Se le heló la sangre. No era solo lo macabro. Era la maldita casualidad. Porque él, en sus peores tiempos, había robado carteras. Bolsos. Su firma.
«Me van a linchar. Van a coger todos los hilos sueltos de mi vida y van a hacer una soga».
Esa misma tarde, yendo a por pan, se topó con ellos. Un grupo de cinco o seis vecinos, apiñados como moscas.
—Ése es —susurró uno, señalándolo con la barbilla—. El de los bolsos.
Marc metió las manos en los bolsillos y apretó el paso. Pero un tipo corpulento, un estibador al que le debía pasta, se plantó delante.
—Oye, tú, Montes. ¿No serás tú el coleccionista?
Las risas fueron tensas. No había gracia. Solo nervios y odio.
—No sé de qué habláis.
—¡Que si robas bolsos de muertas, coño! —gritó una mujer—. ¡Como el de la Sonia!
—Yo no he tocado ningún bolso.
—¡Claro que no! —intervino otro—. ¡Tú solo robas radiocasetes y billeteras! ¡Como si eso fuera mucho mejor !
La humillación le subió por el cuello, caliente y espesa. Estaba rodeado.
—Eres una mala pieza, Marc —dijo el estibador, escupiendo casi a sus pies—. Siempre lo fuiste. Y ahora con lo que pasa... la gente como tú sobra.
El viejo Emilio, un carcamal que pasaba los setenta, se acercó apoyándose en un bastón. Todos callaron.
Se plantó frente a Marc. Lo miró con ojos vidriosos llenos de desprecio.
—Tú —escupió, con voz temblorosa—. Eres lo peor de este puerto. La basura que no se va ni con la marea. Robas, trapicheas, y ahora... quién sabe.
Marc apretó los puños. «Basura. La misma palabra que usa todo el mundo».
—Cállate, viejo —logró decir, pero sonó débil.
—¿Ves? —el viejo alzó la voz—. ¡Ni siquiera tiene respeto! ¡Es un animal! ¡Y los animales, cuando enferman, hay que sacrificarlos!
«Sacrificarlos». La palabra resonó como un disparo. No era una metáfora. En sus ojos, Marc vio que lo decía en serio. Él era un perro con rabia.
La rabia que sintió entonces no era caliente. Era fría. Una losa de hielo en el estómago. Quería gritar. Quería partirle la cara al viejo. Quería incendiar el barrio entero. Pero no hizo nada.
—Deberíais iros todos al infierno —musitó, y dio un paso al frente.
El círculo se abrió. Nadie quiso tocarlo. Caminó entre ellos, sintiendo sus miradas en la nuca. Oía sus cuchicheos. «Basura». «Delincuente». «Asesino» .
Al doblar la esquina, se apoyó contra la pared, jadeando. No por cansancio. Por rabia contenida. Sabía que no podía ganar. Luchara contra quien luchara, él siempre sería el monstruo. El chivo expiatorio perfecto.
Escupió al suelo. «Sois todos iguales».
Pero mientras caminaba, una parte de él, la más podrida, se preguntó si quizá tenían razón. Quizá él era solo basura. Y la basura, al final, siempre acaba en el mismo sitio: en un vertedero, o quemada.
La pensión sudaba humedad. Lorena estaba en la cama, mirando una mancha en la pared que cada día parecía tener más forma de país desconocido. Un país miserable. Como el suyo.
Llamaron a la puerta. Tres toques rápidos, impacientes, que conocía demasiado bien. Los de su tía.
Abrió. Su tía Carmen estaba en el umbral, sin abrigo, con una bolsa de plástico raído colgando del brazo. No saludó. Su mirada escaneó la habitación y arrugó la nariz.
—Dios mío, Lorena. Esto parece una pocilga —dijo, pasando sin ser invitada. Dejó el bolso sobre la mesa con un golpe seco. No parecía contener comida, sino papeles viejos—. No me extraña que todo el barrio hable.
Lorena cerró la puerta, el corazón latiéndole contra las costillas. «¿A qué viene? ¿Dinero? ¿Más chantaje?»
—¿Qué quieres, Carmen?
Su tía se volvió, cruzando los brazos sobre el pecho escuálido.
—Lo que quiero es no tener que bajar hasta este antro. Pero parece que siempre acabo aquí, recogiendo la porquería que dejas atrás. Igual que cuando eras una cría .
«Cuando era una cría. Cuando tu marido se metía en mi cuarto por la noche y tú mirabas para otro lado».
—Habla claro.
—¡Están diciendo que te peleaste con la Sonia! —estalló Carmen, su voz un chillido de polea oxidada—. ¡Charo, la del estanco, lo ha contado por todo el barrio! ¿Es verdad?
Lorena encendió un cigarrillo. La calada le supo a ceniza y pasado.
—Tuvo que ser ella. La vieja cotorra. No fue una pelea. Me debía dinero.
—¡Dinero! —Carmen soltó una risa corta, amarga—. Siempre el dinero. Igual que tu tío, que no para de preguntar por ti. «¿Cómo está la niña?», dice. Como si le importara. Como si no supiera que eres una...
Se calló, pero la palabra flotó en el aire entre ellas: «puta».
—¿Te ha mandado él? —preguntó Lorena, la voz un hilo tenso—. ¿Te manda a pedirme dinero otra vez? Dile que no tengo. Que se la pida a sus amigos del muelle.
—¡A mí no me hables así! —Carmen se acercó, el aliento a café rancio—.
Yo te di un techo cuando no tenías a nadie.
Y me pagaste así. Con escándalos. Con vergüenza.
Y ahora esto. Otra vez en medio del fango.
Con ese delincuente, con muertas... La gente me señala a mí también, ¿sabes? Porque fuiste mi carga.
Ahí estaba. No era preocupación. Era la misma vergüenza de siempre, vestida de caridad obligada.
—Nunca fuiste mi madre —dijo Lorena, con una frialdad que la sorprendió—. Solo la mujer que me echó a la calle con una maleta de plástico. Vete. No te necesito .
Carmen palideció. Sus ojos, pequeños y duros, brillaron con algo que podría ser dolor, pero era más parecido a la rabia herida.
—Eres igual que ellos. Igual que tu padre. Una desgraciada ingrata —escupió las palabras—. Está bien. Quédate aquí, pudriéndote. Pero cuando la policía te venga a buscar, no llores llamando a mi puerta. No volveré a limpiar tus desastres.
Se dio la vuelta y salió, cerrando la puerta sin golpe, con un silencio definitivo.
Lorena se quedó inmóvil. El temblor empezó en las rodillas y subió hasta los dientes. No había lágrimas. Solo un vacío enorme, un agujero negro donde antes ardía una brasa de rencor. Hasta eso se lo habían quitado.
Se dejó caer en la cama. Miró la bolsa de plástico arrugada sobre la mesa. Ni siquiera había fingido traer comida. Solo venía a sacar su cuota de culpa, a esparcir sal en la herida.
Se tumbó de lado, mirando la mancha en la pared. El país desconocido. Quizá, si se quedaba mirando el tiempo suficiente, podría encontrar la manera de escapar. O quizá la mancha era un espejo, y el país miserable era simplemente ella. Su piel. Su vida. Su herencia.
La Plaza Nueva hervía. Ultraderecha a un lado, banderas raídas, caras congestionadas. Izquierda al otro, pancartas pintadas a mano, jóvenes con mirada de rabia limpia. Marc pasaba por en medio. Cabeza gacha, manos en los bolsillos. Quería ser sombra, pero hasta las sombras aquí tenían etiqueta.
—¡Esto es culpa del desgobierno! —rugió un tipo con la cabeza rapada.
—¡La culpa es vuestra, fachas de mierda! —le devolvió una tía con una cresta de pelo coloreada .
Marc apretó el paso. «Mangantes. Usando muertas para su guerra particular».
—Eh, tú —lo señaló un chaval de izquierdas—. ¡Quédate y lucha!
—¡Ese es Marc! —gritó otro desde la derecha—. ¡El que folla con la puta del puerto!
Y ya estaba. En el ojo del huracán. Ni rojo ni facha. Solo carne para golpes.
Los empujones empezaron. Un codazo. Un empujón. Un grito. Fue la chispa.
—¡La policía! —alguien lo avisó demasiado tarde.
Los furgones llegaron como panteras blancas. Los maderos salieron, rostros ocultos, porras en mano. No preguntaron. No distinguieron. Empezaron a repartir porrazos. Un golpe seco en un hombro, un bastonazo en las piernas, un empujón brutal.
Marc intentó esquivar, pero un agente le cerró el paso.
—¡Tú, quieto ahí, rubio!
La porra silbó. Marc se agachó. El golpe le rozó el hombro, un dolor sordo y caliente. Vio los ojos del poli detrás de la visera. No había ira. No había nada. Solo la aplicación rutinaria de la fuerza.
—¡No he hecho nada! —gritó, pero un empujón lo mandó contra el suelo.
La boca se le llenó del sabor metálico de la sangre. Alguien le pisó la mano. A su alrededor, era un infierno de gritos y porrazos. Levantó la vista. Vio a un manifestante sangrando por la nariz. Vio a un tipo siendo arrastrado. No importaba el bando. La porra era la misma. El desprecio, idéntico.
Se arrastró, metiéndose bajo un banco, jadeando.
Y en medio del caos, una idea se le clavó en el cerebro, más clara que nunca: ellos, los de arriba, usaban esto.
Usaban el miedo, la rabia. Los enfrentaban entre ellos, les daban banderas diferentes para que se pegaran, mientras el verdadero monstruo seguía suelto.
Porque al final, para el poder, todos ellos eran lo mismo: carne de cañón.
Desechos humanos a los que podían golpear, humillar y sacrificar.
Un agente pasó cerca y le dio un golpe en la espalda.
—¡Lárgate de aquí, escoria!
Marc se incorporó y, sin mirar atrás, echó a correr cojeando, escupiendo sangre al adoquín.
No huía de los maderos. Huía de todo. Del circo, de la farsa.
Y mientras corría, supo que la única verdad en todo ese espectáculo asqueroso era la porra.
El golpe. La violencia. Lo demás era ruido.
Y él estaba hasta el cuello de tanto ruido.
El Balandro Oxidado emanaba traición. Lorena lo sintió en cuanto traspasó la puerta. Los murmullos cesaron. Las caras se volvieron hacia ella. Con una seguridad sucia. Un veredicto.
Fue Ramón, el viejo marinero, quien no pudo aguantárselo.
—Oye, Lore... ¿es verdad que te peleaste con la Sonia? La Carmencita dice que os vio. Discutiendo a gritos. Pocos días antes de lo... ya sabes.
El vaso que sostenía casi se le escapó. «La vieja cotorra».
—No era una pelea —respondió, con voz quebrada—. Solo... hablamos.
—Pues según ella, tú la empujaste —intervino otro—. Que estaba la Sonia, borracha, y tú, muy alterada .
«Alterada. Claro que estaba alterada. La muy zorra me debía dinero».
—Le estaba reclamando algo que me debía —aclaró, secando la barra con furia—. Nada más.
—¿Dinero? —preguntó Ramón, alzando una ceja—. Con lo que está pasando... y tú, reclamándole deudas a una mujer que acaba así... Joder, Lore, no pinta bien.
«No pinta bien. Significa que ya te han condenado».
Sintió que todas las miradas la escarbaban. Salinas surgió de la trastienda. Se acercó y le habló en un susurro que cortaba como cristal.
—¿Qué historia es esta que me cuentan, Duarte? ¿Discutiendo con la muerta?
—No fue así.
—¡Me da igual cómo fuera! —cada palabra era un latigazo—. La gente lo cuenta así. Y la gente es quien llena este local. ¿Quieres que se piensen que aquí trabaja una que se pelea con las clientas antes de que las degüellen?
Lorena quiso responder, pero las palabras se le atascaron. Vio a los clientes murmurar, asintiendo. La historia era demasiado jugosa. Encajaba a la perfección.
—Tendrás que dar explicaciones —añadió Salinas, con brillo siniestro—. A la policía le encantará oír esto. Y a mí... a mí me viene de perlas para recordarte lo que pasa cuando olvidas tu lugar.
—No hice nada —susurró, pero sonó a mentira.
—Eso lo decidimos nosotros —dijo un hombre desde la barra—. Los que vivimos aquí.
Lorena se quedó inmóvil, agarrada a su trapo sucio.
Se sintió como un animal acorralado. La habían visto.
La habían señalado. Y ahora, una discusión estúpida por un puñado de dinero se convertía en la prueba definitiva de su culpabilidad.
No la del asesinato, no todavía, pero sí la de ser una mala persona. Una que atraía la desgracia.
Cogió el trapo sucio y lo estrujó con fuerza, hasta que los nudillos le dolieron. Luego, lentamente, empezó a limpiar la barra. Una y otra vez. Como si pudiera fregar su propio nombre de todo aquello.