7 #3
El grito que soltó la señora Elvira atravesó la mañana gris como un cuchillo.
Un chillido agudo, histérico, que hizo que varias ventanas se abrieran.
En menos de cinco minutos, había una pequeña multitud apiñada alrededor del contenedor.
Voces excitadas, miradas que iban del bolso a las ventanas de los pisos de alrededor, como si el asesino pudiera estar observando desde detrás de una cortina, riéndose.
Lorena, que volvía de su turno de limpieza en el Miramar con la espalda dolorida y la cabeza llena de la amenaza de Salinas, una amenaza que le resonaba como un tambor sordo, se detuvo en seco al doblar la esquina.
Vio el grupo. Vio el bolso en manos de la señora Elvira, que ahora lo agitaba como un trofeo siniestro.
Y el mundo, ese mundo asqueroso que ya creía incapaz de sorprenderla, le soltó un puñetazo en el estómago, seco y brutal.
«No. No puede ser».
Porque ella conocía ese contenedor. Demasiado bien.
Era su escondite. El lugar donde a veces se metía, detrás de los cubos de basura, en un rincón escondido de la vista de la calle, para fumarse un pitillo en paz después de un turno particularmente duro en el Balandro Oxidado.
Para llorar sin que nadie la viera. Para escapar, aunque fuera cinco minutos, de las miradas y las exigencias.
Su rincón asqueroso. Su pequeño hoyo en el mundo.
—¡Es el bolso de la Sonia! —gritaba la señora Elvira, histérica, la voz agrietada por la excitación y el morbo—. ¡Lo han tirado aquí! ¡Justo aquí!
Las cabezas empezaron a girar. Primero hacia el bolso.
Luego, lentamente, hacia Lorena. Ella podía sentir el peso de sus ojos.
Preguntándose. Conectando puntos. «Lorena, la última en verla con vida.
Lorena, la que sale con el sospechoso. Lorena, la que a veces se esconde justo aquí, donde apareció el bolso».
—Oye, Lore — dijo un vecino, un tipo con el olor del pescado pegado a la ropa —. Tú vienes mucho por aquí, ¿no? A fumar.
Ella quiso negarlo. Quiso gritar. Pero las palabras se le ahogaron en la garganta, como piedras. Solo pudo sacudir la cabeza, un movimiento débil, inútil, un gesto de niña asustada.
—¿Y no habrás visto algo? —insinuó otro, un hombre con una gorra de trabajo y ojos curiosos, ávidos—. Alguien tirando esto... alguien raro...
Antes de que pudiera responder, llegó la policía.
Dos coches patrulla, luces girando, azules pintando las fachadas de colores de pesadilla.
Disolvieron a la multitud a empujones, con gestos bruscos.
Un agente, con cara de pocos amigos y una barba de tres días, cogió el bolso de las manos de la señora Elvira con unos guantes de látex, con cuidado, como si fuera una bomba.
—¿Quién lo ha encontrado? —preguntó, mientras su compañero empezaba a acordonar la zona con cinta amarilla, esa cinta que siempre parecía marcar el principio de algo terrible.
—¡Yo! —chilló la señora Elvira, señalando luego a Lorena con un dedo acusador, un dedo que temblaba de excitación—. ¡Y ella! ¡Ella está mucho por aquí! ¡Es su escondrijo!
Todos los ojos, incluidos los de los policías, se clavaron en Lorena. El agente la miró de arriba abajo, registrando su ropa de limpieza barata, su cansancio, su miedo. La miró como se mira a un espécimen, a algo que no pertenece.
—¿Es cierto eso? —preguntó, con una voz neutra que era más aterradora que un grito, una voz que no esperaba la verdad, solo confirmación.
Lorena abrió la boca, pero solo salió un hilo de voz, un susurro roto.
—A... a veces. Vengo a fumar. A estar sola.
El agente anotó algo en una libreta, un gesto rápido, impersonal.
Su compañero miraba el contenedor y luego a ella, con una expresión que no dejaba lugar a dudas.
No era la mirada que se le da a un testigo.
Era la que se le da a un eslabón. A una pieza que, querida o no, encajaba en un rompecabezas terrible. Una pieza sucia, manchada, conveniente.
«Me están tendiendo una trampa. O el asesino me está tendiendo una trampa a mí. O el mundo entero es una trampa y yo solo estoy cayendo».
Sintió cómo el suelo se movía bajo sus pies, cómo la realidad se curvaba, cómo su pequeño refugio miserable se convertía de repente en el centro de la pesadilla.
El bolso de Sonia, manchado de su sangre, aparecido en su sitio.
No era una coincidencia. No podía serlo.
Era una señal. Una flecha apuntando directamente a ella .
El agente se acercó, sus botones brillando bajo la luz gris.
—Señorita Duarte, va a tener que acompañarnos a comisaría. Para contestar unas preguntas.
No era una invitación. Era una orden. Una orden dicha con esa voz plana, burocrática, que no admitía réplica.
Lorena miró el bolso, ahora metido en una bolsa de plástico transparente, y luego el contenedor, ese contenedor que ya nunca más sería un refugio, sino una prueba en su contra.
Una prueba de que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado.
O de que alguien quería que pareciera que lo estaba.
Fue consciente de que la red no solo se cerraba a su alrededor. La estaban cosiendo dentro de ella. Punto por punto. Hilo por hilo. Hasta que no pudiera respirar, hasta que no pudiera moverse, hasta que se convirtiera en otra pieza del monstruo. En otro nutriente para la bestia.