7 #2
«Me miran como si fuera el asesino».
La frase le resonó dentro, golpeando con cada latido de su corazón.
No era una paranoia. Era un hecho. López lo había pintado de amarillo, y ahora todo el barrio veía la peste.
Se sintió sucio. Manchado. Como si la culpa de otro se le hubiera pegado a la piel y no pudiera lavarla, ni con lejía, ni con alcohol, ni con sangre.
Llegó a su trastero —ese agujero de tres por tres, con un jergón, un espejo roto y el olor a humedad— y se encerró.
Se miró en el pequeño trozo de espejo roto que tenía pegado con cinta adhesiva.
Rubio. Flaco. Cicatriz. Ojos grises. «El retrato robot».
Se rio, un sonido seco y amargo, como el crujido de un hueso.
No hacía falta ser un genio. Solo hacía falta ser el diferente. El que no encajaba. El desecho.
Se dejó caer en el jergón y encendió un Ducado con dedos que ahora sí temblaban.
No por miedo a la policía. Ni por miedo a la cárcel.
Sino por esa seguridad de que, ganara o perdiera, él ya estaba condenado.
Porque en los ojos de su ciudad, en el susurro de sus calles, él ya era el monstruo.
Y los monstruos, lo sabía bien, no merecían justicia.
Merecían una hoguera. Una hoguera pública, con palomitas y cerveza barata, para que todos pudieran escupir al fuego.
El Hotel Miramar, un antro de derrota con aspiraciones de grandeza.
Un pasillo interminable de moqueta mugrienta, puertas con cerraduras flojas y el ronroneo constante de la calefacción, como los intestinos de una bestia enferma.
Lorena, de rodillas en el suelo frío del cuarto 207, frotaba el váter con un cepillo que le despellejaba los dedos, arrancándole la piel hasta hacerla sangrar.
El olor a vómito y desinfectante le subía por las narices, pero era un olor distinto.
Era el olor de la posibilidad. Débil, pero ahí.
«Tres horas al día. Cinco días. Un puñado de duros. Pero es mío. Sin manchas de cerveza ni de las miradas de Salinas. Sin sus manos».
Se había topado con el trabajo por casualidad, hablando con una de las chicas de la limpieza, una marroquí con ojos de haberlo visto todo y de no querer ver nada más.
—Necesitan a alguien para las mañanas, solo un rato. Pagan una miseria, pero pagan.
Ella había asentido como una poseída. Era su billete de salida. O el principio de uno. Un trabajo donde nadie le pondría una mano en el culo ni le recordaría lo que debía. Donde podría ser invisible. Donde podría, por unas horas, no ser Lorena la del puerto.
Al salir, con el olor a lejía pegado a la ropa como un nuevo perfume, un perfume de limpieza y anonimato, se sintió casi ligera.
Como si el aire gris de Peñablanca pesara un poco menos.
Como si pudiera respirar sin que el pecho le doliera.
Esa noche, en el Balandro Oxidado, se lo dijo a Salinas con la voz más firme que pudo reunir, una voz que le temblaba solo un poco, solo por dentro.
—Me voy. En dos semanas. Conseguí otro curro.
Salinas no levantó la vista de la caja registradora. Sus dedos, gruesos y con anillos de oro falso, seguían contando billetes, pasándolos de uno en uno como si fueran reliquias.
—¿Otro curro? —preguntó, como si la palabra le resultara extraña, como si fuera un término de otro idioma—. ¿De qué? ¿De princesa en un castillo?
—Limpieza. En el Miramar .
Por fin alzó la mirada. No había sorpresa en sus ojos. Solo ese cálculo frío de siempre, como si estuviera evaluando la depreciación de un activo, de un coche usado, de un mueble roto.
—El Miramar —repitió, saboreando la palabra como si fuera un caramelo agrio—. Qué ascenso. De servir cañas aquí a fregar suelos allí. Pero aquí, al menos, las propinas son mejores, ¿no, Lore?
Ella apretó el trapo que llevaba en la mano, sintiendo la tela áspera, húmeda de cerveza derramada.
—Aquí las propinas tienen condiciones.
Salinas sonrió, una grieta fina y desagradable en su cara, una sonrisa que no iluminaba nada, que solo oscurecía.
—Todo en la vida tiene condiciones, preciosa. Tú lo sabes mejor que nadie. —Cerró la caja con un clac seco, como un disparo—. Pero me temo que no es tan simple.
—He dado mi preaviso.
—¡Y yo te doy las gracias por la cortesía! —dijo, con una falsa efusividad que sonó a burla, a escupitajo disfrazado de caramelo—. Pero aquí las cosas no funcionan así. Aquí nadie se va sin pagar favores. Y tú, mi querida Lorena, tienes una cuenta bastante... abultada.
El aire se le heló en los pulmones. «Favores. La palabra bonita para todo lo que le he dejado hacer. Para todas las veces que miró hacia otro lado. Para todos los clientes “especiales” que tuve que atender. Para todas las noches que salí de aquí sintiéndome sucia por dentro y por fuera».
—Te he pagado —susurró, la voz apenas un hilo—. Con intereses.
—¿Eso crees? —se acercó, apoyando las manos en la barra, encerrándola, con el olor a colonia barata y sudor viejo envolviéndola—.
¿Crees que el dinero paga el techo que te di cuando no tenías dónde caerte muerta?
¿La comida cuando tu tío te dejó tirada?
¿La protección contra gente... indeseable?
Eso no se paga con un puñado de billetes sudados, nena. Eso se paga con lealtad.
«Lealtad. O esclavitud. Da igual el nombre. Es la misma cadena».
—No puedo quedarme —dijo, y notó cómo su voz perdía fuerza, cómo se le quebraba, cómo se le moría en la garganta.
—Claro que puedes. Y vas a hacerlo. —Su tono era dulce, venenoso, como un jarabe caducado—.
Porque si no, tendría que recordarle a todo el mundo lo poco fiable que eres.
A la policía, por ejemplo. Que sigue tan interesada en lo de la Sonia...
y en quién fue la última en verla. Y a los del Miramar...
no les haría gracia saber que su nueva empleada es una puta que sale con el principal sospechoso de cuatro asesinatos.
Los hoteles son muy sensibles con su imagen, ¿sabes? Muy delicados.
Lorena lo miró, y por un momento, vio el final del camino.
No una salida, sino un muro. Alto, de piedra, con su nombre grabado.
Salinas no la golpeó. No la gritó. Solo le mostró las cadenas.
Las que él había forjado con «favores» y que ella, en su desesperación, se había puesto.
Cadenas de deudas, de silencios, de miseria acumulada.
—Eres un hijoputa —logró escupir, con las últimas fuerzas, con el último resto de dignidad que le quedaba.
—Soy un hombre de negocios —rectificó él, con una sonrisa amplia, obscena—. Y tú, mi mejor inversión. No voy a dejar que te devalúes .
Le dio la espalda y se fue a la trastienda, dejándola sola con el olor a cerveza y humo, con el ruido de las máquinas tragaperras, con el peso de su prisión.
Lorena se quedó agarrada a la barra, temblando.
El trabajo en el Miramar ya no era una escapatoria.
Era solo un recordatorio de lo que no podría tener.
De la libertad blanqueada con lejía que se le escapaba entre los dedos.
Salió a la calle y caminó sin rumbo, las lágrimas secas le ardían en los ojos, como ácido.
La ciudad se cerraba a su alrededor, no con puertas y rejas, sino con miradas, con rumores, con deudas impagables.
Peñablanca la tenía atrapada. En sus calles, en su miseria, en su porquería.
Y ella, como una rata en un laberinto, por mucho que corriera, siempre acababa chocando con la misma pared.
Podía limpiar mil habitaciones de hotel, podía fregar mil suelos, pero nunca lavaría la mancha de ser quien era.
La chica del puerto. La que debía favores.
La próxima, quizá, en la lista de alguien.
La señora Elvira tenía el olfato de una urraca y la moral de una alcahueta.
Recorría los contenedores detrás de los Grandes Almacenes cada mañana, escudriñando entre la basura en busca de tesoros desechados: un jarrón agrietado, una revista de moda vieja, restos de comida aún envueltos.
Pero hoy no fue un tesoro lo que encontró.
Fue un espectro. Un fantasma de tela y sangre.
El bolso era de un color mostaza apagado, de piel sintética barata, con un cierre roto que colgaba como una lengua fuera de la boca.
No era especial. Podría haber sido el de cualquier mujer del barrio.
Pero la señora Elvira lo reconoció. Lo había visto mil veces colgado del hombro flaco de Sonia, balanceándose con su andar tambaleante de ginebra y desesperación.
—¡Ave María Purísima!
Lo sacó de entre los cartones de leche vacíos y las cáscaras de plátano, sosteniéndolo con dos dedos, como si estuviera contaminado, como si llevara peste.
Y entonces, vio las manchas. Oscuras, rojizas, secas y crujientes, que se habían comido el color mostaza en un lado.
No eran de vino. El vino no secaba así, no dejaba ese rastro. Era metálico, dulzón, carnicería vieja.