El óxido y la sangre 7
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El bar La Giralda era una cloaca de mármol de plástico y espejos mugrientos, pero tenía un periódico local abandonado en la barra y la cerveza más barata del centro.

Marc se plantó en un rincón, con la gorra calada hasta las cejas, desdoblando el diario como si estuviera abriendo una herida.

La foto de Sonia —una foto de carnet descolorida, de esas que sacan en comisarías y tanatorios— le devolvía la mirada desde la portada.

CUARTA VÍCTIMA DEL MONSTRUO DEL PUERTO, gritaba el titular.

Abajo, en letra pequeña y mezquina: «Los vecinos exigen medidas: “No podemos vivir así”».

«Vivir. Qué palabra tan grande para lo que hacemos aquí», mascó Marc, mordiéndose un pellejo del dedo hasta que sintió sabor a cobre y piel muerta.

Mientras leía la sarta de mentiras edulcoradas y las declaraciones de políticos —«estamos haciendo todo lo posible», «confiamos en los cuerpos de seguridad»—, escuchaba la tertulia de borrachos a su espalda.

Tres viejos con aliento a orujo barato, discutiendo como si el destino de la nación dependiera de ellos.

—¡Es la herencia del régimen, joder! —gritaba el más calvo, dando un puñetazo en la mesa que hizo bailar los vasos—. ¡Esta policía no está preparada para la democracia! ¡Son cachorros del franquismo con la correa suelta!

—¡Tú qué sabrás, Roque! —le espetó otro, con una chaqueta de pana raída y manchas de grasa—. ¡Con la que está cayendo, lo que hace falta es mano dura! ¡Como en los tiempos de Carrero! ¡Esto es un zafarrancho! Un sálvese quien pueda... y el asesino, tranquilo, tomando cañas .

Marc sorbió su cerveza, agria y plana como pis de gato.

«Tomando cañas. O follando. O meando contra la misma pared donde pintaron “LA PRÓXIMA”».

La gente siempre buscaba un enemigo grande, abstracto.

El Estado. La herencia franquista. La decadencia moral.

Cualquier cosa menos un hijoputa con un cuchillo y ganas de usarlo.

Afuera, la ciudad respiraba miedo. Lo exhalaba.

Lo escupía. Lo había visto al venir. Padres recogiendo a sus hijas del colegio con caras de funeral, agarradas de la mano como si fueran a ser arrancadas de un momento a otro.

Taxis que pasaban de largo cuando alguien hacía señas cerca del barrio del Castillo, los conductores negando con la cabeza tras el cristal con ojos vacíos.

Y por la noche, las patrullas vecinales —hombres con palos y linternas, los mismos que de día vendían pescado o descargaban cajas—, paseándose por las calles como un ejército de fantasmas con olor a sudor y resaca.

—¡Lo que hay es que limpiar el barrio! —terció el tercero, un tipo con gafas gruesas y dientes amarillos—. Empezando por ese nido de maleantes del puerto. Una redada y a meterlos a todos entre rejas. A ver si así espabilan.

«Meterlos a todos. Como si fuéramos cucarachas». Marc miró su reflejo deformado en el espejo de la barra. Rubio. Flaco. Cicatriz. «El retrato robot de la alimaña a exterminar». No era una persona. Era un síntoma. Un chivo expiatorio de diseño barato.

La camarera, una mujer joven con ojeras tan profundas que parecían moretones, cambió el canal de la tele.

Apareció un político local, trajeado y sonriente, hablando de «unidad ciudadana» y «tolerancia cero».

Marc soltó una risa seca que sonó a disparo.

La camarera lo miró, y por un segundo, sus ojos se encontraron.

En los de ella vio el mismo cansancio, la misma certeza de que todo era una farsa.

Una farsa con víctimas reales, con sangre real, con miseria real.

—Otra —dijo Marc, levantando el vaso vacío.

Ella asintió y sirvió. Mientras lo hacía, se inclinó un poco mostrando el escote sudado.

—Han preguntado por ti —murmuró, sin mover los labios—. Dos tipos. No eran policías. O no llevaban uniforme.

Marc no se inmutó. «López. O los matones de Salinas. O los vecinos con sus palos. Da igual. Todos juegan al mismo juego: el de la supervivencia del más cabrón».

—¿Qué les dijiste?

—Que no te había visto. —Ella apartó la mirada—. Pero no vuelvas por aquí en un tiempo. Huelen a sangre.

Antes de que pudiera responder, los tertulianos elevaron el tono.

—¡Es que no hay respeto! —gritaba el de la chaqueta de pana—. ¡Ni por las mujeres, ni por la ley, ni por Dios!

«Dios. Otra palabra grande. Como “justicia”.

Como “democracia”. Palabras de mentira para una realidad podrida».

Marc dejó unas monedas en la barra —las justas, ni una más de propina— y se levantó.

Al salir a la calle, el viento frío le azotó la cara como una bofetada.

Una niña, agarrada a la mano de su madre, lo miró con ojos como platos antes de que la mujer la apartara de él con un tirón brusco, como si fuera un perro sarnoso.

«Soy el monstruo. O al menos, el que ellos necesitan que sea», pensó, encendiéndose un Ducado con las manos temblorosas.

Pero mientras caminaba de vuelta a su agujero, una idea se le clavó en el cerebro, más fría que el viento: el monstruo de verdad no era él.

Ni siquiera era el asesino. El monstruo era esto.

La ciudad entera. Respirando miedo, escupiendo odio, alimentándose de su propia podredumbre.

Y él, y Lorena, y las mujeres muertas, solo eran los nutrientes. La comida de la bestia.

La comisaría le producía a Marc el mismo efecto que un empujón en una herida sin cerrar.

Un dolor sordo, familiar, que te recordaba tu lugar en el mundo: abajo.

El mismo cuarto asqueroso, verde pálido y sudor rancio.

La misma mesa clavada al suelo, con arañazos de uñas y manchas de café viejo.

López, en frente, hojeando una carpeta fina como si contuviera los secretos del universo, y no la colección de basura y prejuicios que era.

—No te preocupes, Marc, es una conversación informal —dijo López sin mirarlo, con esa voz de miel agria que usaba para las grandes mentiras—. Solo queremos aclarar algunos puntos. Hay versiones... contradictorias.

Marc se mantuvo inmóvil, las manos sobre la mesa, sintiendo el latido de sus venas bajo la piel, como gusanos bajo tierra. «Contradictorias. Claro. Como la versión de que soy un ángel y la de que soy el demonio. Vosotros os quedáis con la que más os conviene. Siempre».

—Tu nombre está saliendo mucho, Marc —continuó López, cerrando la carpeta y alzando por fin la mirada. Sus ojos eran dos agujeros negros, sin fondo, sin alma—. En declaraciones. Vecinos. Gente del barrio. Parece que eres un tipo popular.

—No soy popular. Soy conveniente.

López esbozó una media sonrisa, un gesto que no llegaba a los ojos.

—¿Conveniente? Qué palabra más rara. La gente habla, eso es todo. Dicen que te ven merodeando por sitios raros. A horas raras. Cerca del solar donde apareció la Sonia, por ejemplo.

«Mierda. Una mentira. O una media verdad. Todo el barrio es un sitio raro y todas las horas son raras cuando vives en este agujero».

—No estuve cerca de ese solar. Estaba aquí, en uno de sus cuartos bonitos, cuando pasó. ¿No revisan sus propias actas?

—¡Eso dices tú! —López abrió los brazos, teatral, como un predicador de feria—.

Pero un vecino, un ciudadano de bien, asegura lo contrario.

Y luego está lo de la pintada en casa de tu...

amiga Lorena. «LA PRÓXIMA». Qué fuerte, ¿eh?

Justo después de que la chica sea la última en ver a la víctima. Qué casualidad, ¿no?

La mención de Lorena le encendió algo por dentro. Un calor súbito que le subió por el cuello, un fuego rápido y sucio. «La están arrastrando. La están metiendo en el fango conmigo. Para que se ahogue sola».

—Ella no tiene nada que ver.

—En esta vida todo tiene que ver con todo, chaval —López se inclinó hacia delante, el aliento a café rancio y tabaco negro, un olor a burocracia—. Tú la frecuentas. A ella la señalan. A ti te señalan. Es matemática simple. Dos más dos son cuatro. Como las víctimas.

Marc apretó los puños bajo la mesa, las uñas clavándose en las palmas. Las palabras eran agujas. Bien colocadas. Presión psicológica, lo llamaban. Él lo llamaba tortura de pobres. Sin cables, sin golpes. Solo con el peso de la sospecha y el miedo de los demás. La porquería de los demás .

—No tengo nada que ver con las muertes —dijo, con una calma que no sentía, una calma prestada que se le resquebrajaba por dentro.

—¡Ya me gustaría creerte! —suspiró López, reclinándose, las manos detrás de la nuca—. Pero mi trabajo no es creer. Es conectar puntos. Y todos los puntos, Marc, llevan a ti. Tu historial. Tu actitud. Tu... presencia. Eres como una mancha de grasa en un cuadro bonito. Destacas.

«Una mancha. Eso soy. Algo a limpiar. Con lejía. O con sangre». Se quedó en silencio. No había nada que decir que no fuera usado en su contra. Cada palabra, un nudo más en la soga. Cada silencio, una confesión.

López lo observó un largo minuto, como si estudiara un insecto raro, algo que hubiera salido de debajo de una piedra.

—Puedes irte —dijo al final, como concediéndole un favor—. Por ahora. Pero no te alejes. Y piensa, Marc. Piensa en la chica. Cuanto más te aferres a ella, más se va a manchar. La miseria... es contagiosa.

Se levantó y salió del cuarto, dejándolo solo con el zumbido de la luz de neón —un sonido agudo, como de mosca atrapada— y el eco de sus palabras.

«La miseria es contagiosa». Como si Lorena no hubiera nacido ya cubierta de esa misma porquería.

Como si no respirara miseria desde que tenía uso de razón.

Al salir de comisaría, la luz del día le dio en los ojos como un interrogatorio más, cegador y hostil.

Caminó por la acera, y notó las miradas.

Las de siempre, pero ahora cargadas de algo nuevo.

No era solo desprecio. Era miedo. Un miedo que se convertía en odio.

Una mujer se apartó al verlo, apretando el bolso contra su cuerpo como si fuera un escudo.

Un grupo de hombres en la esquina callaron y lo siguieron con la vista, ojos estrechos, bocas apretadas.