El óxido y la sangre 17
82%

17

La noche en el muelle era un bicho aparte.

No era el miedo eléctrico del Castillo, no.

Esto era otra cosa. Una respiración lenta, profunda, podrida.

A pescado muerto, a gasóleo viejo, a salmuera que carcomía la garganta.

Y ese toque dulzón, asquerosamente dulzón, de basura marina fermentándose bajo los tablones.

Las farolas escupían una luz amarilla, enferma, sobre los adoquines brillantes de humedad.

Las sombras se retorcían. Como cosas vivas.

Marc caminaba con la cabeza gacha pero los ojos en constante movimiento, escudriñando cada portal, cada montón de redes, cada cobertizo donde una persona podía esconderse. O desaparecer.

Primero, los marineros. Dos tipos con caras curtidas por el viento y la sal, enrollando cabos junto a una barcaza de madera tomada por el orín y el pescado podrido. Lo miraron acercarse. Esa mirada instantánea, suspicaz, de quien vive en un mundo aparte.

—¿Lorena? —escupió Marc, sin preámbulos. Su voz sonaba a papel de lija—. La del Balandro Oxidado.

Uno de ellos, con una gorra de lana sucia, escupió un trozo de tabaco al agua negra.

—¿Y tú quién eres?

—Un amigo.

—Aquí no hay amigos —dijo el otro, más joven, con una cicatriz cruzándole el labio—. Hay compañeros de curro y gente a la que evitar. No la hemos visto. Y si la vemos, no te lo diremos. Los problemas son como el herpes, chaval. Se pegan .

Marc siguió adelante. Sin insistir. Conocía el lenguaje. La lealtad aquí era un bien de lujo, y solo te la gastabas en ti mismo.

En la esquina del almacén de redes, donde la luz no llegaba, se topó con un trío de prostitutas apiñadas alrededor de una pequeña hoguera.

Dos eran viejas conocidas. Caras cansadas, maquillaje barato cuarteado por el frío.

La tercera era una chavala nueva. No tendría más de diecisiete.

Ojos como platos. Brazos llenos de moratones.

—Marc —dijo una de las veteranas, una rubia oxigenada llamada Lola—. ¿Buscando algo caliente? Hoy hay promoción.

—Lorena —cortó él.

El nombre cayó como un ladrillo. Lola perdió la sonrisa falsa. La chavala nueva miró hacia otro lado, súbitamente interesada en sus zapatos rotos.

—Lorena se esfumó —dijo Lola, encendiéndose un cigarrillo con movimientos bruscos—. Desde lo del mechero y lo de Sonia… la gente habla. Es malo para el negocio.

—¿Alguien la ha visto?

—Si alguien la hubiera visto, tú no serías el primero en preguntar —roncó la otra, una mujer morena con la voz rota por el tabaco negro—. Por aquí pasan muchos. Algunos se van. Otros… otros se los traga el puerto. Y el puerto no escupe.

La frase se le clavó a Marc. «Se los traga el puerto». No era una metáfora. Era una verdad cruda. Cuántos cuerpos habrían acabado en el fondo fangoso de la dársena, atados con pesos, comida para los cangrejos. La ciudad no solo mataba; digería. Y escupía los huesos limpios.

Más allá, cerca de los contenedores de carga, encontró a El Chispa. Un tipo enclenque, siempre temblando, como a punto de desintegrarse. Vendía pastillas y polvo mal cortado desde la sombra de una grúa oxidada. El olor a sudor ácido y químicos baratos le golpeó a Marc en la nariz.

—Chispa —lo llamó.

El camello lo miró con ojos vidriosos, dilatados.

—Marc… ¿tienes pasta? Tengo algo bueno, nuevo…

—Lorena Duarte. ¿La has visto?

El Chispa se rascó la barbilla. Pensativo. O fingiendo estarlo.

—Puede que sí… puede que no… la información cuesta, colega. Como todo.

Marc sacó un billete arrugado, sudado. El Chispa lo cogió rápido. Como un lagarto atrapando una mosca.

—La vi… hace dos noches. O tres. El tiempo aquí es un chiste. Iba corriendo por la Calle de la Sal. Como si llevara los demonios detrás. Tenía la cara… marcada... de miedo.

—¿Adónde iba?

—¿Y yo qué sé? —se encogió de hombros—. Hacia la parte vieja. Donde están los astilleros cerrados. Allí no va nadie. Ni los fantasmas. Es tierra de nadie.

Marc miró hacia donde el camello señalaba. Más allá del círculo de luz del muelle, donde la ciudad se fundía con la oscuridad total de la zona industrial abandonada. Un agujero negro. El lugar perfecto para desaparecer. O para que te hicieran desaparecer.

El resto de la noche fue un borrón de caras negativas, hombros encogidos, miradas que esquivaban las suyas.

Un pescador viejo que mascaba tabaco y movía la cabeza sin decir palabra.

Un par de estibadores que se rieron entre dientes cuando preguntó.

El dueño de una cantina de mala muerte que limpiaba un vaso con un trapo sucio y murmuró: «Esa ya es historia, chico. Búscate otra preocupación».

Cada negativa, cada evasiva, era un clavo más en el ataúd de sus esperanzas.

La desesperación no llegó como un golpe caliente, sino como una losa fría que se asentó lentamente en su pecho mientras caminaba de vuelta hacia los barrios.

Lorena se estaba desvaneciendo, disolviéndose en el rumor del puerto, en el olor a podrido, en la indiferencia general.

Y él, persiguiendo ecos entre fantasmas, era solo otro espectro más en el limbo.

Pero tenía una última dirección. Un último hilo del que tirar, tan fino que casi cortaba los dedos.

El piso de Marisa. Si alguien en esta ciudad podía haber escondido a Lorena, si alguien le quedaba un ápice de compasión enterrado bajo capas de miedo, era Marisa.

No era un plan. Era un acto de fe desesperado, el último cartucho antes de admitir que el puerto, efectivamente, se la había tragado.

La escalera del bloque acumulaba décadas de humedad. Marc subió los escalones de dos en dos. El corazón a mil. No por el esfuerzo. Por el miedo. El miedo a lo que iba a encontrar.

La puerta del piso de Marisa estaba entreabierta. Un hilillo de luz sucia salía por la rendija. La empujó. Chirrió.

El interior no era un caos violento. Era el desorden de una prisa terrible, de un pánico que había revuelto las cosas y las había dejado tiradas.

Una silla de cocina volcada. Un abrigo en el suelo.

Un vaso de agua roto junto al sofá. Y en medio de ese remolino de angustia, Marisa.

Sentada en el suelo, en el hueco entre el sofá y la mesa baja.

Encogida. No temblaba. Estaba quieta, demasiado quieta, como una cosa rota que ya ni siente.

Tenía los ojos abiertos, pero no veían. Estaban vidriosos, fijos en la pared opuesta, llenos de un horror tan profundo que había secado las lágrimas antes de que pudieran caer.

—Marisa —dijo Marc, arrodillándose frente a ella. El linóleo estaba frío.

Ella no reaccionó. Ni un parpadeo. Solo la ligera vibración de su respiración, rápida y superficial, como la de un pájaro atrapado.

—Marisa. ¿Dónde está Lorena?

El nombre actuó como un interruptor. Un espasmo le recorrió el cuerpo. Lentamente, como si moviera un peso enorme, giró la cabeza hacia él. Sus ojos se encontraron con los suyos, pero no lo reconocieron del todo. Estaban nublados por el shock.

—Se… se la… —la voz no era un susurro. Era el resto de un grito, lo que queda después de que las cuerdas vocales se desgarran—. Se la ha llevado.

Marc no contuvo el aliento. Lo perdió. Como si le hubieran golpeado en el estómago.

—¿Quién? ¿Quién se la ha llevado? —La pregunta salió áspera, una orden.

Marisa negó con la cabeza, un movimiento lento y pesado.

—Mi tía… —tragó saliva, con dificultad—. Remedios. Se volvió loca. Le dio un ataque. Gritaba que era una maldición, que traería desgracia… La echó. A la calle. A Lorena… la echó.

Marc cerró los puños. La imagen le quemaba: Lorena, sola, herida, siendo escupida a la noche por una vieja demente.

—¿Y luego ?

—Yo… la llevé allí. Pensé… pensé que allí estaría segura. Solo una noche. Solo una noche… —su voz se quebró en un jadeo—. Y él apareció.

—¿Él?

—El hombre. El del coche. —Los ojos de Marisa se desenfocaron, mirando a través de Marc, hacia la escena que se repetía en su cabeza—. Lo vi desde lejos… Él estaba ahí. De pie. Con unos… guantes. Marrones. Mató a Salinas… Disparó.

Guantes. La palabra resonó como un disparo en la memoria de Marc. El SEAT.

—Y a Lorena. ¿Qué le hizo?

—No… no hizo nada. —Marisa soltó una risa corta, histérica, que se convirtió en un gemido—. No me miró. Ni siquiera. Miró a Lorena. Solo a ella. Y ella… se levantó. Como si la hubieran llamado. Como si… obedeciera. Y él… le hizo una seña. Con la cabeza. Para que huyera. Y ella… se fue.

—¿Se fue? ¿Caminando? —La incredulidad le hacía daño.

—Sí. Como en un trance. No luchó. No gritó. Solo… se fue. —Las lágrimas llegaron entonces, silenciosas, inundando sus mejillas—. Y yo… yo no hice nada. Me quedé ahí. Pegada al suelo. Vi cómo la seguía. Y no hice nada.

Marc la agarró de los brazos, no con fuerza, pero con una urgencia desesperada.

—El coche. ¿Era un SEAT negro?

Ella asintió, con convulsión.

—No sé… sí… oscuro. Grande, pero… limpio. Demasiado limpio.

—¿Y él? ¿La cara?

—No la vi. Llevaba una gorra. Y… los guantes. Siempre los guantes .

Marc la soltó. Se incorporó, las piernas inestables.

No había olor a muerte. Solo el olor a polvo, a humedad, y al sudor frío del pánico de Marisa.

No había mensaje brutal escrito en las cosas rotas.

Solo había esto: una rendición. Una ausencia.

Lorena se había ido caminando, obedientemente, con un hombre que usaba guantes. Eso era mil veces peor.

El monstruo no había necesitado pelear. No había necesitado hacer carnicería. Había entrado, había mirado, y su presa había venido. Eso hablaba de un poder diferente. De un miedo más antiguo y profundo.

«Se la ha llevado».

La frase ya no eran puñaladas de hielo. Era un veredicto. Este tipo no era un matón. Era un recolector. Y acababa de añadir a Lorena a su colección.

Miró a Marisa, reducida a un nudo de culpa y terror en el suelo. No había consuelo que valiera. Las palabras eran inútiles. Lo único que quedaba era el movimiento.

Salió al pasillo sin mirar atrás. La puerta se cerró con un clic seco.

En la penumbra del rellano, todo se había simplificado.

Las reglas habían cambiado. Ya no se trataba de esquivar polis o de sobrevivir un día más.

Se trataba de una cuenta atrás cegadora, ensordecedora.

Un reloj de arena cuyos granos eran los latidos de su corazón, cada uno acercándolo a un final que no podía permitir.

Bajó las escaleras como una avalancha. El sabor en su boca era a pólvora y rabia, ácido y bilis.

Afuera, la noche venía con lo de siempre: humedad, sal, ciudad podrida.

Pero ahora el peligro tenía una textura: piel fina de guante marrón.

Tenía un sonido: el motor al ralentí de un coche oscuro. Y tenía a Lorena .

No había tiempo para planes. Solo para persecución. Para una rabia tan pura que casi lo cegaba. Irrumpir en la noche no como un fantasma más, sino como un misil. Encontrar la sombra. Partirla en dos.

Antes de que las palabras «se la ha llevado» se solidificaran para siempre en las únicas que importaban: «está muerta».

Y para entonces, sería solo otro cuerpo en la colección. Otro epitafio borroso en el muro de lamentos de Peñablanca. Otro nombre que el puerto, al fin, se habría tragado.

Marc se fundió con la oscuridad. Ya no era un hombre en la noche.

Era un proyectil. Cazador, presa, verdugo.

Solo quedaba una dirección: el camino del faro.

El único sitio donde aquel tipo parecía sentir algo parecido a paz.

O a ritual. El lugar donde un hombre con guantes limpios guardaba sus cosas.

O simplemente, donde guardaba sus cosas.

El reloj corría. Y cada latido era un segundo menos. Un grano de arena menos. Un aliento menos para Lorena.