4
El cuarto apestaba a verde enfermizo, a yeso podrido y a sudor viejo.
Las paredes se desprendían como costras.
Una mesa metálica clavada al suelo. Dos sillas de plástico.
Un foco redondo y cegador escupiendo luz blanca, cruel.
Ni una ventana. Solo el zumbido bajo de la fluorescencia y el tufo a miedo fermentado, a colonia barata de poli.
Marc sentado. Las muñecas esposadas. El metal mordiendo la piel. Frío. Impersonal. ¿Horas? ¿Minutos? El tiempo era una goma asquerosa. Estirándose. Encogiéndose. Siempre volvía a su forma.
«Y yo aquí. Por idiota. Por no mirar antes de saltar».
Había huido del descampado directo a una pinza. Coches patrulla bloqueando la salida. Luces azules destellando en la noche como ojos de tiburón. Ni siquiera corrió. Se quedó quieto, viéndolos acercarse. Sabiendo que, otra vez, la cagaba.
«Siempre igual. Todo al carajo. Todo mal».
La puerta se abrió de golpe. Entró López. No el agente que lo había pillado. El jefe. El de la sonrisa de tiburón y los ojos vacíos. Llevaba la gabardina arrugada. Destilaba café rancio y poder.
—Marc Montes —dijo, como leyendo la etiqueta de un paquete podrido—. Otra vez por aquí. Empieza a ser tu segunda casa.
Marc no contestó. Miró un punto en la pared, justo encima del hombro de López. Una mancha de humedad que se extendía como un continente desconocido.
—¿Nada que decir? —López se sentó. Los codos sobre la mesa. El crujido de la tela, un sonido obsceno en el silencio—. Es curioso. Apareces junto al coche que todos relacionan con el asesino. Un coche con pruebas dentro. Y tú, un delincuente conocido. Con historial. Muy conveniente.
—No toqué ese coche —murmuró Marc, la voz ronca por la sequedad.
—¡Claro que no! —López abrió los brazos, teatral—. Solo paseabas por un descampado a las tres de la mañana. Admirando la luna. O buscando tu próxima víctima.
«Mi próxima...» Marc apretó los puños bajo la mesa. Las esposas clavaron el metal en las muñecas. «Él sabe que no hay pruebas. Sabe que es un montaje. Pero le da igual. Necesita un cuerpo. Y el mío vale».
—Quiero un abogado.
López soltó una risa corta, seca. Como un disparo.
—¿Un abogado? ¿Con qué puto dinero? ¿Con el de los radiocasetes que mangaste? —Se inclinó. Su aliento a tabaco y menta golpeando la cara de Marc—. Mira, sé cómo funciona esto. Tú eres basura. Basura útil, a veces, pero basura al fin. Y ahora la ciudad necesita limpiarse. Tú eres la escoba.
—No hice nada —repitió Marc, clavando la mirada en esos ojos vacíos—. Esos casquillos son viejos. Demasiado viejos. Alguien los puso ahí.
López ni pestañeó.
—¿Ah, sí? ¿Y quién? ¿Los hombrecillos verdes? ¿O fue la zorra de tu novia, la Lorena? ¿También te va a sacar del lío con una mentirijilla, como la otra vez?
El nombre de Lorena en su boca. Una cerilla en gasolina. Marc se irguió, tirando de las esposas.
—¡Déjala al margen!
—¿Por qué? ¿Miedo a lo que pueda contar? —López sonrió, disfrutando—. Las putas suelen tener mala memoria. Pero con un poco de presión, recuerdan cosas. Cosas muy interesantes.
Se levantó. Empezó a dar vueltas alrededor de la mesa. Pasos resonando en el cuarto diminuto.
—No tenemos pruebas, es verdad. Pero tenemos un coche. Tenemos tu historial. Y tenemos una ciudad que te señala con el dedo. Eso hoy es más que suficiente.
Se detuvo detrás de él. Marc sintió su respiración en la nuca.
—Firma una declaración. Admite que estabas cerca del coche, que te asustaste y huiste. Algo sencillo. Y esto se acaba rápido.
«Firma. Firma tu sentencia. Admite que eres el monstruo que quieren que seas». Tragó saliva. Sabía lo que pasaba si firmaba. El principio del fin. Un fin entre rejas. O algo peor.
—No —dijo, con la última gota de dignidad—. No firmo nada.
López suspiró, exagerado. Como si le diera pena.
—Qué pena. La manera dura, entonces. —Se acercó a la puerta—. Disfruta de la suite, Marc. La calefacción está un poco averiada. Pero a un tipo duro como tú... eso no le importará, ¿verdad?
Salió. La puerta se cerró con un clic sordo. Silencio. Más pesado. El zumbido de la luz ahora un taladro en las sienes. El frío trepando por las piernas, colándose bajo la cazadora.
«La calefacción averiada. Claro. Como en Siberia».
Solo. Con sus pensamientos. Con el frío que le calaba los huesos. Con la imagen de Lorena, asustada, esperando noticias que no llegarían. Con la seguridad de estar atrapado en una maquinaria que no pararía hasta triturarlo .
«Basura. Eso soy para ellos. Basura para dejar debajo de la alfombra».
Horas. Hambre. Sed. Y el miedo. Un miedo sordo, profundo, instalándose en el pecho como un inquilino permanente. No miedo a la cárcel. Miedo a desaparecer. A convertirse en el chivo expiatorio perfecto.
«¿Quién puso los casquillos? ¿Quién? ¿Quién los plantó en el maldito coche?»
Intuyó, con toda seguridad, que si no lo descubría, nadie más lo haría.
La comisaría le llenó la garganta de falsedad al traspasar la puerta.
Mentira institucional. Lorena, con vaqueros desgastados y su eterna chaqueta de cuero sintético, se sintió como una rata en una jaula de perros rabiosos.
Cada mirada de los uniformes la atravesaba, la desnudaba, la tiraba al cajón de «basura del puerto».
«¿Qué coño hago aquí? ¿Intentando salvar a alguien? No puedo ni salvarme a mí misma».
Se acercó al mostrador. Un policía joven, acné, aires de grandeza. Tecleando en una máquina con dedos lentos.
—Vengo por Marc Montes —dijo. Su voz sonó extraña. Demasiado alta.
El poli ni levantó la vista.
—¿Tú quién coño eres?
—Una colega. De toda la vida. Tengo información.
Eso hizo que alzara la cabeza. Ojos azules deslavazados. Recorriéndola de arriba abajo. Una sonrisa torcida.
—Colega, ¿eh? Ya. Siéntate. Alguien vendrá a... atenderte .
«Atender» sonó a amenaza. Lorena fue a uno de los bancos de plástico duro. Se sentó. Manos en los bolsillos, temblando.
«Respira, Lorena. Es solo otra mentira. Una más en la colección».
Minutos eternos. Apareció él. El mismo poli alto, bigotudo. López. Sus ojos posados en ella. Una losa de hielo.
—Señorita Duarte —dijo, como si el nombre le supiera a podrido—. Qué sorpresa. ¿Venimos a confesar algo?
—Vengo a declarar —rectificó ella, apretando los puños—. Sobre Marc Montes.
López la guio a una salita. Igual de deprimente. Más pequeña. Sin ventanas. Sin aire.
—A ver, cuénteme esa información tan urgente.
Lorena tragó saliva. Aquí iba la mentira. La gran mentira.
—La noche que dicen... la del coche. Él estuvo conmigo. Toda la noche.
Silencio denso. Casi palpable. López reclinado en la silla, brazos cruzados.
—¿Toda la noche? —preguntó, con calma más aterradora que un grito—. ¿Y qué hicieron? ¿Jugar al mus?
—Estuvo en mi pensión —insistió ella, clavando la mirada en la mesa—. Desde las once hasta las ocho. No pudo estar en San Bartolomé.
La puerta se abrió. Entró el otro. El más joven. Ojos de reptil. Se apoyó en la pared. Sonrisa burlona.
—Oiga, inspector —dijo, sin apartar los ojos de Lorena—. Esta me suena. Trabaja en el Balandro Oxidado. En el puerto. Hace... favores.
López fingió sorpresa .
—¿En serio? Vaya, vaya. —Se inclinó. Voz baja, confidencial, venenosa—. Mira, Lorena, ¿puedo tutearla? Nos conocemos del barrio. Tú y yo sabemos la clase de «testigo» que es. La clase que viene a tapar las cagadas de su novio delincuente con más mentiras.
—No es mi novio —logró decir. Voz débil, un hilo.
—¡Claro que no! —estalló el de la pared, riendo—. Solo un «amigo» que se queda «toda la noche». Por caridad, supongo.
López sacudió la cabeza. Falsa pena que hervía la sangre de Lorena.
—Lorena, Lorena... Tú de testigo fiable tienes poco. Menos que poco. Tienes un historial que te precede por todo el puerto. ¿Quién va a creer a una puta sobre un agente de la ley?
La palabra. Puta. Cayó como un puñal. Clavándola en la silla. No era la primera vez. Pero aquí, en su boca, con ese desprecio absoluto, quemó como ácido.
«Zorra. Puta. Basura. Lo que quieras. Pero él no lo hizo».
—Es la verdad —murmuró. Lágrimas de rabia y humillación picando los ojos. No las dejaría caer. No delante de ellos.
—La verdad —repitió López, levantándose—. Guárdate tu verdad para los clientes, Lorena. Aquí no vale nada.
Se dirigió a la puerta. El otro poli la abrió.
—Puedes irte. Y no vuelvas a molestar con cuentos. La próxima vez, quizá te detengamos. Por obstrucción. O por ejercicio ilegal. ¿Te suena ?
Lorena se levantó. Caminó hacia la salida. Sus miradas en la espalda. Quemando la tela barata de la chaqueta. Cada paso, una eternidad. Cada sonrisa burlona, una puñalada.
Salió a la calle. Aire frío como una bofetada. Se apoyó contra la pared, jadeando. Visión nublada. Humillación. Sabor metálico en la boca. Losa en el pecho.
No había servido de nada. Había intentado algo bueno, algo decente por una vez. Y se lo habían escupido a la cara. Le habían recordado su lugar: el fango.
«Tenías razón, Marc. No se puede confiar en ellos. Son la misma porquería, pero con placa».
Caminó de vuelta al puerto. Sintiéndose más sucia, más usada, más invisible que nunca. No solo no había ayudado. Lo había empeorado. Ahora sabían que ella estaba de su parte. Y en esta ciudad, tomar partido por el chivo expiatorio era firmar tu propia sentencia.
La sangre ya no solo manchaba las calles. Estaba en el aire. En cada mirada. En cada palabra. Y ella acababa de bañarse en ella.
El Balandro Oxidado emanaba derrota fermentada.
Lorena apilaba vasos sucios. Dedos pegajosos de cerveza agria.
Cerebro embotado por el turno interminable.
Salinas había encendido la radio. Un cacharro de plástico que siseaba como una serpiente moribunda.
Pero hoy no sonaban rancheras. Ni flamenco llorón.
Hoy, la voz del locutor cortó el aire como cuchillo mal afilado.
—...y repetimos la última hora. El cuerpo sin vida de una mujer ha sido hallado esta madrugada en la Plaza de Europa. Fuentes policiales confirman signos de violencia similares a los anteriores. Sería la cuarta víctima del llamado «Asesino del Puerto»...