El óxido y la sangre 4 #2
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El vaso se le escapó de la mano. Estalló contra el suelo. Cristal y espuma. Un disparo en la quietud repentina. Todos los ojos volviéndose hacia ella. Pero ella no los veía. Solo veía la imagen que su mente pintaba: una mujer. Maniatada. Torturada. Tirada como saco de huesos rotos.

«Otra. Otra más. Como yo. Como podría ser yo».

—¡Oye, oye! —rugió Salinas—. ¡Que eso se paga de tu sueldo, tía!

Su voz lejana. Ahogada por el zumbido en la cabeza de Lorena. El locutor seguía. Datos fríos. Lista de la compra.

—...las primeras pesquisas indican que la víctima, aún no identificada, fue maniatada de forma similar...

Maniatada. La palabra dio una vuelta al estómago.

«Atada. Inmóvil. Indefensa». Como ella aquella vez.

Catorce años recién cumplidos. El almacén del tío Benito.

Olor a serrín y pescado podrido. Manos grandes, ásperas, inmovilizando sus muñecas.

Risa borracha. La sensación de que tu cuerpo ya no te pertenece. Que es solo un trozo de carne.

—¿Lore? ¿Estás bien?

La voz de Ramón, el viejo marinero. Susurro desde lejos. Ella intentó asentir. La cabeza no respondía. El aire le pesaba en los pulmones. Las lágrimas, traidoras, le nublaban la vista. «No. Aquí no. Delante de todos. No».

—Bah, otra zorra menos —soltó un tipo con pinta de estibador—. Una más, una menos. Esta ciudad está hasta los topes de ellas.

La risa de sus compañeros. Detonante. Sonido corto, brutal. Algo reventando por dentro. Lorena giró la cabeza. Los miró. Ellos, con cervezas y sonrisas estúpidas. Ellos, que quizá eran clientes. Que quizá, alguno, era él .

«¿Una más? ¿Una menos? ¿Es eso lo que soy? ¿Un número? ¿Un “caso” en la radio?»

No pudo contenerse. Un sollozo se escapó del pecho.

Gutural. Roto. Y luego, las lágrimas. No discretas.

Torrente caliente, salado. Quemando mejillas.

Temblando el cuerpo entero. Se apoyó contra la barra, escondiendo la cara entre los brazos.

Inútil. Todos la veían. Todos veían a la puta del puerto llorando por otra puta muerta.

—Joder, Lorena —murmuró Ramón, incómodo—. Tranquila, mujer...

—¿Qué pasa? —preguntó otro, burlón—. ¿Era amiga tuya?

Puñalada final. Confirmación de que estaba sola. De que, en este mundo podrido, su dolor era solo un espectáculo más. Barato.

«Sí. Era amiga mía. Todas lo somos. Porque todas somos la misma. La misma carne de cañón. La misma carne que se usa y se tira».

Salinas se acercó. No con preocupación. Con fastidio.

—Venga, mujer, corta el rollo. Que asustas a la clientela. Si no puedes con el curro, lárgate a llorar a casa.

Ella alzó la vista. Visión borrosa. Vio sus caras. Clientes incómodos o divertidos. Salinas enfadado. Ninguna compasión. Ningún horror como el suyo. Ese frío helándole la sangre al pensar que había alguien ahí fuera, cazándolas como animales. Y que a nadie parecía importarle.

—Todas... podríamos ser nosotras —balbuceó, voz quebrada.

—¿Qué dices? —preguntó el estibador, ceja arqueada .

Pero ella ya no podía hablar. Se dio la vuelta.

Corrió hacia el almacén de detrás de la barra.

Tropezando con cajas de botellas vacías.

Se desplomó contra la pared. Olor a lejía y cerveza derramada.

Dejó que el llanto la sacudiera. No solo por la mujer de la Plaza de Europa.

Por todas. Por sí misma. Por Marc, encerrado en algún sitio.

Por la ciudad entera, que respiraba sangre y ni se inmutaba.

Afuera, la radio seguía emitiendo. La vida seguía su curso. Pero Lorena, en la oscuridad del almacén, sintió que algo se había roto para siempre. El miedo ya no era sombra. Era certeza. Y la ciudad, su maldita ciudad, tenía los días contados.

Las puertas de la comisaría se abrieron con chirrido de burla.

Escupiéndolo a la acera como carne estropeada que ya no querían en su nevera.

Luz del día, gris, lavada. Golpeándole los ojos.

Marc parpadeó, desorientado. El mundo seguía ahí.

Oliendo a orín y gasolina. Igual que cuando se lo llevaron. Pero nada era igual.

«Libre. O eso dicen. Como soltar a un perro después de una paliza y esperar que te lama la mano».

Le habían devuelto sus cosas en bolsa de plástico. Cazadora, mechero, monedas. Ni un mísero «lo sentimos». Ni un «ha sido un error». Solo el silencio elocuente de quienes saben que te van a volver a coger. Que esto es solo un descanso en la tortura.

—Parece que tienes un ángel de la guarda, Montes —había dicho López, acompañándolo hasta la salida. Aliento a café y tabaco negro, esencia del infierno—. Pero ya sabes: volveremos a vernos. No lo dudes.

La amenaza flotó en el aire. Más espesa que la niebla del puerto.

Marc ni siquiera lo miró. Bajó los escalones.

Encendió un Ducado con dedos que apenas temblaban.

La primera calada lo mareó mientras apartaba un poco la niebla de hambre y cansancio de las últimas cuarenta y ocho horas.

Cuarenta y ocho horas en un cuarto blanco.

Un foco en la cara. Y la seguridad de que tu vida no vale nada.

«Cuarenta y ocho horas para saber que aquí no hay justicia. Solo fachadas y chivos expiatorios».

Miró hacia arriba. Las ventanas empañadas de la comisaría. Imaginó a López detrás de una, observándolo. Esperando que tropezara. Esperando el momento para volver a encadenarlo.

«Podría largarme. Huir de esta ciudad podrida. Coger un tren, autoestop, perderme en algún agujero donde nadie sepa mi nombre».

Pero entonces recordó. Los casquillos oxidados en el Dodge Dart.

Demasiado viejos. Montaje. La voz de la prostituta en San Bartolomé: «No era olor de aquí.

Era perfume caro». Y Lorena. Sus ojos en el puente.

Miedo y lealtad peleando en su mirada. Su desesperación al intentar ayudarlo en la comisaría, sabiendo que la humillarían.

«No. Huir sería hacerles el juego. Sería convertirme en el monstruo que quieren que sea. El que huye porque está culpable».

Furia fría, sólida como barra de acero, extendiéndose por sus venas. No era un arrebato de golpes en callejón. Esto otra cosa. Más peligrosa.

Una última calada al cigarro. Lo tiró al arroyo. Se ajustó la cazadora de cuero robada. Frío del metal de la cremallera contra sus dedos. Respiró hondo. Pulmones llenos del aire podrido de Peñablanca.

«Ese cabrón va a pagar» .

No lo dijo en voz alta. Susurro áspero, ronco, nacido de las entrañas. Escapado por labios secos. Sin rabia en el tono. Sin histeria. Sentencia. Plana. Fría. Absoluta. Una declaración de guerra privada.

No iba a huir. Iba a cazar.

Volvió la espalda a la comisaría. Empezó a caminar.

Sin desgana. Con determinación nueva. Cada paso, latido de ese nuevo propósito.

Encontrar a Lorena. Asegurarse de que estuviera a salvo.

Y luego, volver a empezar. Pero esta vez no preguntar en callejones.

Buscar en las sombras donde se esconden los hombres que huelen a perfume caro y juegan con vidas humanas como piezas de tablero.

«Me tuviste en una jaula. Me trataste como animal. Pensaste que me habías quebrado».

Una esquina de su boca se torció. Podría haber sido sonrisa. Pero no había alegría. Solo promesa de algo oscuro. Vengativo.

«Pero solo me diste tiempo para pensar. Para decidir. Y ahora, hijo de puta, ahora voy a por ti. No pararé hasta encontrarte».

Dobló la esquina. Se perdió en el laberinto de calles del Castillo. Pero ya no era perro callejero asustado. Era otra cosa. Algo que ellos, desde sus ventanas seguras, no habían sabido ver. Algo peor. Hombre con nada que perder y razón para luchar.

La ciudad respiraba sangre, sí. Pero ahora, él también. Y sabía cómo devolver el golpe.